Saturday, December 09, 2017

Finalmente, un presidente que mira a Jerusalén lógicamente - Einat Wilf - Atlantic



El presidente Trump estaba en lo cierto cuando dijo el miércoles que reconocer a Jerusalén como la capital de Israel es "nada más, ni nada menos, que un reconocimiento de la realidad: es lo correcto". De hecho, la decisión de Estados Unidos de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel es 68 años vencidos.

Jerusalén fue establecida como la capital del recién independizado estado de Israel el 13 de diciembre de 1949. Esta era la Jerusalén situada al oeste de la línea de alto el fuego delineada al final de la guerra por la independencia de Israel, que más tarde se conocería como la línea anterior a 1967. Esta parte de Jerusalén incluía barrios residenciales judíos construidos en décadas anteriores. No había nada santo en esta parte de Jerusalén. Al final de la guerra, los lugares antiguos y sagrados estaban en realidad al este de la línea de alto el fuego: toda la Ciudad Vieja, incluidos los lugares más sagrados para el pueblo judío. El Monte del Templo, el Muro de las Lamentaciones y el barrio judío quedaron bajo el control jordano, y se negó a los judíos el acceso a estos sitios.

Estados Unidos reconoció al Estado de Israel tras su independencia, por lo que debería haber sido sencillo para Estados Unidos reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y establecer allí su embajada. En todo caso, fue la anexión jordana de la Ciudad Vieja y la forma en la que a los judíos se les negó el acceso lo que debería haber llevado a la consternación internacional... y ya sabemos que no fue así.

¿Por qué los EEUU y todos los demás países no reconocieron a la Jerusalén residencial, no santa, al oeste de la línea del armisticio, como la capital de Israel? En ese momento, Estados Unidos seguía apegado a una idea, propuesta en la resolución de partición de las Naciones Unidas de 1947, de que la vasta área del Gran Jerusalén (incluidos los barrios residenciales) y Belén debería ser un "Corpus Separatum", un área separada que sería gobernado por la comunidad internacional.

Esta ficción nunca existió en ninguna parte, sino en el papel. Nunca existió porque los árabes rechazaron la propuesta de partición y comenzaron una guerra para evitar que se realizara. Cuando perdieron esa guerra, la Jerusalén al oeste de la línea de armisticio se convirtió en Israel, y la Jerusalén al este de la línea quedó bajo la ocupación jordana y entró en un período prolongado de reclamaciones y disputas. Entonces, mientras se reconocía a Israel dentro de las líneas del armisticio, Estados Unidos eligió una política que mantenía el estatus de la capital de Israel como rehén de una ficción que nunca tuvo la oportunidad de existir.

Cuando Israel capturó la parte oriental de Jerusalén en 1967, durante la Guerra de los Seis Días, se movió para unir la Ciudad Vieja, en el este, con la ciudad residencial al oeste, y además anexionó docenas de aldeas árabes para crear un gran área municipal,  que se convirtió en lo que muchos políticos israelíes llaman la Jerusalén "indivisa" o "unida". Esta fue de hecho una medida polémica, especialmente porque fue seguida por la construcción masiva de vecindarios residenciales judíos en esa área anexa. Este movimiento continúa sin ser reconocido por ningún país hasta el día de hoy. También es controvertido dentro de Israel, donde muchos israelíes continúan apoyando la posibilidad de que un futuro estado palestino tenga su capital en la parte oriental de Jerusalén.

A medida que la ficción del "Corpus Separatum" se borró de la memoria, la anexión de Israel de las áreas al este de la línea de 1967 se convirtió en la nueva razón para no reconocer a ninguna parte de Jerusalén como la capital de Israel. De esta manera, los EEUU han estado castigando a Israel dos veces: ha estado negando cualquier reclamación legítima de Israel sobre la Jerusalén al este de la línea de armisticio, incluso con respecto a los sitios sagrados judíos en la Ciudad Vieja y el Barrio Judío, y hasta que Trump hizo el anuncio, no reconocería que al menos, al oeste de esa línea, Jerusalén es legítimamente la capital de Israel.

La declaración de Trump finalmente pone fin a esta política sin sentido. Al descartar por fin la ficción del "Corpus Separatum", los Estados Unidos pueden dejar de negar a Israel, el único caso entre todas las naciones, su básico derecho soberano nacional a establecer su capital en un territorio indiscutido.

Trump usó solamente el ambiguo término "Jerusalén" en su discurso, diciendo que "no estamos tomando posición sobre ningún problema de estatus final, incluidos los límites específicos de la soberanía israelí en Jerusalén o la resolución de las fronteras impugnadas. Esas preguntas dependen de las partes involucradas". Hubiera sido mejor si Trump hubiera especificado que Estados Unidos solo reconoce la capital de Israel en la Jerusalén al oeste de la línea de 1967, en otras palabras, que Estados Unidos simplemente está poniendo fin a la ilógica política que sostiene el estatus no controvertido del Jerusalén al oeste de la línea del armisticio como un rehén de la disputa actual sobre la Jerusalén al este de esa línea.

Sin embargo, si EEUU continúa declarando que las fronteras finales de Jerusalén deberían negociarse (lo que significa que deja abierta la posibilidad de una capital palestina en la parte oriental de Jerusalén), y si los Estados Unidos se abstienen de describir la capital de Israel como Jerusalén "unida" o "indivisa", y si los Estados Unidos continúan evitando tomar medidas que reconozcan la anexión de Israel de los territorios al este de la línea de 1967, y suponiendo que la nueva embajada se ubica en la Jerusalén al oeste de esa línea, entonces tanto los palestinos, los árabes y los líderes musulmanes que no están ansiosos por desatar la violencia deberían poder decir legítimamente que efectivamente la declaración de Trump no cambia nada.

De hecho, si los líderes palestinos, árabes y musulmanes se oponen a la declaración y amenazan con la violencia, se les debe pedir que especifiquen la causa de su enojo. ¿A qué Jerusalén están negando el derecho de Israel a nombrarla como su capital? Si se trata de la Jerusalén al este de la línea de 1967, la declaración de Trump no hace nada para cambiar eso: los Estados Unidos aún no reconocen la anexión de Israel de los territorios al este de la línea. El estatus de esa parte de Jerusalén está listo para las negociaciones.

Si su ira tiene que ver con la Jerusalén residencial y no sagrada dentro de la línea anterior a 1967 - la capital del Estado de Israel desde sus inicios-, eso implica un rechazo total a aceptar la legitimidad de Israel dentro de cualquier frontera. Ante eso, los Estados Unidos no deberían inclinarse.

En última instancia, lograr la paz requiere que los palestinos y el mundo árabe acepten que el pueblo judío tiene el derecho legítimo a la autodeterminación en su tierra natal. Esto significa reconocer la profunda conexión entre el pueblo judío y Jerusalén. Significa aceptar que los judíos no son extranjeros en esta tierra y que es la patria de no uno, sino de dos pueblos. Sobre la base de tal reconocimiento, los israelíes y los palestinos pueden negociar un acuerdo para compartir Jerusalén a fin de que se convierta en la capital de Israel y Palestina, con acceso religioso para todos.

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Sunday, November 12, 2017

Lo que los manifestantes anti-Israel no comprenden de la Declaración Balfour - Einat Wilf



La campaña emprendida por los palestinos y sus partidarios para exigir que Gran Bretaña se disculpe por la Declaración Balfour, un siglo después de su emisión, traiciona una vez más su fundamental incomprensión de cómo y por qué nació el moderno estado de Israel. Israel es el resultado de una acción judía deliberada, no de unos documentos extranjeros. Israel es un país trabajado y conseguido, no una tierra dada.

La declaración Balfour, la breve declaración escrita durante la niebla de la Gran Guerra por Lord Balfour para Lord Rothschild, en la cual se expresaba la opinión favorable del Gobierno de Su Majestad al establecimiento de un hogar judío en la tierra ancestral de los judíos, demuestra la notable manera en que el sionismo fue capaz, en unos pocas cortas décadas, de infundir a los judíos un espíritu soberano.

Se dan múltiples explicaciones sobre por qué en 1917 el ministro de Asuntos Exteriores británico emitió esa declaración a un judío prominente: por ejemplo, van desde el antisemitismo británico, a la filosofía religiosa británica y a los intereses de guerra británicos. Pero todos estos factores habrían sido irrelevantes en ausencia de una deliberada acción judía. Sin las dos décadas anteriores de activismo sionista para defender la autodeterminación judía en la Tierra de Israel y el espíritu sionista de Weizmann, quien utilizó sus conexiones y su poder de persuasión con ese fin, el antisemitismo británico, el filosemitismo religioso británico o los intereses de guerra británicos no habrían dado lugar a ninguna carta.

Además, sin la movilización colectiva judía en nombre de su autodeterminación y liberación, esta Declaración - junto con muchas otras promesas, cartas y declaraciones que fueron realizadas por las naciones poderosas hacia pueblos menos poderosos al final de la guerra -, todo ello habría quedado en nada.

Nada de lo que vino después, el establecimiento de un autogobierno embrionario de los judíos en su tierra, el mandato de la Liga de las Naciones para Palestina por el cual encargaban a los británicos la tarea específica de ayudar a los judíos en el establecimiento del hogar nacional en su tierra, la inmigración de judíos, la construcción de ciudades, pueblos y el desarrollo de la agricultura, las instituciones colectivas así como económicas, políticas y culturales, el establecimiento de un cuasi estado en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el apoyo de mala gana de las Naciones Unidas después de la guerra al establecimiento de un estado independiente en parte de la tierra, y finalmente la creación de un estado independiente en parte de la tierra, nada de todo eso fue pre-ordenado de antemano.

Frente a una importante oposición diplomática, además de una violenta oposición árabe, con unos británicos que renegaron de sus promesas nada más que pusieron sus manos sobre la tierra, con poderosas fuerzas determinadas a evitar que los judíos alcanzaran la libertad, la igualdad y la soberanía, cada pequeño y frágil logró que consiguieron fue gracias al permanente compromiso de los judíos sionistas a la causa de la liberación nacional, un compromiso colectivo que requirió una gran movilización y un gran despliegue a nivel diplomático, narrativo y económico, además de habilidades militares, y en última instancia, una gran capacidad de permanecer centrados en el objetivo primordial de la soberanía e independencia, incluso al precio de las partes de la tierra con las que tenían un profundo vínculo histórico y una reclamación sancionada internacionalmente.

La idea de los judíos como jugadores activos de la historia - como dueños de su destino - todavía era desestimada por pueblos y civilizaciones que se han estructurado sobre la presunción de que los judíos debían permanecer en el cubo de basura de la historia. Para muchos de ellos, la posibilidad de que los judíos pudieran operar sobre la historia, tal como hacen los demás pueblos, en múltiples frentes - diplomático, económico y militarmente - sigue siendo tan fantasiosa para ellos que la historia de Israel sólo puede tener sentido y explicación por oscuras y sombrías motivaciones.

Para disgusto de aquellos que quieren devolver a los judíos "a su auténtico lugar", el Estado de Israel se fundó treinta y un años después de la Declaración Balfour, precisamente porque los judíos sionistas confiaban en su destino como los demás. A través de sus acciones, desde 1917 en adelante, los judíos sionistas simplemente le dijeron a Gran Bretaña y al mundo: "Muchas gracias, Lord Balfour. Nosotros seguiremos desde aquí".

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Sunday, June 18, 2017

No, Mr. Barenboim, el Holocausto no creó Israel - Einat Wilf - Haaretz




Daniel Barenboim es un negador del sionismo. Negación del sionismo es la afirmación emitida en su artículo de opinión ( “Alemania está pagando sus deudas post-Holocausto a Israel. pero no a los palestinos”, del 8 de junio) diciendo que Israel existe debido al Holocausto.

Negación del sionismo es vender la historia de cómo “se otorgó el Estado de Israel al pueblo judío" por el sentimiento de culpa del mundo después del Holocausto. Negación del sionismo es también afirmar que los palestinos son también víctimas de Alemania y de Europa, ya que sin el Holocausto su catástrofe se habría evitado.

El resultado de toda esta negación del sionismo implica ignorar toda la historia del movimiento sionista de antes de la Segunda Guerra Mundial. El negacionista ignora completamente el hecho de que salvo por el aspecto decisivo de la independencia, el Estado de Israel habría existido en la práctica, de hecho, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. El rechazo de la historia del sionismo significa ignorar que el Estado de Israel se levantó por la fortaleza de una visión y por el deseo y los hechos poco comunes realizados por esos judíos con visión de futuro que sentaron las bases de su independencia.

Israel no se “regaló” a los judíos, porque entre otras cosas la última cosa que existía en la agenda de las naciones europeas al final de la guerra mundial era sentimientos de culpa hacia la suerte de los judíos. En algunos países europeos, estos sentimientos empezaron a surgir después de una generación, y de hecho no han existido señales de sentimientos de culpa en otros países hasta hoy. Al igual que en el caso de la India y Pakistán y de otras naciones, no fue necesario el asesinato de un tercio de su población para recibir un país en esos momentos, y es que el pueblo judío ya había obtenido su propio estado al final de la Segunda Guerra Mundial, y no por el Holocausto, sino más bien por otra consecuencia de la guerra, el desmantelamiento del imperio británico.

El rechazo y la negación del sionismo no sólo ignora la historia del sionismo antes de la guerra, sino que también ignora la conciencia sionista de los judíos: el reconocimiento de que los judíos pueden, por la fuerza de su visión, su deseo y su labor de retorno a la historia como agentes activos para dar forma a su futuro en el que no sean víctimas de otros. El rechazo y la negación del sionismo implica que el Estado de Israel se convierta en un “regalo” que se otorgó a los judíos por lo que les hicieron a los judíos, y no por lo que los judíos hicieron por y para sí mismos.

Peor que eso, la negación del sionismo busca hacer volver a los judíos a su “legítimo lugar en la historia de Europa" como "pueblo tolerado" cuyo destino es fijado por aquellos que les otorgarán lo que quieran darles. El rechazo al sionismo implica que Israel - el único caso entre todas las naciones del mundo - en un estado condicionado que únicamente tiene autorización para seguir existiendo mientras aquellos que permitieron que existiera, por gracia suya y no por derecho propio, encuentren necesaria su existencia.

El rechazo y la negación del sionismo también priva a los árabes, y a los palestinos de entre ellos, de su estatus de pueblo con una antigua e independiente cultura, que adopta unas posiciones y unas decisiones que tienen consecuencias. Desde la perspectiva de los árabes, el significado de la aceptación del principio de partición del territorio suponía elevarse por encima de siglos de construcción cultural en la cual los judíos representaban a los seguidores de una religión inferior, que tenía la autorización para existir por la gracia de la mayoría, y por una larga tradición durante el cual sólo era aceptable la coexisntencia con los judíos siempre y cuando ellos reconocieran su lugar como pueblo que no existía realmente, y que no podía ser igual a los musulmanes y a los árabes.

Es cierto que dado que había más árabes que judíos en la Tierra de Israel, los árabes no tenían un incentivo para el compromiso y para dividir esta tierra con el movimiento sionista. Pero el hecho de que desde esta perspectiva tuvieran razones para rechazar el plan de partición, no les exime de responsabilidad por el resultado final. Si hubieran logrado elevarse por encima de su historia y no depender de su superioridad numérica, hubieran aceptado el plan de partición y no se hubieran opuesto a él por la fuerza. El establecimiento de Israel no se habría convertido en un desastre para ellos.

Hay una acusación basada en el mapa de la partición, en el que había una significativa minoría árabe en el Estado judío, que implicaría que la dirección sionista planeó una “limpieza de árabes” en ese territorio, independientemente de su asentimiento a la partición. Esta afirmación ignora que al mismo tiempo cientos de miles de judíos se asentaban en campos de refugiados en Europa y Chipre, a la espera del establecimiento del Estado judío y de la apertura de las puertas a la inmigración. No había así pues la necesidad de una limpieza con base al mapa de partición. Lo que se necesitaba era abrir las puertas a los judíos, una puerta que si no fue por la lucha árabe contra el sionismo antes de la Segunda Guerra Mundial, no se habría cerrado en primer lugar.

El derecho del pueblo judío a tener un país en su propia tierra es un derecho universal que está reservado para todos los pueblos, el derecho a posear su propia autoridad y controlar su destino. Mientras el mundo se divide en unos 200 países sobre la base del principio de la libre autodeterminación de los pueblos y las naciones, el pueblo judío también tiene derecho a eso. Los árabes palestinos también tienen derecho a la autodeterminación en su parte del país entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Sin embargo, su derecho no reemplaza al derecho de los judíos, al igual que el derecho de los judíos no reemplaza al de los árabes.

Cuando los árabes reconozcan que el pueblo judío tiene el mismo derecho a su libre autodeterminación en el marco de su tierra natal que es la Tierra de Israel, sin duda entenderán que tienen que renunciar a su demanda de retornar a todas las partes del Estado de Israel. Entonces sí serán capaces de establecer su país en parte de Palestina, y legislar el derecho de retorno de los palestinos al igual que lo hicieron los judíos, gracias a su visión, a su trabajo y a su determinación.

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Sunday, April 30, 2017

La negación del sionismo (Israel no nació a causa de la Shoah) - Einat Wilf - Daily Beast



Mientras que Israel acaba de celebrar su Día Nacional de la Memoria de la Shoah, muchas personas de todo el mundo han empezado a murmurar: "ya comienzan de nuevo esos sionistas, manipulando su precioso Holocausto para justificar la existencia de su Estado, de su poder, de sus faltas, y reduciendo a un mundo culpabilizado al silencio".

Esos, demasiados, que creen que sin el Holocausto no habría existido Israel. Muchos de entre ellos formulan esta hipótesis de buena fe. El propio presidente de los EEUU, Obama, en su discurso del 4 de junio de 2009 en El Cairo, habló de un "reconocimiento de que la aspiración a una patria judía tiene sus raíces en una historia trágica que no se puede negar".

Pero cuando tantas personas piensan que sin el Holocausto no existiría Israel, esos que quieren borrar a Israel del mapa y de la memoria, o aislarlo como un estado ilegítimo, ponen de manifiesto su resentimiento contra la evocación del Holocausto, o al menos su asociación con la existencia de Israel.

El presidente estadounidense Obama quería adoptar una posición firme en contra de la negación del Holocausto en la capital del mundo árabe. Sin embargo, no comprendía que al reafirmar la ecuación peligrosa de que la legitimidad mundial de Israel tiene sus raíces en el Holocausto, estaba avivando la motivación para alimentar la negación del Holocausto para esos que siguen creyendo, como siempre lo han hecho, que Israel no es un estado legítimo.

La negación del Holocausto, la minimización del Holocausto ( "6 millones es una cifra exagerada"), la banalización de la Shoá ("Ha habido otros genocidios y otras limpiezas étnicas, y el Holocausto no tiene nada de diferente"), la inversión del Holocausto ("lo que los nazis hicieron a los judíos es lo que los judíos hacen con los palestinos"), la marginación del Holocausto ("representa un detalle de la historia") y el Holocausto por asociación ("los palestinos son las víctimas secundarias del Holocausto"), son todas facetas diferentes de un mismo esfuerzo: retirar a Israel lo que parece ser una fuente poderosa y convincente de legitimidad.

La mentira engañosamente seductora que dice que "los palestinos son las víctimas secundarias de los crímenes de Europa", es una de las peores de todas, ya que para el oído no entrenado suena como lógica. En esta fábula, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se hizo evidente que la solución final no llegó hasta su ejecución completa y que los judíos que sobrevivieron no serían bienvenidos para permanecer en Europa, entonces los europeos decidieron "trasvasar" a esos judíos sobrevivientes a unos países árabes libres de toda sospecha, y hacía una zona controlada por la Europa colonial.

Esta solución conveniente para Europa habría provocado el desplazamiento de cientos de miles de palestinos que se habrían encontrado sin hogar y ocupados desde entonces. Por lo tanto, los palestinos serían unas víctimas "secundarias" y nunca compensadas por unos crímenes que Europa cometió contra los judíos.

Pero Israel existe, no porque los europeos hayan transferido a los judíos que sobrevivieron a un Oriente Medio controlado como una colonia. Israel existe porque los judíos querían que existiera. El estado moderno de Israel existe porque los judíos lo crearon creyendo firmemente que son los descendientes de esos israelitas y judeanos que ya fueron soberanos en ese lugar en la antigüedad, y que han pagado un precio muy alto para preservar su existencia como pueblo diferente. El moderno estado de Israel existe porque durante siglos y milenios los judíos cultivaron la añoranza de Israel, terminando el Seder de Pascua con las palabras "El próximo año en Jerusalén".

El moderno estado de Israel existe gracias a unos visionarios pensadores y líderes judíos, quienes se dieron cuenta que los tiempos estaban cambiando y ofrecían una oportunidad para transformar la esperanza mesiánica del regreso a Israel en un programa político, y los cuales pudieron movilizar la simpatía y el apoyo en unas difíciles encrucijadas para su proyecto. El presidente Obama tuvo razón en última instancia cuando, en su discurso del 4 de marzo de 2012, ante la conferencia del AIPAC, habló de Shimon Peres como "habiendo tenido en su corazón a Israel, la patria histórica del pueblo judío" .

De hecho, si no hubiera existido tal hostilidad árabe o la traición de los ingleses - y su sumisión a la presión árabe -, el Holocausto como tal y a esa escala no se habría producido. Los judíos habrían podido, al menos muchos de ellos, huir de Europa hacia su antigua tierra, que ya era un estado embrionario que disfrutaba de un amplio apoyo. Se habrían beneficiado de un lugar de destino al que emigrar libremente en la época en que Hitler todavía estaba dispuesto a permitir que el pueblo judío pudiera partir.

Israel fue capaz de volver a la vida después de la Segunda Guerra Mundial, no "gracias al Holocausto, sino gracias a la disolución del Imperio Británico. Al igual que la India y Pakistán no necesitaron de un Holocausto para lograr su independencia y existir, sucedió lo mismo con Israel".

Pensar que solamente la acción de un mal absoluto contra los judíos podría legitimar la noción de un Estado para los judíos, implica negar a los judíos lo que se da por sentado para los demás. El pueblo judío, más pronto o más tarde, habría construido su estado, como parte de la ola de liberación de los pueblos alrededor de la tierra. Su visión, su determinación, su voluntad industriosa de luchar por su Estado, pueden asegurarlo en cualquier caso.

Describiendo a Israel como el resultado del Holocausto, es participar en la negación del sionismo. Eso priva a los judíos de su papel como agentes de su propia historia, de su conexión histórica con la Tierra de Israel y de su milenaria nostalgia por un regreso. Eso borraría todo lo que soñaron, escribieron y realizaron los sionistas antes de la Segunda Guerra Mundial.

Su objetivo al describirlo como resultado del Holocausto es convertir a Israel en un proyecto colonial europeo culpable, en lugar de un proyecto de liberación nacional de un pueblo indígena que exigía su libertad en su tierra natal. En la conmemoración del Holocausto, Israel está de duelo no sólo por lo que murieron, sino por que representó la mayor tragedia y el mayor fallo del sionismo.

Los israelíes no se "deleitan" con el Holocausto por ser una fuente de legitimidad de su estado. Ellos lloran la visión de un estado que podría haber sido el refugio de muchos más. El sionismo buscaba un estado para los judíos, algo que no expresa el lema "Nunca más". El sionismo buscaba un estado para los judíos para que lo que les ocurrió durante el Holocausto "nunca más" se volviera a producir.

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Saturday, February 25, 2017

Cómo luchar contra los maximalistas judíos en casa y contra los maximalistas árabes del exterior - Einat Wilf - Tower



¿Un estado? ¿Dos estados? ¿Qué debe querer un judío? ¿Qué debe desear un judío en Israel o en el extranjero? ¿Qué debe favorecer cualquier amante de Israel? ¿Qué debe desear cualquier persona que se preocupe profundamente por el notable logro de una renovada soberanía judía en la Tierra de Israel y quiera protegerla de los que lo desean destruirla? La respuesta ante nuestra perplejidad es la lucha entre los maximalistas judíos y los maximalistas de los árabes a nuestro alrededor.

El futuro del Estado de Israel está siendo atacado desde dentro y desde fuera. Desde dentro, Israel se enfrenta al peligro de un exceso de amor. Hay quienes supuestamente aman tanto la Tierra de Israel que necesitan poseer toda ella. Estos son los maximalistas judíos. No es la seguridad lo que les preocupa o la cuestión de unas fronteras defendibles. En cambio, están imbuidas de un celo mesiánico que les obliga a asentarse y, finalmente, anexionar aquellos territorios entre el río Jordán y el mar Mediterráneo  de los cuales Israel no es soberano: Judea y Samaria entre ellos, o Cisjordania para el resto del mundo.

Para los maximalistas judíos, el sionismo trata menos de la soberanía judía en la Tierra de Israel que la propiedad judía de la totalidad de la Tierra de Israel. Mediante la promoción de un enfoque mesiánico al estilo de "Dios lo resolverá" se enfrentan ante la gran población de árabes existiendo en esos territorios, estando dispuestos a poner en peligro la consecución de la soberanía judía a causa de la propiedad judía en exclusiva. Dicen que quieren "todo", pero nos hacen correr el riesgo de dejar a los judíos sin nada.

Desafortunadamente, el éxito de los maximalistas judías en el avance de su causa se debe a sus insospechados aliados: los maximalistas árabes y sus colaboradores. Los maximalistas árabes son los que, en cada momento histórico que podrían haber recibido "parte", siempre repiten su mantra de "todo", sólo para quedarse sin nada. Son los que desde hace más de un siglo se negaron reiteradamente a aceptar que los judíos tuvieran derecho a la autodeterminación en al menos una parte de su tierra natal. Ellos son los que rechazaron la partición en 1947 porque querían acabar con un Estado judío más de lo que querían un Estado palestino. Ellos fueron los que emprendieron una guerra por la partición sólo para perderla. Ellos son los que mantuvieron la guerra en marcha sólo para perder más territorio en 1967. Ellos son los que hoy dicen apoyar una solución de dos estados, mientras que insisten en que su "derecho de retorno no es negociable", lo que supone que siguen buscando destruir el Estado judío. Ellos son los que utilizan el lenguaje de los "derechos de los palestinos" negando esos mismos "derechos" al pueblo judío y su derecho igual a la autodeterminación.

Sin embargo, los maximalistas árabes no hubieran tenido tanto éxito en el avance de su causa si no hubiera sido por los maximalistas judíos. Mientras que los asentamientos no son la causa del conflicto en curso - los maximalistas árabes sí lo creen -, sin embargo han oscurecido el papel fundamental del maximalismo árabe en la inexistencia de un acuerdo de paz que reconociera la permanencia del Estado judío. Cuando los maximalistas judíos dicen repetidamente "todo es nuestro y sólo nuestro", se vuelve mucho más difícil criticar  y avergonzar a los palestinos por decir lo mismo.

Por desgracia, los maximalistas judíos y árabes han tenido éxito en convencer a aquellos que podían luchar eficazmente contra ellos que sería imposible sin servir a la otra parte. Como resultado, aquellos que sienten que la supervivencia de Israel y del sionismo depende de derrotar a los maximalistas judíos y a sus proyectos de asentamientos, de manera consciente o no, tienden a minimizar el maximalismo árabe. A menudo han sido los primero en saludar "la moderación de los árabes" ignorando o negando los hechos sobre el terreno. A menudo han excusado la incitación árabe, minimizado el apego de los palestinos a su demanda de "retorno" y han considerado el persistente maximalismo árabe y su rechazo a los acuerdos de paz propuestos como nada más que un truco utilizado por los maximalistas judíos para silenciar a la oposición judía.

Los que sienten la necesidad de defender al sionismo mediante la exposición y la derrota del maximalismo árabe, con demasiada frecuencia se han visto empujados a defender contra su voluntad al maximalismo judío, haciendo observar cómo los maximalistas árabes y sus colaboradores utilizan los asentamientos como la cuña de su campaña para satanizar al sionismo y a Israel en los foros internacionales. Consternados por la manera en que los que pretende luchar contra el maximalismo judío ignoran a menudo y no toman ninguna acción contra las demandas maximalistas árabes, optan de manera lógica por no ser peones en manos de los maximalistas árabes, dejando en parte de lado su oposición a los asentamientos. Los maximalistas judíos, por su parte, han utilizado este tipo de reticencias para tratar de captar aliados entre aquellos que luchan contra el maximalismo árabe, buscando que defiendan el maximalismo judío. Yo mismo a menudo he tenido que dejar las cosas claras cuando algunos elementos del gobierno de Israel trataron de utilizar mi actividad contraria a las reivindicaciones maximalistas árabes para promover su agenda maximalista judía, a la cual me opongo.

Sin embargo, la supervivencia del sionismo siempre ha dependido de librar y ganar las batallas y guerras en no menos de dos frentes. Hoy en día, la supervivencia de Israel depende de que los judíos y los amigos de Israel hagan lo mismo: luchar contra los maximalistas judíos en Israel y luchar contra los maximalistas árabes del exterior con la misma pasión y vehemencia. Este debería ser el nuevo estándar para aquellos que se oponen a ambas formas de maximalismo.

Las organizaciones judías que pretendan promover una solución de dos estados deben demostrar que no solamente luchan contra la extensión de los asentamientos, sino que también luchan contra el maximalismo árabe. Las organizaciones judías que defienden a Israel y luchan contra el maximalismo árabe no deben tener miedo a la hora de oponerse a los maximalistas judíos, si desean hacerlo. Aquellos de entre nosotros que creemos que el pueblo judío no debería correr unos riesgos que puedan dejarle sin nada, no deberíamos tener que elegir correr esos riesgos. Podemos y debemos defender al sionismo derrotando a los maximalistas judíos del país y a los maximalistas árabes de todo el mundo.

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Wednesday, December 04, 2013

Gran artículo para entender muchas cosas, no se lo pierdan: Los beduinos israelíes y los límites de tolerancia ante la intolerancia - Einat Wilf - Al Monitor



Las disputas legales de larga duración entre el Estado de Israel y la minoría musulmana árabe beduina con respecto a propiedad de la tierra en el sur del desierto de Negev parece ser la típica historia de David y Goliat en las relaciones entre las mayorías y las minorías en el Oriente Medio. La relación entre Israel y su comunidad beduina, sin embargo, es más universal y más particular que la mayoría de los casos. Es universal porque toca las difíciles interacciones entre un Estado moderno del bienestar y una sociedad patriarcal tradicional que insiste en mantener sus tradiciones, y en particular, todo lo que tiene que ver con las tradiciones nómadas y tribales beduinas, muy específicas en lo referente a la propiedad de la tierra.

La idea universal del multiculturalismo liberal nos habla de la igualdad del valor de las diferentes tradiciones y de la necesidad de respetarlas, incluso cuando son muy diferentes a las de la mayoría. ¿Qué debe hacer un país, sin embargo, cuando sus leyes chocan con las tradiciones de algunos de sus habitantes? ¿Dónde deben permanecer esas líneas de respeto?

Israel, como todos los países, tiene leyes que regulan la prueba de la propiedad de las viviendas. Los beduinos, unas tribus nómadas, han desarrollado sus propias tradiciones orales sobre su "registro de la propiedad de la tierra". Las tierras en cuestión nunca fueron registradas oficialmente o reconocidas como propiedad privada durante el Imperio Otomano o el Mandato Británico, ambos controlando la zona antes de la creación de Israel. Esos registros, por lo tanto, no fueron reconocidos por la ley israelí como propiedad privada de tierras después de la creación del Estado.

Israel, desde hace décadas, trató de negociar con los beduinos para conciliar las reclamaciones orales de propiedad de la tierra de las tribus con un marco moderno reconocido. Yo misma puedo dar fe de la complejidad imposible de la cuestión. Como miembro de la Knesset, y formando parte de su Comité de Asuntos Exteriores y de Defensa, a menudo me acerqué a los demandantes beduinos para apelar al estado en su nombre. Durante los últimos tres años, en el contexto del informe Goldberg,sobre la cuestión de la tierra beduina, y tal como el proyecto de ley Prawer-Begin promovía la posible reubicación de asentamientos beduinos, me senté con los beduinos en sus aldeas, miré los mapas y traté de entender cómo poder ayudar a su causa. Cuantas más preguntas me hice, más complicada, he de reconocerlo, era la situación.

Las tradiciones tribales de propiedad de la tierra son casi imposibles, si no son verdaderamente imposibles, de desenredar. A pesar de que un pueblo puede asentarse en una vasta extensión de tierra, y en el pueblo en sí puedan haber grandes franjas de tierra vacía, ningún habitante del pueblo estaría de acuerdo en asignar algunas de esas extensiones a fines públicos, como escuelas o centros comunitarios para las comunidades beduinas. La razón se debe a que en su tradición oral lo que no esté registrado/grabado a mano, se supone que pertenece a otra parte de la tribu. Si llegaran a ser asignadas para fines públicos, una disputa de sangre podría entrar en erupción.

Según mi experiencia, la única cosa en la que los diferentes líderes beduinos podrían estar de acuerdo es que debería ser el Estado de Israel quien asignara esos terrenos públicos, de propiedad estatal claro está, para que ellos puedan utilizarlos con fines públicos. No sólo no podían ponerse acuerdo sobre qué áreas asignar, y donde los servicios públicos eran realmente necesarios, sino que los líderes beduinos también fueron incapaces de llegar a un consenso sobre la construcción de carreteras, redes eléctricas y otras infraestructuras públicas que requiere la asignación de tierras.

 Por lo tanto, la pregunta sigue siendo: ¿Hasta dónde debe tolerar un Estado moderno las tradiciones locales? ¿En qué momento debe decir el Estado ya es suficiente, y cuando debe usar tales poderes para anular las tradiciones, en este caso para que lo pueblos beduinos reciban escuelas, electricidad, agua y otros servicios? ¿Hasta dónde debe llegar el Estado a la hora de aceptar reclamaciones de propiedad de la tierra indocumentadas basados ​​en tradiciones locales, cuando ningún otro ciudadano de la nación podría reclamar la propiedad privada de la tierra sobre esa misma base?

Otro ejemplo de este dilema es la tradición de la poligamia entre las tribus beduinas. Al igual que en otros países desarrollados, la poligamia está prohibida en Israel, pero los beduinos han encontrado formas de burlar la ley y continuar su tradición polígama. Un de ellas es casarse y luego divorciarse. Un hombre beduino se casa con una mujer muy joven y ésta da a luz varios hijos. Él, más tarde, se divorciará de ella. Dado que no existe una ley que prohíba a los ex cónyuges vivir al lado o juntos, o hacer lo que quiera con otros, la ex mujer seguirá viviendo junto a su ex esposo y le dará más hijos. Por otra parte, ahora que ella es una madre soltera, recibirá el apoyo del estado del bienestar para ella y sus hijos. Su ex marido, entonces, se casará con una nueva mujer y tendrá hijos con ella, sólo para divorciarse de ella más tarde, y así sucesivamente. Todo esto es perfectamente legal y, además de perpetuar la poligamia, convierte al Estado, a los servicios de salud de Israel y a la ideología liberal del multiculturalismo en cómplices de todo esto.

Antes de emitir un juicio, hay que preguntarse hasta qué punto una sociedad multicultural liberal debería tolerar los valores y tradiciones de las diferentes comunidades cuando esos valores son intolerantes y destructivos para las comunidades. La pregunta no es simple. Al igual que todas las mujeres casadas merecen vivir en una unión igualitaria, los niños se merecen escuelas cercanas y las madres y los padres se merecen clínicas y centros de trabajo próximos. Después de décadas de disputas legales, el estado de Israel, a través del Plan Prawer-Begin, está finalmente tratando de poner a las comunidades beduinas de camino a una propiedad de la tierra reconocida por el estado, y que les permita vivir adecuadamente y poseer bienes que luego podrán utilizar para su propio desarrollo. El plan está lejos de ser perfecto, pero es de gran alcance. Ningún estado moderno puede aceptar íntegramente las tradiciones locales de las minorías, sobre todo cuando son perjudiciales para el bienestar de la comunidad. En algún momento, el límite tiene que ser establecido.

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Tuesday, April 03, 2012

¿El partido Laborista?, no el que solía ser - Einat Wilf – Open Zion



En respuesta a las recientes críticas recibidas por Zion Square (ahora Open Zion) por ser una plataforma de tendencia claramente izquierdista, Peter Beinart argumentó que ya esperaba que yo, entre otros, le "impugnaría desde la derecha". Yo, un miembro desde hace mucho tiempo de la izquierda política israelí, fui catalogado como una voz previsible que, desde la derecha, desafiaría a los escritores de izquierdas de Zion Square.

Pero la verdad es que mis planes pasan por tener una voz diferente a esas que en Zion Square se denominan de izquierdas, porque la izquierda a la que pertenezco tiene poco o nada que ver con la que ahí se expresa.

De hecho, esa es la izquierda que dejé atrás, cuando en enero de 2011, junto con Ehud Barak, el entonces presidente del partido Laborista, y otros tres miembros de la Knesset, decidimos crear una nueva facción independiente del Partido Laborista israelí y que tiene como nombre Independencia.

El argumento de que esa ruptura tuvo un motivo ideológico ha sido recibido con burlas. Pero aún así fue ideológico. Todos los miembros que nos fuimos del partido Laborista también abandonamos una de las principales características del partido y de la izquierda israelí: una infinita auto-flagelación. Si se trataba de la continuación del conflicto y de la ausencia de paz, o bien de la mera ausencia de negociaciones y el hecho de que los palestinos aún no tenían un estado, Israel siempre era particular y principalmente el responsable.

Tal vez inspirados por el sentimiento post-colonial y de culpa que arrastra la izquierda mundial, para las mentes de la izquierda israelí los palestinos y los árabes no son responsables de nada. Para ello, su situación ha sido convenientemente descontextualizada. Todo lo que hay y todo lo que ha habido siempre es la "ocupación", surgida de la cabeza de alguna especie de Zeus, despojada de todo contexto histórico y ayuna de cualquier tipo de memoria del perpetuo rechazo árabe y palestino del sionismo y del derecho del pueblo judío a ejercer su libre determinación en la única tierra en la que alguna vez fue soberano.

En una muestra notable de lógica circular, para esta izquierda los palestinos han de ser absueltos de toda responsabilidad por su situación siempre y cuando estén "ocupados". Sin embargo, el contexto histórico de la "ocupación", y su contribución a su realización y permanencia, han sido convenientemente borradas, para así absolver a los palestinos, de aquí a la eternidad, de toda responsabilidad. Eso supone privarles de la dignidad más básica que se otorga a todos los adultos y a todos los pueblos, la expectativa de que sean responsables de sus acciones y de los resultados postreros.

Abatida tras el fracaso de las negociaciones de Camp David en el año 2000, vacía tras la pérdida de la esperanza de una paz próxima, la izquierda israelí, que hasta ese momento encontró un hogar en el Partido Laborista israelí, prefirió matar al mensajero, a Ehud Barak, entonces el Primer Ministro y presidente del partido, en lugar de aceptar que quizás, sólo quizás, el hecho de que los palestinos no lograran poseer su propio estado tenía algo que ver con sus propias acciones y creencias.

El Partido Laborista actual se ha convertido en una sombra de esa vieja y orgullosa tradición sionista del Partido Laborista. El sionismo era un elemento fundamental del anterior partido Laborista y de su antecedente, el Mapai, partidos que nunca se abandonaron al placer de la culpa y la autoflagelación. En su mejor momento, marcaron el espíritu sionista asumiendo la responsabilidad colectiva con un pragmatismo puro y duro, y buscaron la paz sin ningún tipo de ilusiones acerca de nuestros vecinos y de sus intenciones. Tenían la intención de construir y reforzar Israel económica, social y militarmente, reconociendo que la paz sólo puede ser posible cuando los enemigos de Israel acepten que no puede ser sometido por la fuerza.

La persistente negativa a la hora de reconocer que la división en el Partido Laborista es de raíz ideológica, ya representa un evidente síntoma del estado de negación y de la profunda crisis ideológica que atraviesa la izquierda en Israel, ya se trate del sionismo o del conflicto. Como miembros del partido Laborista que nos reunimos con nuestros pares ideológicos, sobre todo europeos, allí ya nos encontramos con partidos que realmente no podían aceptar y digerir las ideas del sionismo laborista.

Embarcado desde hace una década dentro de mi labor política en el área de la política exterior, con frecuencia me reuní con mis colegas socialistas europeos. Como miembro del partido Laborista se suponía que teníamos una proximidad ideológica. Año tras año, esa afinidad se reveló cada vez más incierta. Las clásicas posiciones sionistas que siempre he representado tuvieron una resonancia cada vez menor entre los socialistas europeos. Cualquier intento de argumentar que los árabes y los palestinos son responsables de su destino fue rechazado de plano. Ya fuera en un discurso ante los miembros socialistas del Parlamento Europeo en el 2006, después de la Segunda Guerra del Líbano, o en numerosas reuniones con las delegaciones de los partidos socialistas europeos, mis palabras únicamente resonaban en la sala y entre los presentes si yo estaba dispuesto a ofrecer las requeridas libras de carne de Israel y participaba, junto a ellos, en las habituales exposiciones autoflageladoras antioccidentales.

En una visita al Parlamento Europeo durante otra discusión sobre el conflicto, este cambio fue visualmente impactante. En el semicírculo de la sala, sentados de derecha a izquierda según su posicionamiento político - y según su empatía más a menos favorable a Israel y a las posiciones sionistas -, inclusive los miembros centristas se expresaron de acuerdo con la zona derecha del semicírculo del Parlamento Europeo - la favorable a Israel y que ocupaban los parlamentarios de la derecha -. Mientras tanto, cuando el discurso provenía de la zona de la izquierda del semicírculo, se convirtió cada vez más en un posicionamiento antisionista y casi antisemita.

Parecía como si al expresar las ideas sionistas más básicas del derecho del pueblo judío a su propio estado, su conexión histórica con la Tierra de Israel y la existencia de responsabilidades por parte de los líderes árabes y palestinos sobre la situación actual, solamente encontraba resonancia entre la derecha europea. Parece ser que para la izquierda europea, y para los miembros del nuevo partido Laborista israelí, o bien dejas de ser sionista o bien abandonas el partido para seguir siendo sionista. La mera insistencia en el sionismo, en la justicia de la causa de la autodeterminación de los judíos, en su vinculación con la Tierra de Israel, en la legitimidad de la reclamación judía de soberanía en al menos una parte de la Tierra de Israel, se ha politizado de tal manera que solo puede ubicarse prácticamente dentro de la política mundial en el ámbito ideológico de la derecha.

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