Wednesday, June 22, 2016

Isaac de Castro Tartas (1623 - 16417), un émulo de Lope de Vera y Alarcón, "Juda el Creyente" (1619 - 1644) - Rab Yosef Bittón - ESefarad



Isaac de Castro nació en la ciudad de Tartas, en el suroeste de Francia, en 1623.  Sus padres eran de Portugal y pertenecían a esas miles de familias judías que en 1497 habían sido convertidas al cristianismo “por decreto” y desde entonces practicaron el judaísmo en secreto por 3, 4 o más generaciones. Para tener una idea de cuanta gente estamos hablando se calcula que en 1497 habían no menos de 120.000 judíos en Portugal.

En Tartas el nombre de Isaac era Tomás Luis.  En 1640 su familia su muda a Amsterdam donde finalmente pueden practicar su religión abiertamente. Allí, Tomás y su padre se circuncidan y cambian sus nombres por nombres hebreos.  Tomás se llama desde ahora “Isaac de Castro”. Castro (o de Castro), seguramente el apellido original de su familia, era un apellido típico sefaradí. Como ilustración podemos mencionar a rabbi Ya’aqob de Castro (1525-1610) de origen portugués, uno de los rabinos más importantes de la comunidad judía de Egipto.

Isaac comenzó sus estudios de judaísmo y de medicina en Holanda. En 1642 o 1643 encontramos a Isaac en Brasil. Su tío, Rab Moshe Refael Aguilar, llegó a Brasil a fundar una comunidad en la ciudad de Recife. En ese entonces y hasta 1654, Brasil estaba dividido en 2 zonas: una  pertenecía a los holandés y otra a los portugueses, y Recife estaba del lado holandés.  

Isaac vivía una vida completamente judía. No sólo eso sino que también se dedicaba a inspirar a cientos (o miles) de conversos que residían en Brasil a practicar más abiertamente su judaísmo.  Si bien no habían tribunales de la Inquisición en Brasil, como los que existían en Perú o México, en el lado portugués de Brasil habían oficiales de la inquisición que vigilaban que los “cristianos nuevos” es decir, los judíos que fueron convertidos al cristianismo hacía más de un siglo atrás, no volvieran a su religión.

Nadie sabe exactamente por qué, pero el joven Isaac salió de Recife y viajó hacia el sur llegando a la ciudad de Salvador, capital de Bahía de los Santos, territorio portugués.  Allí, Isaac fue reconocido por las autoridades locales. Trató de disimular su práctica judía pero algo lo delató: sus tefilín.

Isaac fue tomado prisionero, acusado no sólo de judaizar sino también de hacer proselitismo judío entre los “cristianos nuevos”, y fue extraditado en un barco hacia Lisboa.

La inquisición portuguesa primero trató de convencerlo de renunciar a su fe judía y abrazar el cristianismo. Isaac rehusó con argumentos muy sólidos, demostrando que el judaísmo es la verdadera fe. Al ver que, a pesar de su cortísima edad, se trataba de un gran erudito, la Inquisición envió a sus expertos filósofos y teólogos. Pero nada ni nadie pudo convencer a Isaac de renuncia a su fe.

Por primera vez en la historia un judío usaba el siguiente argumento: “Tengo derecho a practicar el judaísmo en función de una ley humana universal: la libertad de conciencia…un acto que se realiza de acuerdo con la propia conciencia no puede ser juzgado culpable, y el acto que yo hago y seguiré haciendo – el acto de profesar la religión judía – se realiza de acuerdo con los dictados de mi conciencia “. Cuando la Inquisición vio que todo esfuerzo era inútil, recurrió a su último recurso: la ejecución pública. Los acusados eran condenados  a morir quemados vivos en los que se llamaba cínicamente “auto de fe” (actos de fe).

El 15 de Diciembre de 1647, cuando Isaac tenía solo 24 años fue llevado a la plaza pública, junto con otros 5 conversos, condenados por el mismo crimen: judaizar.

Los archivos de la Inquisición portuguesa relatan que Isaac fue dejado de pie, por varias horas, muy cerca del fuego, lo suficientemente cerca para que Isaac se arrepintiera de su “gran pecado” (ser judío) por temor a la hoguera. Pero Isaac resistió. Y mientras estaba siendo abrazado por las llamas, con su último aliento,  Isaac recitó con una voz poderosa el “Shema Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad”.

Cuentan que la poderosa entonación de Isaac causó una enrome impresión en todos los que habían  llegado para presenciar la ejecución pública. Tanto que hasta los crueles verdugos sintieron remordimiento por haberle quitado la vida a un joven tan valiente.  Dicen, que los gentiles que presenciaron la ejecución,  durante semanas no hablaban de otra cosa. Lo que es más: el último grito de Isaac, el Shemá Israel, se había transformado ahora en un símbolo de libertad de conciencia e inspiró a muchos conversos a volver a abrazar su fe judía.

Y algo insólito: durante varios años los gentiles repetían las palabras del Shemá Israel tanto fue así que la Inquisición tuvo que imponer un severo castigo para cualquiera que fuera escuchado diciendo el Shemá Israel, las últimas palabras de Isaac de Castro Tartas  זצוק”ל.



El post sobre su antecesor en el mismo destino  Lope de Vera y Alarcón, "Juda el Creyente"

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