Friday, April 08, 2011

Cuando el Islam resulta ser poco moderado, lo mejor es una dosis extra de apaciguamiento – Benny Morris – National Interest



En pocas ocasiones como esta un importante diario de referencia internacional da tantas muestras de temor – o de “equilibrio artificial” – como sucedió el pasado sábado 2 de abril con el The Times de Londres. Y esto viene a cuenta en cierto modo, al amplio eco y tratamiento en la prensa de ese fin de semana de los disturbios ocasionados en Afganistán por la quema de un Corán en Florida, y que dieron como resultado unas dos docenas de muertos. El objetivo de la ira de varios periodistas y portavoces occidentales no fueron las turbas asesinas en Mazar e-Sharif y Kandahar, las cuales asesinaron a varios representantes de las Naciones Unidas en la zona, sino el pastor estadounidense Terry Jones, que había quemado una copia del texto sagrado de los musulmanes. Sin embargo, la quema de Biblias en todo el mundo islámico - en Egipto, Nigeria, Pakistán, Irak... - es un hecho casi cotidiano que pasa habitualmente inadvertido, y a menudo es acompañado por el incendio de iglesias y el asesinato de fieles, y obviamente esos actos no desencadenan respuestas asesinas por parte de cristianos a miles de kilómetros a distancia. Siendo también cierto que muy pocos, pública y explícitamente, los conectan con esa terrible, y verídica, expresión de "choque de civilizaciones".

El Times de ese día contenía un par de artículos sobre la naturaleza del Islam. Uno de ellos consistía en una larga entrevista con Ayaan Hirsi Ali, una valiente escritora y activista nacida en Somalia, que señalaba al Islam como el verdadero problema, y el otro artículo era un editorial, "El Islam y la Democracia", que desestimaba de plano y explícitamente lo que Ali decía en la entrevista. No puedo recordar haberme encontrado con un periódico que tan formal, oficial y duramente repudiara ese mismo día una opinión que, aunque controvertida, ocupaba un lugar destacado y dos páginas de su edición escrita. Como si temieran que los liberales y progresistas les fueran "a echar a los leones" por dar cobijo a esa opinión políticamente incorrecta. O quizás, por el temor que una turba musulmana pudiera descender hasta la sede del diario, la Plaza de Thomás More, y “encendiera” las oficinas del The Times y decapitara de paso a sus editores. O quizás tal vez los editorialistas realmente se creían lo que escribían.

El párrafo más largo e importante decía: "Hay una opinión generalizada de que el Islam, debido a sus exigencias absolutistas, es incompatible con la democracia... [Ayaan Hirsi Ali también] mantiene que el Islam es incompatible con el Estado de Derecho”. "Las opiniones de Ali”, argumentaba el editorial, “están inevitablemente influenciadas por su experiencia [de haber crecido en sociedades musulmanas], donde fue sometida de niña a la mutilación genital, donde la inculcaron con violencia el dogma islámico y la discriminación sexual, y por un fallido matrimonio forzado”. “Sin embargo”, proseguía The Times, “sus puntos de vista sobre el Islam están equivocados". El periódico señalaba ciertamente las "imperfectas" democracias (en Turquía y Malasia) y los levantamientos que actualmente se están extendiendo en todo el mundo árabe. Y agregaba, por si acaso, y de manera un tanto autoflagelante: "A lo largo de los siglos, la persecución religiosa... sido menos frecuente y menos intensa en el mundo musulmán que en la cristiandad".

Esta observación histórica es por lo menos muy discutible. Sin duda, es de conocimiento común que el Islam conquistó buena parte del mundo conocido en los siglos VII y VIII, el cual estaba habitado por entonces en gran medida por cristianos, y que hoy en día dicho mundo está casi privado de cristianos, los cuales durante esa "convivencia" de siglos fueron masacrados, expulsados y/o convertidos a la fuerza al Islam (estos procesos de conversión aún se llevaban a cabo en lugares como Irak, Egipto, la Franja de Gaza y el Pakistán). También es evidente que los editores del Times conocen que desde el siglo VII a la población no musulmana no se le ha permitido entrar en las ciudades más sagradas del Islam, La Meca y Medina, mientras que los musulmanes tienen acceso libre y aún directo a los lugares sagrados de cristianismo (y el judaísmo).

¿Que religión ha sido realmente la más intolerante históricamente? (Sobre cual es la infinitamente más intolerante hoy en día no creo que sea causa de discusión) Es cierto que el Holocausto ocurrió en las tierras de la cristiandad (aunque no se llevó a cabo en nombre del cristianismo), pero también lo es que el Holocausto (todavía) no ha sido aceptado en las tierras del Islam (aunque durante el s. XX se expulsó prácticamente a todas las comunidades judías en su seno). Y es evidente que el antisemitismo es allí manifiesto, y en auge, y que es patrocinado por muchos de los regímenes de los países musulmanes.

Pero volvamos a la cuestión central, la entrevista a la editorialmente repudiada Ayaan Hirsi Ali. En ella decía la propia Ali: "El Islam es incompatible con el imperio de la ley porque dice que sólo Dios es la ley y no los seres humanos". Ella además cargaba contra Occidente por dedicarse a apaciguar a los musulmanes. Negó que llamar a poner fin a los matrimonios forzados, a la mutilación genital femenina, a los crímenes de honor y a una vida de sumisión ante los hombres o el Islam fuera una forma de "racismo" (la palabra comúnmente utilizada como arma arrojadiza por aquellos que de ningún modo desean reprender facetas importantes de la cultura musulmana y de su praxis). “Sin duda, eso no es lo que usted querría para su propia hija", le soltó a su por momentos desdeñosa y políticamente correcta entrevistadora, Janice Turner. Ali señaló que los 13.5 millones de mujeres de Arabia Saudita viven bajo un virtual arresto domiciliario, y que 34 millones de mujeres de Irán pueden casarse a la edad de nueve años o ser lapidadas por adulterio.

Ella también denunció que el Islam siempre fue una religión "expansionista". Sí, la mutilación genital era una práctica pre-islámica en Egipto, pero fue exportada a continuación por los conquistadores musulmanes a sitios tan lejanos como Indonesia, "que no tenían antecedentes de mutilación genital femenina". "Es muy, muy importante no sólo condenar dicha práctica, sino llegar al fondo del asunto: Que la mutilación actual se práctica en nombre del Islam".

Ali insistió en que el Islam debe someterse a una reforma o a una Ilustración, al igual que el cristianismo, y que los musulmanes deben aceptar que el Corán es "obra del hombre, escrito en las circunstancias particulares de la Arabia del siglo VII, que no es universal y que no es la palabra indiscutible de Dios. Tal como es ahora, el Corán otorga el derecho al hombre de golpear a las mujeres”.

A todo esto, el editorial The Times "respondió" con una robusta perorata sobre como la democracia está haciendo grandes progresos en el mundo musulmán y la afirmación de que "el enemigo de la libertad no es el Islam: sino el absolutismo". ¿Pero acaso el absolutismo no está incrustado en las escrituras musulmanas y en su interpretación? (Ali vive bajo la sombra de una fatwa que ordena su muerte por haber ayudado a producir una película, “Sumisión”, que representa la violencia musulmana hacia las mujeres, y es que el término Islam significa sumisión). Su compañero y director de la película, Theo van Gogh, fue apuñalado y asesinado posteriormente en una calle de Amsterdam por un fundamentalista musulmán. El asesinato y, en cierto modo, la manera en que desde entonces se ha retratado, es un síntoma de nuestro mundo en estos tiempos oscuros.

Acerca de las actuales revueltas árabes en el Oriente Medio, pues la palabra "revolución", me temo, es un poco prematura (sería necesario recordar que cuando a Chou En-Lai se le preguntó por las consecuencias de la Revolución Francesa, respondió: "Todavía es demasiado pronto para deducirlas”), tendremos aún que esperar y ver. Lo que es seguro es que sus más crueles (y antioccidentales) regímenes, ¿Trípoli?, Damasco, Teherán, Jartum, permanecerán en su lugar. Es cierto que un par de viejos y cansados dictadores han sido derrocados, y que algunos más pueden seguirlos al cubo de basura de la historia. Pero hasta ahora, ningún país árabe musulmán se ha convertido en algo que con precisión se puede denominar una democracia (Hezbolá controla el Líbano, el ejército egipcio Egipto, etc.) Mientras tanto, Ayaan Hirsi Ali vive bajo una pena de muerte por decir la verdad y es repudiada por un atronador apaciguamiento.

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Tuesday, August 31, 2010

La ilusión de un “Mundo único” - Ayaan Hirsi Ali – Le Monde



¿Qué tienen en común las controversias que rodean el proyecto de construcción de una mezquita a dos manzanas del Gran Cero en New York, la expulsión de Marruecos de misioneros americanos a primeros de este año, la prohibición de los minaretes en Suiza el año último y la reciente prohibición del burka en Francia?

Esos cuatro acontecimientos son presentados por los medias occidentales como problemas de tolerancia religiosa. Ahora bien, no es de eso de lo que se trata. Son en realidad síntomas de lo que Samuel Huntington (1927-2008), profesor de Harvard, denominó el “choque de civilizaciones”, y notablemente entre el Islam y Occidente.

Para aquellos que no recuerden los aspectos problemáticos de su tesis, resulta útil recordar brevemente su argumentación. Para Huntington, el mundo posterior a la guerra fría estaría compuesto de grandes bloques representativos de las siete u ocho civilizaciones históricas, de entre las cuales serían predominantes las culturas occidental, musulmana y confuciana.

El equilibrio de fuerzas entre esos bloques, escribía Huntington, estaba en trance de cambiar. Mientras que Occidente estaba declinando en términos de poder relativo, el Islam gozaba de una explosión demográfica y las civilizaciones asiáticas – notablemente la China – estaban en plena ascensión económica [N.P.: la explosión demográfica de los países islámicos parece haberse detenido contundentemente, no así su expansión hacia y en otras áreas].

Huntington explicaba también que se asiste actualmente a la emergencia de un orden mundial fundado sobre las civilizaciones en el cual los estados que compartan afinidades culturales cooperarán entre ellos y se reagruparán en torno a los estados más poderosos de su civilización.

Las pretensiones universalistas de Occidente le llevarían cada vez más a entrar en conflicto con otras civilizaciones, siendo los más graves desacuerdos los que le opondrían al Islam y a China. Asimismo, la supervivencia de Occidente dependería de la voluntad de los americanos, europeos y otros occidentales de reafirmar el carácter único de la civilización occidental, y de unirse para defenderla contra su puesta en causa por parte de las culturas no occidentales.

El modelo de Huntington, especialmente tras la caída del comunismo, no era apenas popular. La idea en boga por aquel entonces era la del título del ensayo escrito en 1989 por Francis Fykuyama, “El fin de la Historia y el último hombre”, según el cual el conjunto de los estados acabarían convergiendo alrededor de un sistema institucional único de democracia capitalista liberal y ya no se harían más la guerra. La inclinación conservadora de este escenario optimista radicaba en la concepción de un mundo “unipolar” donde reinaría la hegemonía incontestada de los EEUU. Esas dos visiones, un sistema institucional único y un mundo “unipolar”, nos prometían un “Mundo único”.

El presidente Obama, a su manera, cree en ese “Mundo único”. En el discurso que pronunció en El Cairo en el 2009, apelaba a una nueva era de comprensión entre América y el mundo musulmán. Allí evocó un mundo fundado sobre “el respeto mutuo y (…) sobre la verdad según la cual América y el Islam no son contradictorios y no deben rivalizar. Al contrario, ambos comparten principios comunes”. El presidente americano esperaba que los musulmanes moderados se apresuraran a tomar esa mano tendida. Así pues, no quedaba más que eliminar a la minoría extremista, gente como Al-Qaida.

Por supuesto, la cosas no se han desarrollado como se pensaba. Así, el comportamiento reciente de Turquía constituye una ilustración perfecta de la futilidad de esta aproximación y de la superioridad del modelo propuesto por Huntington. Según la visión de los defensores de un “Mundo único”, Turquía es un islote de moderación musulmana en un océano de extremismo. Es sobre la base de este análisis que varios presidentes americanos sucesivos han presionado a la Unión Europea para que acepten integrar a Turquía en sus filas.

Esa ilusión acaba de saltar en pedazos. Hace un año, el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, felicitaba por su reelección al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, quien había conservado la presidencia sólo gracias a un fraude masivo y manifiesto. Posteriormente, Turquía se posicionó del lado de Brasil para perjudicar los esfuerzos americanos apuntando a reforzar las sanciones impulsadas por la ONU para detener el programa nuclear iraní. Aún más recientemente, Turquía ha esponsorizado la “flotilla humanitaria” destinada a romper el bloqueo israelí de Gaza y así ofrecer a Hamas una victoria sobre el plano de las relaciones públicas.

Ciertamente, aún quedan en Estambul laicos que continúan luchando por la herencia de Atatürk. Pero ellos ya no controlan ninguno de los ministerios clave y el control que ejercía el ejército está en trance de perecer. Hoy en Estambul se evoca abiertamente una “alternativa otomana” que les sitúe en la época en la que el sultán reinaba sobre un imperio que se extendía desde África del Norte y el Caúcaso.

¿Si no se puede contar con Turquía para potenciar una aproximación a Occidente, qué otro país del mundo musulmán podría jugar ese papel? Todos los países árabes salvo Irak – con una democracia precaria impuesta por los EEUU – están dirigidos por déspotas de parecida calaña. Y los grupos de la oposición que pueden beneficiarse de un sostén significativo entre las poblaciones locales están todos dirigidos por organizaciones islamistas, tales como la Hermandad Musulmana egipcia.

En Indonesia y Malasia, los movimientos islamistas ya están reclamando la generalización de la sharia. En Egipto, el tiempo de Hosni Moubarak se está acabando. ¿Y si los EEUU sostiene a su hijo para sucederle, no se apresurará el mundo musulmán a acusar a la administración Obama de doble rasero, ya que lo que se habilitó para Irak no parece desearse para Egipto? Ahora bien, en el caso de que hubiera unas elecciones que fueran libres y transparentes, una victoria de la Hermandad Musulmana no es excluible. ¿Argelia, Somalia, Sudán? Es difícil citar a un solo estado de mayoría musulmana que se comporte de acuerdo con el escenario del “Mundo único”.

La mayor ventaja del modelo de relaciones internacionales de Huntington es que refleja al mundo tal como es, y no tal como desearíamos que fuera. Nos permite distinguir los amigos de los enemigos y nos ayuda a identificar los conflictos internos de las diferentes civilizaciones, en particular la rivalidad histórica entre árabes, persas y turcos por el dominio del mundo islámico.

Sin embargo, dividir para reinar no puede constituir nuestra única política. Debemos tomar conciencia de que la progresión del Islam radical resulta en buena parte fruto de una poderosa campaña de propaganda. Según un informe de la CIA de 2003, los saudíes han invertido durante los últimos tres decenios al menos 2.000 millones de dólares por año para propagar su versión fundamentalista del Islam. La reacción de Occidente a la hora de promover su propia civilización ha sido despreciable.

Nuestra civilización no es indestructible: debe ser activamente defendida. Esa es la principal lección de Huntington. El primer paso para conseguir la victoria ante el choque de civilizaciones que se avecina es comprender la manera por la cual la parte adversa lleva a cabo su combate, y desembarazarnos de la ilusión de un “Mundo único”.

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