Sunday, June 21, 2015

El antisemitismo occidental no es un fenómeno del pasado. Está muy vivo - Julien Bauer - National Post


Sandra Benaum, una mujer judía canadiense, contempla como han pintado en su coche una esvástica (Montreal).

El antisemitismo está en el núcleo de la cultura occidental. Incluso cuando existe una expresión tan popular como la de "los valores judeocristianos", eso no debería ocultar el hecho de que estos "valores" están desequilibrados. Por un lado tenemos a un Dios de la venganza y por el otro a un Dios de la misericordia. Por un lado está Judas, al que le han convertido en el arquetipo del judío, un traidor en suma, y por otro lado el resto de los apóstoles, como si ellos no fueran también judíos. Las relaciones entre los dos credos, judaísmo y cristianismo, estuvieron marcadas por las disputas sobre la validez de ambas religiones, y el veredicto ya es conocido de antemano: el judaísmo está equivocado y desfasado, mientras el cristianismo tiene la razón. Un análisis de la literatura clásica europea, en francés, inglés y en las otras lenguas europeas, nos demostraría una característica regular dentro de los estereotipos del antisemitismo, desde Shakespeare a Voltaire.

En los tiempos modernos, lo que inicialmente fue antijudaísmo - los judíos que se convirtieran al cristianismo serían "bien recibidos, si no agasajados" - dio paso al antisemitismo. Los anteriores argumentos teológicos, en una sociedad menos religiosa, ya no eran los más convincentes. El papel creciente de nacionalismo secular dio paso a una forma secular del discurso antijudío, una que insistía en la identidad racial, y esta vez sin posibilidad de "conversión". Los judíos eran intrínsecamente malos y debían ser vigilados muy estrechamente (el más suave antisemitismo), o exterminados (el antisemitismo más extremo).

Una actitud más bien equivalente prevaleció en las sociedades musulmanas. Como los cristianos, los musulmanes tuvieron que reconocer la anterioridad del judaísmo, y por ello tuvieron que afirmar que su monoteísmo era de un nivel superior. Cuando no utilizaron los argumentos religiosos, los países musulmanes también basaron en el racismo: los judíos, incluso sin un componente teológico, eran por definición inferiores.

El antisemitismo occidental, al contrario de lo que les gustaría creer a las sociedades occidentales, no es un fenómeno del pasado. Está muy vivo.

¿Cómo podemos entender el interés, si no la obsesión de Occidente, por cualquier tema judío? El símbolo de la obsesión actual por los judíos no es tanto su propia religión, el judaísmo, sino su sentido nacional, de pueblo, en su expresión israelí. Por lo tanto, Israel es tratado como el arquetipo de algo malvado y que representa al mal en el mundo. Ninguna palabra es lo suficientemente fuerte a la hora de condenar a Israel.

Esta obsesión está tan arraigada que muchas decisiones occidentales parecen contraproducentes. La Unión Europea, por ejemplo, reconoce la vitalidad de la economía, la investigación y el desarrollo de Israel, y por ello firma tratados para colaborar en esfuerzos conjuntos, una manera normal de potenciar los intereses nacionales. Tal es el caso de invitar a Israel a convertirse en miembro de la OCDE, la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo en 2010, o convertirlo en un socio de la CERN, el primer y único miembro no europeo de la Organización Europea para la Investigación Nuclear en 2014.

Pero entonces, ¿por qué amenazarles con imponer un etiquetado especial para los productos israelíes manufacturados en Cisjordania, cuando tratamientos de este tipo ni siquiera se consideran para los productos chinos del ocupado Tíbet, o los productos turcos del Chipre ocupada por Turquía?

¿Cómo podemos entender la proposición francesa, animada por otros muchos miembros de la Unión Europea, de imponer una solución al conflicto entre Israel y Palestina, y declarar que Jerusalén, la ciudad santa del judaísmo antes de que existiera el cristianismo o el Islam, es de Palestina? Aún más sorprendente es la actitud del Vaticano. Los cristianos constituyen una población menguante en el Oriente Medio, pero no en Israel. En el Oriente Medio son masacrados y sus iglesias incendiadas. La Santa Sede, como respuesta, firma un tratado que pondría a sus propias iglesias de Jerusalén bajo el tierno y amoroso cuidado de la Autoridad Palestina. Podría ser la reacción de una Iglesia Católica asustada ante una realidad regional muy desagradable, pero también es una demostración de su autoderrota ante el antisemitismo: "os odiamos, judíos, más de lo que nos amamos a nosotros mismos".

Los países no occidentales, especialmente los asiáticos, no tienen este tipo de trasfondo. Cuando las religiones no son ni el cristianismo ni el Islam, sino el confucianismo, el budismo o el hinduismo, no tiene ningún sentido, y no hay ninguna razón, para estar obsesionados con los judíos. Están aquellos que no pueden ignorar al judaísmo porque son cristianos o musulmanes, y esos otros que pueden ser completamente asépticos por tratarse de adeptos a una fe no monoteísta.

¿Eso implica que los países asiáticos están más abiertos a los judíos en general, y a Israel en particular?

Hasta hace 25 años, los dos principales estados asiáticos, China e India, eran los principales miembros de la Conferencia de Países No Alineados, un organismo que oficialmente no estaba ni con Washington ni con Moscú. Sus líderes eran Nehru, Chou En Lai, Nasser, Tito... La Conferencia era hostil a Israel, pero, en el caso de China e India, no existía ninguna conexión antisemita. Nueva Delhi y Beijing consideraban principalmente sus intereses nacionales a la hora de fustigar a Israel y cultivar la amistad de los estados árabes. Cuando consideraron que favorecía su propio interés nacional establecer relaciones con Israel, incluso relaciones estrechas, lo hicieron sin ningún tipo de cuestiones teológicas o raciales asociadas. No pretenden ser ontológicamente superiores a Israel y no se sienten con derecho a dictar sus puntos de vista, solo desean mantener relaciones tanto con Israel como con los estados árabes, y todo ello en promoción de sus propios intereses

Los resultados ya son tangibles. Hace unos años, dos tercios de los intercambios económicos israelíes se realizaban con la Unión Europea y los Estados Unidos. Hoy en día, su segundo mayor socio comercial es China y la India se le está acercando. Esta tendencia, ante el recrudecimiento de la importancia de los países asiáticos en la economía mundial, resulta evidente. La economía de Israel está en auge, y es cada vez menos dependiente de Occidente.

Un ejemplo de este enfoque de "mente abierta" de los países asiáticos proviene de Corea del Sur. Este país estudió la razón de que existiera un número excepcionalmente elevado de judíos e israelíes con premios Nobel en el ámbito científico, además de la gran relevancia de Israel en el mundo de las nuevas tecnologías. Estimaron que una de las explicaciones era que su capacidad intelectual había sido alentada por el estudio de Talmud. Y por ello decidieron introducir los estudios talmúdicos en las escuelas. No tiene nada que ver con la religión, sólo se consideró como una herramienta, aunque de origen judío, para el objetivo específico de mejorar el lugar de Corea en el campo del conocimiento. La mera idea de un país occidental haciendo lo mismo resulta absurda.

Si creemos en el discurso "judeocristiano", Israel forma parte de Occidente. Cuando somos testigos de la permanencia del antisemitismo en el ámbito cultural occidental, ese enlace resulta cuestionable.

Occidente, muy probablemente y sin ser consciente de ello, ha fomentado y estimulado que Israel, y su sector de la alta tecnología, se vincule cada vez más con los países asiáticos, lo que acelerará el crecimiento de Asia en el mundo (e incrementara la competencia con Europa). De esa manera, Occidente, al soportar el antisemitismo que existe en su seno de manera consciente o inconsciente, está ayudando a provocar el fin de la dominación política, cultural y económica (e inclusive quizás cultural) occidental del mundo.


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