Tuesday, September 16, 2014

En defensa de una acción unilateral - Amos Yadlin - Mosaic


Un puesto de seguridad en Cisjordania

El análisis de Elliott Abrams del entorno estratégico en el que se mueve Israel en la actualidad es casi en su totalidad acertado. Él tiene razón al señalar que el status quo de Israel es mucho más sostenible de lo que comúnmente se sostiene, y nuevamente está en los cierto en lo absurdo de las afirmaciones de que el conflicto palestino-israelí constituye el "epicentro de la política mundial". De hecho, sería igualmente descabellado afirmar que los 500 mil judíos alemanes fueron el epicentro de la Segunda Guerra Mundial. El conflicto palestino-israelí, en sí un subconjunto del conflicto árabe-israelí, no es más que un conflicto más en una larga lista de arraigadas rivalidades existentes en el Oriente Medio. Incluso dentro de la propia agenda de seguridad nacional de Israel, la amenaza palestina ya no figura a la altura de los desafíos más graves y urgentes representados por las ambiciones nucleares de Irán y los arsenales cada vez mayores de Hezbollah.

Aún así, tan sostenible como pueda ser el status quo, lo sostenible no es colindante con lo deseable. Sí, muchas de las advertencias de los alarmistas dentro del país y en el extranjero son equivocadas si no histéricas; y sí, Israel no debe olvidar el precio pagado por esquemas de acuerdos celebrados demasiado pronto como acuerdos de paz "integrales". Pero ese no es el fin del asunto. Desde su creación, el sionismo moderno se ha centrado más en la creación de nuevas realidades que en hacer perdurar realidades imperfectas, tan sostenibles como pudieran llegar a ser.

"Una república, si puedo mantenerla", cita Abrams a Benjamin Franklin cuando hablaba del novato Estados Unidos en la Filadelfia del siglo XVIII. Pero hoy en día, Israel no puede permitirse el lujo de permanecer de pie, como un mero espectador, observando la mala gobernanza de los dirigentes palestinos. Incluso si la Autoridad Palestina, por su parte, persiste en rechazar cualquier propuesta de paz razonable, razones prácticas y morales argumentan en contra de una aceptación resignada de dicha realidad por parte de Israel. La razón práctica nos previene del riesgo de otro Estado fallido a las puertas de Israel. Y la razón moral nos dice que incluso mientras nos defendemos de la violencia y de unas agresiones recurrentes, incluso mientras es consciente de los límites de su propio poder, la sociedad israelí siempre ha asumido la obligación de aliviar el sufrimiento humano allí donde puede. Si algunos son escépticos, sólo basta que observen los muchos camiones llenos de alimentos y suministros médicos para la población civil de Gaza durante la reciente campaña en Gaza, o los médicos de los hospitales de primer nivel de Israel que prestan atención médica a los árabes de Cisjordania y Siria.

Más ostensiblemente, incluso si desde el punto de vista de la seguridad una continua presencia israelí en áreas pobladas por palestinos es por ahora una necesidad positiva, y sostenible, no se puede ignorar el hecho de que la mayoría de los israelíes ya no quiere estar involucrada en esas áreas. Como observa Abrams, una de las pocas victorias de Hamas en 2014 consistió en despertar la atención de lo que quedaba del antiguo "campo de la paz" de Israel. Muchas figuras prominentes de la izquierda israelí, incluyendo a políticos, periodistas y novelistas, se posicionaron poderosamente en contra de la brutalidad de Hamas, y censuraron los ataques intencionados contra los civiles israelíes, árabes-israelíes o de la propia Gaza. Pero a pesar de Gaza ha representado para los israelíes un fuerte recordatorio de los peligros que conlleva ceder el control de la tierra a los palestinos, peligros que pueden reaparecer en Cisjordania si Israel renuncia a la función de seguridad que lleva allí a cabo, la gran mayoría de los israelíes siguen oponiéndose a una reocupación de Gaza, y del mismo modo desea ver una participación israelí muy reducida en el gobierno de otras poblaciones palestinas.

Estadounidense como es, Elliott Abrams ejerce una moderación admirable a la hora de asesorar a los israelíes sobre lo que él piensa que deberían hacer. Pero me gustaría pensar que él estaría de acuerdo conmigo en que una agenda positiva de Israel de cara a los palestinos es un apremiante desiderátum, es decir, un programa llevado a cabo no por necesidad, sino por activismo y aspiraciones. El núcleo de dicha agenda es fácil de reseñar: una partición de la tierra impulsada por los israelíes. Y cuando digo "impulsada por los israelíes", quiero decir simplemente eso. Una generosa oferta debería ofrecerse a los palestinos, cuyos contornos son ahora muy familiares para todos al haber sido expuestos en varias ocasiones en la mesa de negociaciones por los sucesivos primeros ministros israelíes. Si, una vez más, la oferta es rechazada de plano, o para cumplirla se exigen unas demandas imposibles y no negociables, como por ejemplo el retorno al por mayor de los refugiados palestinos y de sus descendientes, o bien la soberanía sobre el Monte del Templo, Israel por su cuenta debe continuar y seguir adelante con una realidad de dos estados.

En este último escenario, y actuando en base a unos principios formulados tras una consulta con sus aliados y amigos globales, Israel daría forma a sus propias fronteras, manteniendo un control total sobre Jerusalén, los bloques de asentamientos y el río Jordán. En cuanto a otras zonas bajo control israelí, que incluirían por el momento a todos los territorios al oeste de la valla de seguridad (y al este de la línea Verde), la eventual disposición de estos territorios se decidiría cuando los palestinos estén dispuestos a negociar en serio. Mientras tanto, Israel debería renunciar a reclamaciones formales de su soberanía política sobre zonas donde muy pocos israelíes residen, áreas que constituirían más del 85% de Cisjordania. Al tomar una iniciativa unilateral, Israel arrebataría al actual liderazgo palestino su paralizante poder de veto sobre la partición, y al mismo tiempo actuaría para asegurar su propio futuro como Estado judío, democrático, seguro y justo.

El actual gobierno israelí ha demostrado ser adverso al riesgo tanto a la hora de hacer la guerra como en la búsqueda de la paz. Pero el sionismo moderno, de nuevo desde su creación, siempre ha representado una estrategia de alto riesgo que, a largo plazo, no sólo ha demostrado estar bien fundada, sino que ha dado sus frutos magníficamente. La creación de una vieja-nueva comunidad judía en el violento Oriente Medio era un reto inmenso; y, sin embargo, década tras década, incluso mientras se trataba de volver su existencia "insostenible", Israel ha luchado con un éxito notable por cumplir el sueño de sus fundadores: una sociedad que se gobernaría a si misma, prosperaría y actuaría como una luz para las naciones. Con el apoyo de los Estados Unidos, otra ciudad en la colina, como la definieron tanto John F. Kennedy como Ronald Reagan, Israel puede continuar forjando su propio futuro con el mismo espíritu, no por miedo, sino gracias a su voluntad y determinación.

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