Tuesday, January 06, 2015

La Cábala anti-Houellebecq: la posibilidad de una "sumisión". Una nueva fatwa contra la islamofobia - Noix Vomique - Causeur



El historiador Bartolomé Bennassar explicaba que la Inquisición española había trabajado al servicio del Estado:"ella apuntó en primer lugar al fin que era propiamente el del Estado, el crear un pueblo unificado con la misma creencia, en consonancia con la ortodoxia católica más precisa".

Así comenzó a reprimir a todos los desviados, ya fueran judíos, moriscos, protestantes o incluso sodomitas. Los libros también eran objeto de vigilancia: la Inquisición emitía las licencias de impresión y un primer índice de los libros expurgados o prohibidos se publicó desde 1551. En 1584, el índice de Quiroga señalaba que el número de libros censurados alcanzaba la cifra de 1.400. La obsesión por querer controlarlo todo era tal, que incluso las bodegas de los barcos que anclaban en España fueron objeto de inspección. La Inquisición buscaba así, por todos los medios, evitar la propagación de las ideas subversivas. Nada extraordinario, finalmente. Hoy en día, en nuestras democracias, libros y autores todavía pueden ser incluídos en la lista negra debido a que no se ajustan a las ideas dominantes. Ciertamente, ninguna prohibición se pronunciará y ninguna hoguera física se levantará: para que el honor de la democracia esté a salvo, los métodos de los nuevos inquisidores son más sutiles.

Regularmente, los bobos [N.P.: literalmente, bohemios burgueses progresistas, quienes conforman generalmente las élites intelectuales y mediáticas biempensantes, son los creadores de opinión y son dominantes en los medias, la administración y los ámbitos culturales] deben estar temblando ante la idea de que un nuevo  Mein Kampf  estará disponible este jueves en las librerías. La izquierda ya se anticipó linchando sin restricciones obras previas como "Éloge littéraire d’Anders Breivik" de Richard Millet, "L’Identité malheureuse" de Alain Finkielkraut y, en fin, "Le suicide français" de Éric Zemmour. En cada ocasión, el propósito del libro es distorsionado y el autor arrastrado por el fango: ¿acaso no buscaba criticar el multiculturalismo, acaso no dudaba de los beneficios de la inmigración y no denunciaba la islamización de nuestra sociedad?

En las últimas semanas, Eric Zemmour ha sido entregado a la más descarnada reprobación: fue acusado primero de haber querido rehabilitar el régimen de Vichy. En la cabeza del estado, el primer ministro Manuel Valls dijo en un tono perentorio que "Zemmour no merecía ser leído". Pero la polémica no fue suficiente para descalificar a Zemmour a los ojos del público: Su  "El suicidio francés"  es todo un éxito y ya ha vendido más de 400.000 copias. Los izquierdistas, frustrados, han tenido que renovar sus ataques. El otro lunes, el político de extrema izquierda Jean-Luc Mélenchon evocó en su blog ​​una entrevista con el Corriere della Sera: según ese blog, Eric Zemmour habría hablado de la deportación de cinco millones de musulmanes. Inmediatamente, las redes sociales aguzaron sus cuchillos: en twitter, el ministro del Interior  Bernard Cazeneuve , condenaba "con la mayor firmeza las palabras de Eric Zemmour acerca de los musulmanes en Francia en el Corriere della Sera" y el presidente del Grupo Socialista en la Asamblea Nacional, Bruno Leroux, ordenaba a  los medios de comunicación que boicotearan a Eric Zemmour. Jugando el papel del Tribunal del Santo Oficio,  SOS Racisme buscaba justicia y exigía que Eric Zemmour fuera expulsado de i> Télé, RTL y Le Figaro. A pesar de las explicaciones del periodista italiano que le entrevistó, Stefano Montefiori, quien explicó que "la palabra deportación nunca fue pronunciada" durante la entrevista, la cacería continuó y i>Télé finalmente decidió entregar la cabeza de Eric Zemmour que le habían solicitado SOS Racisme y los musulmanes de Al-Kanz. Para justificarse, Céline Pigalle, jefa de redacción de i>Télé, invocó, sin ningún tipo de vergüenza, "la libertad de expresión": la expulsión de Zemmour nos muestra hasta que punto existe una brecha entre la "opinión pública y la opinión publicada".

Estos incidentes nos muestran que cierta clase política y mediática, en lugar de buscar el debate contradictorio, se obstina insiste en preparar procesos por brujería. Al igual que la Inquisición, la izquierda se ha erigido juez de la ortodoxia y de la desviación. La izquierda está persuadida de encarnar el Bien: por ello no tolerará ninguna discusión y prefiere lanzar fatwas. Muy pronto, Michel Houellebecq deber sufrir a su vez la ira de los biempensantes porque su próxima novela,  Soumission, que se publicará el 7 de enero, se situará en el 2022 en una Francia convertida al Islam. Ahora bien, recordemos lo que Houellebecq había dicho en 2001 durante la promoción de su aclamada novela Plataforme, que "la religión más estúpida es el Islam". En esos momentos, sus palabras habían causado tal escándalo que el sabio Claude Lévi-Strauss tomó la defensa del escritor. En una entrevista publicada el 10 de octubre 2002 en Le Nouvel Observateur, el reconocido antropólogo había evocado el revuelo levantado contra Michel Houellebecq y el auge del fundamentalismo religioso:
"Yo ya dije en Tristes Tropiques lo que pensaba del Islam. Aunque con un lenguaje menos crudo, yo no estaba tan lejos de lo expresado por Houellebecq y por lo que se le procesa hoy. Tal proceso habría sido inconcebible hace medio siglo; esto no se le hubiera ocurrido a nadie. 
Tenemos el derecho de criticar a la religión. Tenemos el derecho de decir lo que pensamos. Estamos contaminados por la intolerancia islámica. Sucede lo mismo con la actual idea de introducir la enseñanza de la historia de las religiones en la escuela. He leído que le había encargado a Regis Debray una misión sobre este tema. Una vez más, esto parece ser una concesión hecha al Islam: la idea de que la religión debe penetrar fuera de su dominio. Me parece al contrario que, hasta ahora al menos, el secularismo había funcionado muy bien".
Claude Lévi-Strauss era consciente de que su franqueza no sería posible hoy. En 1955, en el penúltimo capítulo de Tristes Tropiques, tuvo duras palabras para el Islam. En particular, explicaba que los musulmanes eran "incapaces de soportar la existencia del otro como otro: la única manera para ellos de ponerse al abrigo de la duda y de la humillación (por la riqueza y desarrollo del otro) consiste en la 'negación y aniquilación' del otro, considerado como testigo de otra religión y de otra conducta". Hoy en día, estas páginas seguramente le habrían supuesto estar colocado ante la picota pública. Los nuevos inquisidores le reprocharían ser un islamófobo -el mayor de los crímenes en la actualidad -. Reflexionando, el hecho de que hoy no se pueda tener una opinión crítica sobre el Islam, como si la religión se hubiera convertido en sagrada para todo el mundo, incluso para los no musulmanes, es quizás el signo de que, sin esperar a 2022, nuestro país esta dispuesto ya mismo a ser sometido.

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