Sunday, May 26, 2013

La nueva sabiduría convencional (¿Qué ocurre con la crisis del Oriente Medio?: Los israelíes han cambiado - Ethan Bronner - NYTimes)



(N.P.: Este artículo que comienza criticando la "sabiduría convencional" actualmente vigente sobre el conflicto palestino-israelí (observen que esa sabiduría convencional, procedente en gran medida del exterior, solo atañe a los israelíes, es decir, no existe otra "sabiduría convencional" aplicable a los palestinos), se dedica básicamente a elaborar otra nueva "sabiduría convencional" aplicable también exclusivamente a los israelíes, eso sí, bajo los trazos de un consejo amigable: se trata de vender que la causa del impasse a la hora de obtener un acuerdo de paz proviene básicamente de que a los "israelíes no les interesa actualmente conseguir la paz porque ahora, con el status quo existente, viven muy bien, por lo que no piensan tomar riesgos, más aun con todo el alboroto que se esta formando en el mundo árabe y con el ascenso del islamismo". 
En este sentido, el "responsable principal (¿único?)" no varia demasiado entre la vieja y la nueva "sabiduría convencional": Israel. Y por supuesto permanecen los viejos hábitos: duro criticismo con respecto a la actitud de Israel, y deliberada ignorancia, ausencia de interés y mucho paternalismo a la hora de afrontar la actitud palestina. El lógico correlato, el consejo "amistoso" subyacente de esta nueva "sabiduría convencional", avisarnos del peligro de convertirnos en un Titanic en busca de un iceberg. 
No obstante, quiero señalar que estoy bastante de acuerdo con las opiniones de Dan Meridor, sobre todo con su declaración de que "debemos hacer todo lo que podamos sobre el terreno para aumentar la distancia entre nosotros y los palestinos". Ese debe ser el objetivo fundamental de Israel, ya sea a través de un acuerdo de paz o de una desconexión controlada de los palestinos de Cisjordania. La cuestión es si tras haber conseguido esa supuesta separación, mediante un acuerdo de paz o mediante una desconexión, los palestinos y nuestros amigos europeos y americanos permitirán que se haga realmente efectiva).

Durante años, la sabiduría convencional ha sostenido que mientras Israel se enfrente al desafío externo de la hostilidad árabe - especialmente la palestina -, nunca podrá resolver sus divisiones internas. La izquierda la ha utilizado a veces como un argumento: hay que hacer la paz con los palestinos para que podamos poner nuestra casa en orden - por ejemplo, redactar una constitución, definir el papel público de la religión.. -. Otros han contemplado esas amenazas como una especie de resquicio que permitiría mantener la sociedad unida: las diferencias entre los judíos de Israel (religiosos o seculares, ashkenazis o sefardíes) son tan profundas, que se argumenta que si la sociedad israelí tuviera tiempo para dirigir su atención hacia el interior, podría desmoronarse.

De vuelta en Tel Aviv para una visita reciente un año después de terminar mi labor como jefe de la oficina de Jerusalén, me llamó la atención el aspecto anticuado en que ahora se veía dicha sabiduría. Asistí a una boda fascinante y estridente donde escuché numerosas conversaciones entre una serie de israelíes, y eso me proporcionó una impresión muy diferente. Algunos incluso hablaban de los palestinos y de los tumultos en los confines del mundo árabe, y de los renovados esfuerzos de paz del secretario de Estado estadounidense John Kerry, quien ha estado de visita en la región en los últimos días. En lugar de centrarse en lo que durante mucho tiempo ha sido visto como su principal desafío - cómo compartir esta tierra con otra nación -, los israelíes en gran medida están haciendo caso omiso de él, insistiendo en que el problema es insoluble en el presente actual y menos importante de lo que el mundo piensa. No podemos arreglarlo, dicen muchos de ellos, pero podemos manejarlo.

La boda tuvo lugar cerca del aeropuerto de Ben-Gurion, donde se han habilitado durante los últimos siete años un conjunto de salas para este tipo de eventos, incluyendo elaboradas estructuras con una singular decoración oriental con lámparas brillantes, espejos, techos altísimos y pantallas digitales. Los abuelos del novio habían emigrado desde Yemen, y la novia vino de la Europa del Este, un ejemplo del continuo incremento de los matrimonios mixtos entre sefardíes y askenazíes.

La música era casi en su totalidad, por su ritmo, propia del Oriente Medio, con algunas canciones incluso en árabe, y algunas otras religiosas. Los centenares de invitados llenaron la pista de baile, y muchos se quedaron hasta el amanecer cantando gesticulando con los brazos, y procedentes de toda una serie de espectros políticos, geográficos y religiosos - desde minifaldas a vestidos adecuados a la modestia ultra-ortodoxa -. Alli había colonos con sus kipás de gran tamaño mezclados con metrosexuales de Tel Aviv con sus gafas de diseño. Algunas mujeres te abrazaban, mientras que otras declinaban dar la mano. Todo el mundo lo estaba celebrando. Nadie, especialmente el rabino ortodoxo que presidió la ceremonia, mencionó que la joven pareja había estado viviendo juntos durante más de tres años. Algunos hablaron de política conmigo. Nadie mencionó a los palestinos.

Israel ofrece hoy en día una serie de paradojas: los judíos israelíes parecen en algunos aspectos más felices y más unidos que en el pasado, como si la elección de no resolver su reto más complicado hubiera abierto un espacio para el shalom bait - la paz en el hogar -. Sí, todavía existen bastantes tensiones internas, pero la creencia compartida de que actualmente no hay una solución a su mayor problema ha forjado una especie de extraña solidaridad.

De hecho, Israel nunca ha sido más rico, más seguro, más productivo y culturalmente más dinámico. El terrorismo está en decadencia. Sin embargo, la ocupación permanece al lado de la puerta y sus consecuencias despiertan poca atención. Por otra parte, ya que el equilibrio de poder se ha ido desplazando de la élite europea, Israel nunca se ha sentido más medio-oriental en su cultura, en su música y y en las manifestaciones más populares de su religiosidad. Sin embargo, cada vez está más aislado de la región, que desprecia tal vez más que nunca. Por último, mientras que la burguesía secular representada por el partido de Lapid, el Yesh Atid, ha forjado una alianza inesperada con los colonos de Cisjordania, representados por el Habayit Hayehudi de Naftali Bennett, dirigida sobre todo a reducir el poder político de los ultra-ortodoxos, las alarmas ante la ausencia de interés a la hora de abordar el problema palestino se han desplazado hacia un lugar sorprendente: algunos de los antiguos "príncipes" de la derecha sionista (Likud).

En un café de Jerusalén, al mediodía, Dan Meridor, el ex ministro del Likud y descendiente de la aristocracia de la derecha sionista, no podía dejar de hablar de los palestinos.

"Es una espada de Damocles sobre nuestras cabezas", me dijo. "Estamos viviendo de ilusiones. Debemos hacer todo lo que podamos sobre el terreno para aumentar la distancia entre nosotros y los palestinos para que así la idea de un único Estado pueda desaparecer. Pero no estamos haciendo nada".

Meridor, acariciando su café americano en una cafetería cercana a la casa que sus padres compraron hace muchas décadas en el exclusivo barrio de Rehavia, sonaba muy similar a otras dos figuras públicas descendientes de famosas familias de la derecha sionista: Ehud Olmert, el ex primer ministro, y Tzipi Livni, la ministra de Justicia y la jefe negociadora para las conversaciones de paz. Ambos han realizado una serie de discursos bastante emocionales pidiendo a los israelíes que tomen en serio la cuestión palestina. Se trata de conseguir algo tipo de impulso.

La izquierda israelí sigue ahí, por supuesto, pero en su rol cada vez más insignificante. Dos amigos israelíes que viven en Jaffa, donde decenas de miles de palestinos huyeron, voluntariamente o no, en 1948, han renovado una casa conservando un limonero pre-estatal en el patio. Son amables con los árabes que viven en las proximidades. Sus hijos se negaron a realizar el servicio militar en protesta por la ocupación de Cisjordania. Y en el exterior de su casa han puesto una placa señalando que hasta 1948 esa estructura fue el hogar de la familia Khader, un pequeño homenaje a un mundo desaparecido.

Pero esta familia es rara. El Sr. Lapid, la estrella ascendente de la política israelí, es un ex presentador de televisión que está de acuerdo en que hay que hacer algo acerca de los palestinos. Pero en una entrevista reciente no ofreció detalles esperanzadores de que Kerry podría presionarlos para volver a la mesa de negociaciones en unas condiciones que siempre han rechazado. El Sr. Lapid, que habló desde la sección exterior del café de su barrio, en el norte de Tel Aviv y en una fragante tarde de primavera, estaba relajado y lucía su habitual T-shirt negro de manga larga y unos pantalones vaqueros negros. Los habitantes de Tel Aviv presentes en las mesas próximas permanecían atentos a sus iPhones. El Sr. Lapid afirmó que Israel no debe cambiar su política de asentamientos para así atraer a los palestinos a las negociaciones, ni tampoco devolver cualquier parte de Jerusalén a los palestinos para que sea la capital del Estado palestino que afirman anhelar. Él no ha hablado aún con ningún político palestino ni ha realizado comentarios públicos sobre el tema. Como ministro de Finanzas, se centra en controlar el déficit y elaborar los presupuestos del gobierno.

El Sr. Lapid puede ser un novato en política, pero él conoce el ánimo de su público. Un ex asesor del primer ministro Benjamin Netanyahu aseveró, durante un almuerzo en Jerusalén compuesto de panecillos tostados y ensalada, que la mayoría de los israelíes considera al proceso de paz como irrelevante ya que creen que los palestinos no tienen ningún interés en un acuerdo, especialmente en el actual contexto en el Oriente Medio de un creciente islamismo. "Debatir actualmente sobre el proceso de paz, para la mayoría de los israelíes, sería equivalente a debatir sobre el color de la camisa que llevarás cuando aterrices en Marte", me comentó.

Una tarde pasada en Ramallah no me reveló un mayor sentido de urgencia entre los palestinos. Pero a diferencia de los judíos de Israel, allí se muestran cada vez más deprimidos y abatidos antes sus apuros económicos y su disfuncional liderazgo. El primer ministro Salam Fayyad, quien mostró una auténtica competencia para desempeñar su trabajo, renunció, y comentó posteriormente que los líderes palestinos deben reconocer su fracaso a la hora de cumplir sus promesas y convocar nuevas elecciones. Pero eso no está sucediendo. Él le dice a sus amigos que si él creyera que los esfuerzos de Kerry tenían alguna posibilidad de arrojar resultados, no podría dejar de fumar.

Todo lo cual sugiere que, como siempre se ha sostenido, no podrá haber un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos hasta que las partes externas lo quieren más que los propios implicados. Algunos han comparado a Israel a la cubierta del Titanic. Eso puede que no sea cierto, pero uno no puede dejar de preguntarse acerca del próximo iceberg.

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