Friday, January 23, 2015

(La tabarra de los) Israelíes en Berlín - James Kirchick - Tablet



Israelíes en Berlín: ¿Hay algo más fresco, más posmoderno, más transgresor, más emblemático de nuestra era y de nuevo mundo sin fronteras? En octubre, la jefa de la oficina del New York Times en Jerusalén, Jodi Rudoren, escribió sobre un "éxodo" israelí a Alemania estimulado por el alto precio de los alquileres y de los bienes de consumo en el Estado judío. Para no ser menos, el Washington Post intervino la semana siguiente con una historia similar sobre las "oleadas de jóvenes israelíes" con lo que "el aroma perdido de las rugelach recién horneadas y las galletas hamantaschen han vuelto de nuevo a las calles de Berlín". Mientras tanto, The Economist se preguntaba: "¿Es Berlín la nueva Jerusalén?".

No hay demasiadas cosas nuevas que informar acerca de los israelíes en Berlín, ya que ha sido una "noticia sorprendente" durante muchos años. Fania Oz-Sulzberger, la hija del novelista israelí Amos Oz, escribió un libro sobre el fenómeno titulado “Israelíes en Berlín” hace casi 15 años. El hebreo moderno, me señaló ella en una entrevista telefónica reciente, se oía en Berlín a principios del siglo XX, mucho antes de que se convirtiera en la lengua oficial del Estado judío. En la década de 1960, en la época en que las relaciones diplomáticas oficiales se establecieron entre la República Federal e Israel durante la posguerra, un "hilo de israelíes" comenzaron a regresar a Alemania Occidental, muchos de ellos siendo judíos alemanes "que no podían vivir sin su añorada" tierra de su nacimiento, así como "socialistas judíos de núcleo duro" que se trasladaron a la República Democrática Alemana en el Este.

"Los israelíes en Berlín" tiene todos los componentes de constituir el perfecto meme multimedia: un pueblo que una vez fue oprimido, regresa para prosperar al país que trató de exterminarlos. Y es que los alemanes, con hambre de enseñar cualquier ángulo que refleje positivamente su relación con los judíos del mundo, están ansiosos de tocar esa trompeta. En 2012, Der Spiegel publicó una larga entrevista titulada "La nueva historia de amor de los jóvenes de Israel con Alemania", donde anunciaba que las generaciones X y del milenio israelíes, entonces a menos de dos generaciones de distancia del Holocausto, inundaban la capital alemana por sus alquileres baratos, su intensa vida nocturna y su escena artística de renombre mundial. "Para ellos, Alemania no es solamente un país como cualquier otro, sino que también pasa por ser uno de sus favoritos", se jactaba el semanario. El año anterior, la revista publicó un artículo titulado "Vida nocturna no kosher y humor frente a Holocausto: los israelíes aprenden a amar de nuevo a Berlín". Ustedes ya se harán cargo del marco mediático.

Mientras que israelíes partiendo a las grandes y más baratas ciudades de Europa no es un tema nuevo, lo que ha cambiado es el contexto político en el que se está relatando actualmente el hecho de unos israelíes que salen de la patria judía para ir a Alemania. La última locura mediática (todas las historias mencionadas compartían un tono de aprobación más o menos encubierta a la supuesta salida de Israel hacia Europa), se produjo a raíz de una nueva guerra de Gaza, un evento que estimuló la sensación del creciente aislamiento internacional (especialmente de las capitales europeas) de Israel y del aumento del antisemitismo global. Para algunos críticos de Israel, la supuesta salida de los israelíes hacia Alemania, o a otros lugares, era una ironía tan deliciosa que no podían dejar de utilizar esta tentadora oportunidad. El Israel de hoy, alegaban, es tan de "derechas" y está tan "desinteresado en la paz", que muchos jóvenes judíos prefieren vivir en el país que asesinó a 6 millones de sus antepasados a seguir siendo ciudadanos del condenado proyecto sionista. Y por desgracia, hay bastantes israelíes en Berlín que parecen muy contentos de servir de confirmación de esta tesis.

Como suele ser el caso en estos días, el origen de la más reciente oleada de este tipo de historias fue un mensaje de Facebook que fue viral. "Desafiamos a cualquiera a que compren estos mismos artículos de alimentación donde quieran en Israel", decía el 4 de octubre la página de un administrador anónimo de un grupo de Facebook llamado "Olim LeBerlin", una referencia al término hebreo (olim) para los judíos que emigran de Israel. Acompañando el mensaje aparecía una fotografía de un recibo de una lista de artículos de un supermercado de Berlín por un total de alrededor de 20 dólares. La misma lista de la compra en Israel, decía su redactor, costaría más del doble. Otro mensaje de Facebook que mostraba el precio más barato de un flan de chocolate en Alemania dio pronto paso a un debate interno en Israel y en su diáspora ahora conocido como "La Revolución Milky", en homenaje al popular flan de chocolate israelí.

Como podía esperarse, se produjo el predecible ultraje y los insultos de respuesta de los burócratas israelíes. "Compadezco a los israelíes que ya no recuerdan el Holocausto y abandonan Israel por un flan", dijo el ministro de Agricultura Yair Shamir al Jerusalem Post. El ex Director General del ministerio de Finanzas Doron Cohen denominó a esa página de Facebook "la cosa más vil del mundo". Estos comentarios se hicieron eco de las realizadas por su antiguo jefe, el ministro de Finanzas, Yair Lapid, en un mensaje de Facebook difundido ampliamente el año pasado:
"Perdónenme si soy un poco impaciente con las personas que están dispuestas a tirar a la basura el único estado que tienen los judíos porque les resulta más fácil y barato vivir en Berlín", escribió Lapid.
Antes de valorar la cuestión en función de la diferencia del coste de la vida, los periodistas tuvieron dificultades para definir qué era exactamente lo que atraía de Berlín a tantos israelíes, una fría y oscura ciudad atormentada por los legados del totalitarismo comunista y fascista. En febrero pasado, antes de que estallara el último alboroto sobre los precios en los supermercados alemanes, un informe de Public Radio International atribuyó el nuevo amor de los israelíes por la capital alemana a su prevalencia por las discotecas y la vida nocturna. "Los israelíes han estado durante años atraídos por estilo cosmopolita de Berlín, su gran panorama artístico y su avanzado transporte público", escribió en el NYTimes Rudoren, como si la decisión de levantarse y moverse a otro continente estuviera determinada por la extensión de la U-Bahn. Doron, el ex alto funcionario del ministerio de Finanzas, señaló que el mensaje de Facebook que desató el debate era totalmente engañoso ya que trató de ocultar el hecho de que el recibo del supermercado alemán era de Aldi, una cadena mundial de supermercados con grandes descuentos. "El anónimo Facebooker", afirmó Doron, "es un mentiroso por afirmar que los había comprado en una tienda local normal de comestibles y no en un supermercado con grandes descuentos" [NP.: para España, una cadena al estilo de “Día” o “Ahorra más”, donde los precios son muchos más baratos que comprar, por ejemplo, en el supermercado del Corte Inglés]

Es cierto que el costo de vida en Israel ha aumentado sustancialmente en los últimos cinco años, generando una frustración que encontró su voz en un movimiento de protesta que se extendió por las calles israelíes en 2011. Yo me encontraba en Tel Aviv en el inicio de la "Cheese Cottage Uprising", como llamaron en broma a las manifestaciones, y lo que más me impresionó de todo el asunto fue su patriotismo obvio y descarado. Allí estaban ciudadanos ferozmente orgullosos de su concepción de un Israel entregado a la solidaridad social. Desde luego no eran esa clase de personas a punto de abandonar su país por el precio del cheese cottage. Estaban decididos a quedarse y que las cosas mejoraran.

"¿Realmente necesitamos que alguien nos informe de que los comestibles son más baratos en una media docena de ciudades de Europa, incluyendo a muchas que fueron antaño lugar de residencia de los judíos como Belgrado u Odessa, y donde sus auténticas comunidades judías tuvieron que luchar por sus vidas, y que algunos jóvenes nos cuenten que Berlín es ahora más divertido de lo que lo era hace una década? ", se preguntaba Adam Saks, un estudiante de doctorado en la Universidad de Brown que ha residido durante significativos períodos de tiempo en la capital alemana.

La noción de que los precios de los alimentos estaban causando un éxodo, una palabra que por si sola denota una partida o migración masiva de Israel, fue utilizada por nada menos que el israelí cuya página de Facebook incitó la controversia, al ser citado muy convenientemente en una historia muy del New York Times que anunciaba tal fenómeno. "Estoy planeando quedarme aquí, en Berlín, hasta que ahorre el dinero suficiente para comprar un apartamento en Tel Aviv”, se decía desde la aplicación móvil del diseñador, quien según reveló más tarde el Washington Post se llamaba Narkis Naor, de 25 años, y que se trasladó a Alemania no desde Israel sino desde Francia, la cual había abandonado a causa del antisemitismo desenfrenado - una decisión que adquiere una luz aún más conmovedora tras el reciente ataque terrorista a un supermercado judío en París a principios de este mes -.

Así que aquí tienen el origen de los numerosos artículos en periódicos y revista sobre un supuesto gran éxodo israelí a Alemania, y que revela claramente que el país del que huía era la vecina Francia, y que además tenía la intención de instalarse en el “incómodo y caro” estado sionista tan pronto como le fuera posible. Israel es una de las primeras naciones del mundo a la hora de ofrecer a sus jóvenes mejores oportunidades de empleo, algo que por cierto no se da en las quebradizas economías de Europa. Los precios de los alimentos suben y bajan. Por lo tanto, la decepción generada por la carestía de la vida difícilmente puede ser acreditada como la razón por la que muchos jóvenes israelíes deciden emprender una nueva vida en Alemania.

Así pues, ¿cuál es la auténtica razón de que algunos israelíes se vayan a Berlín? Es imposible especificar sólo una razón y con ello confundir las múltiples motivaciones de decenas de miles de personas, que es lo que han hecho los escritores antes mencionados en esos importantes diarios y revistas. Incluso en todos estos recientes informes no existe ninguna valoración de los israelíes que forman uno de los grupos más visibles de la diáspora de Berlín: los yordim, emigrantes, y donde algunos de los cuales han renunciado incluso a su ciudadanía israelí. En hebreo, estos son los que han "descendido", en oposición a los olim (los que ascienden)..

Yo, como judío americano que nunca ha tenido que enfrentarse al reclutamiento militar y que es ajeno a la constante amenaza de los ataques con cohetes y a la violencia terrorista, y que tampoco tiene enfrente la perspectiva de un régimen iraní con armas nucleares, estoy muy lejos de dar lecciones a los israelíes sobre cómo deben vivir sus vidas. Pero no puedo dejar de sentirme inquieto ante la idea de un israelí que, después de haber tomado la decisión de vivir el resto de su vida fuera de Israel, decide instalarse en Alemania. Mi escepticismo no se aplica a los que se mueven allí por alguna relación personal, o por una interesante oportunidad laboral o profesional, sino más bien sobre aquellos israelíes que han tomado la decisión consciente de poner fin a su vida en Israel (generalmente por alguna razón política que emana de su desilusión con el sionismo o con el país) y se va a otro lugar. Estos israelíes podrían aventurarse a ir a Nueva York, Milán o Sydney, pero se trasladan a Berlín. Creo que lo hacen para recalcar una afirmación particular.

Es el tipo de afirmación que mencionó el escritor judío antisionista Antony Loewenstein en un artículo de 2013 para The Guardian. "Mi ostracismo por parte de la corriente principal del judaísmo", escribía, "está directamente relacionado con el tratamiento brutal de Israel de los palestinos". El judaísmo como fe y el pueblo judío, en la mente de estos Loewenstein, está indisolublemente ligado a las acciones del gobierno israelí. Esta desafección le llevó a obtener la ciudadanía alemana que tan cruelmente se le revocó a su abuelo siete décadas antes (la constitución de posguerra de Alemania permite a los descendientes de los desposeídos por los nazis readquirir un pasaporte alemán). Loewenstein conecta explícitamente su alejamiento del pueblo judío y su aceptación de la ciudadanía alemana como una especie de reproche dirigido al resto de judíos que, según dice él, adoran a "un Dios de intolerancia" y al Estado judío. Tras incluir una serie de quejas sobre el gobierno israelí, y citar como fuente al teórico antisionista judío de la conspiración con respecto al 11-S, Richard Falk, Loewenstein concluye que “por esto es por lo que es conocido mi pueblo por todo el mundo". No por la sabiduría implícita en la Torah, ni por el genio de Einstein y otros sabios, ni por la literatura de Isaac Bashevis Singer o Kafka, no, según estos Loewenstein el pueblo judío es conocido “por los crímenes del gobierno israelí que cuelgan sobre el cuello colectivo de los judíos". "Fue difícil perdonar a los nazis", escribe Loewenstein con respecto a su estancia en Alemania, sin embargo parece que le fue mucho más fácil que perdonar a los judíos.

Este es el mismo tipo de estupidez moral que llevó a un conocido israelí que vive en Berlín a decirme, cuando le dije que escribo para el diario israelí Ha'aretz, que era "un periódico como de derechas". Luego pasó a culpar de todos los problemas de Israel a los capitalistas, y tras cambiar la conversión, me ofreció sus pensamientos sobre el radiante mercado inmobiliario de Berlín.

Pero cuando se expresa algún tipo de inquietud acerca de este aspecto – una muestra de auto odio - de la presencia israelí en Berlín, uno se arriesga a acusaciones de ser un paranoico obsesionado con el Holocausto que huele a los nazis debajo de cada cama. El artículo del Washington Post sobre los israelíes en Berlín se abría con una anécdota sobre una "tenaz abuela israelí de 88 años" que al enterarse de los planes de su nieto de emigrar a la antigua capital nazi, sacó una pistola que había utilizado como partisana durante la Segunda Guerra Mundial, y entregándosela le dijo: "Ten cuidado en Alemania”. "El Holocausto es el pilar más importante de la educación israelí", comentaba el editor del Haaretz Aluf Benn en el artículo del NYTimes: "El ir a Berlín es como si te dijeran,  '¿De verdad has aprendido algo (de nuestra historia)?’. Es el último fracaso del sionismo". Pero no es el "ir a Berlín” lo que afecta a tantos como si fuera una decisión perversa, es la muy consciente decisión de salir de Israel y de establecerse fuera definitivamente.

Ningún estudio sociológico de los israelíes que viven en Berlín ha sido llevado a cabo, por lo que solamente puedo basar mi impresión sobre experiencias anecdóticas. Pero es una sensación compartida por otros judíos e israelíes que han pasado cierto tiempo en Berlín el detectar la presencia de una corriente antisionista entre muchos de los israelíes que allí se encuentran. "Descubrí que hay una comunidad pequeña, pero muy ruidosa, de israelíes que viven en Berlín y que han convertido en su misión denunciar públicamente a Israel", dice Steven Blum, un judío americano que vivió en Berlín durante tres años. Para él, la evidencia llegó en una conferencia organizada por expatriados israelíes sobre la "pinkwashing", la presunta campaña de Israel y de sus simpatizantes de promocionar el carácter positivo del país en materia de derechos de los homosexuales como una manera de disfrazar su opresión de los palestinos, lo que irrevocablemente alteraba la percepción de la comunidad urbana israelí. (Aquí vale la pena mencionar que, como uno de los principales destinos mundiales para los jóvenes gay, en particular para los hombres, Berlín es especialmente popular entre los israelíes gay. El artículo en el Spiegel de 2012 sobre los israelíes en Berlín se centraba en una película documental, “I Shot My Love”, sobre un israelí que conoce a un alemán en un hedonista local berlinés, y viajaba con él a Tel Aviv). Después de haber sido insultado por un grupo de estos israelíes antisionistas como "neoconservador islamófobo", Blum partió del evento con su novio israelí.
"Fuimos a un restaurante tailandés y nos sentamos allí, en estado de shock, en lo que me pareció muchas horas", recordaba Blum. "Apenas hablamos. Fue muy perturbador para nosotros conocer que, además del ocasional y latente antisemitismo tradicional existente en Alemania, del antisemitismo de la comunidad turca y del antisionismo mezclado con el antisemitismo de la izquierda, también existía un militante grupo antisionista dentro de la comunidad israelí".
El novio de Blum, Eyal Amitzur, dice que estuvo "asombrado" durante los primeros meses después de trasladarse a Berlín. "Es que el jardín prohibido que los israelíes plantaron con desprecio estaba repleto de memorias colectivas de horror y dolor", me comentó. Durante un tiempo, incluso simpatizó con aquellos de sus compatriotas que, como los miembros del controvertido grupo de Facebook, se burlaban de los israelíes que volvían a casa a pesar del costo más barato de la vida en Berlín. En medio de "las sangrientas guerras de ofertas de los terratenientes de Tel Aviv creadas para los potenciales inquilinos, una especie de 'Los Juegos del Hambre" para judíos, me alegré al descubrir que no todas las sociedades tratan a sus futuras generaciones como nosotros lo hacíamos en casa", me confesó Amitzur. Pero pronto empezó a ver a muchos, si no a la mayoría, de sus compañeros expatriados como "refugiados". Algunos de sus conocidos que habían reclamado la ciudadanía alemana y vivían de los subsidios de la sociedad del bienestar alemana, en lugar de encontrar un trabajo real, manifestaban una gran "desilusión" con el proyecto sionista que "se había convertido en un odio furioso".

En tal escenario, Berlín ofrece una combinación tóxica de israelíes desencantados y alienados que proporcionan la necesaria justificación a esos grupos alemanes de la izquierda interesados en recibir una absolución por los pecados históricos de su país, al mismo tiempo que les confirman que el problema radicaba en los judíos, los verdaderos nazis.
"Sólo en Berlín... podrían [ellos] finalmente soltar el monstruo que llevan dentro y decirle a todo aquel que quisiera escuchar cómo 'realmente está justificada' la comparación de Israel con la Alemania nazi, cómo la sociedad israelí está infestada de ciudadanos que sólo saben matar, y cómo Israel no es lugar para gente moral e individualista como ellos, inteligentes y creativos".
Oz-Salzberger ofrece un giro mucho más positivo. Según ella, "la gran mayoría de los israelíes en Berlín no han cortado sus vínculos con Tel Aviv". Ella llama a estos "transnacionales" israelíes como "la gente del (aeropuerto) Ben Gurion", por la intersección existente con las pasarelas transportando viajeros desde y hacia el aeropuerto Ben Gurion. Este cuadro de transitoriedad, dice, es una "metáfora" de la experiencia de la mayoría de los israelíes que viven en Berlín. La ciudad, insiste, "no es una reserva natural de la izquierda israelí más decepcionada".

No dudo de la opinión de Salzberger, quien ha estudiado y vivido más de cerca este problema en un tramo mucho más amplio de tiempo. Y hay algo realmente alentador acerca de la vitalidad de la vida israelí en Berlín, sobre todo en momentos en que el antisemitismo está impulsando a tantos judíos europeos fuera del continente. Por otra parte, esta comunidad es "la primera diáspora artística e intelectual de Israel en el mundo", un logro para una nación tan joven. El ímpetu de esta diáspora no es el coste de vida, según nos dice Salzberger, ni tampoco el desencanto con el sionismo. Por el contrario, su existencia puede ser atribuida a "su curiosidad  y al compromiso con el país que una vez fue la sede de la cúspide de la civilización judía europea. Creo que el elemento principal es que un nuevo conjunto de voces israelíes van a ser capaces de hablar acerca de Israel en hebreo y en otras lenguas fuera de Israel, escribiendo novelas israelíes fuera de Israel, escribiendo poesía israelí fuera de Israel... La gente está viviendo en Berlín y crea en hebreo sobre su experiencia israelí y sobre su nueva experiencia alemana".

Al igual que la literatura inglesa contemporánea se ha enriquecido con las muchas voces procedentes de toda la Commonwealth británica, también lo harán los israelíes con esta cultura de la diáspora, con sus orígenes en la "ciudad global" de Berlín. Pero si esta caracterización positiva describe con precisión muchos o incluso a la mayoría de los israelíes que viven en Berlín, eso no niega el hecho del contingente post-sionista, ni su (literal) alimentación por el Estado alemán y su desconcertante relación con la extrema izquierda alemana.

No obstante, como con tantas historias de moda en los periódicos y revistas, el fenómeno ostensible de los israelíes que se dirigen hacia Berlín está tremendamente exagerado y pierde el marco mucho más grande de los patrones de migración de los judíos a nivel mundial. Las estadísticas oficiales del gobierno israelí muestran un descenso en la emigración entre los judíos nacidos en Israel de 19.400 en 2001 a 6.700 en 2011. El mismo artículo del NYTimes que empleaba un lenguaje bíblico para describir el supuesto "éxodo de los judíos de Israel a Alemania" citaba a un demógrafo israelí que decía que "en realidad, la emigración es ahora más baja que en cualquier momento en los 66 años de la historia de Israel, y también es menor que la existente en los países desarrollados comparables”. Las tasas de natalidad seculares, un buen indicador del optimismo social, también califica como una mentira la noción de que los israelíes están cansados de su sociedad y quieren mudarse. Las parejas israelíes seculares tienen, de promedio, cerca de tres hijos, un cifra significativamente muy superior a la de los pueblos europeos, que se están despoblando.

Por el contrario, no son los judíos israelíes los que quieren abandonar Israel por Europa, sino los judíos europeos los que quieren salir de Europa para dirigirse a Israel, entre otros sitios. Más y más judíos europeos están abandonando el continente precisamente por las mismas razones por las que muchos trataron de salir (y trágicamente no pudieron) hace más de 70 años: el antisemitismo. Incluso Alemania, donde una cultura política muy sensible y leyes estrictas prohíben la incitación y los símbolos de odio antisemita, poniendo freno a esa especie de fanatismo crudo tan frecuente en otros países europeos, no ha sido inmune a tales desmanes. Los recientes acontecimientos en París revelan la fatuidad de la obsesión del otoño pasado sobre “los israelíes en Berlín”: ahora la historia es si los judíos tienen un futuro en Europa.

Visto de esta manera, la sensación provocada en los medios por los israelíes en Berlín parece estar impulsada por un conjunto de israelíes descontentos decididos a ganar puntos políticos contra un país que perciben culpable de su fracaso, y por un grupo de observadores y periodistas externos cuya intención ha sido ayudarles en esa tarea. Amitzur, cuya  incrementada exasperación con la comunidad de expatriados de Israel en Berlín le llevó a dirigirse con su pareja a Los Ángeles, identifica un frecuente sentimiento de amargura entre los israelíes que dejó atrás.

"Detectó no sólo decepción con Israel como país, sino un resentimiento nacido de su incapacidad para lograr sus metas en su país natal. A veces, yo les imagino que siguen ahí, sentados, al borde de la huida, y quejándose de su país natal a quien quiera escucharle", me dice. También usó la palabra “perdidos” para describir a los israelíes en Berlín, una palabra que se ajusta a muchos de los expatriados de todas las nacionalidades y religiones que se encuentran en esta ciudad, que es alternativamente el lugar más emocionante y más deprimente en la tierra, una ciudad que, al igual que muchos de sus habitantes, existe en un estado de adolescencia permanente.

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