Tuesday, March 04, 2014

No querían una política internacional multipolar, entonces de qué se quejan ahora de Siria y Ucrania



Putin hace lo que puede - Rafael L. Bardají

Ciertamente, la intervención de Rusia en Crimea y, quién sabe, en la Ucrania oriental es un acto de agresión que rompe con las normas internacionales. Pero el gran jaleo que se ha montado en la UE, la OTAN y la Casa Blanca sólo se puede entender porque eso que antes llamábamos "los occidentales" vivimos en el más puro buenismo. Lo que hace Vladímir Putin no es más que lo que se ha hecho siempre y lo que haría cualquier otro que estuviera en su lugar: aplicar con realismo una política de poder. Por eso Putin hace lo que puede. Porque puede.

El mundo está lleno de buenas intenciones y, para muchos, todos esos que creen que los ejércitos son, en el mejor de los casos, un decorado más del paisaje y, en el peor, una reliquia de un pasado ya superado: ninguna actuación que emplee la fuerza militar resulta comprensible. Pero Putin no es ningún loco ni ningún aventurero. Tiene la capacidad de intervenir y se sabe relativamente impune para hacerlo. Y lo hace cuando considera que sus intereses nacionales están en juego. Ni Tucídides ni Maquiavelo se mesarían los cabellos. Al contrario, les parecería lo más natural.

Seguramente será casualidad, pero la intervención en Ucrania llega justo días después de que el secretario de Defensa norteamericano, Chuck Hagel, anunciase sus planes de disminuir la dimensión del Ejército americano hasta los niveles de antes de la Segunda Guerra Mundial y de que el Secretario de Estado, John Kerry, advirtiese de las tendencias neoaislacionistas y de una política exterior americana digna de "un país pobre".

Putin sabe dos cosas: la primera, que Obama es un presidente que evita la confrontación y que desconfía de las soluciones militares. Lo ha visto en Siria, donde Obama convirtió sus propias líneas rojas en líneas rosas; y lo ha visto con Irán, donde la Administración americana está dispuesta a conceder el status nuclear a los ayatolás; la segunda, que los europeos son un ejército de burócratas cuya única fuerza se les escapa por la boca de su representante exterior, Catherine Ashton, o por la del ministro de Exteriores que candidatea para sustituirla, el sueco Carl Bildt. Las capacidades militares de la UE son hoy más insignificantes que hace algunos años, cuando ya eran más que escasas.

Cuando Yulia Timoshenko hace un llamamiento desesperado a la OTAN y a los EEUU para que defiendan militarmente Crimea, debe de ser el mismo Putin el extrañado: nadie quiere una guerra, y si la quisieran no podrían hacerla. Estados Unidos y la OTAN son, hoy por hoy, un tigre de papel porque no hay voluntad política ni respaldo social para actuar, más allá de emitir unos elegantes comunicados. Es más, allí donde la OTAN ha ido dejando su huella, los problemas no han dejado de acumularse. Véase Afganistán o Libia.

La UE ha hablado de "sanciones dirigidas" si Rusia no cesa en su política, pero la realidad es que de momento sólo Cameron ha pedido que sus ministros no viajen a Sochi con motivo de los Juegos Paralímpicos. El Comité Paralímpico alemán ya ha emitido un comunicado en sentido contrario. Alemania habla de diálogo y salida pacífica a la crisis y multitud de analistas argumentan que las sanciones contra Rusia amenazan la frágil situación económica europea, y que nos castigarían tanto a nosotros como a los ucranianos y a los rusos. Y es que resulta muy complejo hacerse el fuerte cuando se depende del suministro del gas ruso.

No, nadie está dispuesto a morir por Crimea. Posiblemente ni los ucranianos. Y calentar retóricamente el escenario en un intento de resultar más creíble en realidad es más que peligroso. Estando donde estamos, el problema estratégico ya no es Crimea, es la lectura que van a hacer todos los demás que están claramente en contra de los intereses occidentales. Corea del Norte vuelve a lanzar hoy mismo una nueva salva de misiles. ¿Qué harán los ayatolás? ¿Qué querrán las minorías rusas en otros países, como Moldavia? Gesticular nerviosamente como han hecho la UE y la OTAN merma nuestra credibilidad ante los retos a los que nos enfrentamos.

Idealmente habría que parar a Putin, pero eso no es pensable porque no es posible. Cuando no se está dispuesto a usar pelotas de goma para defender las fronteras de uno, defender a un tercero es, cuando menos, poco creíble. Más bien un acto de fe. Y la estrategia no se cementa en la fe.

Para recuperar una credibilidad occidental perdida hay que escapar de Crimea. Defender el envío de material de guerra, o drones de inteligencia, no resuelve nada. Lo que convendría hacer es definir de verdad dónde se juegan nuestros intereses estratégicos, fijar una claras líneas rojas y fortalecer las acciones comunes en esos puntos y políticas. Y declarar que Crimea nos importa un pimiento.

Pero claro, eso sería tanto como reconocer que el buenismo internacional, tanto de izquierdas como de derechas, ha sido un gran fiasco y que el siglo XXI se sigue rigiendo por los mismos principios que todos los otros siglos que conocemos: el poder y la fuerza. Demasiado para un occidental posmoderno.


Rusia tiene razón - José García Domínguez

Antes de pronunciar algunas enfáticas tonterías biempensantes a propósito de Ucrania, mejor harían nuestros dirigentes adoptando un par de cautelas preventivas. La primera, emular los hábitos del ciudadano Carod Rovira procediendo a observar en un mapa dónde se encuentra situada Cataluña. La segunda, recitar mentalmente cierta sentencia que hizo célebre lord Palmerston, el legendario ministro de Exteriores del Imperio Británico cuando la reina Victoria; aquella lacónica obviedad que rezaba: "Los países no tienen amigos permanentes, sino intereses permanentes". Porque los intereses estratégicos de España no parece que pasen por el fomento de Estados-nación tan ficticios como ese extravagante invento de Kruschev, la Gran Ucrania; el capricho arbitrario de un déspota soviético que mutiló un territorio, Crimea, tan histórica y culturalmente ruso como Baviera lo pueda ser de Alemania o la provincia de Tarragona de España.

Y es que, con Putin o sin Putin, Crimea jamás ha sido otra cosa más que Rusia. Al respecto, acaso haya llegado el instante de enmendar la soberana necedad que nos guió en los Balcanes, la que nos empujó a cooperar con entusiasmo digno de mejor causa en la destrucción de Yugoslavia. Por lo demás, la Guerra Fría ha resultado ser un difunto que goza de excelente salud; al punto de que también los polacos parecen haber acusado recibo de la buena nueva, de ahí que se hayan apresurado a instalar en su territorio ese escudo antimisiles norteamericano que, según Condoleezza Rice, "no va dirigido contra nadie", pero que apunta directamente hacia Moscú.

Retorna, pues, Clío al viejo escenario del que quiso expulsarla el cándido de Fukuyama. Ahora ha quedado claro que Putin hablaba muy en serio cuando definió el derrumbe de la Unión Soviética como "la mayor catástrofe geoestratégica del siglo XX"; sus carros de combate desfilando por Georgia fueron la primera prueba de que, tras el efímero espejismo posterior a la caída del Muro, la Historia había vuelto a donde siempre solía. Rusia y Europa, no se olvide, son vecinas en el espacio, pero no en el tiempo; geopolíticamente, viven en siglos distintos; Europa, instalada en su adánica quimera posmoderna; Moscú, en cambio, habitando en el más altivo nacionalismo de Estado del XIX. No repitamos, en fin, el error de Yugoslavia ; sobre todo, cuando la única Yugoslavia que resta en pie en el continente se llama... España.

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