Saturday, August 30, 2014

¿Ganamos o perdimos al final de este verano bueno para nada? - Shmuel Rosner - Jewish Journal


- La operación fue un éxito, pero el paciente no falleció

Si deseamos resumir cómo se sienten los israelíes tras el alto el fuego podemos emplear sólo dos palabras: aliviados y amargados, y no necesariamente por ese orden. Ellos se sienten aliviados por una buena razón: el alto el fuego que se acordó y anunció parece más serio y, con suerte, más estable que anteriores intentos de alto el fuego. Están amargados por razones comprensibles: dos meses de combates, 71 muertos, numerosas sirenas y cohetes, aislamiento internacional... y todo esto para qué... ¿Para volver al punto de partida?

Por lo tanto se sienten amargados y, sin embargo, aliviados. El año escolar comienza la próxima semana, y hay una gran probabilidad de que los niños realmente asistan a sus clases programadas, incluso en el sur. En los últimos días, justo antes de que se anunciara el alto el fuego, varios alcaldes de las ciudades del sur, contrariamente a las expectativas del Ministerio de Educación, se negaron a comprometerse a abrir las escuelas. Ahora pueden reconsiderar su posición si el alto el fuego se mantiene de hecho. Sin embargo, al primer signo de reanudación de los ataques con cohetes, incluso de cohetes ocasionales disparados por elementos incontrolados, va a provocar una dura y rápida respuesta por parte de estos alcaldes. Ellos han tenido suficiente. Ellos no van a asumir la responsabilidad por la seguridad de los niños bajo el fuego.

Hay, por supuesto, una cualidad contradictoria de estar a la vez amargados y aliviados por la conclusión de la guerra. Si los israelíes realmente querían que la guerra continuara hasta que se lograra un final más concluyente - como las encuestas sugieren que muchos de ellos piensan -, el sentimiento de alivio no tiene cabida. Si, sin embargo, han llegado al punto de querer más que termine de lo que quieren una victoria clara y decisiva, a continuación, la amargura resulta innecesaria. El primer ministro - que llegó a la decisión de aceptar los términos del alto el fuego a sabiendas de que estos términos le dibujan todo un calvario de colores grises, y que deben hacer que ambos habitantes, los de Gaza y los israelíes, lloren por este verano bueno para nada -, entiende la decepción. Pero podía sentir la creciente impaciencia y el deseo de tranquilidad, y pudo ver que el estado de ánimo se tambaleaba en el sur.

La decisión de Netanyahu de no buscar el voto del gabinete sobre los términos del alto el fuego fue recibida con críticas. Era evidente que no quería arriesgarse a un voto de confianza y que no quería dar a sus críticos un púlpito desde el cual predicar su receta para una mejor resolución de la guerra. Un "gabinete de aficionados" fue la elección del líder laborista Yitzhak Herzog para sus primeras palabras esta mañana. Herzog respaldó al gobierno y fue cuidadoso con sus críticas durante la guerra, pero ahora parece dispuesto a capitalizar políticamente los sentimientos de amargura. Cuando se trata de su evaluación del gabinete, sin embargo, sospecho que él y el propio primer ministro pueden estar de acuerdo. Netanyahu se hizo a sí mismo un favor al no pedir el consejo de gabinete, pero también les estaba haciendo un favor a sus ministros: si no hay votación, los ministros tienen el lujo de ser capaces de criticar los términos del acuerdo sin la carga de rechazarlos activamente y de asumir la responsabilidad de una extensión de la guerra.

Existe ahora un subidón bastante comprensible en los juicios, como si los observadores de todos los campos políticos e ideológicos quisieran añadir sus cinco centavos al debate de ganamos o perdimos. Comentaristas, analistas, políticos, generales retirados, todos tienen poderosas opiniones apoyadas por ejemplos históricos y por una fuerte convicción. Su juicio es tan bueno como el suyo (y también tan prematuro). En muchos casos, sus opiniones son sorprendentemente compatibles con sus hábitos de voto: los partidarios del Likud y de Netanyahu compran más fácilmente su narración de una victoria medida; sus opositores, de derecha e izquierda, tienden a ser escépticos ante la narrativa del gobierno. Aquellos que quieran presentar una conclusión equilibrada argumentan que la guerra terminó en un empate. No sé lo que significa un empate: si Hamás no lanza sus cohetes contra Israel durante mucho tiempo y tiene un acceso limitado a un nuevo rearme, Israel ha ganado. Si vuelven los cohetes o bien es capaz de rearmarse, Israel, una vez más, tendrá que tomar medidas para detenerlo.

Es decir, resulta imposible en esta etapa determinar de manera concluyente el resultado de la guerra (lo sé, es una posición poco atractiva para un columnista pues los lectores prefieren a menudo a aquellos que puedan proporcionarles una opinión más definida.). Actualmente contamos con un alto el fuego. Todavía no sabemos si realmente se mantendrá. No sabemos qué va a pasar cuando se reanuden las conversaciones dentro de un mes.

Sí sabemos, por ejemplo, que las posibilidades de que Hamas consiga un aeropuerto o un puerto marítimo en Gaza - algo que sus portavoces dicen que es su gran demanda - son más bajas que cero. ¿Podrá Hamás ir de nuevo a la guerra cuando las conversaciones en El Cairo no den lugar a tales logros? También sabemos que Israel va a reevaluar sus relaciones con el gobierno de Fatah-Hamas, pero tampoco sabemos si esta reevaluación dará lugar a nuevas negociaciones con Mahmoud Abbas. Y sabemos - lo asumimos con un alto grado de confianza - que esta guerra no será el fin del conflicto de Gaza. Sin embargo, no sabemos cuánto tiempo durará la tranquilidad y cómo los acontecimientos recientes y futuros afectarán a la política palestina.

Nuestra capacidad de etiquetar la guerra de Gaza como un éxito o como un fracaso, de una manera que sea más algo más que la expresión de un estado de ánimo pasajero, es limitada. Sin embargo, la necesidad de poner estas etiquetas a la guerra es comprensible y humana. Es un fuerte impulso el que tienen muchos israelíes de preferir etiquetarlo ante su incapacidad de conformarse con un final no concluyente para este verano. Nuestro bajo nivel de autocontrol es nuestro fracaso. Nuestra negativa a rendirnos a las bajas expectativas es nuestra victoria.

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