Saturday, March 22, 2014

Deben preguntar a los israelíes si quieren la paz - Aaron Magid - Haaretz



La oposición ha sido feroz con la reciente ley proponiendo un referéndum nacional sobre la división de Jerusalén. La diputada laborista Yacimovich define al proyecto de ley como "un intento de torpedear cualquier acuerdo de paz" con antelación. Sin embargo, el referéndum podría ser una herramienta esencial para reducir las posibilidades de un conflicto interno, reforzando la transparencia democrática después de la retirada de Gaza del 2005, y fortaleciendo la legitimidad de un polémico acuerdo de paz.

La diputada y líder del Meretz, Zehava Gal-On, criticó al referéndum declarando: "Me duele la situación de la Knesset y la autoridad soberana de los representantes del gobierno israelí". ¿Pero están fuera de la legitimidad los parlamentos de Francia, Bulgaria y de otras democracias cuestionadas a raíz de sus raros referendum? Los votantes franceses rechazaron la constitución propuesta por la Unión Europea en un referéndum de 2005, y los ciudadanos búlgaros votaron recientemente la construcción de una planta de energía nuclear.

Sin embargo, la cuestión del referendum es mucho más urgente en Israel debido a las prácticas antidemocráticas de los gobiernos israelíes anteriores. El antiguo líder del partido Laborista, Amram Mitzna, realizó una entusiasta campaña favorable a una retirada unilateral de la Franja de Gaza y de unos asentamientos aislados de Cisjordania antes de las elecciones de 2003. En esos momentos, el primer ministro del Likud, Ariel Sharon, rechazó su plan enfatizando el carácter sagrado de los asentamientos, incluso los de Gaza, exclamando: "El destino de Netzarim es el destino de Tel Aviv".

Si la población israelí hubiera estado genuinamente interesada en apoyar la evacuación de Gaza, entonces habría votado a favor de la plataforma de Mitzna. Sin embargo, Sharon y el Likud emergieron victoriosos. Sólo después de las elecciones del 2003, Sharon adoptó y propuso el plan de retirada, que impuso por medio de la Knesset, haciendo caso omiso de los deseos de los electores israelíes que le habían votado en base a sus credenciales de línea dura. El engaño de Sharon proporcionó a los grupos derechistas de unas quejas legítimas, y sus acciones antidemocráticas fueron un factor importante en las tensiones generadas dentro de Israel.

Es cierto que muchos legisladores que abogan por esta nueva ley tienen intenciones tóxicas. El viceministro de Asuntos Exteriores, Zeev Elkin (del Likud), argumentó que el referéndum podría proporcionar otra "barrera" que impidiera que Israel abandone a su "patria". Sin embargo, las encuestas han demostrado en repetidas ocasiones que el análisis del Elkin está equivocado. Una encuesta de 2013 mostraba que el 55% de los israelíes probablemente respaldaría cualquier acuerdo que Netanyahu presentara, con sólo un 25% de oposición.

Teniendo en cuenta que el referéndum se llevaría a cabo en un ambiente más optimista - después de alcanzar un acuerdo, cuando se reforzarían los lazos internacionales de Israel y los posibles frutos económicos de un acuerdo de paz estarían al alcance - los encuestados probablemente apoyarían el referéndum en números aún más altos.

Otra crítica que ofrece la izquierda es que sólo los israelíes participarían en dicho referéndum y no los palestinos ocupados. Sin embargo, los palestinos tendrían su propia oportunidad de votar: el Presidente Abbas ha prometido llevar cualquier acuerdo final de paz a un referéndum palestino. Inclusive Hamas ha acordado acatar los resultados de un referéndum, proporcionando a Abbas una legitimidad que ninguna otra acción podría proporcionar. Parece improbable que los derechistas israelíes adopten un enfoque más hostil en lo referente a la legitimidad del referéndum que Hamas. Aunque los izquierdistas se oponen a referéndum de Netanyahu, ¿por qué el Meretz o los Laboristas no critican a Abbas por adoptar esa misma decisión (celebrar un referéndum)? Tal retórica parece ser más política que ideológica.

Dado que las negociaciones se llevan a cabo en secreto entre las dos partes, ambos líderes han protegido a sus poblaciones de estas discusiones históricas - o, en palabras de Daoud Kuttab, han "jugado a ser Dios" sobre sus vidas -. Mientras que los líderes puedan hablar justificadamente a puerta cerrada para permitir más espacio a la negociación, tales acciones impiden que el público desempeñe su papel de debatir y comprometerse con sus líderes en un tema tan crítico. Después de meses de secretismo, un referéndum público equilibraría la balanza.

Al igual que en 2003, el actual gobierno de Israel no ha recibido un mandato popular para hacer concesiones de largo alcance. Netanyahu hizo campaña por una política de seguridad sólida, y el segundo mayor partido, el Yesh Atid, escapó de las cuestiones diplomáticas antes de las elecciones. Los dos únicos partidos que expresaron un apoyo vigoroso a celebrar negociaciones eficaces con los palestinos, el Hatnuah y el Meretz, cosecharon apenas 12 diputados combinados. Si Netanyahu aceptara un acuerdo que exigiera la retirada de casi la totalidad de Cisjordania y de partes de Jerusalén sin un referéndum, entonces él estaría pisoteando la voluntad del pueblo, que aún no ha hablado.

La retirada de Gaza del 2005 provocó profundas divisiones en Israel, con dolorosas imágenes por televisión de soldados israelíes que retiraban a los colonos de los techos de sus hogares. Un acuerdo de paz definitivo requeriría más concesiones sustanciales con probablemente diez veces más colonos evacuados, con la división de los lugares santos de Jerusalén y unos importantes riesgos en la seguridad. Sin un referéndum, el público israelí, con razón, se sentiría engañado y la probabilidad de disturbios civiles se desataría. Además de preservar la unidad nacional, a raíz de un evento más polarizador inclusive que el affaire del Altalena en 1948, el referéndum proporcionará legitimidad popular a cualquier acuerdo alcanzado y reduciría la credibilidad de los actores de la oposición como unos valores atípicos.

Cuando el presidente de Egipto Anwar Sadat firmó la paz con Israel, lo hizo como un líder autoritario que nunca recibió el apoyo de su pueblo. En consecuencia, la oposición al tratado de paz dentro de la sociedad egipcia aún es feroz, y en 2011 una turba entró a la fuerza en la Embajada de Israel tras el aumento de la violencia en la región. Los israelíes constantemente se enorgullecen de su naturaleza democrática, en contraste con sus vecinos árabes. Sin embargo, si Netanyahu imita a Ariel Sharon y a su desconexión, y se compromete a dividir Jerusalén tras unas conversaciones secretas con los palestinos y después de hacer una campaña electoral por una política exactamente la contraria, ¿en que serían diferentes los líderes de Israel del autocrático Sadat? Sólo un referéndum nacional podría salvar a Israel de esta comparación poco halagüeña.

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