Tuesday, January 14, 2014

Qué hay de equivocado en el análisis de "quién es judío" del The Economist - Shmuel Rosner - Jewish Journal



¿Quién es un judío? The Economist, en un artículo que se ha leído en los últimos días, hace esta afirmación:
Esta cuestión se hace cada vez más apremiante para los judíos de todo el mundo. Se ve como una cuestión religiosa, pero está ligada a la historia, a la política israelí y a los ritmos de la diáspora. Abordarla significa decidir si la asimilación es una amenaza mortal, tal como muchos judíos creen, o un fenómeno al que acomodarse. La lucha en torno a esa respuesta dará forma a la sociedad de Israel, a sus relaciones con los judíos de otros lugares y al tamaño y el aspecto de la comunidad judía mundial.
Esta es una afirmación razonable, pero el artículo, en su intento de ser interesante, lo enmarca de una manera que no resulta tan razonable:
En la actualidad hay varios cientos de miles de israelíes ex soviéticos que resultaban lo suficientemente judíos como para entrar en el país, pero no son lo suficientemente judíos para los rabinos. La mayoría se desanima ante la longitud y exigencias intelectuales del proceso de conversión halájica (no ayuda que las conversiones ya finalizadas a veces anulados son anuladas por violaciónes del Sabbath u otras normas religiosas). Desde que Israel no les ofrece ninguna ceremonia de matrimonio civil, estos israelíes y sus conyugues suelen ir al extranjero para casarse (como hacen algunas otras parejas que prefieren evitar las sinagogas). La población está empezando a dividirse en tres partes: judíos halájicos y árabes, pero también "otros". Esta división tripartita, dice Yedidia Stern, un jurista del Israel Democracy Institute, un think-tank israelí, "es una bomba de relojería".
Bueno, eso no es exacto. Los "varios cientos de miles" se parecen más a trescientos mil de ocho millones en total - o de seis millones de judíos -. Se trata de una población importante, pero apenas lo suficientemente grande como para ser una "bomba de relojería". Por otra parte, si llega a convertirse en una bomba de relojería, si el asunto llega a ser realmente apremiante, una solución puede ser hallada. Esa es la naturaleza de la política: ofrecer soluciones a problemas complejos sólo cuando un asunto se convierte realmente en apremiante. El peor escenario: que algunos israelíes ortodoxos les eliminen de sus propias listas de posibles cónyuges. La mayoría de los israelíes son mucho más propensos a hacer realizar algún tipo de compromiso.

En pocas palabras: quién es un judío no es realmente un asunto tan urgente para Israel.

Sin embargo, la historia sí es totalmente diferente en la diáspora. Los judíos que viven en otros países, principalmente en los EEUU, tienen que tratar con el tema urgente de los matrimonios mixtos. Pero una vez más, el artículo, que quiere ser más interesante (lo suficientemente interesante) que la realidad, endosa esos urgentes dilemas de la diáspora a la realidad israelí, como si los problemas fueran similares. Y no lo son. Son problemas diferentes a los que se enfrentan unas comunidades diferentes, y a los que no se puede adjudicar una solución unificada.

Eso sí, The Economist tiene razón al afirmar que "los lazos entre Israel y la diáspora podrían debilitarse".

La explicación de este escenario de debilitamiento, sin embargo, no es del todo coherente en el relato del The Economist. El problema de las relaciones entre Israel y la diáspora no es lo mismo que el problema de las diversas interpretaciones del judaísmo entre ortodoxos y no ortodoxos. El problema de las relaciones entre Israel y la diáspora se deriva de los mayores incentivos de Israel y de su mayor capacidad a la hora de encontrar un terreno común para que seguir siendo una comunidad unificada - una habilidad que incluye el poder del Estado para hacer cumplir con ciertos criterios (por ejemplo, los criterios para la conversión) -, y los mucho menores incentivos de la diáspora al igual que su mucha menor capacidad para crear un acuerdo sobre las normas.

Por lo tanto, es muy probable que Israel encuentre una "balsa" con la que navegar por esas aguas tormentosas de la cuestión de "quién es un judío", de una manera tan inestable como se quiera, mientras que las comunidades de la diáspora tienen tendencia a dividirse y a optar por "muchas balsas" que, en última instancia, la propia deriva las alejará de entre sí, mientras que la "balsa de Israel", al definir el judaísmo de una manera cada vez más amplia (y para un gran número de sus ciudadanos, dejando de ser activamente judíos).

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