Monday, August 04, 2014

Increíble, una luz diferente en el país de los Almodovar, Gala, Bardem y Pe Cruz - El nuevo antifascismo - Iñaki Ezquerra



Sí. Resulta ya innegable que hay una ola de antisemitismo en España y que es preciso reconocer el fenómeno, definir su naturaleza y analizar sus causas, para erradicarlo. Las reacciones histéricas que está produciendo la respuesta de Israel sobre la Franja de Gaza a la inicial ofensiva de los palestinos denotan que ha arraigado entre nosotros una peligrosa cultura del prejuicio contra los judíos y contra lo judío. Se puede desear la paz en ese rincón del mundo. Se puede pedir contención y proporción al Ejército israelí en su respuesta a Hamás, dada la evidente superioridad militar del primero. Se pueden admitir muchos peros y matices bienintencionados. Pero lo que no se puede es ignorar de quién ha partido la provocación y quién disparó los primeros misiles para presentarlo como una pobre víctima indefensa frente al demonio. Hay un obvio juego sucio por parte de nuestra izquierda en presentar esta guerra como si fuera la única que ha habido en la historia de la Humanidad y no respondiera a un antiguo conflicto en el que ya llueve sobre mojado.

Hay una paradoja que distingue al nuevo antisemitismo del clásico, del de toda la vida. Si aquel se cimentaba sobre argumentos tradicionales y reaccionarios, este se basa en valores presuntamente progresistas. Si aquel se justificaba por el integrismo católico o el odio racial, por la culpa judía en la muerte de Cristo y por la limpieza de sangre, al nuevo antisemitismo se llega por la vía de la corrección política, del buenismo, del utopismo, del pacifismo y del antirracismo, paradójicamente. Es preciso comprender esto para no hacer un diagnóstico falso y para combatirlo con la adecuada vacuna ideológica. ¿Por qué nuestra izquierda se identifica antes con la causa islámica y teocrática que con la de un Estado moderno y democrático como Israel? ¿Sigue vigente todavía la candidez que hizo ver un movimiento libertador en la Revolución iraní, o hay nuevos factores que abundan en esa identificación supersticiosa? ¿No será que ha cuajado colectivamente en nuestra izquierda y en una buena parte de la sociedad española una cultura de la laxitud que ve como moralmente reprochable y políticamente detestable la clara, abierta y legítima autodefensa de un Estado, la salvaguarda de sus fronteras y la osadía de aspirar «fascistamente» a su propia supervivencia?

En cualquier debate sobre el drama palestino-israelí puede constatarse que lo que despierta antipatía y desventaja ética ya de partida es la voluntad manifiesta de los judíos de defender su Estado sin ambages ni disimulos ni hipocresías ni malas conciencias. Es eso lo que irrita en un país, como el nuestro, acostumbrado a que el Estado pida perdón por todo, incluso y antes que nada por su propia existencia. Es eso lo que produce asombro en una opinión pública mucho más condicionada de lo que cree por la presión ideológica de nuestros nacionalismos periféricos: un Estado como el de Israel que no se avergüenza de serlo ni de neutralizar a sus enemigos. Y así tenemos que lo que en principio es para los palestinos una desventaja en el contexto mundial –ese Estado sin acabar– se convierte en un punto a favor para su propaganda internacional.
Pero la paradoja llega más lejos. Lo que se les reprocha a los judíos de hoy es que no sean en la defensa del Estado de Israel más ladinos, más taimados, más farsantes y más políticamente correctos, como lo son sus enemigos. Lo que irrita de los judíos, en fin, es que no mientan y no respondan al cliché que el antisemitismo tradicional ha elaborado de ellos.

En cualquier debate sobre el drama palestino-israelí puede constatarse que lo que despierta antipatía y desventaja ética ya de partida es la voluntad manifiesta de los judíos de defender su Estado sin ambages ni disimulos ni hipocresías ni malas conciencias. Es eso lo que irrita en un país, como el nuestro, acostumbrado a que el Estado pida perdón por todo, incluso y antes que nada por su propia existencia. Es eso lo que produce asombro en una opinión pública mucho más condicionada de lo que cree por la presión ideológica de nuestros nacionalismos periféricos: un Estado como el de Israel que no se avergüenza de serlo ni de neutralizar a sus enemigos. Y así tenemos que lo que en principio es para los palestinos una desventaja en el contexto mundial –ese Estado sin acabar– se convierte en un punto a favor para su propaganda internacional.
Pero la paradoja llega más lejos. Lo que se les reprocha a los judíos de hoy es que no sean en la defensa del Estado de Israel más ladinos, más taimados, más farsantes y más políticamente correctos, como lo son sus enemigos. Lo que irrita de los judíos, en fin, es que no mientan y no respondan al cliché que el antisemitismo tradicional ha elaborado de ellos.

Lo que produce asombro en la opinión pública española es un Estado, como el de Israel, que no se avergüenza de serlo.

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