Saturday, March 07, 2015

El socialismo americano y los judíos, entre Moscú y Jerusalén. El antisemitismo y la extrema izquierda estadounidense - Tony Michels - Marginalia



Un libro que, a pesar de la crítica, recomiendo, al ser un retrato de una cierta izquierda que ha influido bastante en la actual


Un artículo en el boletín informativo de una Sociedad Democrática de Estudiantes aconsejaba a los sobrevivientes del Holocausto y a sus hijos a que abandonaran Israel por algún otro "lugar históricamente más adecuado", como en "las proximidades de Stuttgart, Liverpool y Kiev". El boletín de otro Comité Coordinador Estudiantil No Violento acusó a Israel de una manera indiscriminada de matanza de árabes, y las conectó con un largo historial de rapacidad judía. "Los famosos judíos europeos", señalaba el boletín, habían "controlado demasiado la riqueza de muchas naciones europeas". El Partido Socialista de los Trabajadores rechazó las objeciones a esta calumnia como propias de una "histeria chovinista". El Partido Laborista Progresista Maoísta etiquetó a Israel com un "Estado nazi", mientras que en el Weather Underground se afirmaba que la propaganda nazi tenía una deuda con los "escritos sionistas". Un artículo de opinión en el periódico estudiantil de la Universidad Estatal de Wayne atacaba a los judíos de Detroit por la explotación de los barrios afroamericanos. "Si esta comunidad judía es un ejemplo, lo es de lo que los árabes están recibiendo de Israel. Dios salve a los árabes", escribía el editorialista. "¿Acaso el pueblo judío es tan arrogante en su pretendida superioridad que no se da cuenta de lo racista que es?"

Condenas similares continuaron y aumentaron con los años, incluso después de que Israel evacuara el Sinaí y Gaza, por lo que hoy en día se pueden escuchar de parte de profesores en respetadas instituciones estatales como una cuestión de hecho - como si todo el mundo supiera que eso era cierto -, los cuales afirman que Israel no sólo ha perseguido una horrible política de colonización en Cisjordania, sino que ha cometido genocidio contra el pueblo palestino.

Steven Norwood ha tratado de descubrir las raíces de esta profunda furia anti-Israel en la historia de la izquierda estadounidense, llegando hasta la época entre las dos guerras mundiales, cuando la izquierda, una muy diferente de la de hoy, estaba constituida por partidos políticos que avanzaron programas coherentes de acuerdo con una u otra versión del socialismo. Norwood limita su alcance a la "extrema izquierda", lo que quiere decir a los vástagos del partido comunista y de otros marxista-leninistas. Su selección tiene sentido porque el Partido Comunista era la mayor organización política de izquierdas en las décadas de 1930 y 1940. Aun así, cabe preguntarse si su categoría refleja con precisión la izquierda estadounidense en aquellos momentos. El Partido Socialista y los anarquistas a menudo tomaron posiciones no menos radicales - y a veces aún más - que las del Partido Comunista durante el apogeo de su fuerza. Pero Norwood no explica lo que distingue a la "extrema izquierda" de esa otra "no tan extrema izquierda", o por qué amabas deben tratarse por separado, lo que plantea dudas sobre el alcance y el argumento de su libro.

¿Y qué es lo que la antigua izquierda americana tenía que decir sobre los judíos? En la Europa del siglo XIX, los socialistas habían dedicado una considerable atención a "la cuestión judía", un término que hacia referencia a un conjunto de cuestiones que tenían que ver con la situación jurídica de los judíos, el antisemitismo, la asimilación y el nacionalismo judío. Con cierta justificación, Norwood representa a la izquierda europea teniendo una relación problemática con los judíos. Un número de prominentes socialistas, incluido el joven Karl Marx, utilizó a veces opiniones odiosas y duras sobre los judíos, volviéndoles responsables de los males del capitalismo. También es cierto que los grandes partidos socialdemócratas de Europa fracasaron, antes de la Primera Guerra Mundial, a la hora de impugnar adecuadamente el antisemitismo e insistieron en la asimilación de los judíos. Pero el movimiento socialista no fue ni estático ni monolítico. Algunos marxistas, en 1900, habían desarrollado un sofisticado análisis del capitalismo carente de antisemitismo. Con el tiempo, la mayoría de los socialistas llegaron a reconocer el gran peligro que representaba el odio a los judíos y desarrollaron actitudes amistosas hacia el nacionalismo judío en sus variantes de izquierda.

Sin embargo, según la encuesta superficial y excesivamente selectiva de Norwood, los socialistas europeos dictaron un desagradable legado, sin ambigüedades, a sus homólogos estadounidenses y avivaron sentimientos similares en las costas americanas. Esto no es del todo cierto. En el apogeo del Partido Socialista en los años 1900 y 1910, el tema de los judíos rara vez tomó interés. Eugene V. Debs, cinco veces candidato presidencial del Partido Socialista, en docenas y docenas de discursos y artículos escribió que "la cuestión judía" no lo fue tal para ellos. Los judíos, como tales, no eran una cuestión política en esos momentos. Los inmigrantes de lengua yiddish eran prácticamente los únicos socialistas que debatieron la situación de los judíos. No fue sino hasta el período de entreguerras cuando los escritos europeos sobre lo judíos encontraron una audiencia considerable en la izquierda estadounidense.

Esto refleja, en gran medida, la influencia ideológica de la Unión Soviética. A diferencia del heterodoxo Partido Socialista de la era pre-Primera Guerra Mundial, el Partido Comunista siempre justificó sus políticas en términos del marxismo-leninismo, según lo determinado por Moscú. Por otra parte, los acontecimientos internacionales, especialmente el conflicto entre judíos y árabes en Palestina y el ascenso del nazismo, atrajeron sobre los judíos la atención de los izquierdistas americanos más que nunca. Este es el momento en el que Norwood retoma la historia.

En agosto de 1929, tras una disputa por el acceso a los lugares santos en Jerusalén, los árabes palestinos atacaron a los judíos por todo el país. Entre los peores incidentes de violencia, incluso niños fueron torturados antes de ser asesinados. Con todo, los disturbios dejaron más de 130 judíos y 110 árabes muertos, estos últimos casi en su totalidad a manos de la policía británica. Los comunistas judíos estadounidenses, específicamente los afiliados a organizaciones de lengua yiddish del partido, inicialmente denunciaron estos ataques. El diario Morgen Freiheit etiquetó de pogromos estos disturbios, es decir, como inexcusables agresiones antisemitas. Pero la dirección del Partido Comunista, siguiendo las órdenes de Moscú, reprendió a los editores del periódico, que de pronto cambió su posición y culpó a los "sionistas-fascistas" de los disturbios, ahora redefinidos como revuelta revolucionaria y un levantamiento anti-imperialista. Una serie de editoriales similares, folletos y mítines continuó con esas acusaciones. Así comenzó la primera campaña antisionista en la historia de la izquierda estadounidense.

La posición del Partido Comunista costó muy caro dentro de la comunidad judía inmigrante, donde el partido había encontrado mucho apoyo durante esta década. La indignación contra el Morgen Freiheit fue tan grande que casi condujo a ese diario yiddish fuera del negocio. Los vendedores se negaron a vender el periódico, las empresas retiraron sus anuncios, y casi la totalidad de sus mejores escritores renunció en protesta.

Aún así, el significado, más allá de la comunidad judía, de la reacción del Partido Comunista a la violencia en Palestina no fue clara y determinante. Norwood sugiere que la retórica antisionista de los comunistas, y sus disculpas ante la violencia árabe, prefiguraron las actitudes de los grupos políticos radicales en la década de 1960. Puede que tenga razón, pero no proporciona la evidencia de una conexión. También omite mencionar que la posición comunista no reflejaba la opinión de toda la izquierda o incluso de la extrema izquierda. Escribiendo en el periódico trotskista, The Militant, Max Shachtman ridiculizó al sionismo como un movimiento imperialista (aunque no fue tan lejos como para tildarlo de fascista) y le echó la culpa de la violencia. Aun así, Shachtman se burló de la afirmación realizada por los comunistas de que la revuelta árabe tuvo un carácter progresista. "Los líderes árabes reaccionarios han desviado los movimientos nacionalistas de las masas hacia canales pan-islámicos y antisemitas, fuera de su corriente natural contra el imperialismo británico", afirmaba Shachtman. "Están en contra de todos los judíos por ser judíos". Además de señalar la dimensión antisemita de los disturbios, catalogó la demanda árabe de restringir la inmigración judía como "reaccionaria". Como marxista revolucionario, Shachtman defendía la libre circulación de los pueblos, sobre todo los más vulnerables que por entonces eran los judíos europeos. Su interpretación puede ser discutible, pero hay que reconocer sus matices y la ausencia de antisemitismo.

Por el bien de la perspectiva, hay que señalar que los marxistas no fueron los únicos que culpabilizaron a los sionistas por "provocar "la hostilidad de los árabes". De acuerdo con el American Hebrew , un diario judío en idioma inglés, "la arrogancia de los llamados revolucionarios sionistas es, sin duda, un factor causal detrás de los brotes de violencia de los musulmanes descontentos contra los judíos". ¿Acaso este American Hebrew americano contribuyó a animus antijudío? Sería ridículo decirlo, y dudo que Norwood lo haría, pero él no nos proporciona ninguna manera de entender ese antisionismo en un contexto más efusivo. Esa falta de perspectiva - mirar más allá de la izquierda para incluir al espectro político completo - delimita su libro en todas sus partes.

El Partido Comunista de los Estados Unidos se mantuvo aferrado a un ingenuo y dogmático antisionismo durante cerca de quince años después de los acontecimientos de 1929, pero este hecho en sí mismo no nos dice mucho. ¿Cuánta atención prestó al sionismo global? Norwood da la impresión de que el sionismo fue un tema de gran importancia, pero, de hecho, una serie de cuestiones tuvieron una prioridad mucho mayor: los chicos de Scottsboro, el Congreso de Organizaciones Industriales, la Guerra Civil española, el nazismo y el Plan Quinquenal de Stalin, por citar solamente algunos ejemplos. Por otra parte, el antisionismo del Partido Comunista no contribuyó al desarrollo del antisemitismo en la sociedad estadounidense, tal como implica Norwood. Durante el periodo de entreguerras, los judíos se enfrentaron en los Estados Unidos a cuotas restrictivas, discriminación en el empleo, segregación social y violencia ocasional, ninguno de los cuales fue culpa de los comunistas.

Sin embargo, Norwood escribe que "los comunistas desarrollaron políticas durante el período de entreguerras que fueron altamente perjudiciales para los judíos". ¿Cómo es eso? Una de las políticas que cita fue la creación de Birobidzhan, esa región en el Lejano Oriente soviético que fue designada como Región Autónoma Judía (aunque pocos judíos vivieron allí). Una política equivocada, sí, pero la creencia en una patria judía soviética no merece tal lugar de importancia en una discusión sobre el antisemitismo. El Partido Comunista de los Estados Unidos debe ser criticado por muchos pecados. Fue culpable de sectarismo, duplicidad, totalitarismo, espionaje y de más, pero no de antisemitismo. Se necesita algo de discernimiento.

Para confundir más las cosas, el relato de Norwood cambia repentinamente de dirección en la mitad del libro, ya que pasa en dos capítulos a relatar los  movimientos del Partido Comunista en los asuntos comunales judíos en la década de 1940. Este giro en su política, al igual que todos los demás, provino de Moscú. Después de la invasión de la Unión Soviética por la Alemania nazi, Joseph Stalin trató de movilizar el apoyo judío para el esfuerzo de guerra soviético bajo la bandera de la "unidad del pueblo judío" contra el enemigo fascista común. El Partido Comunista de los Estados Unidos respondió en consecuencia. Se inició una vigorosa campaña contra el antisemitismo, se defendió el desarrollo de la "cultura judía progresista", y se llegó a un acercamiento con el sionismo, que culminó con el apoyo total para el establecimiento del Estado de Israel. "!! Dos, cuatro, seis, ocho, exigimos un Estado judío !!", fue un eslogan de los manifestantes comunistas en 1947.

El Partido Comunista de los Estados Unidos no fue el único, ya que casi toda la izquierda se alineó en esos momentos detrás de Israel. Así también el grupo trotskista de Shachtman, el Partido de los Trabajadores, que determinó después de una cuidadosa consideración que las "aspiraciones nacionales" judías no violaban los principios marxistas. El Partido de los Trabajadores continuó rechazando la ideología sionista, pero insistió en el derecho de Israel a existir, condenando la agresión militar por parte de los estados árabes, y criticando el embargo de armas de los Estados Unidos en la región, alegando con razón que colocaba a Israel en desventaja militar. Al mismo tiempo, la "shachtmanistas", como los comunistas, afirmaron el derecho de los árabes palestinos a la independencia política. Los restantes y aún recalcitrantes antisionistas de la izquierda se podían encontrar principalmente en las menguantes filas del Partido Socialista de los Trabajadores, que era nominalmente trotskista en su orientación, pero que se dirigía hacia el autoritarismo y hacia un culto al líder que seguramente habría hecho sonreír a Stalin.

La argumentación de Norwood sobre el giro sobre el tema judío de la izquierda contradice la idea central de su libro. Al principio, Norwood pretende revelar una cadena ininterrumpida de antisemitismo y antisionismo, pero en su lugar muestra una brecha importante. A la sombra del Holocausto, todos menos los marxistas dogmáticos confrontaron los horrores de ese momento histórico y llegaron a nuevas conclusiones. Isaac Deutscher, con sede en Londres, expresó un sentimiento ampliamente compartido dentro de la izquierda de ambos lados del Atlántico, cuando escribió en 1954,
He abandonado, por supuesto, desde hace ya tiempo mi original antisionismo, que se basaba en mi confianza en el movimiento obrero europeo, o, más ampliamente, en la sociedad europea y en la civilización, pero esa sociedad y esa civilización no se han justificado. Si en lugar de discutir contra el sionismo en las décadas 1920 y 1930, se hubiera instado a los judíos de Europa a dirigirse a Palestina, se podría haber ayudado a salvar algunas de las vidas que se extinguieron en las cámaras de gas de Hitler.
Para ser claros, Deutscher no se convirtió al sionismo, sino más bien se convirtió en lo que podríamos llamar un post-antisionista. Muchos izquierdistas compartían su punto de vista de apoyar la creación de Israel sin aceptar necesariamente el sionismo. Este post-antisionismo iba de la mano bastante a menudo con un abrazo más amplio a la identidad y la cultura judía, vista de una manera similar a la recuperación en la posguerra de la literatura yiddish. Uno de los ex partidarios de Shachtman, Irving Howe, jugó un papel importante en este renacimiento como antólogo y crítico. Su volumen, coeditado a partir de 1954, "El Tesoro de los Cuentos en Yiddish", fue la colección más lograda de su tipo, elogiada de manera uniforme por los colaboradores en inglés y en yiddish por igual. La revista del Partido Comunista, Jewish Life, fundada en 1946, también jugó un papel importante en llevar la ficción y la poesía en yiddish al inglés. El abrazo colectivo a la cultura judía, de ninguna manera se limitó a la literatura yiddish, junto a esa "simpatía" recién descubierta por el sionismo, marcó un cambio significativo de pensamiento entre los izquierdistas.

Todo esto es podría parecer querer decir que Norwood escribió el libro equivocado. En lugar de tratar de mostrar cómo los marxistas de antes de la guerra dieron forma a las opiniones antijudías y luego anti-Israel de algunos nuevos izquierdistas, Norwood debería haber explorado por qué los radicales americanos de la década de 1960 no lograron aprender de sus predecesores. La historia no es una continuidad histórica, sino una ruptura, de cómo la sabiduría duramente ganada por una generación de alguna manera se queda atrás - o es rechazada - por la siguiente. Pero esta tampoco es toda la historia. Muchos nuevos izquierdistas aplaudieron la victoria de Israel en 1967 y se embarcaron en viajes de autodescubrimiento judío que cuajaron como una izquierda judía distinta, y a veces en desacuerdo, con la más grande Nueva Izquierda. Por otra parte, otros muchos radicales tampoco pensaron demasiado sobre Israel y los judíos. La guerra en el sudeste de Asia, la revolución cubana, China..., estos fueron los temas internacionales dominantes en la década de 1960 y principios de la década de 1970.

Visto esto, lo que requiere una explicación es la evolución de la izquierda en las cinco décadas desde la década de 1960. ¿Cómo cambió intelectual y organizativamente? ¿Cómo surgió el tema de Israel hasta convertirse en una auténtica obsesión? ¿Cómo el odio al sionismo, una ideología multifacética, raramente definida y estudiada pero muy vilipendiada, se ha convertido en norma? ¿Qué ha sucedido para que hasta un crítico tan duro e insistente de Israel como Noam Chomsky, sea ahora criticado - incluso a veces en términos antisemitas - por oponerse al boicot de Israel y favorecer una solución de dos estados? Tales preguntas esperan una investigación. Unos ejemplos divorciados del contexto no serán suficientes. Se necesita de una historia política e intelectual que analice el desarrollo desigual del antisionismo en diversos ámbitos y sectores. Esta historia tendría que considerar una serie de factores internacionales y nacionales, rastrear la transmisión de ideas y reconocer la interacción de las tendencias y contracorrientes. Pero incluso hoy existen izquierdistas, algunos en las zonas más extremas del espectro político, que creen en la autodeterminación nacional para israelíes y palestinos, que se oponen al antisemitismo y permanecen sensibles a la complejidad del conflicto árabe-israelí. Tales personas, aunque relativamente pocas en número, llevan adelante mucho más fielmente el legado de la vieja izquierda que estos antisionistas de los últimos días narrados y estudiados por Norwood. Su historia está por escribirse.

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