Sunday, February 09, 2014

El país de todos y bla-bla-bla - Ariel Cohen - Israel Hayom



En la década de 1990, el ex diputado Azmi Bishara criticó duramente al profesor Sammy Smooha, uno de los investigadores más destacados de las relaciones judeo-árabe en Israel. Bishara estaba furioso porque Smooha se atrevió describir a Israel como una democracia étnica. Mientras que esa caracterización era una crítica de la democracia de Israel, no obstante identificaba a Israel como una democracia. Bishara describió airadamente esta teoría como extremadamente peligrosa.

¿Y qué era tan peligroso en una democracia étnica? En aquellos años, Bishara y otros como él, algunos de ellos antisionistas y otros post-sionistas, intentaban deslegitimar la fundación de Israel como Estado judío y democrático. El enfoque que eligieron fue insistir con la mayor vehemencia posible en que Israel no sólo era antidemocrático, sino que era incapaz de ser democrático porque era judío. Cualquier caracterización de Israel como democracia, de ninguna de las maneras y aunque fuera expresada como una crítica, era aceptable para ellos.

Su camino, sin embargo, resultaba complicado: el nacionalismo y la democracia, a pesar de la variedad de conexiones entre ellos, suelen ser medidos y juzgados en dos planos diferentes: con referencia al nacionalismo, hay una distinción entre uno de tipo étnico-cultural y otro de tipo cívico.

El nacionalismo étnico-cultural se apoya en un origen común, en una memoria colectiva, en una historia y en una lengua y cultura única. El nacionalismo cívico está basado en la identidad y en una superposición del colectivo civil y nacional, reduciendo al mínimo, sin duda a nivel oficial y legal, los aspectos étnico-culturales. En una visión general del mundo, la gran mayoría de las democracias experimentadas y estables existen como Estados-nación étnico-culturales, tal como Israel.

Así, por ejemplo, en las banderas nacionales de muchos países de Europa nos encontramos con la cruz cristiana, que representa a la mayoría cultural. Seguramente no representa a las minorías judías, musulmanas o budistas en dichos países, y sin duda va en contra de sus creencias. Algunos países tienen leyes de retorno que dan preferencia a los miembros de la nacionalidad respectiva. Estos factores no ofrecen una razón para poner en duda las democracias de esos países.

No obstante, Francia y los Estados Unidos son normalmente considerados como países en los que el nacionalismo es de carácter cívico, a diferencia de esos otros donde predomina lo etno-cultural.

Sin importar el tipo de nacionalismo vigente en cualquier país, las democracias en esos países se calibran y se examinan de acuerdo con una amplia gama de factores relacionados con los derechos humanos y cívicos. El principal desafío a los que se enfrentan Bishara y sus cohortes es que los institutos de investigación, aquellos relacionados con la estimación de los niveles de democracia, dan prioridad consistentemente a Israel dentro de la lista de democracias libres, en los que se compara favorablemente con otros países. Numerosos artículos han tratado de poner de relieve las profundas fallas de la democracia en Israel y han sugerido que caracteriza a Israel como una "etnocracia", pero nunca han convencido a estos grupos de reflexión para que consideren que Israel no es democrática.

¿Qué hacer entonces cuando el nacionalismo étnico-cultural de Israel no es algo único, si lo comparamos con la inmensa mayoría de las democracias de todo el mundo? En nuestro país, donde es posible alistar a ciertos elementos dentro del mundo académico con el propósito del adoctrinamiento ideológico, también ha sido posible crear un término que sirva a la causa de la deslegitimación de Israel y así poder socavar que, de hecho, es una democracia. Este término o expresión, para que sea un éxito, debe presentarse como una replica de la idea de un Estado-nación judío, y luego hay que repetirla constantemente.

El término que se eligió fue el de "un país de/para todos sus ciudadanos", (que no fue inventado por Bishara, sino que simplemente explotó la percepción que creó, pero sin acreditarla, el profesor Yoav Peled). Sin ni siquiera discutir el objetivo de dicha expresión, negar a Israel como un Estado-nación judío, ese término ha cumplido con su objetivo penetrando con éxito en la conciencia pública moderna. Incluso antes de que cualquier palabra hubiera sido pronunciada, "un país de todos sus ciudadanos" implicaba que un Estado definido como judío no era "de todos sus ciudadanos". Y debido a que supuestamente no era para todos sus ciudadanos, por lo tanto no era una democracia.

Un país de todos sus ciudadanos tiene un tañido universal, claro que como parte integral del léxico empleado por los académicos dentro de los campos de estudio del nacionalismo, la estatalidad, la democracia y similares. Tiene la apariencia de una idea general que se puede aplicar a otros casos de estudio. Es razonable suponer que la gran mayoría de los israelíes están convencidos de que esa expresión inglesa se ha transformado para ajustarla al discurso israelí.

Sin embargo, una simple inspección revela que no es más que una manipulación del estilo "un país de todos y bla-bla-bla", más que una idea teórica seria o significativa propia del ámbito académico. La existencia misma de una idea teórica, su importancia y significado, se puede medir de varias maneras: ¿Deberían considerarse otros casos de estudio aparte de Israel? ¿Cuánto se usa en la investigación académica? Las cifras podrían arrojar una luz inicial sobre la cuestión de cómo un término con un uso académico, y un tono teórico, pero que se utiliza como una herramienta política, gana un estatus. Una búsqueda focalizada utilizando "Google Scholar", que es una base de datos sobre la investigación académica publicada, muestra alrededor de 650 resultados para la expresión "un país de todos sus ciudadanos" en inglés. Este es un número bastante pequeño en proporción al depósito de todas las expresiones pertinentes. De mucha mayor importancia es el hecho de que de las 650 veces que aparece dicha expresión, más del 90% (!!) pertenece a menciones de Israel. Al parecer, ese término o expresión no tiene otro uso serio y significativo que no sea describir ese "país de todos y bla-bla-bla".

Contribuyen al éxito de un "país para todos sus ciudadanos" aquellos que, de mala gana, se muestran como los campeones de la causa de Israel como un país judío y democrático. Algunos de ellos han afirmado, y todavía lo hacen hoy en día, que Israel no se creó para ser un país de todos sus ciudadanos en el sentido nacionalista del término, es decir, en el sentido de un nacionalismo cívico. Ellos sin duda tienen razón, pero sin saberlo han contribuido a la sensación de que hay una contradicción, al parecer, entre un Estado judío y un país de todos sus ciudadanos, en el sentido democrático de la palabra.

La confusión entre el significado nacionalista del término y el significado democrático ha servido bastante bien a Azmi Bishara, por la sencilla razón de que en conjunto no reconoce la existencia de un pueblo judío, sobre todo cuando se trata de su derecho a la autodeterminación en su propio Estado nacional. Esa expresión, especialmente en árabe, puede inducir a la sonrisa para cualquier persona ligeramente familiarizada con el mundo árabe y con los regímenes despóticos que Bishara encuentra tan dignos de admiración.

¿Cómo podemos evitar que esta espiral prosiga? Memorizamos esta frase creada por el profesor Asa Kasher: "El Estado de Israel pertenece al 100% de sus ciudadanos, pero es el Estado-nación de sólo el 80% de sus ciudadanos, y no es el Estado-nación del restante 20%". Este es el sentido de un estado judío y democrático: un hogar nacional judío para todos sus ciudadanos.

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