Amar y dejar Europa - Allan Nadler – Jewish Ideas Daily

Según un reciente informe publicado en la prensa europea, decenas de judíos franceses que, tras la Segunda Guerra Mundial, se vieron obligados a adoptar apellidos que sonarán franceses, actualmente están exigiendo que se les permita volver a sus apellidos originales judíos. Existe una profunda ironía en todo esto: los apellidos judíos supuestamente reivindicados les fueron, en realidad, artificial y a menudo arbitrariamente impuestos sobre los originales en 1787 por el emperador austríaco José II, como parte de su objetivo más amplio de integrar a los judíos de la
Europa Central en la sociedad y cultura germánica.
Lo que esta historia realmente reseña es la cuestión más amplia, complicada, tortuosa y, a menudo mal interpretada, de la relación entre los judíos y su herencia europea. Esta cuestión es objeto de un nuevo y fascinante libro, “Gloriosa, Maldita Europa”. Esta concebido, en términos generales, como un estudio histórico donde, Jehuda Reinharz y Yaakov Shavit, sacan a la luz de forma brillante la compleja madeja de las actitudes modernas de los judíos hacia Europa, y que van desde un descarado amor y patriotismo, hasta un indisimulado desprecio.
Este último sentimiento estuvo especialmente pronunciado en el pensamiento sionista. En la narrativa dominante de la historia sionista, se produjo una profunda desilusión con la promesa fallida de Europa hacia sus judíos puesta de manifiesto por los pogromos en Rusia a principios de la década de 1880 e intensificado por las consecuencias del caso Dreyfus en Francia una década más tarde, todo lo cual llevó a figuras pioneras como Leo Pinsker y Max Nordau a deducir que Europa estaba infectada de forma terminante por la enfermedad incurable del antisemitismo.
Por este motivo, y por ese odio eterno crónico, la única opción para los judíos era abandonar Europa, en cuerpo y alma, y dirigirse a Palestina. El sionismo, por lo tanto, representaba el rechazo de todo lo que Europa representó para la historia judía, un repudio general que en el pensamiento sionista doctrinal sería denominado más tarde "hagolah shelilat", o la negación de la diáspora.
No obstante, Reinharz y Shavit discrepan. El caso de Theodor Herzl, cuya utópica visión de un futuro estado judío tomaba la forma de una entidad completamente occidental transplantada a Oriente Medio, es bien conocido. Pero como los autores nos enseñan, ideólogos sionistas más radicales que Herzl también albergaban similares y románticos apegos a los valores políticos y a la más elevada cultura de Europa.
Sin embargo, ni Zeev Jabotinsky, que se hizo conocido instando a los judíos a evacuar "Europa para no ser enterrados entre su ceniza volcánica", ni el poeta Uri Zvi Greenberg, para el que Europa era un “veneno mortal", y su arte y su filosofía sólo eran una simple máscara detrás de la cual fluía "la oscura sangre de los asesinos", fueron inmunes a la eurofilia. Ambos se equivocaron al no preveer que la destrucción de los judíos europeos pudiera emanar de la cosmopolita Alemania, y no, como se imaginaban, de las primitivas tierras eslavas al este. Greenberg, quien en hebreo y yiddish manifestó los más poderosos sentimientos antieuropeos de la literatura judía, sin embargo, sí encaró al sionismo como un movimiento que transformaría a los judíos en "un pueblo asentado en un mar árabe, y una especie de faro europeo", mientras que Jabotinsky reivindicaba el alma europea de los judíos: "Europa, desde el punto de vista moral, es nuestra..., su cultura forma parte integral del judaísmo".
¿Y que decir de David Ben-Gurión, cuyo heroico apodo, "Hijo del León", remplazaba a su desechado apellido europeo Green, quien nunca sería visto portando una corbata, y que pasó sus últimos años en su kibutz, en suma, el más fundamental de los líderes sionistas? Reinharz y Shavit nos informan, entre otras cosas, de la declaración del gran líder nacionalista en el XVIII Congreso Sionista de 1935: "Estamos regresando a Oriente, pero traemos la iluminación de la cultura occidental a esta tierra... Desde donde vamos a preservar eternos contactos con... Europa y América". Ben-Gurión no fue el único en hebraizar su nombre. Muchos inmigrantes europeos hicieron lo mismo, Durante ese proceso, también mudaron otros aspectos cosméticos de las costumbres y maneras europeas. Sin embargo, como argumentan Reinharz y Shavit, no sólo fueron transplantadas las estructuras más profundas de Europa occidental en Palestina, sino que ellas sustentaron los mayores logros de la historia israelí. Tel Aviv, el símbolo metropolitano de la nueva sociedad hebrea, se convirtió en la capital de la Bauhaus en el mundo, y sus cafés y avenidas fueron modelados siguiendo el modelo de Europa. Del mismo modo, Israel se convirtió y sigue siendo un centro de la música clásica, la ópera y las artes plásticas europeas. Se convirtió, en una definición feliz de los autores, “en un mundo europeo con vestimenta judía".
Sin embargo, hoy en día, los enemigos de Israel le atacan como si fuera un típico estado-nación colonial. Reinharz y Shavit refutan enérgicamente la acusación. Si bien influenciados por los más altos ideales europeos, los fundadores de Israel fueron en su mayor parte refugiados apátridas que escapaban del odio de Europa contra ellos y su clase, por lo que a duras penas podrían representar los intereses imperiales del continente. Y sin embargo, esa acusación y otras similares se repiten, y últimamente con una intensidad casi obsesiva. Son el recordatorio sobresaliente de la relación irresuelta y sin cesar vejatoria entre la moderna nación hebrea y el semillero europeo del cual emergió y fue brutalmente expulsada.
Labels: Jewish Ideas, Sionismo


0 Comments:
Post a Comment
<< Home