Los que abandonan (la observancia) pueden reparar las grietas - Miriam Shaviv - TheJC

Desde la década de 1960, el mundo ortodoxo ha estado justificadamente orgulloso del movimiento de baal teshuvá, el gran número de judíos asimilados que se han convertido en frum (devoto o piadoso, en yiddish), reforzando así a la comunidad observante o religiosa.
Sin embargo, hasta hace relativamente poco, el flujo de personas que se movía a la inversa, es decir, desde la ortodoxia a la no observancia, ha constituido el pequeño y sucio secreto del movimiento. Es cierto que en la última década ha habido un creciente número de padres que expresaban su desesperación en público ante unos hijos que abandonan "el camino correcto", es decir, se desvían del camino de la Torah, y buscan ayuda para hacerles regresar a la senda.
Pero ha habido poco reconocimiento del impacto que ha tenido en la ortodoxia en su conjunto - a pesar de que, según algunas estimaciones extraoficiales, hay mas gente ortodoxa desertando del baal teshuvá que la que se incorpora - y poco interés en lo que ocurre con estos jóvenes una vez que se han convertido en laicos, más allá de su impacto en la dinámica de sus familias.
Un nuevo libro está listo para cambiar todo eso, al menos en el contexto israelí. “Hadatlashim” - un acrónimo hebreo coloquial que significa hadati'im leshe'avar o "ex religiosos" -, de Poriya Gal Gatz, nos muestra un relato de la vida interior de aquellos israelíes que han abandonado la tradición religiosa (los datlash), examinando lo que tienen en común.
Gal Gatz, nieta de un antiguo rabino del Kotel que abandonó la religión a los 20 años, llega a la asombrosa conclusión de que, a diferencia de las generaciones pasadas, cuando los israelíes que abandonaban la ortodoxia simplemente se convertían en seculares, hoy en día, los que abandonan o rompen con la observancia forman un sector diferente y muchas único dentro de la sociedad israelí.
Mientras que de ninguna manera son ya judíos observantes o religiosos, y ciertamente no se identifican como tales, su educación religiosa les ha dejado una impresión indeleble. Ellos nunca llegan a dejar atrás el lenguaje y la visión del mundo de los judíos ortodoxos y, a menudo, dicen que pueden identificar a otro datlash tan pronto como él o ella abre la boca. Además conservan las costumbres religiosas - cualquier cosa, desde una noche de Seder intensiva a decir una bendición después de utilizar el baño - y, a menudo sufren complejos, sobre todo con todo lo que tiene que ver con la modestia o el sexo (evitando, por ejemplo, bailar en las discotecas).
A menudo son más felices socializándose con los demás. Existen sitios de citas que atienden solamente a los datlashim. Políticamente, incluso aquellos que se mueven hacia la izquierda, no pueden ver a la derecha como un "enemigo", y sucesos como la desconexión de Gaza de 2005 (y la salida de los colonos) les provocaron una confusión emocional genuina. En resumen, dejan la ortodoxia institucional pero nunca pueden abandonarla realmente.
Resulta tentador identificar el surgimiento de este sector de otrora ortodoxos con una tragedia sin paliativos para la ortodoxia. Y ciertamente, serios interrogantes deben empezar a plantearse acerca de por qué tantos jóvenes ortodoxos parecen estar tentados por el abandono, sobre todo dentro de la juventud religiosa de Israel, la cual recibe la mejor educación judía de todo el mundo, y sus vidas están sometidas a una intensa experiencia de la ortodoxia y de la vida judía.
Si bien las razones para abandonar la ortodoxia son individuales y variadas (y con una relativa poco influencia de las cuestiones teológicas), un hilo conductor muy frecuente es la rebelión contra un entorno cada vez más dogmático, en el que la reflexión y la crítica interna no se fomenta y en el que las normas cada vez más rígidas de la práctica religiosa son obligatorias.
Como sucede que tendencias más o menos similares parecen también afectar a la diáspora, con una ortodoxia dominante derivando cada vez más hacia la derecha, hay lecciones a extraer también aquí. Y sin embargo, no puedo dejar de ver en los datlashim un signo de esperanza. Uno de los aspectos más preocupantes de la sociedad israelí es la abierta hostilidad entre sus componentes ortodoxos y seculares. Gracias en gran parte a la colaboración entre la sinagoga y el estado, mucha gente secular ve a la religión como un anacronismo obsoleto que se ven obligados a aceptar de mala gana, y a las personas religiosas, con su débil desempeño laboral y su ausencia del ejército, como parásitos.
Dentro de los ortodoxos, también muchos de ellos ven a la mayoría secular como gente de menor valor. Las líneas entre los dos campos están muy rigurosamente marcadas, a diferencia de lo que sucede en la diáspora. Los judíos seculares no suelen asistir a la sinagoga, los sistemas educativos son totalmente independientes y, cada vez más, viven en barrios separados, e incluso en ciudades separadas. (Una excepción importante son los sefardíes seculares, que tienden a ser muy religiosos y tradicionales) La política, también, tiende a dividirlos a lo largo de las líneas religiosas.
Así, mientras los judíos religiosos lloran por cada judío que abandona la religión, es alentador comprobar como un grupo de ex observantes puede en potencia cruzar los puentes, ya que tiene una simpatía genuina y vínculos con ambos grupos. Israel necesita desesperadamente reparar su ruptura religiosa. Con el tiempo, este desastre para el campo ortodoxo puede llegar a ser una bendición para la nación.


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