Sunday, August 05, 2012

Gran artículo: El antisemitismo es tóxico, ya sea intencional o no - Ben Cohen - Haaretz


Una absurda polémica sobre la final de la copa del Rey de fútbol, la cual movilizó el populismo de ambas partes (aunque algunos solo hablan del ajeno), dio lugar a una supuesta identificación del pueblo catalán con el "pueblo judío de España" a ojos de los demás. Lamentablemente, el antisemitismo actual está sobre todo vigente entre la izquierda occidental, y por lo tanto también en ámbitos nacionalistas (fachas o radicales independentistas), tal como refleja la pintada de esta sucursal bancaria de Barcelona


Apenas pasa una semana sin una nueva polémica que atañe a la palabra "antisemitismo". Y cada vez que el antisemitismo levanta la cabeza, es dolorosamente evidente que hay poco consenso sobre lo que verdaderamente es, el más antiguo prejuicio que sobrevive en nuestros tiempos.

Dos artículos en este último mes ilustran este punto. El primero, el de Amira Hass en el Haaretz , sostenía que los investigadores que vigilan y catalogan los incidentes antisemitas están haciendo caso omiso a las agresiones perpetradas por residentes judíos de Cisjordania contra sus vecinos árabes palestinos, a quienes se refiere como "semitas", y por ello sostiene que esos ataques podrían catalogarse como "antisemitas". Al ampliar la definición de quién puede ser víctima del antisemitismo, Hass elimina, de un solo golpe, su asociación histórica exclusiva con los judíos.

El segundo artículo, de Anna Breslaw en la revista judía americanaTablet, está centrado en la inquietante confesión de su autora de su malestar y desconfianza con respecto a los sobrevivientes del Holocausto. Gracias a la franqueza sin filtros de Breslaw - lo cual incluye aprobar el uso de la palabra Judenscheisse, un antiguo insulto alemán que relacionaba a los judíos con los excrementos -, personas ubicadas en polos políticos opuestos en el debate sobre el antisemitismo se encontraron de pronto unidas en la condena de sus palabras como descarada y crudamente antisemitas.

A la derecha, John Podhoretz, el editor de la revista Commentary, describe el artículo de Breslaw como "la pieza antisemita más atrozmente sucia en muchos años", mientras que a la izquierda, Katha Pollitt, de la Nation - una revista que no ha renunciado a retratar las acusaciones de antisemitismo como baratas y sesgadas políticamente -, anunciaba en Twitter que su pesar estaba de acuerdo con la opinión de Podhoretz.

Así pues, ¿es el significado del antisemitismo tan elástico como parece sugerir Amira Hass? ¿o se trata simplemente de que nosotros lo reconocemos cuando lo vemos, como sugiere la reacción ante el artículo de Brelaw?

La palabra en sí misma es el punto más sensible de partida. "Antisemitismo" no es una palabra acuñada por judíos, sino por los propios antisemitas a finales de la Alemania del siglo XIX. Una gran y extraña variedad de pensadores de tercera categoría, especialmente el agitador Wilhelm Marr, trató de reinventar la hostilidad cristiana contra el judaísmo de una manera secular, como una teoría científicamente válida aplicada a la raza.

Como el historiador Leon Poliakov señaló por escrito acerca de Marr, existía un aire de envidia incrustado en su obra de 1879 "La victoria del judaísmo sobre el germanismo", en la que un énfasis en las supuestas características raciales de los judíos se mezclaba con una fantasía sobre el extraordinario poder de los judíos. "Ustedes no serán capaces de detener la gran misión del antisemitismo", escribió Marr a bombo y platillo.

Por "antisemitismo", Marr entendía no a los hablantes de lenguas semíticas, ni a los miembros de una inexistente raza "semita", él se refería específicamente a los judíos.

¿Por qué, entonces, el intento de Amira Hass de ampliar las competencias del antisemitismo para incluir a los árabes? ¿Por qué no simplemente emplear el término "racismo" en cualquier discusión sobre la discriminación que sufren las personas de origen árabe? Una interpretación generosa lo atribuiría solamente a un mal uso del término "semita". Sin embargo, el registro histórico demuestra que el despliegue de la palabra "antisemitismo" en el contexto árabe es una técnica de larga duración destinada a forzar a los judíos a compartirlo con otras personas para las que no estaba previsto.

Todo el mundo ha oído o leído alguna variación del tema, "nosotros somos semitas, ¿cómo te atreves a llamarnos antisemitas", muy común en las fuentes árabes. El método que subyace a esta protesta es bastante fácil de descifrar:
- En primer lugar, el reconocimiento de que, especialmente desde el Holocausto, ya no es respetable definirse uno mismo antisemita, incluso aunque sostenga ideas antisemitas.

- En segundo lugar, la insinuación de que hay una equivalencia entre la persecución histórica
sufrida por las comunidades judías por todo el mundo y el destino de los árabes de Palestina en 1948.

- En tercer lugar, la implicación de que el antisemitismo es una mancha lanzada interesadamente contra los más duros críticos del sionismo y de Israel para despojarlos de su credibilidad, incluidos a los propios "semitas".
Se podría decir que el rasgo distintivo del antisemitismo en esta época en la que el pueblo judío se muestra con poder y soberano - y me refiero a que existe un Estado judío y que la gran mayoría de los judíos viven en países libres de legislaciones discriminatorias - es la codificación de expresiones como "Israel-Firster" (Israel-Primero, es decir, la idea de que los judíos son más leales a Israel que a los países de los que son ciudadanos), las cuales tienen un aire definitivamente peyorativo, pero que, invariablemente, su despliegue se entronca con acusaciones más antiguas, con tropos más nocivos.

Lo que nos lleva de nuevo a Anna Breslaw. Tal vez el mayor perjuicio de su artículo es que permitió a los expertos que normalmente se burlan de cualquier mención de antisemitismo, y que a menudo son acusados de emplear argumentos antisemitas ellos mismos, la muy fácil oportunidad de declarar su "disgusto" por lo que ella escribió.

En este grupo se incluyen blogger judíos como MJ Rosenberg, quien ha hecho más que nadie en los Estados Unidos por popularizar el término "Israel-Firster" [N.P.: lo más chocante es que un blogger de la izquierda radical recupere expresiones cuyos orígenes no pueden ser más problemáticos, ya que procede de medios neo-nazis y ultraderechistas]. En el post más reciente de su blog se lamentaba del vínculo establecido entre el antisemitismo y el antisionismo. Rosenberg admitía que la palabra "antisemitismo" es significativa: "... esas víctimas reales del antisemitismo, como esos niños franceses que fueron asesinados en Francia porque son (sic) judíos". A continuación, pasaba a declarar: "No se trata de Israel".

Suponiendo que los "niños franceses" a los que se refiere Rosenberg son los sacrificados en una escuela judía de Toulouse por un auto-proclamado terrorista de Al Qaeda, es bastante absurdo argumentar que el problema de Israel no tiene relación, ya que incluso el conocimiento más superficial del actual islamismo lo desmiente. (Osama Bin Laden, en octubre de 2002, en una "carta a los Estados Unidos" llama a la creación de Israel un "delito que debe ser borrado", antes de añadir que "los pueblos de Palestina son puros árabes y semitas originales").

Pero el punto principal es la siguiente: el odio de algunos judíos contra los judíos, en particular en el tipo de lenguaje utilizado por Anna Breslaw, parece ser el único momento en que el antisemitismo puede ser nombrado por su nombre. Todos lo demás serían una invención.

Este juego semántico ha permitido que las más desagradables temáticas del antisemitismo tradicional - en particular, los siniestros y tribales trabajos y actividades del "lobby israelí" - se hayan transformado en un discurso aparentemente respetable. Es un juego que además parece haber tenido éxito. De ahí la paradoja: cuanto más codificadas son las palabras, más peligrosas son. El libro de 2006 "The Israel Lobby", de los profesores John Mearsheimer y Stephen Walt - catalogado por el destacado comentarista Walter Russel Mead como "un libro que los antisemitas aman, pero que no es necesariamente un libro antisemita" -, ha sido infinitamente más influyente que lo que podrá ser nunca el artículo de Ana Breslaw, y ha animado a los lectores a pensar en el poder y la soberanía judía como algo sombrío e inexplicable.

Lo que todo esto demuestra es que un escritor puede permitirse temas y términos antisemitas independientemente de si esa era su intención. Lo que esto demuestra es que, para una gran franja de escritores e intelectuales se refiere, el antisemitismo sólo puede ser identificado como tal si viene expresado en la forma de una "especie de Mein Kampf" contra los judíos.

En el año 2012, como en 1879, los judíos siguen sin ser los dueños del significado de la palabra "antisemitismo", incluso a medida que experimentan sus efectos en el mundo real.

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Monday, August 23, 2010

La historia de Cliona Campbell, o como el antisionismo alcanza nueva cuotas de ruindad - Ben Cohen - Huffington Post


Cliona Campbell

Es muy raro que te encuentras con alguna persona que se merece el título de "héroe" o "heroína, pero el caso es que estamos ante una de ellas.

Cliona Campbell es una estudiante de 19 años de Cork, en Irlanda. Ella es una especie de chica prodigio, en 2008 fue finalista en una competición para jóvenes periodistas a cargo de cadena de televisión británica Sky News. El año pasado ganó el concurso literario de redacción organizado por la Facultad de Derecho del University College de Cork, una de las instituciones más prestigiosas de enseñanza superior en Europa. Ella tenía, al parecer, todo a su favor.

Sólo que en estos momentos, Cliona vive con miedo. Se ha convertido en un objeto de difamación de parte de la prensa irlandesa. Algunos hombres se ponen a su lado caminando por la calle y la insultan. Visitando una tienda de ropa, el guardia de seguridad la reconoció y se puso a insultarla. Diversas amenazas se le han enviado a su correo electrónico.

Y todo esto porque Cliona pasó un par de meses en Israel como voluntaria en el IDF. Cuando regresó a Irlanda, escribió sobre sus experiencias en su periódico local, el Evening Echo. Era una pieza elocuente, atractivamente escrita, pero aun así, resulta raro que un artículo de una estudiante contando sus experiencias vacacionales se convierta en el centro de atención de un país - y de hecho, con repercusión nivel internacional -. ¿A qué se debe esto?

Es por eso que la experiencia de Cliona nos sugiere algunas preguntas adicionales. Las más obvias, el carácter de aquellos que la han insultado e intimidado. ¿Qué nos sugiere la naturaleza del movimiento de solidaridad con Palestina que permite que una joven indefensa se convierta en un objeto de odio? ¿Y qué decir de esos antisionistas asentados en los medios de comunicación y en los ámbitos académicos, que sin duda alzarán sus brazos con horror al ser asociados con ese comportamiento de matones, pero que tanto han contribuido a esa atmósfera de odio que cada vez más rodea a los que públicamente apoyan a Israel? ¿Son culpables de alguna manera todas esas personas rencorosas que le envian a esta bonita pelirroja e-mails para decirle que ella tiene pinta de ser "una bestia"?

¿Qué pasa con la doble moral dolorosamente obvia que rige para todo lo que tenga que ver con esa pequeña franja de tierra entre el Mediterráneo y el río Jordán? ¿Por qué los participantes en las payasadas pro-Hamas del Movimiento de Solidaridad Internacional son agasajados, incluso comparados con Anne Frank, mientras que alguien como Cliona Campbell se convierte en una encarnación del mal?

Y por encima de todo, ¿cómo es que las bien establecidas normas de la cultura democrática en Irlanda puedan ser tan brutalmente dejadas de lado con el fin de garantizar que, gente como Cliona, "no pueda expresar su propio punto de vista político sin ser acosados públicamente, amenazados e intimidados"?

En mi opinión, Cliona ha clavado una gran parte de la respuesta a esas preguntas en su artículo en el Evening Echo. "Desde los nueve años, he estado cautivada por el pueblo judío", escribía, "una nación que ha sufrido el odio, la persecución y el genocidio, y, sin embargo aún conserva una inquebrantable voluntad de sobrevivir, unificada en un parentesco irrompible. Así que siempre había querido ir a Israel para contemplarlo por mí misma".

Ella continua: "Pero ¿por qué el ejército? Porque con los años, veía como los israelíes sufrían incesantes ataques con cohetes de los terroristas y, cuando finalmente respondían, esos mismos terroristas colocaban a su propia población civil en la línea de fuego como escudos humanos".

Esta aguda observación captura la esencia de esa palabra tan difamada, "sionismo". Si el sionismo significa la autoresponsabilización de los judíos - en otras palabras, la organización de un estado de cosas en el que los propios judíos ejercen el control sobre su seguridad y su destino -, el ejército israelí es la expresión más tangible de ese principio. Para alguien que simpatiza intelectualmente con el destino de un pueblo judío marcado por la ausencia de soberanía, el IDF se convierte en una historia atractiva.

Pero como Cliona Campbell ha descubierto de una forma sorprendentemente personal, sólo existe una visión y no tolera la disidencia, y es la que representa al IDF como un instrumento de la violencia radical. Así es como esa arraigada imagen permitió que el periodista que escribió un perfil de Cliona para el Sunday Tribune comentara casualmente que el IDF había "asesinado a nueve pacíficos pasajeros" a bordo del Mármara Mavi, la nave en la flotilla turca que se dirigió recientemente a Gaza.

Una redacción de esa índole implica que los soldados israelíes se dedican al asesinato a sangre fría y con premeditación. Ahora bien, todo aquél que siguió la debacle del Mármara Mavi sabe que eso no fue lo que sucedió, como lo ha demostrado sin lugar a dudas un programa de investigación de la BBC, Panorama. El caso es que si los restantes medios de comunicación aún prefieren echar mano de ese otro mito sórdido, ¿es de extrañar que los menos matizados de entre ellos se refieran a Cliona Campbell, en la jerga de los activistas anti-imperialistas, como un objetivo legítimo?

Una vez escribí que el antisionismo en nuestro tiempo es más un bistro (una casa de comidas francesa) que un Bierkeller (una cervecería alemana, alusión al origen del movimiento nazi), es decir, un fenómeno que se manifiesta principalmente entre las élites intelectuales que se consideran líderes del pensamiento progresista. Creo que sigue siendo cierto: lo que también es cierto es que los límites entre estos dos mundos se superponen y desdibujan cada vez más, al mismo tiempo que el conflicto entre Israel y los palestinos se dota de un poder cuasi metafísico. Por eso, cuando todo está dicho y hecho, lo que queda es el espectáculo de una joven que visitó uno de los cientos de conflictos en todo el mundo y volvió a su casa para verse convertida en un villano.

Estoy seguro de que muchos de los opositores de Israel reprocharían el trato dispensado a Cliona Campbell. Bastantes, pero no lo suficientes. Este lamentable asunto pone de manifiesto que el debate sobre Israel en Occidente ha ido mucho más allá de una preocupación por los derechos palestinos hasta alcanzar el reino de lo irracional. En todo caso, a los matones que han violentado a Cliona se les puede hacer responsables de salirse del guión, pero no de haberlo escrito (y sí a las élites progresistas y mediáticas).

Fuente: The Huffington Post

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Tuesday, August 03, 2010

Qué es el antisemitismo y qué no lo es – Ben S. Cohen - Huffingtonpost

Esta mañana he recibido un correo electrónico de un lector que me informaba que yo era "un polluelo de halcón judío". En buena medida, me instaba a continuación a realizar un acto con mi kipá que no puedo repetir en una conversación educada.

Lo que despertó la ira de esta persona fue un pequeño comentario de principios de esta semana acerca de Oliver Stone. Evidentemente, las opiniones de mi corresponsal sobre los judíos eran poco diferentes de las expresadas por Stone en su entrevista con el Sunday Times. Por lo tanto, concluía mi interlocutor vía correo electrónico, él se merecía la etiqueta de "antisemita" tanto como Oliver Stone.

Claro que, a diferencia de mi detractor, Stone se disculpó rápidamente por sus comentarios, lo que provoca la pregunta de si es justo llamarlo un antisemita. La respuesta está en entender lo que es antisemitismo y lo que no lo es.

Los casos de celebridades que expresan su aborrecimiento de los judíos, ya sea pontificando ante un periodista como Oliver Stone, o bien atacando a un policía estando borracho, como Mel Gibson, fomentan la errónea concepción de que el antisemitismo es un tipo particular de grosería indirecta que se puede superar mediante el ejercicio del autocontrol. Sobre todo después del Holocausto, la sabiduría se supone, y despotricar contra los judíos es un comportamiento decididamente inapropiado.

Aun así, ¿si uno de los peores instintos le domina a uno, con una disculpa posterior se anula oportunamente la ofensa? Si el antisemitismo se redujera a la categoría de insulto, entonces sí, probablemente con eso bastaría. Pero el problema aquí, como hubiera dicho Marx, es la confusión de la apariencia con la esencia.

Lo que le hace distinto al antisemitismo es que representa una visión del mundo, un medio de explicar por qué existen la injusticia y los conflictos en nuestras sociedades. En su reciente y gran estudio, el académico Robert Wistrich cita con admiración al escritor francés monárquico Charles Maurras por la concisión de su concepción del antisemitismo: "Permite que todo sea arreglado, solucionado y sea más sencillo".

En el siglo XIX, Maurras y sus seguidores llevaban con orgullo la etiqueta de antisemitas. Lo mismo hizo Wilhelm Marr, el agitador alemán ampliamente acreditado como el acuñador del término antisemitismo, y que pasó a fundar la Liga de los Antisemitas en 1879. Para estos hombres y sus seguidores, el antisemitismo no era tanto una actitud como una ideología.

Cuando se trata de los comentarios de Oliver Stone, es precisamente la ideología la que resulta visible. Oliver Stone, es importante recordarlo, disminuye la importancia del Holocausto y reaviva la afirmación centenaria del control de los medios por los judíos, a fin de exponer su traca final: "Israel ha jodido la política exterior de Estados Unidos durante años".

Esas opiniones son cada vez más corrientes entre los Chavistas que tanto cautivan a los famosos. De acuerdo con su política y su teológicamente promiscua historia, el antisemitismo es nuevamente perfectamente compatible, en el peor de los casos, con lo que comúnmente se considera como un punto de vista progresista, especialmente si el foco recae sobre el Estado de Israel.

Es por eso que el antisemitismo sigue siendo uno de los términos más furiosamente impugnados en el debate político de hoy. Invariablemente, los acusados que rechazan airadamente esa acusación replican que han sido injustamente calumniados mediante una táctica diseñada para amordazar a los que insisten es la horrible realidad de Israel.

Estas son personas que tratan de hacernos creer que las víctimas actuales del antisemitismo ya no son los judíos, sino aquellos que son etiquetados como antisemitas. Sin embargo, tal sofisma no estaba a disposición de Oliver Stone por su franqueza al hablar de los judíos, y no de los "sionistas" o del "lobby de Israel". Recientemente, sólo Helen Thomas ha mostrado una franqueza equivalente.

Hay un nivel más profundo en aquellos que reciclan los temas favoritos del antisemitismo pero que se cuidan muy mucho de no hacer lo que Stone y Thomas hicieron, y es hablar acerca de los judíos "como judíos". En la revista judía online Tablet, la semana pasada, Lee Smith ha luchado valientemente en un artículo contra un elenco de personajes que incluían a Stephen Walt, Green Greenwald y Andrew Sullivan, y sostuvo que la cuestión que nos ocupa no son las indiscernibles creencias "de las personas", sino la forma en que estos escritores, cuando escriben acerca de Israel, son "cómplices en la obra común de incorporar al discurso dominante el lenguaje, el discurso y las ideas antisemitas, antes confinadas en las web de extrema derecha cargadas de odio".

Es poco probable que los oponentes (y aludidos) de Lee Smith participen en ningún tipo de reflexión crítica, tal vez porque la verdad es demasiado penosa de soportar. Muchos de los grandes mitos de nuestro tiempo - Israel como el último Estado canalla, la política de EEUU como rehén del lobby de Israel, los palestinos como icónico símbolo del sufrimiento humano - se basan en una tradición mucho más antigua que, hace sólo veinte años, la mayoría de la gente consideraba como una cuestión para los historiadores, no para los cronistas de la actualidad.

Fueron estos mitos los que efectivamente dieron lugar a las "licencias" de Oliver Stone. Si hay una lección que cabe extraer de "L'Affaire Stone", es que él, al opinar así, no actúa en solitario - y es por eso que sus disculpas pueden parecer válidas -.

Fuente: Huffington Post

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