Wednesday, May 15, 2013

¿Cómo explicar las violencias del antisemitismo? - Pierre-André Taguieff - Huffington Post



Lo que se ha convenido en llamar de una manera general "antisemitismo" - impropiamente - o "judeofobia", podría definirse simplemente desde el punto de vista de las víctimas como el conjunto de violencias sufridas por los judíos en la historia. Pero la existencia de víctimas judías implica la de sus atacantes o de sus "verdugos", cuyas motivaciones y acciones pueden ser calificadas, como siempre incorrectamente, como "antisemitas", porque no son los "semitas" los que son apuntados por los "antisemitas", sino "los judíos".

Los actores "antisemitas" se caracterizan por lo que ellos creen, lo que perciben y lo que hacen. Su "antisemitismo" es identificable en varios niveles: los que afectan, respectivamente, a los prejuicios y a los estereotipos, a las prácticas o conductas (individuales o colectivas), a las operaciones institucionales, a los modos de pensamiento, a las ideologías o a las visiones del mundo. También deben incluirse en la extensión del término "antisemitismo" o, más exactamente en la del término "judeofobia", las actitudes (opiniones y creencias) y los comportamientos de los distintos responsables de los actos de violencia dirigidos específicamente al pueblo judío: los diseñadores, los responsables, los organizadores, los ejecutores. Sin olvidar a los testigos, que pueden ser cómplices de los agentes anti-judíos, por complacencia o indiferencia.

Esas violencias son polimórficas, y su intensidad variable: desde amenazas e insultos a los ataques mortales, pasando por las diversas formas de exclusión social. Ellas combinan tanto las agresiones físicas, la segregación, el tratamiento discriminatorio y la estigmatización - es decir, la exclusión simbólica entre insultos y amenazas -. En las múltiples formas de exclusión de los judíos, la violencia física, la coerción social y la violencia simbólica entran en su composición en proporciones variables. Se puede así ordenar las diversas maneras de ejercer violencia contra los judíos según su creciente radicalidad: estigmatización permanente, conversión (o asimilación) forzada, discriminación (trato desigual), segregación (puesta a distancia, separación forzada), expulsión masiva, agresión física (pogromo, acto terrorista), exterminio en masa (judeocidio nazi o Shoah).

Las amenazas e insultos basados ​​en prejuicios y estereotipos (los judíos son "codiciosos", "rapaces", dotados de un espíritu de "clan", o "subversivo" o "disolvente", etcétera), en temas de acusación y rumores maliciosos, acompañando cada uno de estos momentos de violencia anti-judía.

Lo mismo sucede con las teorizaciones de esas violencias, los grandes relatos anti-judíos: éstos últimos, durante largo tiempo estructuradas por representaciones de orden teológico (los judíos deicidas, asesinos rituales, profanadores), han tomado en la época moderna la forma de construcciones ideológicas o visiones del mundo centradas sobre una serie de acusaciones (parasitismo social, cosmopolitismo, conspiración para dominar el mundo).

La doble función de estas grandes relatos es legitimar la violencia contra los judíos mediante diversas formas de racionalización (teológica, política y "científica"), mientras que la movilización de las masas contra los judíos, manteniendo o estimulando su odio o temor al respecto de ese pueblo juzgado "extranjero" por naturaleza (inconvertible, "inasimilable") e intrínsecamente hostil y corruptor ("hijo del diablo", "depredador", "fermento de descomposición").

Nos encontramos así, interpretada de una manera variable según los contextos socio-históricos, con una de las más antiguas acusaciones contra los judíos, presente en el mundo antiguo: la acusación de "odio al género humano". Interpretada en la antigüedad como una expresión de exclusivismo o de separatismo deplorable, después como "xenofobia" o de un etnocentrismo propio del pueblo judío ("ellos se relacionan entre ellos", "ellos nos desprecian y nos odian"), va acompañada de un supuesto deseo de "dominación" ("imperialismo judío"). Este supuesto "odio al género humano" será introducido en la agenda política actual por la propaganda "antisionista" en el último tercio de siglo XX, cuando el "sionismo" será condenado como una "forma de racismo y discriminación racial", en palabras de la Resolución 3370 adoptada el 10 de noviembre 1975 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, la cual será derogada, sin embargo, el 16 de diciembre de 1991.

Es en nombre de la lucha contra el racismo que opera actualmente la demonización de los judíos en tanto que "sionistas". El estereotipo del "judío racista" se ha añadido al stock de estereotipos anti-judíos ya disponibles.

En la historia de las ideologías anti-judías en Europa, las racionalizaciones teológico-religiosas han sido dominantes desde el siglo IV de nuestra era hasta el "siglo de las Luces", momento en el cual las racionalizaciones naturalistas, reclamándose del saber científico, comenzaron a jugar un papel importante que, en el curso del positivista y cientifista siglo XIX, devendrán cada vez más importantes.

Pero el "siglo del Progreso" fue también el de la emancipación de los judíos, en un contexto donde triunfaba el principio nacionalista, implicando la imposición de la norma de la homogeneidad, erradicando así los "particularismos". Todo ello colocó a los judíos ante una trágica alternativa: dejar de ser judíos fundiéndose sin reservas en la nación anfitriona (la lógica de la asimilación total o de la "desparticularización" radical), o bien abandonar el territorio nacional (emigración forzada), a excepción claro está de aceptar la discriminación y la exclusión social.

Además, el hecho de que se impusiera, paralelamente a la instalación de las normas nacionalistas, el principio racista que transformaba al pueblo judío en una "raza" inasimilable y peligroso, provocó que los judíos se vieran atrapados en un dilema: ellos no podían  satisfacer al mismo tiempo el requisito nacionalista de su asimilación y la exigencia racista de separación/expulsión, respondiendo así a los imperativos contradictorios de asimilación y emigración. Cara a la "cuestión judía" así planteada, un cierto número de judíos europeos han creído encontrar en el nacionalismo judío, el sionismo, una "solución" para escapar a la alternativa de asimilación o expulsión. Sin embargo, por una trágica paradoja, cuando el proyecto sionista tomó forma y se creó el Estado de Israel, la mayoría de las viejas acusaciones contra los judíos reaparecieron bajo nuevas formas.

En el corazón del gran relato "antisionista", se encuentra una representación polémica ordinariamente designada por el oxímoron "sionismo mundial". Se reprochaba contradictoriamente a los judíos ​​de ser demasiado "comunitarios" y demasiado "nómadas", demasiado "separatistas" y demasiado "cosmopolitas" o "mixtos (impuros)". Y simultáneamente, de ser demasiado secretos y demasiado visibles (incluso ostentosos). El discurso "antisionista" reúne todas esas quejas contradictorias estigmatizando al "sionismo mundial": es decir, aquellos judíos a los que se llama o se llaman a sí mismos "sionistas", ahora se les reprocha ser nacionalistas y a la vez "globalizadores" (antes se solía decir "internacionalistas" o "cosmopolitas"), lo que alimenta la acusación de "doble lealtad" contra los judíos de la diáspora.

En esta visión de estilo paranoico, Israel es percibido como la cara visible del iceberg. En la propaganda "antisionista", el "sionismo" es así fantaseado como una potencia mundial de otro tanto más temible que ella se mantendría largamente oculta, una nueva encarnación del "peligro judío".

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