Sunday, November 06, 2016

El sionismo como el "Otro": Afinidades teóricas entre los islamistas y la izquierda antisionista occidental - Sapan Maini-Thompson - Fathom




"Hamas y Hezbollah... están generando paz a largo plazo y justicia social y política en toda la región" (Jeremy Corbyn, líder actual del partido Laborista, en 2009).

En agosto de 1979, el ayatolá Ruhollah Khomeini consagró el último viernes del Ramadán como el "Día de Al-Quds": "un día universal para apoyar a los oprimidos contra el opresor". Se trataba de una manifestación mundial anual "para proclamar la solidaridad internacional de los musulmanes en apoyo de los derechos legítimos del pueblo musulmán de Palestina". Su casi contemporáneo, el teórico de la Hermandad Musulmana sunita Sayyid Qutb, había argumentado que el Islam necesitaba luchar junto a los árabes de Palestina contra "los malvados judíos" porque era el epicentro de un enfrentamiento civilizacional entre un Occidente colonial y un Oriente piadoso.

Simultáneamente surgió un nuevo paradigma en algunas secciones de la izquierda occidenta que se centraba en las "iniquidades opresivas del Estado sionista, su colonización del espacio nacional árabe y su imposición de un régimen institucionalmente racista que beneficiaba a una población de colonos judíos (todos los judíos, de la Línea Verde y de más allá) a expensas de unos desplazados indígenas". Dada su aspiración común de reemplazar a Israel por una Palestina de mayoría árabe "desionizada", se supone a menudo que la alianza política entre las organizaciones islamistas y la izquierda antisionista implica una cooperación puramente pragmática. Desarrollando el análisis del fallecido Robert Wistrich, este ensayo argumentará que también descansa en una compatibilidad teórica. Entre las teorías revolucionarias islámicas chiítas y suníes, y las teorías post-coloniales europeas sobre el sionismo, existe un compañerismo político basado en un esquema ideológico compartido compuesto de tres elementos principales: un rechazo intransigente por ese "Otro" extranjero sionista alienígena, una insistencia en la invalidez moral del ideal sionista y una reinvención de la "resistencia" islámica como mecanismo de una lucha progresista.

Primer paradigma compartido: El "sionismo es algo extraño" y un colonialismo "occidental" 

Desde la década de 1960, el antisionismo izquierdista se ha basado en una crítica post-colonial de Israel. Por ejemplo, el influyente estudio de Gabriel Piterberg, "The Returns of Zionism", argumentaba que la teoría y la praxis del sionismo poseían una dinámica colonizadora intrínsecamente exclusivista, debido a sus fundamentos völkisch y su determinación de crear una sociedad "homogénea" sobre las líneas del nacionalismo europeo del siglo XIX. Piterberg ubica su microhistoria del sionismo dentro de una tipología colonialista comparatista, sosteniendo que Israel continúa "comportándose" como un proyecto colonizador occidental (europeo), tanto en términos de "colonización fronteriza" como en lo que el geógrafo israelí Oren Yiftachel denomina "asentamientos de frontera interior" dentro de la Línea Verde. En sus respectivas investigaciones históricas, Colin Shindler y Paul Kelemen han examinado cómo esta perspectiva ganó impulso dentro de los círculos políticos de la izquierda tras la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días, el posterior asentamiento en Cisjordania y la popularización por parte de Yasser Arafat de la "narrativa de la resistencia colonial".

Sin duda, la recepción de estas ideas dentro del ámbito académico ha sido problemática, con Derek Penslar haciendo notar, por ejemplo, que esta tendencia conceptual - con sus concomitantes supresiones históricas - ha dado lugar a "una nueva forma de mitología, esta vez más acusatoria que apologética". Es este "contramito", que presenta al sionismo como una ideología homogénea de supremacía judía, la que sostiene la narrativa antisionista. En la medida en que reducen al sionismo a una empresa monolíticamente racista basada en la negación absoluta de la autodeterminación árabe, la limpieza étnica y el apartheid son vistos como la lógica integral preestablecida de su programa.

Omar Barghouti, cofundador del BDS, ejemplifica esta tendencia cuando escribe: "No hay paridad moral ni simetría legal entre los colonizadores modernos y los pueblos indígenas que estaban subyugados al colonialismo. La autodeterminación judía, incluso en el marco de un estado binacional, por definición infringe los derechos inalienables de los indígenas palestinos a formar parte de su patria, en particular el derecho a la autodeterminación". A su juicio, un exitoso programa de descolonización "despojaría a esa comunidad de intrusos judíos de cualquier derecho nacional, asegurando que la propiedad política del Estado sería exclusiva de la nación indígena árabe". La existencia política sionista se define como una invasión del cuerpo político palestino.

La teoría política de Jomeini sobre el nacionalismo judío se basaba en una percepción similarmente totalizadora, aunque de otra índole. En una publicación del Gobierno islámico de 1970, Jomeini identificaba al sionismo como una doctrina de "dominación y supremacía",  y a los sionistas como "agentes del imperialismo occidental" empeñados en destruir los "ideales de los musulmanes". En contraste con el paradigma antisionista de la izquierda de un colonialismo colonizador, Jomeini aplicaba una noción conspirativa del colonialismo occidental, sugiriendo que la creación de Israel por parte de las "grandes potencias" era la prueba de un proyecto imperialista en el Oriente Medio: "Se propone hacer que todos los países árabes participen en el destino de Palestina, Dios no lo quiera". Asi pues, la unidad islámica era necesaria como baluarte contra las "maquinaciones imperialistas occidentales".

Curiosamente, la eliminación no se limitaba al Estado judío. Aplicando la crítica de la Hermandad Musulmana al Egipto post-nasserista, Khomeini subrayaba: "Hoy Israel y su amigo cercano Egipto están pensando en formas de crear un frente unido para destruir a los musulmanes y sus elevados ideales". De hecho, en un discurso a los peregrinos en septiembre de 1981, Khomeini declaró que la "alianza de Anwar Sadat con América e Israel ha avergonzado al pueblo árabe", acusándolo incluso de poner en peligro la mezquita al-Aqsa. Para Jomeini, la revolución islámica se enfrentaba a un "Israel malicioso" que constituía, entre otras cosas, un "germen cultural de corrupción" y un "enemigo del Islam".

Mientras que el nacionalismo revanchista árabe hizo hincapié en la artificialidad de Israel como una excentricidad colonizadora colonial, la posición política islámica destacó además su falta de autenticidad moral. De hecho, Qutb fusionó estas perspectivas cuando escribió que la batalla por Palestina era una "lucha entre el resurgente Oriente y el bárbaro Occidente, entre la ley de Dios para la humanidad y la ley de la selva". Por otra parte, al afirmar que la alianza entre Estados Unidos e Israel era una "guerra entre cruzados y sionistas contra todas las raíces de la religión del Islam", Qutb estableció un pilar fundamental del pensamiento moderno islámico sunita: la idea de que América estaba ejerciendo un imperialismo cultural a través de su supuesta determinación de reemplazar los "valores islámicos" por la decadencia secular occidental. Palestina representaba un aura simbólica, el lugar del choque entre los pueblos afroasiáticos y el Occidente colonizador. Por lo tanto, en el pensamiento islamista y en el pensamiento izquierdista antisionista los sionistas son condenados por ser "unos colonialistas obstinados en negarse a ser incluidos en un conglomerado árabizado y pan-islámico". El Estado judío era paradigmáticamente "ajeno".

Segundo  paradigma compartido: el "sionismo es racismo"

Una segunda idea compartida entre el antisionismo de ciertas secciones de la izquierda y el antisionismo jomeinista se refiere a su epistemología, en particular a cómo ambos análisis giran alrededor del eje de la opresión racial. El sionismo es considerado como el mecanismo de una subyugación étnica árabe, calificándolo como la base intelectual de un sistema moderno de apartheid: "en virtud del ejercicio de la soberanía judía como una elección nacional", el sionismo implica necesariamente un supremacismo judío, independientemente del carácter interno del Estado de Israel.

La reivindicación judía de la autodeterminación nacional se considera como inherentemente regresiva: sería una "manifestación práctica necesariamente reaccionaria". En este esquema, el "judaísmo" contrasta progresivamente con el "sionismo" en la medida en que no pretende reclamar derechos nacionales. Jean-Paul Sartre capturó este sentimiento en su ensayo seminal, "Antisemita y judío", escribiendo: "El antisemita reprocha al judío ser judío- El demócrata le reprocha que se considere judío obstinadamente".

Wistrich ha demostrado la centralidad de la propaganda soviética de la Guerra Fría al fomentar la afirmación de que el sionismo constituía un proyecto exclusivamente racista. En 1975, por ejemplo, los editores de Politizadat en Ucrania publicaron "El sionismo y el apartheid", de Valery Skurlatov (un antiguo funcionario de Komsomol en el Comité de la Ciudad de Moscú), donde argumentaba que Israel compartía con Sudáfrica una "doctrina biológica racial" basada en la idea de un "pueblo elegido versus un pueblo inferior goyim", fusionando así el antisemitismo teológico previo a la Ilustración con el antagonismo modernista hacia el separatismo racial.

Del mismo modo, Jomeini enfatizó la distinción entre "la comunidad judía" y "los sionistas". En una reunión de la "Sociedad Judía de Irán" en mayo de 1979, argumentó que Moisés, al desafiar al Faraón de Egipto, estaba defendiendo "los asuntos de los débiles y oprimidos en contraposición a los arrogantes y poderosos". El sionismo, por el contrario, estaba "en contra de todas las religiones", explotando el judaísmo por objetivos políticos. Asimismo, afirmaba que "los sionistas son de la opinión de que los judíos son superiores a todas las otras razas". El "racismo inherente al sionismo y su incesante sed de expandirse desde el Eufrates hasta el Nilo", significaban que nunca podría ser aceptado

El paralelismo entre este razonamiento y el de la propaganda soviética, además de su paranoia compartida, es inconfundible. En los escritos del icónico filósofo posmoderno izquierdista Gianni Vattimo, encontramos una fusión. En un ensayo del libro "Deconstructing Sionism" declara: "Cuando continúo recitando, en el breviario latino, ciertos Salmos como el 12 y otros, siento cada vez más que su sentido es más literal que alegórico". La antigua sospecha de supremacía judía es refundida y reutilizada con una vestimenta posmoderna: lo literario es reutilizado para forjar el "pecado irremediable" que es Israel. Vattimo continúa: "Cuando [el presidente iraní] Ahmadinejad invoca el fin del Estado de Israel, simplemente expresa una demanda que debe ser explícitamente compartida por los países democráticos, en lugar de que por ella se le considere como un enemigo". En Vattimo, el irredentismo islámico adquiere una cualidad universalista progresista.

Tercer paradigma compartido: la victoria de la "resistencia indígena" islámica

Otra afinidad ideológica entre los islamistas revolucionarios y la izquierda antisionista es el apoyo a la "resistencia islámica" como a una auténtica reacción a la imposición de la modernidad capitalista liberal occidental. La resistencia islámica es enmarcada por los islamistas como algo que es necesario no sólo para eliminar la impureza intelectualmente colonizadora que es el sionismo, sino como garante de la "justicia" y de la liberación nacional. Por ejemplo, el rasgo definitorio de la cosmovisión de Hezbolá es la ideología jomeinista de la "resistencia" y su categorización del mundo entre los mustaddafan (opresores) y los mustakbaran (oprimidos).

Si bien el grupo paramilitar chiita no ha avanzado hasta el momento hacia la imposición de un gobierno islámico en el Líbano, esta formación es sin duda la exportación más exitosa de la revolución iraní de 1979. La preocupación por combatir la opresión tiene su origen en las narraciones chiítas sobre el compromiso de Hussein bin Ali, el príncipe de los mártires, con la justicia. Hezbolá ha utilizado la concepción chiíta como "la última comunidad oprimida", explica Amal Saad-Ghorayeb, utilizando para ello "la ocupación israelí del sur del Líbano y la historia de marginación social, política y económica experimentada por la clase comunitaria chiíta en el Líbano y en la región bajo control sunita". La significativa base de apoyo de Hezbollah por parte de una clase media, atestigua sin embargo que la privación socio-económica no se considera el único criterio de la opresión. Saad-Ghorayeb explica que "la incorporación de todas las clases sociales a la categoría oprimida se basa en la representación coránica de los oprimidos como aquellos que son  débiles económica, política y culturalmente frente a los arrogantes opresores, una bifurcación que está consagrada en la constitución de la República Islámica del Irán". Sobre esa base, Hezbolá está enmarcada en una batalla contra el "arrogante opresor" que es el sionismo.

Conceptualmente, similares corrientes subterráneas permean la literatura de Hamas. Su Carta de 1988 declara orgullosamente que la organización ha "levantado la bandera de la Yihad frente a los opresores para sacar al país y a su gente de la profanación, la suciedad y el mal de los opresores". A pesar de la división confesional, es posible afirmar que Hamas también está inflamada por la visión post-revolucionaria iraní que mira por una "vuelta al Islam" como el vehículo más eficaz para terminar la opresión palestina. Al igual que su aliado libanés, Hamas considera que la violencia es una forma virtuosa de purificación política. Trazando un paralelo con el argelino Frente de Liberación Nacional (FLN), el portavoz de Hamas Sami Abu Zuhri declaró en agosto de 2014: "Recordamos a nuestros hermanos de Argelia, que tuvieron por lo menos un millón y medio de mártires... Estamos liderando a nuestro pueblo hasta la muerte, es decir, hacia la confrontación". Cuando Ken Livingstone preguntó en una entrevista de 2009 si Hamas era principalmente una organización política o religiosa, Khaled Mashal declaró: "Hamas es un movimiento de liberación nacional".

La valoración por parte de la izquierda antisionista de la "resistencia" violenta de las fuerzas islamistas y antisemitas viene demostrada, por ejemplo, por la insistencia de la académica estadounidense Judith Butler para que Hamas y Hezbollah sean consideradas fuerzas "progresistas" que forman "parte de la izquierda global". En primer lugar, la noción foucaultiana de que la lucha por la liberación de una estructura de dominación tiene que ser omnipresente, se ha convertido en el discurso de un vector de resistencia a la existencia sionista dentro de la izquierda. Por lo tanto, este "contra discurso", incluso si es antisemita, contribuye al proceso de "descolonización" mental del sujeto palestino. Reformular los discursos es un tema clave, porque como escribió Foucault, "no hay poder sin resistencia". O como dice David Hirsh, el "antisemitismo es entendido por esta izquierda como la voz auténtica de los oprimidos" contra el opresor.

En segundo lugar, esta creencia en la calidad moral de esta lucha implacable puede remontar sus orígenes al filósofo revolucionario Frantz Fanon, quien argumentó que la violencia contra el opresor era un mecanismo de "limpieza" que liberaba la conciencia de los colonizados. En otras palabras, para que el fundamento jerárquico del mundo colonial sea derruido, el colonizado debe comprometerse a tener una visión binaria de su existencia. "El maniqueísmo del colonizador produce el maniqueísmo de los colonizados".

Estas actitudes se demuestran aún más en los análisis post-coloniales de cómo la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se ha convertido en "una élite nativa que colabora con el opresor israelí" al alcanzar los Acuerdos de Oslo. Hamas, por el contrario, al rechazar el paradigma de Oslo, obtiene su legitimidad como vanguardia de la resistencia auténtica.

En su editorial de 2015, Perry Anderson - a la manera de Edward Said - presenta a la Autoridad Palestina no como un proto-estado severamente comprometido con la lucha contra la expresión local de una insurgencia islamista regional, sino como un mero subcontratista de la violencia colonial israelí. Un "estado rentista y parásito en miniatura". La autoridad moral de Hamas en los círculos antisionistas de la izquierda proviene no sólo de su "oposición de principio a la existencia misma de Israel", sino también por su extracción ideológica "nativa o indígema" y "neo-tradicional". En este elemento de autenticidad cultural y política, vemos una reproducción del enfrentamiento posterior a 1967 entre el nacionalismo secular y el Islam político.

Aplicando la perspectiva de Fanon, el compromiso islámico con la «rebelión radical» - tal como dice Anderson sobre la Segunda Intifada - contra Israel y su represión de Fatah en Gaza, es tácitamente reconocida como el único mecanismo confiable y disponible, a corto y medio plazo, para restaurar la "patria palestina".

Conclusión

Después del establecimiento de una embajada de la Organización de Liberación Palestina en Teherán en 1979, el fundador del Frente Popular para la Liberación de Palestina, George Habash, comentó: "Muchos se han sorprendido de que nosotros, como marxistas, debamos estar del lado de un movimiento religioso como el de Khomeini. Pero más allá de la ideología, tenemos en común los elementos antiimperialistas, antisionistas y antisraelíes".  Ha sido el tema de este ensayo que la convergencia entre la izquierda antisionista y el Islam político no implica solamente un sincretismo coincidente nacido de un compromiso compartido con la lucha antimperialista (de la cual el antisionismo es considerado como uno de los motores principales). Más bien se trata de un paradigma compartido, en el cual la identidad nacional judía es rechazada por ser un exclusivismo extranjero (ajeno), pretendidamente racista y exclusivamente agresivo, además de ser totalmente incompatible con el.ambiente político y étnico regional, y ser intrínsecamente corrupto y merecedo de su destrucción por la resistencia "indígena", y por lo tanto progresista.

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