Nueva perorata en el NYTimes: Despreciando la democracia israelí (con la que está cayendo) - Jonathan S. Tobin - Commentary

Algunos podrían pensar que incluso el NYTimes se cansaría de publicar las diatribas de los fracasados políticos israelíes que denuncian no sólo al actual gobierno de su nación, sino también a toda la sociedad que los ha rechazado electoralmente. Pero al parecer, el apetito del periódico por tales diatribas no ha disminuido, como lo demuestra la publicación de un artículo de Avraham Burg en la edición del domingo del NYTimes. No hay demasiadas cosas particularmente originales en la diatriba de Burg, él adopta el punto de vista de moda de que Israel está a punto de dejar de ser una democracia y que es intolerante con las opiniones minoritarias. Que esto no sea ni remotamente cierto [N.P.: solamente observen las feroces críticas en la prensa israelí al gobierno y al primer ministro] no resulta un obstáculo para su publicación por el NYTimes, ya que es exactamente lo que los izquierdistas estadounidenses desean oír [N.P.: las elecciones presidenciales norteamericanas está ahí mismo, y Netanyahu es visto como un claro partidario de la causa republicana]. En resumen, sus puntos de vista son una fusión absurda de egoísmo y de ceguera, pero su locura no se limita al análisis de su propio país, tampoco no entiende nada de alianza EEUU-Israel y dónde radica la fortaleza del apoyo del que disfruta el Estado judío.
En la conclusión de su artículo, Burg prevé un gobierno post-sionista en Israel que rechazaría el nacionalismo judío en favor de algo más inclusivo [N.P.: ¿y qué se haría con el nacionalismo de los árabes/palestinos israelíes? Fácil, ese no se tocaría, las bellas almas de la izquierda post-sionista y pro "Estado de todos los ciudadanos" no soportarían que se les tildara de racistas], y así afirma:
Cuando una verdadera democracia israelí se haya establecido, nuestro primer ministro irá al Capitolio y se ganara el aplauso de ambos partidos (entiéndase, demócratas y republicanos)Supongo que se trata de una crítica más al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a quien acusó anteriormente en otro artículo de ser un "belicista". Sin embargo, como cualquier persona que se molestara en comprobar de donde venían los aplausos a Netanyahu en la reunión conjunta del Congreso del año pasado, observaría claramente como los republicanos y los demócratas competían entre sí a la hora de mostrar su entusiasmo por su aliado israelí. Este es el tipo de error obvio que cualquier editor, incluso uno con escaso amor por Israel, debería haber corregido. Esto nos indica que los revisores del NYTimes están tan fuera de contacto con la realidad como Burg [N.P.: o no desean asumirla].
Burg, que es el vástago de una conocida familia de la política israelí [N.P.: su padre fue un estimado dirigente de un partido religioso que estuvo en casi todos los gobiernos], y que durante bastante tiempo pensó que podría ser un líder político con un futuro político sin límites [N.P.: su carrera previa así parecía anunciarlo, pues presidió la Agencia judía, fue el presidente de la Knesset, se postuló a la jefatura del Partido Laborista...], parece ahora despreciar a su país cuando su carrera política tiene nula relevancia.
A pesar de que sus intentos líricos de culpar a las tendencias políticas y sociales que prevalecen en la sociedad israelí ("nacionalismo, religiosidad, desconfianza y desinterés hacia los otros, estrechez de miras y ausencia de universalismo..."), la razón principal por la que piensa que Israel ya no es una democracia es porque el electorado israelí ha rechazado sistemáticamente sus puntos de vista sobre el proceso de paz y sus esperanzas de alcanzar un alto cargo. Esto le ha llevado a cuestionar, no sus juicios ni sus puntos de vista, sino todo el edificio ideológico sobre el cual descansa el país. Su egoísmo es patético, alimentado además por una obstinada negativa a ver lo que la gran mayoría de sus compatriotas ven y entienden. Así dice con pesar que están de acuerdo con él en que una solución de dos estados al conflicto con los palestinos sería lo ideal, pero han llegado a la conclusión de que sus antagonistas no tienen interés en ese acuerdo.
Burg desprecia además lo que él denomina la traición al antiguo Israel (el laborista) y su sustitución por el "Israel religioso y capitalista" en que se ha convertido [N.P.: en suma, la oposición a los buenos tiempos del pasado, cuando los laboristas dominaban todo el aparato del estado y practicaban políticas socializantes, abiertos al universalismo, una generación en suma de "soñadores y constructores que buscaban crear un mundo nuevo, uno sin prejuicios, racismo o discriminación”].
Burg reconoce que la mayoría de los israelíes serían felices si los ultra-ortodoxos tuvieran menos poder, pero lo que realmente anhela es el Israel del pasado en el que los judíos seculares de origen europeo dominaban un país con unas políticas económicas “socialistas” que servían para mantener en el poder a las élites existentes. Por eso rechaza las reformas de libre mercado de Netanyahu que han propiciado que Israel sea una potencia emergente económica, y que la mayor libertad económica haya propiciado una democracia más genuina, aunque más desordenada, y menos satisfactoria para los "príncipes y herederos" del viejo sistema, como el propio Burg, el cual ya no está en condiciones de decir a los demás lo tiene qué hacer.
Burg también comete una injusticia con la inmensa mayoría de los estadounidenses que, en contra de su creencia de que la alianza americana-israelí está enraizada en la "guerra, las amenazas y el miedo", todavía se preocupan por los valores democráticos comunes que parecen que han sido abandonados por todos, incluso por él mismo. La mayoría de los estadounidenses, incluso aquellos que no son entusiastas de Netanyahu, respetan bastante más la voluntad de los votantes israelíes que el propio Burg. También reconocen que las amenazas a la existencia de Israel, principalmente el peligro nuclear de Irán, es una cuestión de vida o muerte que requiere un pensamiento más serio que el que parece poseer Burg en estos días.
Burg tiene razón en una cosa. Israel podría tener una constitución escrita, y gente más inteligente que él ha estado pensando y escribiendo sobre ello durante una generación. Pero lo que demuestra la trayectoria política de Burg es que la única constitución en la que realmente está interesado es una que pueda garantizar que sus puntos de vista se puedan imponer al resto del país. Ni siquiera el visto bueno del revisor del NYTimes a su artículo puede ocultar el hecho de que los puntos de vista post-sionistas de Burg están fuera de la corriente principal de Israel. Con la publicación de su artículo, el NYTimes ha demostrado que, contrariamente al título del artículo, su temor real no es la disminución de la democracia israelí, sino su gran vitalidad.


0 Comments:
Post a Comment
<< Home