Thursday, October 09, 2014

Roger Cohen, la "Nakba" y la falsificación de la historia - Seth Mandel - Commentary



Para los particularmente cínicos y monomaníacos críticos de Israel y de la comunidad judía mundial, hay miles de maneras de secuestrar la humilde e introspectiva liturgia de las festividades más sagradas hebreas para producir una ególatra y santurrona diatriba con el tiempo suficiente para que se publique por esas fechas y reciba de paso las consiguientes palmaditas en la espalda. Si eres Roger Cohen del New York Times, está el reto añadido de asegurarse de retorcer la historia, y de paso deshonrar a las víctimas del genocidio, para no defraudar a sus lectores al poder leer el artículo que esperaban de él. Y la columna de Cohen no defrauda a sus lectores en estas santas festividades.

Cohen comienza explicando que cuando se sentó en una sinagoga del Judaísmo de la Reforma en Londres durante estas santas festividades, no pudo dejar de observar que los rabinos no estaban usando el púlpito para reprobar a Israel. No le importó que él ya posea su propio púlpito en el New York Times para no dejar de hacerlo. Sobre el tema de los niños palestinos muertos en la reciente guerra de Israel con Hamás en Gaza, Cohen nos ofrece esto:
Independientemente de la incriminación, si la muerte de un solo niño por una bala israelí parece presagiar algún fallo en el tan ansiado Estado judío, que decir de la muerte de varios cientos. La masacre en otras partes del Oriente Medio no puede ser una coartada para que los judíos eviten el autoescrutinio (precisamente en estas santas fechas).
Un subterfugio aquí, otro preparado. Y en particular el estilo acusatorio, como si el autoescrutinio israelí necesitara de la insistencia de Cohen, y como si cualquier defensa de las acciones de Israel fuera etiquetado correctamente como una "coartada", afirmando así la naturaleza  criminal de la autodefensa de Israel. Pero Cohen se balancea de nuevo (al ritmo de su diatriba):
A lo largo de la diáspora, en los milenios en los que fuimos extranjeros en tierras extrañas, la inquieta búsqueda por parte de los judíos en sus escrituras de los contenidos éticos de las palabras sagradas creó una correa de transmisión del judaísmo. Durante el tiempo en que compartimos la humanidad del otro lo percibimos y lo sentimos, y tal cuestionamiento era inevitable. Lo terrible acerca de la actualidad en la Tierra Santa es la negación de esta humanidad del extranjero. Cuando eso ocurre, se vuelve esencial la autointerrogación. Cuando mezclarse y relacionarse parece haber muerto, la separación ha generado rechazo y desprecio.
Esta es una táctica clásica de la izquierda: como los palestinos son obviamente culpables de -en este caso, deshumanizar a los judíos -, los judíos también debemos ser culpables, ya que de lo contrario no habría ninguna base moral o intelectual para la visión del mundo de Cohen, que asume de entrada la culpabilidad de Israel.

Y es especialmente satisfactorio para Cohen lanzar la acusación de "separación" a la cara de Israel. De hecho, la política de Israel es, como vimos la semana pasada, alentar a que los judíos y árabes puedan vivir el uno al lado del otro en paz y prosperidad compartida. Sin embargo, el punto de vista de la izquierda israelí y occidental, del gobierno de Obama, y del consejo editorial del periódico que emplea a Roger Cohen es que la segregación étnica en algunos lugares - como por ejemplo el barrio de Jerusalén de Givat Hamatos - debe implantarse y hacerse respetar. Al lamentar el hecho de la “separación”, los jefes segregacionistas de Cohen en el New York Times podrían ser un mejor destino para su ira y sus diatribas, aunque eso requeriría un nivel de honestidad intelectual que Cohen no está dispuesto a demostrar.

Cohen pasa luego a especular que tal vez los rabinos querían usar el púlpito para reprobar a Israel, pero tenían miedo de incurrir en la ira de esos judíos que mantienen a dichos rabinos "amordazados", en palabras de un colega de Cohen citado en la columna.

Y finalmente Cohen llega al asunto. Después de hacer referencia a un pasaje de Stefan Zweig en su libro “El mundo de ayer” donde se refiere a los judíos como la única "comunidad de expulsión" (la única expulsada de varios lugares donde residían), Cohen actualiza los hechos para dejar por sentado que los judíos son ahora los opresores, los que expulsan:
Dos frases me asaltaron: "comunidad de expulsión" y "expulsados de la tierra, pero sin una tierra a donde ir". La segunda encarna desde luego la necesidad del Estado judío de Israel. Pero resultaba inconcebible, al menos para mí, sin tener conciencia de la primera. Y es que los palestinos se han unido a condición siempre recurrente de "comunidad de expulsión”. Las palabras del Levítico valen la pena repetirlas para cualquier judío en o cualquiera concernido por el Israel de hoy: "Trata al extranjero como a ti mismo, porque tú fuiste extranjero en la tierra de Egipto".
Lo que Cohen está diciendo aquí, implícitamente, es que la narrativa palestina de la "Nakba" es correcta. Pero con un toque especialmente ofensivo: que los judíos expulsaron a los palestinos de la misma forma en que los judíos fueron expulsados de varios países durante miles de años.

No hace falta decir que, parece desde luego que no, que cuando Cohen se sienta en una sinagoga reformista de Europa y decide que los palestinos son las víctimas de lo que Europa hizo a los judíos, dejando en evidencia su ignorancia de la historia, estamos ante una falsedad maliciosa y repulsiva. Pero también resulta absurdo equiparar los judíos pre-Israel "sin tierra donde ir" con los palestinos en Gaza (o Cisjordania, para el caso). De hecho, en esos casos, los palestinos están sentados en la misma tierra que gobiernan sus líderes, y para la cual Israel ha ofrecido su reconocimiento como un Estado palestino (siempre que no sea un peligro para su seguridad) y prácticamente les ha rogado que lo acepten.

Los palestinos no son un pueblo sin tierra, y tampoco tienen por qué ser un pueblo sin estado. Pero para ello los palestinos tendrían que aceptar su condición de Estado y todas las responsabilidades que conlleva. Ellos hasta ahora han elegido no hacerlo, y ninguna cantidad de difamación del pueblo judío en sus más sagradas festividades podrá cambiar esto.


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