Sunday, April 06, 2014

Repatriando a los judíos españoles - Ilan Stavans - New York Times



Artículo bastante sensato, y a la vez políticamente correcto de Ilan Stavans (tengan en cuenta que se publica en el New York Times, por lo que sería interesante leer "Los musulmanes reclaman su derecho de retorno a España" como necesario contrapunto), no exento de certidumbres acerca del verdadero trasfondo del reciente ofrecimiento de ciudadanía a los sefardíes


Un amigo judío que pertenece a una familia judía sefardí cuyas raíces son anteriores a la expulsión del siglo XV de España, me comenta que su familia mantiene una llave mítica. La llave pasade generación en generación. "Al parecer, abre la puerta de una casa abandonada dejada atrás cuando mis antepasados fueron obligados a huir", ne dijo mi amigo.

El gobierno español anunció recientemente su decisión de conceder la ciudadanía española a los descendientes de los judíos sefardíes, quienes, al igual que los antepasados de mi amigo, fueron expulsados por el Decreto de la Alhambra de 1492. Según el ministro de justicia del país, Alberto Ruiz-Gallardón, esta nueva legislación es un intento de corregir "el error más grande en la historia de España".

Se espera que podrían existir alrededor de 150.000 posibles beneficiarios, y que el criterio para la aprobación no sería "demasiado estricto". De hecho, los candidatos a trasladarse a España no tendrían que renunciar a su nacionalidad actual.

La nueva ley convierte a España en uno de los pocos países del mundo que ofrece una ciudadanía automática a los judíos. A nivel superficial, parece un movimiento conciliador - el resultado de una profunda búsqueda del alma nacional -. En realidad, es otro capítulo más en la relación ambivalente de España con su pasado judío.

La España moderna ya se había disculpado ante los judíos previamente. El Decreto de la Alhambra fue revocado oficialmente en 1968. En 1992, como parte de los festejos del Quinto Centenario, España se presentó a sí misma como una nación penitente queriendo pagar por sus pecados, y el rey Juan Carlos, llevando una kipá, rezó en una sinagoga de Madrid junto con el presidente de Israel, Chaim Herzog.

El país estaba maduro para la reconciliación, proclamó el rey Juan Carlos: por lo cual, los judíos sefardíes tendrían un hogar en la España actual. La idea de conceder la ciudadanía a los judíos sefarditas ya circuló previamente, cuando el país estaba inmerso en la bonanza financiera, pero por aquel entonces no había "necesidad" de judíos, y la propuesta se quedó en nada.

Hasta ahora. Y es que España se encuentra sumida hoy en día en la peor crisis financiera de la que tiene memoria. Invitar a los judíos a establecerse precisamente en momentos de tan graves dificultades económicas, parece una estrategia ya empleada anteriormente, incluso dentro del mundo de habla hispana. A finales del siglo XIX, los inmigrantes judíos fueron cortejados como precursores de la modernidad en Argentina y México. Y en el siglo XX, la región de Sosúa, en la costa norte de la República Dominicana, fue asignada a  refugiados judíos del Holocausto, con la esperanza de que fueran a empujar el desarrollo de una región subdesarrollada.

La conversión de estos últimos días de España al filosemitismo, sin embargo, es más aparente que real. La verdad es que los judíos dejaron atrás España en el 1492, pero el antisemitismo permaneció. De hecho, España representa un buen ejemplo de nación que promueve "un antisemitismo sin judíos", un fenómeno que ha menudo está marcado por actitudes dualistas. Tomen por ejemplo la dictadura del general Franco, desde 1939 hasta 1975: algunos refugiados judíos fueron salvados por varios cónsules y otros administradores diplomáticos, pero en el caso del dictador Franco, sus fuerzas fascistas utilizaron regularmente motivos antisemitas para su propaganda. Incluso en 1982, en mi primera visita a España, recuerdo haber visto esvásticas y copias de Mein Kampf y  parafernalia nazi a la venta pública.
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Las comunidades sefardíes post-1492 florecieron por todo el Mediterráneo, y con el tiempo se extendieron hasta el Oriente Medio, América, Turquía, los Países Bajos, los Balcanes, el norte de África e Italia. Los judíos sefardíes tienen una tradición litúrgica diferente, una cocina única, y una música y una literatura que se convirtió en un elemento básico del Imperio Otomano. El ladino, una lengua híbrida cercana al español del siglo XV, y originalmente escrita en caracteres hebreos, mutó en dialectos regionales. A pesar de que nunca tuvo la centralidad unificadora que tuvo el yiddish entre los judíos asquenazis, fomentó la continuidad.

El colapso del Imperio Otomano en el siglo XX reconfiguró esas comunidades, como lo hizo con la sociedad en la que vivían. Los judíos sefardíes de hoy en día son, en su mayor parte, personas educadas, emprendedoras y profundamente comprometidas en sus propios países.

Irónicamente, España no está abriendo sus puertas a otro elemento de su patrimonio otomano [N.P.: ¿¿?? Stavans desbarra] y a otra comunidad expulsada: los moros. Entre 1609 y 1614, los moriscos, los musulmanes que se habían convertido al cristianismo, tal como eran conocidos, fueron expulsados de los reinos de Aragón y Valencia. Ese golpe consolidó el proyecto conocido como la Reconquista [N.P.: Stavans sigue desbarrando y habla de oídas, la Reconquista como tal terminó en 1492], el intento de España de construir una identidad unificada basada en una sola religión y en un origen étnico.

La continuidad de la cultura morisca estaba menos definida, pero existen esfuerzos concertados para impulsar al Gobierno español a realizar una invitación similar a los descendientes de moros españoles. Es dudoso que esto suceda porque, como en otras partes de Europa, el sentimiento antimusulmán en España está muy extendido [N.P.: lean Los musulmanes reclaman su derecho de retorno a España y observarán como Stavans habla polítcamente correcto por hablar]. Tras el velo del filosemitismo de España, se halla un matiz inconfundible de islamofobia [N.P.: Stavans sigue metiéndose en camisas de once varas]..

Igualmente cierto es que la nueva ley de repatriación no trata de redescubrir la herencia sefardí en España. Esa herencia cultural es tratada con descuido, a juzgar por el enfoque del país ante los sitios judíos. Año tras año, que regreso a España, me siento constantemente desconcertado por la indiferencia oficial ante sinagogas y cementerios judíos. Sólo un pequeño número son identificadas en las guías turísticas, y muchos se mantienen en desorden. Los visitantes de Toledo, alguna vez conocido como un lugar fértil para el intercambio cultural, se ven invariablemente desconcertados ante una información imprecisa, y a menudo errónea, facilitada por los folletos oficiales. Incluso la Sinagoga del Tránsito - construida por el tesorero del rey, Samuel Ha-Levi Abulafia -, y que es de lejos el edificio judío más cuidado de España, se mantiene en un incómodo silencio, como si estuviera habitada por fantasmas.

La respuesta temprana de la diáspora sefardí a la nueva legislación ha sido, comprensiblemente, entusiasta en lugares problemáticos como Estambul y Caracas, donde las comunidades judías se sienten vulnerables. Un pasaporte gratis para la Unión Europea no llega todos los días. Otros rincones de la comunidad sefardí también están sopesando los posibles beneficios.

Aún así, sería una tontería pensar en la oferta egoísta de España como el fin de la diáspora sefardí. De hecho, nos encontramos en medio de un renacimiento cultural sefardí, en gran parte en los Estados Unidos e Israel: los programas académicos, los festivales de música y los eventos literarios se han multiplicado en las últimas décadas.

Como dice mi amigo sefardí cuya familia protege la llave familiar ancestral: "Cuando la puerta se cerró para nosotros en España, nos dimos cuenta de que la llave que trajimos con nosotros abría otra puerta: la puerta a la tradición. Y esa es la que llevamos dentro de nosotros mismos".

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