El performer como idiota monumental - Fernando Castro Flórez - ABCD


Este artista es un perfecto idiota. Y, a pesar de su terquedad, es también admirable. Algunos han llegado a calificar su comportamiento como el de un «maratoniano» de la performance, y, en realidad, es un pesado de tomo y lomo. No quiero descalificar sus míticas acciones, pocas pero contundentes, caracterizadas por durar cada una de ellas exactamente un año.
La historia ha sido contada en bastantes ocasiones: Tehching Hsieh llega, como un emigrante más, desde Taiwán a Nueva York después de haberse formado en su país en las todavía llamadas «bellas artes» y haber intentado, con catastróficas consecuencias para su menudo cuerpo, repetir la acción del salto al vacío de Klein sin acaso saber que se trataba de un fake fotográfico. A pesar del lógico batacazo, decidió desarrollar en la ciudad babélica que eligió para vivir unas acciones que respondían al topicazo de unir el arte con la vida. Como incluso en lo estético aparece un ansia de totalidad y un afán de hacer algo decisivo y conclusivo, Hsieh tomó -algo habitual en los lectores declaradamente epigónicos- las cosas literalmente, y así consideró que lo mejor era no dejar ni un minuto de la vida ajeno a esa «coartada» que calificamos como arte.
Comenzó en 1978 encerrándose en una celda en el segundo piso del 111 de Hudson Street. En 1980 colocó en su estudio un reloj de esos que se emplean en las fábricas para fichar y, por no perder la costumbre, comenzó su rutinaria tarea de picar cada hora ahí durante un año enterito. Su tercera acción consistió en estar literalmente en la calle desde el 26 de septiembre de 1981 hasta el 26 de septiembre de 1982. Para su cuarta performance contó con la colaboración de Linda Montano, a la que se ató con una cuerda para llevar esa vida cuasi-matrimonial, de nuevo durante 365 días.
Acaso estaba cansado del mundo del arte, y por eso, a mediados de los ochenta, decidió realizar algo fácil de entender: no hacer arte, ni hablar de ello, ni verlo, ni leer nada relacionado con las cosas que se exponen o acontecen; por supuesto, tampoco entró en galerías, ni en museos. «I just go in life», escribió con cierta soberbia. Tan sólo rompió con su modus operandi cuando en 1986 inició la última de sus «piezas», que consistió en estar trece años «haciendo arte», pero sin presentarlo públicamente. Reapareció el día en el que justamente cumplía 49 años, el 31 de diciembre del 1999. Singular coincidencia de cambio de milenio y paso a la condición de cincuentón.
La ventaja de este tipo de comportamientos es que resulta mucho más fácil de describir que casi todo lo que hacen el resto de los artistas contemporáneos. En cierta medida, se trata de algo sumamente «obvio», e incluso previsible. Lo que es bastante más difícil de comprender es el furor repentino que Tehching Hsieh ha despertado en las instituciones museísticas de Nueva York.
Al mismo tiempo, se le rinde «homenaje» en el MoMA y en el Guggenheim, recibe una beca a una edad que, en bastantes sentidos, es la de la «jubilación», y los críticos, e incluso gente periférica a la pomada como Deborah Sontag, lanzan encendidas loas al pionero, al maestro de la coherencia, al sujeto que ha sido capaz de «sobrevivir» a la experiencia del arte. En la prestigiosa editorial MIT acaba de aparecer un tomo dedicado a sus life works titulado Out of Now.
Basta darle un vistazo superficial a este libro para comprobar que estamos asistiendo a una suerte de canonización o ajuste académico de un performer que, si nos dejamos llevar por el viento dominante, sería la quintaesencia de lo filosófico. Adrian Heathfield escribe un ensayo de 61 páginas con 121 notas que comienza con dos citas de Heidegger y Derrida. Tampoco faltan a la ceremonia de la (confusa) entronización fragmentos de Nancy, Cixous, Bergson o Levinas. Yo mismo cometo con demasiada frecuencia este tipo de desafuero consistente en sobreinterpretar algo que de ningún modo tiene intenciones teóricas o metafísicas. ¿Qué sentido tiene montar este tinglado que hasta el propio escritor considera «un acto de restitución»? Puede que la pulsión de archivo, la voluntad taxidérmica y el afán de documentar lo anodino sean consustanciales a la pretendida «superación del arte» que Hsieh certifica.
Lo cierto es que la forma en la que el MoMA ha decidido presentar el trabajo de este performer no puede ser calificada sino como una completa tergiversación. En varias paredes está fijada una retahíla de pequeños retratos de Tehching Hsieh en los que vemos que, por lo menos, le crece el pelo y, en un cuarto en penumbra, han instalado la celda de madera en la que se recluyó voluntariamente. Podría parecer que estamos ante una «escultura». Es muy triste que alguien haya intentado hacer algo «épico» para finalmente dejar que los residuos sean tratados como reliquias. Ya sea por inconsecuencia o por debilidad, como reacción al canto de sirenas de la fama o el cotidiano afán de comercializar algo, lo cierto es que la clonación del espacio de una performance adquiere la dimensión de la impostura cabal.
¿Dónde está Hsieh mientras sus declaraciones y fotos, incluso el lavabo, el cepillo y el camastro, adquieren la dimensión de «aurático»? Seguramente encantado de la vida al comprobar que todo ha sido encuadernado en tapa dura y no hay una sola ficha del reloj sin fotografíar y, por tanto, todo, hasta lo más banal, ha sido reproducido. Al revisar esta documentación sometida a la transubstanciación museal he reparado en que este tipo tiene casi siempre cara de estar aburrido hasta extremos indescriptibles.
Los que han decidido darle una beca han cometido un lamentable error: lo que este presunto performer ha estado buscando es un trabajo. Tanta reclusión y rigor temporal es propio de alguien que hasta podría llegar a formar parte del comité de empresa. Su pretendida singularidad, el carácter romo de su existencia y la unicidad carente de misterio hacen que este individuo que anunció al comienzo de un milenio demoledor «I sep myself alive», sea un idiota incluso en años bisiestos.
Fuente: ABCD


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