Saturday, August 06, 2016

Es un error etiquetar a cualquier religión de 'radical' (en sentido político), en particular al Islam - Yigal Elam - Haaretz



La obstinada negativa de Obama a usar el término " Islam radical " para describir lo que está detrás de los ataques terroristas en Europa y en los Estados Unidos en los últimos meses, ha generado muchas críticas, como era de esperar. Pero el comportamiento cauteloso de Obama, evitando llamar a las cosas por su nombre, refleja sin embargo una lógica pragmática que busca, ante todo, calmar y estabilizar la arena internacional. Tal vez el presidente también teme que utilizar un dedo acusador que apunte al "Islam radical" con el tiempo podría dirigirse hacia el propio Islam, algo que el gobierno de Estados Unidos quiere evitar a toda costa.

La palabra "radical" deriva de la raíz de la palabra latina "radix", y describía originalmente a los que buscaban cambios fundamentales en el orden social. En el siglo XVIII comenzó a ser utilizada en contextos políticos, principalmente para describir los movimientos o a las ideas de carácter revolucionario o reformista, en contraste con las organizaciones tradicionales y conservadoras, tales como las instituciones religiosas o los antiguos regímenes de Europa, que representaban la reacción y la resistencia a los cambios y reformas. Radical y conservador, por lo tanto, no son congruentes, al menos radical es mal interpretado en el sentido de extremista.

Es un error, entonces, etiquetar a cualquier religión de "radical", y ciertamente a religiones con fuertes principios como el Islam y el judaísmo. Ambas religiones representan patrones sociales totalizadores, cuya fuente de autoridad es la palabra de Dios y son gestionadas por clérigos autorizados para interpretar el canon religioso. Estas religiones, como tales, son diametralmente opuestas a los principios revolucionarios que dieron forma al proceso de modernización - soberanía humana, laicismo o libertad religiosa, democracia, liberalismo - y no pueden someterse a su modernización por si mismas.

Las únicas opciones disponibles para ellas, aparentemente, es llevar a cabo una guerra total contra la modernidad o convertirse en parte de la modernización accediendo al poder. El Islam militante optó por la primera opción, el judaísmo activista por la último. El sionismo jugó el papel de mensajeros de los judíos ortodoxos que se unieron a él y se sometieron a la modernización a través de él.

La palabra "elección" no es muy apropiada en este caso. La fuente de la modernidad está en la Europa cristiana. El Islam estaba fuera de su elemento, pero no era el caso del judaísmo. Durante el siglo XIX, el período en que la cultura moderna se estaba desarrollando, la mayoría de la población judía (el 85%) vivió en Europa y se expuso a los procesos de modernización de la Haskalah, o la ilustración, y la emancipación judía.

De acuerdo con el principio del nacionalismo, la soberanía política trata del derecho natural de cada pueblo. En otras palabras, el nacionalismo sólo se puede lograrse a través de un estado que se identifique con la mayoría nacional. Mientras que el Islam nunca rechazó la existencia de los estados, nunca vio al estado como una entidad necesaria en sí misma, sino ante todo como una herramienta para imponer el Islam. Por esta razón, los países en el mundo musulmán nunca han tenido la libertad de desarrollarse como los de la Europa cristiana.

Por otra parte, debido a su peculiar concepción de la función del Estado, el Islam rechaza a los estados multiculturales o múltiples. El Islam es uno y sólo requiere un estado, y se extiende desde un extremo del mundo al otro: el estado islámico. Los problemas y dificultades internas de todos los estados musulmanes en nuestro tiempo tienen que ver con este legado de la relación del Islam con el estado, y por supuesto de la falta de una infraestructura socio-política como la que se desarrolló en Europa durante la Edad Media y en los tiempos modernos.

El movimiento hacia el Estado islámico, por lo tanto, es un claro representante del Islam de los orígenes. Incorpora el activismo de los musulmanes de nuestro tiempo, cuando no existe ningún activismo musulmán alternativo de parte de los partidarios de la modernidad. Las masas de musulmanes de todo el mundo están atrapadas en un círculo cerrado cultural: carecen de la suficiente infraestructura civil y de ideología para establecer una sociedad moderna, e inclusive de la posibilidad de ampliar su círculo cerrado por su propia cuenta. El Islam compensa a las masas musulmanas mediante el fomento del odio a la cultura occidental, algo que se necesita para mantener la dignidad propia ante el mundo moderno. El amor propio es siempre el último refugio de los miserables.

Hablar de choque de civilizaciones creo que es infundado. El Islam no es un digno rival para  Occidente y no puede ofrecer una alternativa moral y práctica a la modernidad occidental. Debido a que el desarrollo mundial en nuestro tiempo es unidireccional y occidental, el Islam tiene poco que aportar, para bien o para mal. La situación no se puede comparar con el mestizaje cultural entre la civilización romana y las tribus germánicas durante la decadencia del Imperio Romano.

Sin duda alguna, hay signos de debilidad en la cultura occidental, y ese es el peligro que se oculta. Existen tres sistemas operativos fundamentales dentro de la cultura occidental - intelectual, político y económico - que están en crisis.

El primero, el intelectual, está enfermo por la vigencia de un relativismo posmoderno vacío, con juegos sin sentido de deconstrucción y la atrofia del sentido común. El capitalismo, en tanto insustituible, se ha convertido en desenfrenado y está pidiendo a gritos una reforma regulatoria radical.

El segundo, el sistema político, vive en medio de la confusión, asustado y adicto a la corrección política y al populismo. Se lucha con unas nuevas redes sociales frenéticas y de respuesta rápida, y no ha podido filtrar el ruido y construir una sólida política en línea.

Finalmente, y por encima de todo, el tercero, el sistema económico no ha logrado hacer frente a los duros efectos socioeconómicos de la globalización en las clase medias, el fundamento de la cultura occidental.

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