Sunday, June 15, 2014

La Brigada Walter Benjamin: Cómo un original intelectual judeo-alemán, pero exasperantemente opaco, se convirtió en una próspera industria académica - Walter Laqueur - Mosaic



El intelectual judeo-alemán Walter Benjamin, nacido en Berlín en 1892 y muerto por su propia mano en la frontera franco-española en 1940, sigue siendo un hombre misterioso. Cualquier cosa menos prominente en vida, se ha convertido en las últimas décadas en el más grande y aclamado pensador del siglo XX en campos que van desde la filosofía a la sociología, desde la estética a la teoría y crítica literaria, y en cerca de media docena de especialidades más. Esto es en sí mismo un misterio. Así si entre las filas de los intelectuales centroeuropeos de mediados de siglo XX la reputación de los contemporáneos y colegas de Benjamin (con la posible excepción del filósofo de la Escuela de Frankfurt Theodor Adorno) sigue disminuyendo; su fama sigue aumentando y aumentando. El número de libros y artículos dedicados a él es asombroso; una enorme nueva biografía, "Walter Benjamin: Una Vida Crítica", co-escrito por Howard Eiland y Michael W. Jennings y publicada por la Universidad de Harvard, es sólo la más reciente adición a un flujo aparentemente interminable.

¿Cómo explicar esta “moda Benjamin”? Eiland y Jennings citan a ciertos indicadores culturales tales como el movimiento estudiantil radical de la década de 1960 y la reactivación del pensamiento marxista. Pero los radicales de los 60s apenas eran unos grandes lectores, y los escritos de Benjamin son, por decirlo suavemente, exasperantemente opacos y con frecuencia del todo inaccesibles. En cuanto a su marxismo tal como era, si ese fuera el principal punto de atracción, los derechos de héroe de la cultura debería llevárselos su contemporáneo Herbert Marcuse (1898-1979), durante un tiempo conocido como el "padre de la Nueva Izquierda", pero cuyo nombre en estos días, decididamente ya no es evocado.

Lo más probable es que Benjamin le deba su fama póstuma al auge de los estudios culturales y sus diversas subdisciplinas académicas: post-modernismo, post-estructuralismo, estudios de la mujer y de género, y el resto del lote. En estos recintos académicos, el estilo gnómico de Benjamin bien puede contar como un plus, un signo externo de profundidad e interioridad que, al mismo tiempo, invita a los vuelos más extravagantes del ingenio interpretativo. Del mismo modo que también ha contribuido poderosamente a su encanto la triste historia de su vida. Al margen de su trágico final al envenenarse huyendo de la ocupación nazi de Francia, Benjamin siempre fue el frustrado outsider por excelencia, el prototipo del intelectual marginal. De hecho, de haber vivido, difícilmente se le puede imaginar como un soldado feliz viviendo entre los jenízaros académicos de los estudios culturales contemporáneos.

Mi propio interés por Benjamin surgió de mi trabajo en la década de 1950 sobre el movimiento de la juventud anterior a la Primera Guerra Mundial de Alemania, del que había sido un apasionado pero de ninguna manera destacado miembro. En relación con este proyecto me encontré con algunos amigos de su juventud, incluyendo, en Alemania, al educador pionero Gustav Wyneken, que había servido como uno de sus primeros gurús. En Italia me encontré con varios de sus antiguos colaboradores en la revista juvenil radical Der Anfang. En Jerusalén vivía el bibliotecario y poeta Werner Kraft, un amigo temprano, y más tarde crítico, y sobre todo, Gershom Scholem, que había sido el mejor amigo de Benjamin, tanto en Berlín como posteriormente, y que se convertiría, con Adorno, en la figura más responsable del relanzamiento de su reputación póstuma.

El salón del hogar de los Scholem en Jerusalén estaba dominado por un dibujo de Paul Klee, el Angelus Novus (1920), que había sido propiedad de Benjamín y jugado un papel central en su pensamiento, y que Scholem había heredado después de la guerra (ahora se encuentra en la colección del Museo de Israel). Tomando el té en la casa Scholem, tarde o temprano la conversación llevaría hasta hasta la cuestión Benjamin. Sí, él era muy educado, muy leído, y participó en diversas áreas de investigación. Sí, sus ideas (como en su más conocido ensayo, "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica") eran a menudo originales, y había destellos de genialidad. ¿Pero en que consiste precisamente su genio? ¿Produjo una nueva filosofía de la historia, propuso un enfoque totalmente nuevo de nuestra comprensión de la cultura europea del siglo XIX - su principal área de preocupación -, o bien revolucionó nuestra manera de pensar acerca de la modernidad? Las respuestas que recibí por aquel entonces no fueron convincentes, y las respuestas dadas por la vasta literatura secundaria de las últimas décadas no han sido mucho mejores.

Para algunos, el problema estriba simplemente en que la mayor parte de la obra principal de Benjamín quedó sin terminar. Me refiero sobre todo a su monumental proyecto de los Pasajes, inspirado en parte por una obsesión permanente por la poesía urbana de Charles Baudelaire (1821-1867). Los Pasajes en cuestión eran las galerías comerciales con mamparas de cristal situadas en el centro de París, cuando esa ciudad era, en términos de Benjamin, la capital del siglo XIX. Una figura emblemática y central para Benjamin era la del flaneur, el paseante o explorador urbano que solía habitar esos lugares. Después de haber reunido una montaña de material, destacando el análisis de la obra maestra de Baudelaire, Les Fleurs du Mal, Benjamin quería mostrar cómo la urbanización había revolucionado no sólo la cultura, como se evidencia en el arte y la arquitectura, la planificación urbana y las nuevas ideas sobre la belleza, sino también la vida en en general. Los enfoques críticos más tradicionales, ya fueran historiográficos o filosóficos, resultaban, para Benjamin, insuficientes para comprender esta nueva época de alto capitalismo y lo que suponía. Era necesaria una nueva teoría, con tintes marxistas "materialistas", que él, Benjamín, proporcionaría.

¿Lo logró? Los apologistas señalan los impedimentos que lo acosaron en todas las etapas de su trayecto. Incluso su "habilitación" académica - a través de su más elaborada propuesta académica, además de la tesis doctoral, que tenía que ser presentada por cualquier persona con afanes académicos - había sido rechazada . Más tarde, sus planes para establecer una nueva revista con el dramaturgo Bertolt Brecht no llegó a nada. Nunca tuvo un trabajo fijo, considerando como el deber de su familia y de su ex esposa apoyarlo. Después de 1933, recibió el apoyo financiero de la Escuela de Frankfurt de Adorno, la cual prudentemente había trasladado sus fondos a Suiza y más tarde a Estados Unidos, pero esto no fue un sustituto a una fuente constante de ingresos.

Pero supongamos que lo hubiera conseguido con la finalización de su gran proyecto. ¿En qué consistía su originalidad? La figura del flâneur había sido "descubierta" inicialmente en las novelas de Honoré de Balzac y otros, y los temas principales de los poemas de Baudelaire ya habían sido estudiados incluso por los académicos alemanes, algunos de los cuales habían ofrecido análisis no muy diferentes a los de Benjamin. ¿Fueron los pasajes parisinos, con o sin Baudelaire, el punto de partida adecuado para una nueva comprensión de la modernidad? Ni siquiera la más detallada biografía de Benjamin, por el distinguido profesor francés Jean Michel Palmier, llega a ninguna conclusión satisfactoria sobre este punto. (El libro mamut de Palmier, casi 1.400 páginas, sigue siendo, al igual que la obra sin finalizar de Benjamin, un comentario en sí mismo).

Es mucho más fácil escribir la vida de un hombre de acción que escribir acerca de la de un pensador, y Benjamín no era nada sino un hombre de inacción; a la vista de las dificultades que esto supone para un biógrafo, Eiland y Jennings se merecen muchos elogios. Por necesidad, su libro se basa principalmente en los ensayos y la correspondencia de Benjamin. Admirablemente completa como es, sin embargo también hay algunas omisiones extrañas. Notablemente subrepresentada está Asja Lācis, el gran amor de Benjamin; fue ella la que rompió su matrimonio, fue clave en su conversión a una peculiar forma de marxismo, y posibilitó su introducción personal a Brecht. Nacida en Letonia, militante comunista, vivió en Moscú hasta que de repente desaparece en 1938. Aunque Benjamin debía saber que había sido enviada a un gulag (donde pasó los siguientes diez años), y aunque su pérdida debe haber tenido un gran importante sobre su vida y obra, no hay apenas una palabra sobre este aspecto de las cosas en el libro de Eiland-Jennings, probablemente debido a que no figura en su correspondencia.

Desde la muerte de Benjamin en 1940, dos cuestiones en particular han sido interminablemente debatidas: la naturaleza de su marxismo y su actitud hacia el judaísmo. Desde los años 30 en adelante, pensó en sí mismo como un marxista, y así es considerado por los demás entre sus muchos admiradores. Pero Scholem, que desde el principio consideró la orientación "materialista" de Benjamin no sólo como errónea sino también como engañosa - y tan duro como podía ser, consideró que Benjamin nunca sería capaz de transformarse en un materialista -, desestimó esta descripción de él como un malentendido. Del mismo modo también se mostró escéptico Max Horkheimer, la figura principal de la Escuela de Frankfurt, que llamaba a Benjamin un místico; y finalmente Brecht, cuyas denuncias de las aberraciones místicas de Benjamin fueron especialmente duras. Más recientemente, el teórico literario Terry Eagleton le ha bautizado como un rabino.

La confusión sobre las políticas de Benjamin se explica fácilmente. De todos los intelectuales de Weimar y emigrantes eventuales, fue tal vez el menos politizado. De la lectura de sus ensayos y correspondencia de los años 30, no se puede menos que quedarnos impresionados por la amplitud de sus intereses y la profundidad de su conocimiento, además de la escasez casi total de cualquier cuestión política. A medida que el mundo se iba incendiando, Benjamin estaba escribiendo acerca de los motivos de la poesía de Baudelaire. Por supuesto que él odiaba a los nazis y todo lo que representaban, pero dudo que leyera mucho, o nada, a Marx, a excepción de los despachos periodísticos recogidos en "La luchas de clases en Francia", por la luz que arrojaban sobre la escena de París a mediados del siglo XIX. En cuanto a su perdurable devoción por Baudelaire, un archi-reaccionario cuyo gurú fue Joseph de Maistre, un enemigo jurado de la Revolución Francesa, uno tiene que mirar a otra parte que no sea la política para una explicación. Lo mismo ocurre con su admiración por Proust - casi un ídolo de la izquierda - y su interés por Kafka.

Inconsistencias similares limitan cualquier intento de entender las actitudes de Benjamin hacia lo judío; si bien este tema ha dado a luz una pequeña industria, rara vez se ha escrito tanto acerca de tan poco. Su entorno familiar era el de la clase media-alta judía berlinesa altamente asimilada. Su profunda amistad con el joven Scholem ayudó en gran medida a estimular su interés por el judaísmo, pero ¿cuánto fue de profundo y cuánto tiempo duró? Leyó al Franz Rosenzweig de La Estrella de la Redención (1921) no como un texto teológico, sino como un texto filosófico, y en años posteriores no jugó ningún papel en su pensamiento; ciertamente no le trajo más cerca de Dios o de la sinagoga.

Scholem, que se había trasladado a Jerusalén en 1923, trató durante años de convencer a Benjamin para que se uniera a él en la Universidad Hebrea. Jugó durante un tiempo con la idea de una visita o incluso de su emigración, pero al final se dio por vencido a pesar de que le tentó con la perspectiva de una carrera académica, amistades y un sueldo. Esther Leslie, profesor de estética política que admiraba a Benjamin y fruncía el ceño ante los intentos de Scholem de atraerlo fuera de París, observa que no tenía ninguna razón para encontrar al sionismo o al desierto, atractivo. Esto es del todo correcto. La cultura europea era infinitamente más interesante para él; además, no había galerías comerciales y pasajes en Jerusalén, y no hay claves de la modernidad en Mea Shearim.

El lugar de Benjamín estaba en Europa, pero por desgracia Europa no tenía un lugar para él. Dejando a un lado las restricciones del profesor de estética política, si hubiera hecho caso a las súplicas de Scholem de unirse a él en el "desierto", es decir, vivir en el verde y agradable barrio de Jerusalén de Rehavia, posiblemente habría vivido una década o dos más, o tal vez incluso tres. En lugar de morir envenenado en una muerte miserable, autoadministrada en la frontera franco-española, podría, si lo hubiera querido así, haber regresado a su amado París después de la guerra. Yo también me lo puedo imaginar en 1944, sentado en un café del barrip de Rehavia, discutiendo de filosofía con Natan Rotenstreich o de fotografía con Tim Gidal o de física con Shmuel Sambursky, o bien jugando al ajedrez con el folclorista Emanuel Olsvanger, y debatiendo con los tres Hanses (con Jonas sobre la religión gnóstica; con Polotsky sobre lingüística y con Lewy sobre filosofía griega). La mayor parte de estas figuras pertenecían al Pilegesh ("concubina"), el círculo de intelectuales y académicos judíos alemanes presidido por Scholem.

De una forma u otra, Rehavia se habría hecho cargo de Benjamin: no con una acolchanda existencia, tal vez, y tal vez con una existencia un poco más aburrida después de Paris, ¿pero habría sido un destino peor que el suicidio fruto del pánico en un pequeño y pobre hostal? El impresionante monumento del escultor Dani Karavan en la ciudad fronteriza española de Port Bou al menos nos compensa.

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