Monday, November 28, 2016

Muy interesante artículo: ¿Han sido las políticas de la identidad (en favor de las minorías étnicas y culturales) las que han marcado el destino de los demócratas? - Daniel Greenfield - FrontPage



El espectro de las políticas de la identidad se cierne sobre la izquierda. Se manifiesta en los ojos llorosos de los partidarios de Clinton al conocer la victoria de Trump en las elecciones, en los debates sobre las cervezas artesanales en Williamsburg y en las páginas editoriales de los grandes periódicos y creadores de la opinión progresista.

Nada menos que un icono de la izquierda como Bernie Sanders se ha estado quejando de que su movimiento necesita volver a conectar nuevamente con la gente trabajadora. Incluso denunció tentativamente las políticas de la identidad. "No es lo suficientemente definitorio para nadie que alguien diga: 'Soy una mujer, voten por mí". Bernie respiraba por la herida. Eso es obvio. Pero el viejo socialista conoce las antiguas denuncias obreras y socialistas de la inmigración.

Bernie está argumentando en realidad que los demócratas deberían enfatizar más la clase y menos la raza, el género y la etnia. Similares chirridos desde la izquierda han aparecido en un puñado de editoriales. Pero no es probable que vayan muy lejos.

Los demócratas están perdiendo la Rust Belt (cinturón obrero e industrial del noreste de los EEUU), al igual que perdieron el Sur, porque se han convertido en una máquina política eminentemente de las grandes urbes. Las políticas de la identidad tienen solamente una base urbana con un montón de académicos y activistas medíaticos en la parte superior. El estado de Bernie es al 95% blanco. Incluso Burlington se sitúa por encima del 80%. Bernie sólo puede organizarse en torno al argumento de las clases porque una coalición de las minorías no le haría llegar en su estado, con esa composición demográfica, más allá de la oficina de correos más cercana.

Las políticas de la identidad golpearon a Bernie en las primarias demócratas. Pero también han podido costarle las elecciones a Hillary. Y ahora Trump está en condiciones de segar el suelo de los demócratas cortando su línea de vida, el incremento de la inmigración. Los demócratas han quemado sus puentes con la clase obrera jugándoselo todo al cambio demográfico. Si ese cambio no se materializa, estarán atrapados en un callejón sin salida.

Ese es el gran problema al que se enfrentan los demócratas. Las políticas de la identidad, con sus arrebatos histéricos de rabia y su vocabulario especializado en las víctimas (privilegio, victimización de las minorías, microagresiones) es tóxica a nivel nacional, pero domina el ámbito político universitario y de las grandes urbes, que son su gran base electoral. Las coaliciones de Obama con los millenial de la izquierda académica y las minorías descontentas se vuelven inestables por el carácter pasional de unos votantes cuya participación no resulta fiable, y que cuando no participan convierten las aspiraciones de los demócratas en castillos de arena amenazados por la tormenta.

Los demócratas entraron en esta elección presidencial convencidos de que la marea del cambio demográfico estaba de su lado. Esa marea depende en gran medida de la inmigración. Si Trump asegura la frontera, deporta a los extranjeros ilegales y moderniza la inmigración para servir a los intereses nacionales, entonces los demócratas perderán su futuro demográfico.

Y se han dado cuenta. Han puesto su futuro político en manos de las políticas de la inmigración. Si la inmigración no puede ofrecer los cambios demográficos que promociona la izquierda, se convertirán en un partido minoritario.

La izquierda anteriormente se opuso a la inmigración. El partido Socialista arremetió contra "la inmigración de esquiroles y trabajadores por contrato, y contra la importación masiva de trabajadores de países extranjeros utilizados con el fin de debilitar a las organizaciones del trabajo de América, además de bajar el nivel de vida de los trabajadores estadounidenses".

Pero la izquierda se fue alejando de las regiones donde habitaba la clase obrera y se dirigió hacia las grandes áreas urbanas. Su organización política ya no está basada en su identificación con los mineros del carbón o con los recolectores de fruta, sino con los estudiantes universitarios y activistas. Las políticas de la identidad son ideales para los campus universitarios donde las coaliciones por la identidad son aún más potentes que en las grandes ciudades. Sin embargo, su participación electoral no es precisamente elevada. Aquellos que votan son más propensos a decantarse por agendas políticas más radicales [N.P.: el esnobismo de la izquierda que pudo costar la elección a Clinton).

Bajo Obama, la política de los campus se convirtió en nacional. Los demócratas abandonaron la guerra de clases por las guerras culturales. Cuando Hillary se presentó por vez primera para la Casa Blanca, pudo hacer malabares con los tres tradicionales grupos de votantes demócratas (minorías, universitarios y élites liberales, y votantes tradicionales de clase media y obrera). Pero esta última vez Hillary tuvo que realizar una incoherente apelación a una desconcertante variedad de grupos basados en la identidad y en el descontento.

Obama prometía a estos grupos la política de la pasión. El sector de las minorías de la coalición necesitaba a un representante reconocible, mientras que la otra mitad, dominada por las políticas de los campus, quería a alguien inspirador que Hillary Clinton no supo representar.

Pero las lecciones de esta derrota no se han perdido para aquellos demócratas que aspiran a un cargo más alto. Las apariencias frente a la diversidad ya no son suficientes. La única manera de asegurarse la participación de esas minorías en las elecciones nacionales podría obligar a presentar a políticos que representen a esas minorías en la parte superior del ticket electoral. El futuro pertenecería a los clones de Obama.

Bernie Sanders ciertamente entiende las implicaciones de todo esto, incluso si algunos demócratas no lo hacen. Él podría muy bien ser el último hombre de raza blanca con una seria oportunidad de pugnar por la Casa Blanca por los demócratas. Y está dando a entender claramente que le gustaría presentarse de nuevo en el 2020. Es por eso que tiene que cuestionar las políticas de la identidad.

Dar preferencia a la clase sobre la raza significa que Bernie puede llegar a ser el candidato demócrata. Por eso mismo, Obama ha tratado de asegurar la prominencia de esas políticas de la identidad entre los demócratas, incluso si pueden costar algún que otro revés a lo largo del camino. Sin embargo, el cree que el país todavía puede ser transformado. Bernie, sin embargo, ha cuestionado que una mayoría demócrata permanente pudiera ser posible.

Sin la perspectiva de una mayoría permanente a través de una emigración masiva en el horizonte, los demócratas tendrán que considerar el abandono de las políticas de la identidad y regresar a la lucha de clases, una política probada y real.

Pero una retirada de las políticas de la identidad puede incluso que ya no sea posible.

La interseccionalidad es un mundo distanciado del amor entre las etnias. La cultura de ultraje a la identidad de las minorías domina el mensaje de la izquierda. La oposición a Trump se apoya poderosamente en las políticas de la victimización de las minorías en lugar de la lucha de clases. Estamos leyendo incesantemente sobre todos esos chiquillos inmigrantes ilegales y musulmanes que van llorando a la cama a causa de Trump. Esta utilización de un victimismo agresivo está disgustando aún más al país.

Las políticas de la identidad van ligadas a la indignación y por lo tanto son inherentemente inestables y alienantes. Se basa en una experiencia subjetiva que se considera inaccesible para aquellos que tienen más "privilegios", los blancos, y sin embargo representan una experiencia emocional cuyos resultados están destinados a gobernar nuestras vidas. Es un credo egoístamente anti-intelectual con el que no se puede razonar porque deriva de los recovecos de la emoción personal.

No se trata de un ejercicio intelectual, sino una representación del sufrimiento personal y el ultraje. Y no hay manera de evitarlo sin desechar la corteza de corrección política que hace de la víctima algo sagrado. Los que más sufren son moralmente superiores. Sus caprichos y deseos deben dominar la agenda demócrata.

Una izquierda de hace años podría haber proporcionado un argumento convincente para esa víctima representada por el minero de carbón en paro, pero no existe tal criatura en la política de los campus donde existen 63 identidades de género, pero no hay representantes de la clase trabajadora blanca. La izquierda ha definido al victimismo como la alienación experimentada por aquellos que son diferentes. No hay lugar por lo tanto para las mayorías oprimidas, sólo pueden existir las minorías. Una ideología que una vez estuvo definida por los trabajadores, está ahora mucha más interesada en el trazado de las emociones erráticas de unos universitarios inestables que en los problemas reales de las personas que trabajan. Pueden referirse a los primeros, pero no a los últimos.

Los demócratas tienen que elegir entre las políticas de la identidad y la clase obrera. El abandono de las políticas de la identidad sería un proceso doloroso, mientras que el abandono de la clase obrera ha demostrado ser indoloro pero muy desastroso. Pero las políticas de la identidad sin una inmigración masiva y una transformación social son inviables. La inmigración va a determinar el futuro de los demócratas. Esta elección está obligando a los demócratas a realizar una elección.

Las políticas de la identidad de Obama predecían que los republicanos, o bien abrazaban las políticas de la identidad o bien perdían su capacidad para ganar las elecciones nacionales. Pero si los demócratas no pueden mantener el ritmo de los cambios demográficos que necesitan, su perdido control del voto de la clase obrera y media blanca puede alejarlos de la Casa Blanca

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