Sunday, October 15, 2017

¿Somos realmente una tribu? - Michael J. Koplow



A medida que llega la estación anual de la reflexión judía con el Rosh Hashaná, al pensar en el año pasado continúo regresando a la división entre los judíos estadounidenses e israelíes. Es un tema que he desarrollado en el pasado, pero al que no puedo evitar volver. A pesar de todo lo que ha ocurrido durante este año civil judío, desde la elección de Donald Trump a la Resolución de Seguridad de la ONU 2334 y las investigaciones sobre el Primer Ministro Netanyahu, sospecho que la división entre judíos estadounidenses e israelíes se ensanchó este año en una crisis real que será, en última instancia, el elemento más impactante de 5777. No tengo un argumento principal que quiera transmitir sobre este tema, sino más bien una serie de observaciones interrelacionadas que, esperemos, proporcionen algo de reflexión en estas festividades.

En primer lugar, la crisis precipitada por la cancelación del compromiso del Muro Occidental puso de relieve la brecha religiosa existente entre los judíos estadounidenses y los judíos israelíes, y las formas en que el pluralismo religioso es una verdadera línea divisoria entre las dos mayores comunidades judías del mundo. Para muchos judíos estadounidenses, el hecho de que Israel no reconozca oficialmente ninguna forma de judaísmo distinto del judaísmo ortodoxo es una afrenta continua a su sistema de creencias, por lo que un asunto aparentemente menor como una plataforma mixta de oración de género se ha convertido en un asunto mayor.

Pero el hecho de que fuera la práctica religiosa la que llevó a la explosión no debe ocultar el hecho de que la brecha entre los judíos estadounidenses e israelíes es mucho más que la forma en que uno observa el judaísmo. También hay un abismo político que va más allá de las cuestiones palestino-israelíes o incluso del tratado de Irán. Las visiones de mundo y las preferencias políticas de la mayoría de los judíos estadounidenses y de la mayoría de los judíos israelíes están en desacuerdo. La mayoría de los judíos estadounidenses expresan su incredulidad ante el hecho de que los israelíes sigan eligiendo coaliciones derechistas que devuelvan a Netanyahu al poder, y no puedan comprender el apoyo y el aprecio que los israelíes demuestran por Trump. Por otro lado, la mayoría de los israelíes están horrorizados ante el hecho de que los judíos estadounidenses apoyen a políticos que consideran insuficientemente solidarios con Israel, y se duelen ante unos judíos estadounidenses que hablan y opinan desde sus hogares sobre temas que tienen como principales implicados a los judíos israelíes. En cierta forma, el griterio ocasionado por la congelación del acuerdo sobre el Muro Occidental y el rechazo de las conversiones no ortodoxas han facilitado el encubrimiento del hecho de que existen cismas políticos y filosóficos tan importantes como el que afecta al pluralismo religioso.

Esto lleva a mi segunda observación, que es que las cuestiones que se interponen entre los judíos estadounidenses e israelíes no sólo tienen que ver con la práctica y la filosofía, sino con la empatía y una comprensión básica. Es engañoso postular que los judíos israelíes miran con desdén a los judíos conservadores y reformistas americanos porque han rechazado su práctica judía, o bien que los judíos norteamericanos han evaluado las prioridades políticas y gubernamentales israelíes y han decidido que están relativamente fuera de control o que bordean el populismo antidemocrático.

Los israelíes no tienen la capacidad de rechazar las tradiciones y prácticas no ortodoxas porque no tienen experiencia de ellas, y apenas las conocen. El judaísmo ortodoxo tiene un dominio sobre la vida religiosa israelí en un grado tan elevado que, las prácticas religiosas seculares de los israelíes y los acontecimientos del ciclo de vida israelí, caen también bajo el paraguas ortodoxo, tanto si desean o no acoplarse con el judaísmo como religión. No entienden por lo tanto los fundamentos del judaísmo conservador y reformista al estilo americano porque resultan tan extraños para ellos como lo es el hinduismo para la mayoría de los judíos estadounidenses, por lo que resulta fácil desacreditarlo y criticarlos, aparte de un sorprendente nivel de ignorancia.

Del mismo modo, la mayoría de los judíos estadounidenses no conocen de primera mano la experiencia israelí o el sistema político israelí, y muchas de sus críticas proceden de una ignorancia inocente pero trágica de lo más básico de lo que realmente sucede en Israel. Tengo curiosidad por saber cuántos judíos estadounidenses conocen qué porcentaje de israelíes votó por el Likud - y por llevar al poder a Netanyahu directamente - en las últimas elecciones, o el margen de los escaños de la Knesset del bloque de la derecha sobre el bloque político de la la izquierda.

Los judíos estadounidenses de casi todos los sectores políticos glorifican al IDF, pero debido a la ausencia de una experiencia militar similar en los EEUU, no pueden comprender la forma en que el servicio militar obligatorio y el legado de un terrorismo rutinario palestino conforma la perspectiva política de muchos israelíes. Esto no significa que las críticas a la política de Israel estén fuera de lugar, solamente que no hay una suficiente estimación de cómo los desafíos únicos de Israel y las experiencias únicas de Israel conforman el estado y la sociedad de Israel.

Existe incluso una insularidad entre los estadounidenses que se trasladan a Israel y los israelíes que se trasladan a los Estados Unidos que contribuye a todo esto. Los judíos estadounidenses que hacen aliyah frecuentemente viven en comunidades angloamericanas, viajan en círculos de amigos que crecieron en los Estados Unidos, siguen siendo culturalmente americanos de muchas maneras y, a veces, pueden vivir en Israel durante décadas sin tener que dominar el hebreo, replicando barrios americanos que han creado dentro de Israel. Aquí, en los Estados Unidos, es común ver como los israelíes se mueven a comunidades donde viven muchos israelíes - en mi propio rincón de los suburbios de Maryland, hay un "kibutz" y un "moshav" - donde socializan solamente con otros israelíes, hablan hebreo por todas partes, e incluso no obtienen un conocimiento de la experiencia judía americana a menos que envien a sus hijos a una escuela judía. No estoy seguro de que la masa crítica de judíos estadounidenses que viven en Israel o los israelíes que viven en los Estados Unidos, experimenten a sus países adoptados de una manera que les dé un mayor entendimiento de la psique nativa.

En tercer lugar, es precisamente debido a esta falta fundamental de comprensión de cómo vive la otra parte y el conjunto completamente diferente de preocupaciones diarias que acosan a cada grupo, que la brecha entre las dos comunidades no va a cerrarse, a pesar de las predicciones de que los cambios demográficos en curso curarán la división. Los miembros del actual gobierno israelí tienen desde hace mucho tiempo una teoría que suaviza la crítica de los judíos liberales estadounidenses, estimando que representan una laguna histórica que durará un par de décadas, hasta que el matrimonio mixto y la asimilación dejen a la comunidad judía estadounidense más comprometida en manos de los ortodoxos mucho más hálcones. Una vez que esto ocurra, piensan que Israel ya no tendrá que lidiar habitualmente con las críticas judías norteamericanas sobre el conflicto israelí-palestino, o incluso sobre los derechos en Israel de los judíos no ortodoxos que no son ciudadanos israelíes. Esto también se basa en el hecho de que la demografía en Israel también está cambiando, con el sionismo religioso en pleno ascenso y los ortodoxos cada vez más prominentes en todas las facetas de las instituciones políticas y de seguridad israelíes. En ese sentido, unos dominantes judíos ortodoxos en los Estados Unidos hermanados con unos dominantes judíos ortodoxos en Israel eliminarán gran parte de la mala sangre que ha surgido entre las comunidades judías estadounidense e israelí.

El problema con esta teoría - que se basa en una predicción de la decadencia de las comunidades no ortodoxas en los Estados Unidos que puede suceder, pero que también ha sido erróneamente predicha durante décadas - es que los judíos ortodoxos en Israel y los judíos ortodoxos en los EEUU están separados por mucho más que 6.000 millas y el Océano Atlántico. Un editorial escrito por un padre moderno ortodoxo y anónimo, con cuatro miembros en la familia, y del área metropolitana de Nueva York, detallando la forma en que los costos de "ser judíos" le habían llevado a la bancarrota, se volvió viral la semana pasada, pero el aspecto que me pareció más interesante fue la forma única de ser un ortodoxo americano que traslucía. Las cargas financieras más gravosas que el autor enumeraba eran: la matrícula de la escuela diaria, el coste efectivo que imponía vivir a poca distancia de una sinagoga ortodoxa en un suburbio inevitablemente rico de una importante ciudad costera americana, el campamento judío de verano y la comida kosher.

Si bien este particular padre de familia ortodoxo americano podría entrar en cualquier sinagoga ortodoxa de Jerusalén o Modi'in y sentirse como en casa, su experiencia de vida sería todavía completamente ajena a la de un padre moderno ortodoxo israelí sentado en la misma fila. Ninguno de esos gastos o la carga financiera asociada con una vida judía observante y comprometida en los Estados Unidos se aplica a los judíos ortodoxos en Israel, y significa que incluso dentro de los subgrupos judíos que atraviesan la división nacional - en este caso entre los judíos ortodoxos - todavía existe una enorme divergencia de experiencias, preocupaciones y prioridades. Esto convierte la brecha entre judíos americanos e israelíes con estilos de vida y experiencias comunes en no tan simple después de todo.

Hace un par de meses, Yehuda Kurtzer escribió el artículp más inteligente que he leído hasta ahora sobre este tema al pedir explícitamente que "tomemos más en serio las evoluciones independientes de los judíos estadounidenses e israelíes, y su correspondiente divergencia de caminos, rechazando las polémicas teorías de causalidad, y reconociendo la necesidad de unos enfoques sistémicos para reconstruir la relación". El artículo de Kurtzer iba dirigido a los líderes judíos comunitarios y filantrópicos, mientras estoy pensando en una esfera política más grande, pero el punto esencial sigue siendo válido. No sé cuál es la respuesta exacta, pero a mi juicio está más allá de pensar que tiene sentido considerar a los judíos estadounidenses e israelíes como dos partes de un todo unificado, en vez de como comunidades aliadas que tienen mucho en común pero no siempre - ni siempre debe estarlo - unidos en una misma onda.

Si 5777 puede llegar a representar el punto más bajo en las relaciones entre las dos partes, en lugar del comienzo de una nueva normalidad, entonces los judíos estadounidenses e israelíes deben embarcarse en un proyecto conjunto que busque entenderse mejor, articulando un conjunto de intereses y preocupaciones comunes, y estableciendo y gestionando las expectativas de una manera más realista y honesta.

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Monday, May 15, 2017

El Estado judío no debe ser exclusivamente un Estado judío - Michael J. Koplow - Matzav Blog



La cuestión de si Israel es un Estado judío se ha convertido inexplicablemente en un tópico muy polémico en la última década. Sin embargo, es algo que parece indiscutiblemente evidente por sí mismo - después de todo, la esencia del movimiento sionista es la soberanía judía en la Tierra judía de Israel -, pero la idea de que Israel deba ser expresamente reconocido y proclamado como un Estado judío ha pasado de ser una obviedad a un tema controvertido en los asuntos israelíes, tanto extranjeros como nacionales. Si bien se ha convertido en un punto de fricción en las negociaciones entre israelíes y palestinos, al elevarlo como un asunto indispensable por parte del primer ministro Netanyahu, al enumerarlo rutinariamente como una condición central de Israel para la creación de un estado palestino, ahora se ha convertido en un asunto interno en Israel, de una manera que tiene el potencial de ser muy perjudicial.

La idea de encapsular al estado de Israel como un Estado judío por una ley ha sido muy popular en los últimos gobiernos. Cuando Netanyahu despidió a Tzipi Livni y Yair Lapid como ministros en 2014, en una medida que provocó la caída de la coalición y condujo a las elecciones que originaron el actual gobierno, una de las razones de su despido fue su negativa a respaldar un proyecto de ley de Estado judío, creando así una nueva ley fundamental y pasando a ser parte de la constitución de facto de Israel. Los detractores del proyecto de ley afirmaron que la idea que estaba detrás no era solamente que Israel debía ser visto como el estado del pueblo judío, sino que además los judíos deberían disfrutar de una situación de privilegio que no se concedería a los no judíos. Livni y Lapid, junto con la oposición en aquellos momentos en la Knesset, tomaron  la ley como discriminatoria y alegaron que se trataba de un intento de discriminar a los ciudadanos árabes de Israel, ya que elevaría el carácter judío de Israel por encima de su carácter democrático, y una vez que se convocaron nuevas elecciones, el proyecto de ley del Estado judío pasó a un segundo plano.

Pero en este Knesset, que aún no ha visto una ley tan controvertida, el proyecto de ley del Estado judío ha sido naturalmente restablecido, y ahora está de vuelta en la agenda del Knesset después de haber sido votado por unanimidad por el comité ministerial legislativo, y luego aprobado por el pleno de la Knesset en una lectura preliminar de ayer. Algunos de los elementos más controvertidos de las versiones anteriores han sido extirpados, como la cláusula que establecía la ley judía como una “fuente de inspiración para los legisladores”, pero el que ha sido el actual y particular foco de la ira es la sección del proyecto de ley que establece al hebreo como único idioma oficial de Israel, mientras se concede un estatus privilegiado al árabe, que aunque menor que el hebreo es superior a otros idiomas. A pesar del mito repetido a menudo (probablemente derivado de las señales de tráfico israelíes) de que Israel tiene tres idiomas oficiales - hebreo, árabe e inglés -, Israel en realidad no tiene ninguna lengua oficial. La razón de la ubicuidad de la trinidad lingüística actual es que el gobierno británico, durante el Mandato, requirió que todas las órdenes y las comunicaciones oficiales del gobierno se emitieran en los tres idiomas, e Israel intenta terminar con ese sistema que heredó. Si pasa el nuevo proyecto de ley y se convierte en una ley básica, el hebreo se convertirá en el idioma oficial legal del país, y el estatus del árabe será consagrado legalmente como algo por debajo del hebreo. Si bien esto ya es el caso de facto dado que los judíos constituyen el 75% (el 80% por origen) de la población de Israel, la preocupación es que la ley pueda abrir la puerta a la eliminación del árabe en todo tipo de lugares donde ahora funciona, haciendo más difícil para los árabes de Israel funcionar en un nivel básico, y que sea más fácil su discriminación.

Y quiero aclarar antes que nada que yo apoyo sin ambigüedades a Israel como un Estado judío.

Con frecuencia y deliberadamente utilizo esa frase en mis escritos como una cuestión de principio, ya que creo que es importante reforzar repetidamente que los judíos tienen derecho a la autodeterminación en su patria histórica, y que Israel es la encarnación de ese derecho. Como he escrito anteriormente, salta a la vista que Israel es de hecho un estado judío dada su demografía, los símbolos nacionales que emplea, la existencia (y el profano poder corruptor) del Gran Rabinato, la naturaleza de su fundación...

Cualquiera que busque en Israel tendría muy difícil confundirlo con cualquier otra cosa. Es una de las razones por las que encuentro pueril la exigencia de que los extranjeros lo reconozcan como tal pueril. ¿Si Israel se define como un Estado judío y las estructuras de su propia existencia son las de un Estado judío, a quien le importa si un montón de no israelíes quieren reconocerlo como tal o no?

Ninguna exasperante y reiterativa negación acerca de la naturaleza de Israel puede cambiar su naturaleza en la práctica. Pero cuando se trata de que Israel consagre esa naturaleza mediante una ley, eso tendría consecuencias en la vida real, y ese ángulo interno es el más importante - a diferencia del ángulo de las negociaciones entre israelíes y palestinos -.

Es totalmente apropiado para Israel ser un Estado judío tal como se define a si mismo, como el Estado-nación del pueblo judío y la patria judía. Pero cuando se cruza una línea es cuando Israel, como Estado judío, define unos privilegios para los judíos en los que se excluye a los no judíos, o se pisotean derechos de los no judíos. Un Estado judío no significa ser un estado que sea exclusivamente para los judíos, y si esa línea de pensamiento se adopta como ley, pondría al estado democrático de Israel en peligro. Una de las áreas donde Israel ha traspasado esa línea es con la Ley del Retorno, por la que los judíos tienen preferencia ante los propósitos de inmigración y de ciudadanía, pero esa Ley la defiendo firmemente ya que es lo que permite que Israel sea un Estado judío.

Lo que es insostenible es tratar a los ciudadanos israelíes de manera diferente una vez que tengan la condición de ciudadanía, y ahí es donde la primacía como lengua oficial del hebreo, tal como la consagra el proyecto de ley, resulta problemática. Una vez que la lengua árabe se coloca un peldaño por debajo del hebreo, allana el camino para que la educación sea exclusivamente en hebreo, para todo tipo de vida ciudadana se llevó a cabo solamente en hebreo, y para que el gobierno haga lo mínimo para demostrar que respeta el derecho a “unos servicios estatales en lenguas accesibles”. Puede que eso nunca suceda, pero le da al gobierno una poderosa capacidad para poner en desventaja a una quinta parte de sus ciudadanos, y en realidad no hace nada para fortalecer al Estado judío. El hebreo siempre será la lengua hablada mayoritariamente en Israel, por eso complicaría aun más la vida cotidiana a los ciudadanos no judíos de Israel si no la emplean. Es un gesto cruel diseñado más bien para bajar su estatus que para elevar su judeidad.

Israel puede ser fácilmente un Estado judío y el hogar nacional del pueblo judío sin perjudicar a sus ciudadanos no judíos. Hay un proyecto de ley estatal judía que puede hacer eso posible, como las alternativas lanzadas en el pasado por Benny Begin o Ruth Calderon. El proyecto de ley actual que ahora se está considerando no cumple con esta prueba básica.

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Friday, March 17, 2017

¿Qué tipo de utopía debe ser Israel? - Michal Koplow - Matzav Blog


Hay una escena en el sexto episodio de la primera temporada de Mad Men donde el publicitario Don Draper es abordado por el gobierno israelí para crear una eficaz campaña de turismo para el Estado judío. Buscando una idea, le pide a una novia judía que le explique por qué Israel es importante y por qué los turistas deben querer ir allí. Ella le explica que los judíos han vivido en el exilio durante tanto tiempo que tener un país propio les parece muy importante, y que a pesar de que no tener ningún deseo de ir a vivir allí, Israel tiene que "ser y existir" debido a la idea que representa. Después de que Draper comente que eso suena a una utopía, ella le responde que la definición griega de utopía puede significar tanto un buen lugar o como el lugar que finalmente "no puede ser". Mientras que el último intercambio es un comentario sobre su relación, captura el contexto más amplio de la actual y agitada relación entre Israel y los judíos estadounidenses.

La visible oleada de antisemitismo en los Estados Unidos durante el último año ha llevado a los judíos estadounidenses al límite, y para muchos ha reforzado la importancia de Israel y su papel de "ser y existir". Más que nunca, Israel resuena como un puerto seguro de último recurso y como un refugio contra un mundo que históricamente no ha aceptado a los judíos. Entiendo este sentimiento no desde una perspectiva teórica, sino desde una perspectiva personal. Como un niño que creció en Nueva York, nunca experimenté un segundo de antisemitismo abiertamente detectable. Tuve un debate recurrente con mi padre en el que sostuve que la experiencia judía en América marcó el final de la historia de los dos mil años de diáspora judía, en la cual la persecución y el antisemitismo fueron las características definitorias. Y sin embargo, en los últimos dos meses, las escuelas judías de mis hijos han sido objeto de múltiples amenazas de bomba, y en mi suburbio de Washington he visto un aumento en los graffiti e invectivas antisemitas. Al igual que Francis Fukuyama, me equivoqué al pensar que la exuberancia de un breve momento superaría al amplio recorrido de la historia y, a pesar de ser alguien que nunca cuestionó la gran importancia de Israel, esa importancia para mí ha sido literalmente llevada a casa. Israel, de hecho, representa una idea para los judíos de todo el mundo, y mientras oramos para que nunca se transforme de una idea a un imperativo práctico, requiere una defensa absoluta de la legitimidad y la seguridad de Israel.

Pero mientras la idea de que Israel es del buen lugar, también se está acercando peligrosamente para los judíos americanos la idea de que es el lugar que "no puede ser". Esto se debe a que el compromiso inviolable de Israel con los judíos, en lugar de solamente con los israelíes, está en cuestión, y una vez que el cambio emocional tiene lugar, podría ser imposible para muchos judíos estadounidenses identificarse con Israel de la misma manera. No será un lugar que vean como "un oasis real en el desierto", sino como un "espejismo tentador".

El primer factor que amenaza con causar este cambio es el tratamiento del antisemitismo por parte del gobierno israelí. Al hablar de su decisión de ir a París después del ataque terrorista a la tienda de comestibles Hyper MediaCacher para solidarizarse con los judíos franceses, el primer ministro Netanyahu describió su papel ya no sólo como representante de Israel, sino como representante de todo el pueblo judío. Este no es un papel que haya sido reclamado por los primeros ministros israelíes: David Ben-Gurion, por ejemplo, hizo una clara distinción entre lo que representa Israel y los que representan los judíos de fuera de Israel en su intercambio de cartas con Simon Rawidowicz en 1954-55, la cual comenzó como una discusión sobre el uso de la palabra "Israel" y otra terminología, y finalizó con Ben-Gurion rechazando cualquier uniformidad entre los judíos israelíes y los judíos de la diáspora.

Se trata de un debate más amplio sobre si Netanyahu puede y debe tener un papel más amplio más allá de ser un líder político israelí, pero si pretende que sea creíble debe asumir un aspecto consistente y continuo y no sólo cuando sea políticamente conveniente. Venir a los Estados Unidos en medio de un estallido de amenazas de bomba contra las instituciones judías y ante un torbellino de angustia de los judíos estadounidenses, los cuales nunca antes se han sentido personalmente amenazados, y declarar básicamente que todo está bien, solamente puede denegar cualquier reclamación de Netanyahu como representante de los judíos en peligro dondequiera que estén.

También pone en duda el compromiso de Israel con los judíos de la diáspora. Para los judíos que apoyan fervientemente a Israel como el proyecto judío definitivo y como un poderoso símbolo contra la represión antijudía, les resulta penoso ver como un primer ministro israelí aparta el antisemitismo y declara categóricamente que un presidente al que muchos judíos estadounidenses ven como parte del problema, es en realidad el mejor amigo que tienen los judíos.

El segundo factor que amenaza con perpetuar este cambio es la cerrada actitud ante la nueva prohibición de viajar y entrar a Israel de cualquiera que pida públicamente boicotear a Israel o cualquier área bajo su control, y que se pueda ver a Israel no como un lugar para los judíos sino como un lugar para los judíos de una cierta ideología. Yo no apoyo al BDS y no soy ni siquiera mínimamente simpático con sus objetivos, y tampoco apoyo los boicot a los colonos o asentamientos. Además, Israel tiene el derecho absoluto de determinar qué constituye una amenaza para su seguridad y de examinar a las personas que entran en sus fronteras para protegerse de esas amenazas. Pero lo justificado no siempre es lo inteligente, y la combinación de amenazas físicas tangibles con amenazas ideológicas amorfas demuestra tal distinción.

No es lo mismo mantener fuera al violento manifestante en Cisjordania que mantener fuera al padre de mediana edad que en voz alta declara que no va a comprar productos de los asentamientos, y es esta última acción la que causará la ruptura entre muchos judíos estadounidenses e Israel. Incluso si como Rachel Menken en Mad Men, eres una judía que quiere visitar Israel pero no quiere vivir allí, verse detenida en el control de pasaportes en el Estado judío debido a tus opiniones políticas es la manera más rápida de asegurarse de que cualquier posible afinidad desaparezca.

Israel en esa situación se convierte en un lugar que "no puede ser", y ya no sería el refugio seguro para los judíos, ni siquiera un lugar para los judíos, sino un estado que ha abandonado su función principal y su razón de ser. El argumento central sionista de que los judíos necesitan una patria sólo funciona si Israel es de hecho una patria basada en el judaísmo, en lugar de una patria basada en un conjunto de tendencias políticas. Al elevar la percepción de amenazas a alturas absurdas, la nueva legislación contra el boicot crea ignominiosamente una amenaza más grande para la existencia de Israel que los boicoteadores que está combatiendo.

Israel puede ser una utopía para los judíos de todo el mundo, no un lugar perfecto que debe cumplir un ideal imposible, pero sí un ancla sobre la que los judíos puedan gravitar en tiempos de necesidad. Sin embargo, si no toma esta obligación en serio, se convertirá en una utopía diferente, un lugar que exige un ideal imposible y que se hunde bajo el peso de sus propias expectativas.

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