La burka está hecha para la dignidad del hombre - Pierrette Fleutiaux - Le Monde

- Diles que llevas la burka con tú pleno consentimiento
- Cariño, estas hablando con la funda del sillón
Si yo fuera un hombre piadoso, esto es lo que propondría. La mujer es un ser débil, sujeto a todas las tentaciones, esto lo sabemos desde la noche de los tiempos. Ella es concupiscente, toda ella presa de impulsos condenables. Su cuerpo anhela el del hombre, así pues la sociedad debe dominar ese cuerpo, desde su más tierna edad. El burka puede parecer una respuesta adecuada. Limitar los movimientos de la mujer, arrastrarla nuevamente hacia la modestia, controlar esos salvajes deseos que le son tan naturales, esos que perturban su espíritu y corrompen la sociedad, es el deber del hombre respetuoso con el orden divino.
Sin embargo, quizá tal vez hayamos errado no en la interpretación de la ley divina, sino en el hallazgo de los mejores medios para aplicarla. De hecho, los ojos de la mujer, incluso detrás de una rejilla, incluso en la estrecha ranura de una niqab, siguen siendo libres. La visión periférica es muy limitada, pero la perversidad natural de la mujer le hará encontrar la forma de evitar ese ligero handicap. La mujer con burka continúa viendo. Uno puede imaginarse la cantidad de ignominias que aún pueden agitar su espíritu. Oculta bajo su velo integral, la mujer aún puede entregarse a un libertinaje mental.
Una solución sería cegarla totalmente, por medio de una venda o cualquier otro medio, no cruel, pero sí eficaz. Sin embargo, esta solución hay que descartarla, la mujer no podría realizar las tareas que le son destinadas por su condición de subalterna: alimentar al hombre y a sus hijos, llevar a los hijos de su hombre a la escuela, y hacer todas esas tareas materiales de las que están exentos los hombres, y que así le facilitan el ejercicio de su voluntad y el estudio de los textos sagrados.
Presento aquí una modesta propuesta a mis hermanos. Que sean los hombres los que lleven la burka, que se apropien de esa prenda que supera fácilmente la mujer. El hombre es bello, el hombre es la primera creación de Dios, la mujer lo desea indecentemente. No dándole a ella la libertad de codiciar, no existirán tentaciones para su débil naturaleza.
Observen a esos hombres detrás de los cuales caminan sus mujeres con sus burkas. Incluso velada, y precisamente por eso, tiene todo tipo de licencias para contemplar unos brazos que muestran las camisetas veraniegas, los pies con las sandalias, y esas piernas y nalgas ágiles que se adivinan bajo los pantalones, además de los torsos y rostros masculinos. El hombre cree haber puesto a la mujer fuera de peligro dentro de la prisión portátil de la burka. En realidad, la concede una libertad escandalosa.
El hombre con burka romperá la dinámica perversa de la mujer. Esos ojos brillantes, que perforan el velo más espeso, se enfrentarán a un muro. Por lo tanto, en privado y diariamente, ella no tendrá a su alcance más que en su propia casa la posibilidad de responder a las legítimas necesidades sexuales de su esposo.
Y aunque la mujer vaya por la calle con atavíos provocadores, no tendrá donde elegir. Su mirada se agotara en las de otras mujeres, y verá en ellas un espejo de su propia indecencia, incluso su futilidad le desviará de cualquier tipo de competencia malsana con el hombre. En cuanto a esta exposición de la feminidad, no sabría perjudicar al hombre, el cual se verá reforzado en su indudable superioridad. Él sabrá, en las otras burkas masculinas, reconocer al piadoso y al observante de la ley, y así reforzará necesariamente la bella e indispensable comunidad masculina.
Rechacemos esa absurda creencia de que las mujeres deben llevar velo para que los hombres no sean llevados a desear a las de los demás. Esta es una creencia impía: acredita la idea de que el hombre ha sido creado libinidoso, violador por naturaleza y débil ante sus bajos deseos. Y que, antes incluso que cualquier mujer pase delante de sus ojos, se despierta inmediatamente su pulsión de saltar y consumar la obra de la carne. El hombre tiene en él la fuerza del alma y el respeto natural del orden divino. El hombre no tiene nada que temer de los miserable cebos femeninos.
Por último, reconozcamos que existe un gran peligro al abandonar a los hijos del hombre al cuidado de la mujer. Su débil inteligencia sólo puede perjudicarles. El hombre tiene que hacerse del niño desde la lactancia, cambiarle, alimentarle, cuidarle. Una vez cumplida su tarea reproductiva, la mujer dirige sus erráticas actividades hacia el exterior, que ella vaya a chillar a esas asambleas públicas, pero que sus corruptas miasmas no corrompan más el sagrado hogar del hombre. La dignidad masculina exige que el hombre lleve la burka.
La burka está hecha para el hombre.
Fuente: Le Monde
Labels: Prensa


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