Sunday, April 19, 2015

¿Por qué el partido Laborista pierde siempre las elecciones? - Amotz Asa-El - JPost




Con los ejércitos de Hitler introducidos profundamente en Rusia después de haber triturado a divisiones enteras del Ejército Rojo, Stalin comenzó la ejecución de coroneles y generales por no ganar la guerra que él no había podido prevenir. Así es también ha estado reaccionando el Partido Laborista de Israel ante sus crónicas derrotas electorales.

La práctica comenzó el siglo pasado, cuando el partido expulsó a Shimon Peres del asiento de la cabina del piloto después de su derrota ante Benjamin Netanyahu. Desde entonces se han sucedido las eyecciones de Binyamin Ben-Eliezer en 2002, Amram Mitzna en 2003, Shimon Peres (otra vez) en 2005, Amir Peretz en 2007 y Shelli Yacimovich en 2013.

Y esta estadística puede hacernos sospechar que un destino similar espera ahora a Isaac Herzog, quien lidera un partido que efecto parece decir a sus líderes lo que Enrique VIII le dijo a su esposa: Cumple o muere.

Las ejecuciones en el campo de batalla de los mandos del Ejército Rojo se interrumpieron cuando Georgy Zhukov, el mariscal que en última instancia condujo a la victoria, se negó a matar más generales. Cuando Stalin le exigió una explicación, Zhukov respondió: "Ya lo hemos probado antes y no funciona".

Alguien debería gritar esta frase en el centro de convenciones del partido Laborista en su próxima reunión. Porque lo que necesita el partido Laborista no es un nuevo líder, sino un nuevo camino, uno que exige una especie de introspección que la mayoría de los políticos no están preparados para soportar, o incluso iniciar.

La cultura de la negación en la que vive el partido Laborista ha inspirado las críticas que acompañaron a su campaña y las autopsias que siguieron a su derrota.

El propio Herzog contribuyo a ello con sus referencias a las palabras del pintor Yair Garbuz en una manifestación a favor del Laborismo y sus comentarios sobre los "besadores de amuletos" que "se postran sobre las tumbas de los santos", antes de relacionarlos como remate con los delincuentes sexuales y los grandes negocios.

Si no fuera por el sermón de esta artista, ha insinuado Herzog, los laboristas podrían haber ganado.

Retomando esta cuestión, Nehemías Strassler escribió en el Haaretz que "la principal explicación del resultado de las elecciones" está en que "el genio o la polémica étnica sigue viva y coleando", lo que significaba que el Likud ganó debido a las brechas sociales entre los judíos de Israel de origen europeo (asquenazíes) y del Levante y del Oriente Medio (sefardíes y mizrahim).

Sin embargo, estas dos explicaciones y lamentaciones ignoraban el hecho de que, desde la inmigración post-soviética, y debido a unas tasas de natalidad que se redujeron drásticamente, la proporción de no asquenazíes entre los judíos israelíes se hundieron de casi uno de cada dos, el 50%, a menos de uno de cada tres, el 33%, según la Oficina Central de Estadística.

Esto significa que el potencial bruto del "voto judío Mizrahi" es de aproximadamente 28 escaños en la Knesset. Resten de ellos a los seis escaños que este electorado dio al Shas, y también de varios de los 10 escaños que se cree proporcionaron al Kulanu, y aproximadamente la mitad de los 30 escaños del Likud permanecería, según ese genio étnico, en paradero desconocido. ¿De dónde vinieron? ¿De la luna?

Vinieron de los asquenazíes, y esto es cierto además porque, a pesar de la exagerada generalización de Strassler, muchos asquenazíes no votan por los Laboristas, al igual que la mayoría de los 14 escaños del Yisrael Beytenu y Bait Yehudi vinieron principalmente de los asquenazíes.

En resumen, atribuyendo la derrota de los laboristas al "genio étnico" es un fraude escapista. Lo mismo ocurre con la creencia de Reuven Adler de que el acuerdo de rotación en el puesto de primer ministro entre Herzog y Tzipi Livni fue fundamental para la derrota de los laboristas. Sí, fue una muy mala idea, pero fue cancelada en última instancia, y su anulación, y menos este hecho, resultó perjudicial a la hora de los votos.

Tan penetrante es la mentalidad de negación de la derrota de los Laboristas que el Canal 2 que el habitualmente agudo analista político Amnón Abramowitz respondió a la derrota de los laboristas denunciando su incapacidad de resucitar el cadáver político de Shaul Mofaz. "Él fue un ex jefe del IDF y un ex ministro de Defensa Mizrahi", dijo el comentarista soñando con que la presencia del último líder del Kadima habría arreglado las cosas, olvidando convenientemente que Mofaz fue un diletante político que supervisó (con Livni) la ruina de su partido desde 28 a 2 escaños en la Knesset.

Estas son algunas de las evasivas explicaciones de la derrota de los laboristas que se hacen circular ampliamente.

Entonces ¿por qué los Laboristas pierden siempre? Habiendo votado durante años por Rabin, Peres y Barak, y también por la reencarnación del Shinui de Amnón Rubinstein, y después por el Shinui del Lapid senior y luego por el partido del Lapid junior, y en el ínterin por Ehud Olmert, yo soy uno de miles simpatizantes del Laborismo que me pregunto si realmente quieren saber la verdad acerca de su crisis.

Y la verdad es tan simple como dolorosa: los Laboristas están perdiendo porque se niegan a reconocer el fracaso de Oslo.

Incluso antes de interrogarse porque los votantes desertaron - un requisito previo que este partido de manera increíble evita plantear, prefiriendo los diagnósticos de sus “expertos en vudú electoral” -, un simple vistazo a las últimas décadas de historia electoral de los Laboristas revelaría la verdad.

Durante la última década tras la cumbre de Camp David, los Laboristas han perdido seis elecciones, y nunca se aproximaron a la victoria, obteniendo también la peor derrota electoral jamás vista cuando Ariel Sharon aplastó a Barak por una mayoría de casi dos a uno. Por el contrario, en las dos décadas posteriores a 1981 - la primera elección después de que perdieran por vez primera el poder -, los Laboristas ganaron con facilidad dos elecciones, amarraron una y perdieron tres por poco.

Por cierto, los Laboristas obtuvieron estas relativamente buenas actuaciones cuando la participación de la población no asquenazí estaba en su apogeo, pero eso no viene al caso.

La cuestión es que después de dar a Oslo una última oportunidad en 1999, el voto decisivo que surgió de la violencia palestina durante la última década de una manera muy emocional ya no pudo volver a dar su voto a los Laboristas.

Cualquiera que estuviera preocupado por proteger a sus hijos en esos días llenos de temor nunca olvidará la experiencia y los pensamientos que tuvo que evocar. De la misma manera, el público israelí medio que votó por el principio de tierra por paz, en el cual aún sigue creyendo, ahora prefiere votar en contra de la credulidad, de la negación de la realidad y de la imprudencia.

Aquellos que votaron por Peres en el siglo pasado siempre lamentarán el descarrilamiento de los esfuerzos por parte de Yitzhak Shamir de restaurar la mayor parte de Cisjordania al rey Hussein. Pero eso es agua pasada. La asunción posterior por parte de los Laboristas de que Yasser Arafa sería un interlocutor tan digno como Hussein, se demostró infundada y fatídica. Los votantes laboristas derrotados siguen creyendo que Arafat negoció de mala fe y que los líderes laboristas fueron engañados, y que si no fuera por todo este juego protagonizado por Arafat gran parte del derramamiento de sangre posterior se habría evitado.

Ahora, tal como me dijo un sabio politólogo laborista hace una década, Oslo es para los Laboristas lo que la Depresión representó para los republicanos, es decir, un trauma que la gente ordinaria nunca olvidará y siempre asociará con los ingenieros políticos que lo diseñaron o permitieron, y que en el caso de América provocó su ausencia del poder durante 20 años hasta que pudieron recuperar la confianza de la corriente mayoritaria.

Y lo primero que deben hacer los Laboristas es respetar y tener en cuenta ese trauma.

Pero por lo visto actualmente, los Laboristas ni siquiera han intentado conocer los sentimientos de su perdido electorado.

En lugar de ello, al igual que los creyentes en Shabtai Zvi después de su conversión a la fe musulmana, la teología de los Laboristas sigue insistiendo en que su falso mesías no era falso y que pronto regresará.

Es esta cultura de negación la que provoca que los Laboristas culpen de la falta de paz a Israel, ignorando el rechazo de Arafat a las propuestas de tierra por paz de Bill Clinton y Barak del 2000 y el rechazo de Mahmoud Abbas a las de Ehud Olmert en 2008, y que apoyen la caracterización de hipócrita por parte de Abbas del discurso de Bar-Ilan de Netanyahu en lugar de tratar de reunirse con él al día siguiente de su discurso.

Los votantes centristas también esperan que los autodenominados herederos de David Ben-Gurion, Berl Katznelson y Yigal Allon se unan al resto de nosotros a la hora de enfrentarse a aquellos que difaman a los colonos. Sí, creemos que los colonos están equivocados, pero no pensamos que sean delincuentes.

Nosotros distinguimos entre lo que pensamos que fueron errores, como la existencia de la mayoría de los asentamientos, y los crímenes, que pensamos que no lo fueron. El fracaso de los Laboristas a la hora de decir esto, de manera clara y en voz alta, les vuelve ajenos de un electorado al que tantas veces intentan captar, y deja la impresión de que el Laborismo actual no tiene nada que ver con el partido de los pioneros pragmáticos que construyeron el Estado judío.

Los Laboristas lo han intentado prácticamente todo desde Oslo. Han cambiado de líderes hasta  nueve veces, se unieron a Ariel Sharon - sabiamente - cuando combatió al terrorismo, divididos entre partidarios y opositores a la barrera antiterrorista abandonaron los gobiernos de Sharon en dos ocasiones - en 2002 y en 2005 - exigiendo un mayor gasto social, ya sea utilizando el vitriolo populista por parte Amir Peretz, o bien utilizando el sermón keynesiano de Shelli Yacimovich, o la sobriedad de Tony Blair por parte de Herzog.

Todas esas cosas, excepto una: el arrepentimiento.

Y así es como las cosas van a permanecer mucho tiempo mientras los Laboristas sigan buscando nuevos líderes, el próximo caprichoso y brillante eslogan electoral, el cartel más fotogénico, la siguiente parodia más viral en YouTube y la suciedad de sus rivales.

Todo ello es preferible antes que tratar de buscar e indagar en su propia alma.

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