Sunday, February 16, 2014

El verdadero punto de no retorno en el conflicto entre judíos y árabes: los dramáticos acontecimientos de 1929 - Moshe Sakal - Haaretz



A los adolescentes participantes en un reciente concurso de televisión se les hizo la siguiente y trivial pregunta: ¿Cuándo se produjeron las revueltas de Tarpat (el acrónimo hebreo para el año 1929)? La respuesta de los adolescentes fue que los disturbios de Tarpat ocurrieron en Tashah (1948), lo que da fe de su ignorancia, por supuesto, pero parece cada vez menos extraño cuanto más se profundiza en el nuevo y fascinante libro de Hillel Cohen. El libro titulado "Tarpat (1929: el año cero del conflicto entre judíos y árabes)" refuerza nuestra impresión de que los disturbios de 1929 marcan un lugar no menos que una época.

Mil novecientos veinte y nueve es el punto de ruptura, o punto de inflexión. Fue el tajo que cortó la carne y la dejó con una cicatriz casi invisible, en el distanciamiento en las relaciones judeo-árabes.

Pero la afirmación de Cohen es de mucho mayor alcance, pues los disturbios de 1929 fueron también el punto de no retorno en las relaciones internas entre las distintas comunidades judías de Palestina. En palabras de Cohen: "No existe un factor que contribuyera más a la reunión bajo un mismo techo, en lo referente a una política conjunta, de las comunidades judías más veteranas y los sionistas de la Yishuv [la comunidad judía previa al Estado de Palestina], y que por entonces se estaban renovando, que los disturbios de 1929". Los ataques árabes obligaron a los judíos orientales y magrebíes que vivían en el país, incluyendo aquellos que habían retrocedido previamente ante dicha posibilidad, a unirse a los sionistas y buscar refugio bajo sus alas, solicitando su protección. O para decirlo más claramente: "Los árabes crearon en 1929 la Yishuv judía en Palestina".

Cohen, un profesor de estudios del Oriente Medio en la Universidad Hebrea de Jerusalén, cita la famosa frase de S.Y. Agnon con respecto a como cambió su propia actitud hacia los árabes a raíz de los disturbios de 1929: "Ahora mi actitud es esta. Yo no les odio, pero tampoco les quiero. No deseo ver sus caras. En mi humilde opinión, ahora debemos construir un gran gueto de medio millón de judíos en Palestina, porque si no lo hacemos, lo que hayamos hecho hasta ahora, Dios no lo quiera, se perderá". Cohen señala que estos son los primeros signos de un pensamiento que siente la necesidad de una separación, algo que luego se convirtió en la política oficial israelí a principios del siglo XXI. Sin embargo, es dudoso que, después de esos disturbios, fuera posible conocer a lo que aspiraba Agnon.

"Tarpat" es un guiso espectacular, con todos los ingredientes en la mezcla necesarios para la discusión. El triángulo Mizrahim-Asquenazis-Árabes (Yosef Haim Brenner: "¿De qué sirve crear un lenguaje? ¿Una lenguaje para quien, para mí y para los sefardíes? ¿Y somos realmente la misma nación?. Digan lo que quieran: En mi opinión, es otro pueblo por completo"), el tema del sionismo como colonialismo, la conexión directa entre 1929 y 1948, el año de la independencia; Uri Zvi Greenberg, Jacob Israël de Haan, Albert Einstein y Yeshayahu Leibowitz, Gershom Scholem y Brit Shalom; la profanación de mezquitas; Suha Arafat y Thelma Yellin; y la realidad de árabes postrándose ante las puertas de hogares judíos a fin de preservar la vida de los residentes del interior, y judíos que con coraje salvaron a familias árabes de ser linchadas.

Cohen cita las agudas palabras de los jueces británicos en los juicios que siguieron a los acontecimientos de 1.929 , intentando con todas sus fuerzas entender quién fue el responsable de la primera muerte (todos las partes lo fueron). Él escribe sobre la vieja disputa por el Muro de las Lamentaciones, acerca de Jabad en la vanguardia de la lucha contra el sionismo, de los musulmanes pro-sionistas en Hebrón y acerca de la Tumba de los Patriarcas de allí mismo, sobre el tema de la compra de tierras de los árabes, sobre la moralidad y la superioridad moral, sobre las masacres de todo tipo – y específicamente sobre la horrorosa masacre en Hebrón -, sobre las verdades y las mentiras, sobre la prensa ("Ningún entendimiento entre ustedes y nosotros será posible a menos que se anule la Declaración Balfour", decía el periódico Falastin en septiembre de 1929. "No podrá haber comprensión antes de que ustedes se den cuenta que Palestina no forma parte del África salvaje, y que asesinar a su gente no será tan fácil como en Rhodesia y en el resto de países donde habitan los negros, que no opusieron resistencia"), sobre el Corán y sobre el victimismo y los ahorcamientos.

El libro está organizado de acuerdo a los principales lugares donde se produjo la sublevación: Jaffa y Tel Aviv, Jerusalén, Hebrón, Safed y Motza. Pero su marco narrativo es en realidad una historia desconocida: El asesinato de la familia Awan en Jaffa por Simcha Hinkis, un "agente de policía judía", tal como le describe el libro "Biladuna Filastin" ("Nuestra Tierra Palestina"), una enciclopedia geográfica de Mustafa Murad al-Dabbagh.

Cohen trazó la historia de la vida del hombre que asesinó a la familia Awan, Hinkis (que fue condenado a muerte, pero vio su pena conmutada). Este incidente trajo a la mente varias preguntas candentes. Cohen se dio cuenta de que, desde una perspectiva palestina, la historia de Tarpat era diferente a la que él conocía. Y esto es lo que le interesaba: ¿Cómo pudo suceder que los árabes percibieran la realidad de manera tan diferente a los judíos?

El libro también hace suaves saltos en el tiempo - hasta la victoria de 1967 y, a veces casi hasta nuestros días -, pero siempre de una manera casi silenciosa, como si fuera demasiado temprano y todavía no pudiera juzgar el presente y ni siquiera entenderlo. Después de los disturbios de 1929, Cohen describe a Yaakov Pat, un alto miembro de la Haganá (la milicia del pre-estado de Israel), que viajaba en tren desde Haifa a Egipto, cuando se encontró con el mufti Haj Amin al-Husseini. "Volví y me paré en la ventana y la fea cara repleta de suficiencia del mufti me devolvió la mirada. Ven aquí, vamos, da un paso más cerca de mí y saca la mano con el arma y actuaré (en el caso de que tengas un arma)", se imaginaba a sí mismo.

Pat debatía apoderarse del arma y quitarle la vida al mufti, hasta que de pronto su "pensamiento se despejó". "Resultó claro para mí que no se me permitiría hacer tal cosa, no mientras estaba de servicio y cumpliendo una misión. Al contrario, quedó claro para mí que sería un acto de traición a la patria".

El alma del soldado de la Haganah Efraín Tzur también anhelaba asesinar al mufti, como relata Cohen. Tzur envió una carta a Rachel Yanait: "Escribo que puedo y quiero acabar con el mufti". Pero la respuesta firme fue: "Por el amor de Dios, no hagas eso". Incluso en tiempos de locura como esos en los que se podría optar por "el asesinato", esa acción era considerada una acción estúpida e inmoral. Inclusive una traición.

Habrá lectores que se remuevan incómodos en sus sillas mientras lean acerca de algunos judíos que perpetraron represalias contra los árabes, e incluso los lincharon, y sobre árabes que salvaron a judíos (y viceversa). La historia de Cohen no está sesgada con respecto a la "verdad" de cualquier lado en particular, tal vez porque no haya realmente dos lados. No había límites realmente entre estos dos pueblos, porque la tierra era una, y la historia, tan enrevesada y compleja como podía ser, era compartida por ambos.

Los lectores de Cohen sin duda han oído hablar de la masacre de los judíos de Hebrón en 1929. Quien visita el museo en Hebrón hoy en día, que se encuentra en Beit Hadassah, será capaz de ver las fotografías de los muertos y heridos judíos, de personas sin extremidades, e incluso obtener un vistazo de cerca de los propias hachas que utilizaron, según los organizadores del museo, los asaltantes árabes. En mi visita a Hebrón el mes pasado, vi en uno de los carteles de las calles que relatan la historia de la ciudad en los sucesos de 1929 un letrero titulado "Destrucción", con el siguiente texto: "Alborotadores árabes masacraron a los judíos. La comunidad judía fue expulsada y destruida".

"Tarpat" hace uso de las obras académicas israelíes, de testimonios de los archivos de la Haganah, de las actas de tribunales de la época, de los recortes de los archivos de diarios como el Haaretz y Doar Hayom, de archivos médicos y de mucho más. Cohen yuxtapone los informes escritos por judíos en contra de una serie de fuentes palestinas de la época y de nuestro propio tiempo, y muestra - una y otra vez - la frecuencia con que la historia, como las personas involucradas por si mismas, es parcial en el mejor de los casos, e incluso engañosa. Por medio de la escritura, a veces realizamos una acción que es ostensiblemente contraria al proposito de la escritura, y si a veces parece que el silencio es ocultación, también hay libros "cuya actividad principal consiste en ocultar por medio de la escritura".

Así pues, Hillel Cohen salió en busca de respuestas y se acercó con una cuestión importante. Y tal vez esto es lo que distingue su obra de muchos otros escritos sobre el conflicto de los últimos años. Utiliza pocos mapas y diagramas, ofreciendo un pequeño bosquejo prescriptivo. También se abstiene de expresar remordimientos, de sermonear o de sumirse en la desesperación.

Cohen no olvida que como judío de Israel no puede escribir desde un punto de vista "neutral" o incluso - por el bien del juego intelectual - cruzar las líneas. Él no lo quiere tampoco. Pero él entiende algo básico, lo que muchas personas optan por ignorar sistemáticamente: Con el fin de planificar sus acciones (como persona, como pueblo), usted debe entender a la otra parte sus deseos, sus frustraciones, sus sentimientos secretos y su ira. Él entiende que más importante que entender lo que realmente ocurrió y quién sufrió la primera víctima mortal, hay que entender cómo cada parte percibió las acciones que realizaba y las realizadas por el otro lado.

"Por encima de todo pendía un hecho inequívoco", escribe Cohen. "Los sabios de Oriente, los inmigrantes procedentes del Magreb, los 'pioneros' sionistas, los miembros de los tribunales hasídicos, los intelectuales de Europa del Este, los pescadores magrebíes y los activistas lituanos, todos como uno trabajaron para ampliar la comunidad judía del país y para transformarla en la Tierra de los judíos. Y aunque no todos los judíos deseaban necesariamente fundar un Estado judío, y no todos ellos veían a los árabes como enemigos, esa actividad conjunta creó en los árabes de Palestina una terrible sensación de intimidación, que creció de una forma cada vez más exponencial después de la Declaración Balfour y de la ocupación británica".

La imagen que de Israel dan los reality es excesivamente simple: Tiene buenos y malos, y aunque nosotros hayamos transgredido aquí y allá, "ellos" se equivocaron al rechazar el Plan de Partición de la ONU, "ellos" no fueron lo suficientemente sabios como para aceptar todo lo bueno que se les ofreció en Camp David, "ellos" nos han demostrado una y otra vez que no tenemos ningún socio.

Jules Michelet, un historiador francés del siglo XIX, escribió: "Es un hecho que la historia, en el transcurso del tiempo, hace por el historiador mucho más de lo que él hace por ella. Mi libro me ha creado. Soy yo quien se ha convertido en su obra. El hijo ha producido el padre... Si mi trabajo se parece a mí, eso es bueno. Los rasgos que comparte conmigo son en gran parte los que debo a él, que tomé de él".

El libro "Tarpat", con sus ideas, sus relatos y la humanidad que se revela a través de ellos, puede haber "creado" al historiador que los escribió, pero también ha tenido éxito en hacer más que eso: eleva al lector a la posición de celebrar los extremos de los hilos, convirtiéndose en el que entrelaza la historia y la trae de vuelta a la vida. De ese modo ha transformado, al lector, en el creador de su propia historia, o en su propio creador (como israelí, como lector, como persona) a una pequeña escala.

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