Sunday, May 07, 2017

Las pirámides ideológicas invertidas de los judíos antisionistas: el caso Moshe Zuckermann - Evyatar Friesel.



Es notable cómo se permanece en las garras de los patrones culturales del grupo donde uno nació sin ser necesariamente consciente de ello. Entre los judíos, puede ser detectado - incluso en fuentes improbables - un enfoque claramente talmúdico en el pensamiento lógico. Bajo esta forma de pensar, un académico, basándose en los textos religiosos, llega a extrañas conclusiones ejercitando una pura gimnasia mental.

El profesor Moshe Zuckermann, un judío israelí altamente asimilado y un marxista declarado sin vínculos conocidos con círculos ortodoxos judíos, es un ejemplo interesante de este poder cultural. Sus ideas políticas con respecto al sionismo e Israel siguen una de las rutas de pensamiento talmúdico: el patrón de la pirámide invertida, en la que un conjunto amplio y elocuente, y a menudo relacionados y poderosos puntos de vista, se basan en una premisa dada. El problema con la lógica de Zuckermann es que su premisa - el único punto sobre el que se levanta su pirámide invertida - es una corazonada subjetiva que no resiste un análisis histórico.

Nacido en 1947 en Tel Aviv, Zuckermann pasó parte de su juventud en Alemania y regresó a finales de 1960 a Israel. Estudió en la Universidad de Tel Aviv, donde más tarde se convirtió en profesor de historia y filosofía, pero se ha mantenido en sintonía con la escena académica alemana. La mayoría de sus libros y artículos son en alemán, y él es un participante frecuente en entrevistas en la prensa alemana y en las convenciones académicas alemanas.

Aquí consideramos un artículo de Zuckermann publicado recientemente en una revista marxista alemana, Neue Welt (no. 34, 10 de Febrero, 2017), titulado “Sensibilidades alemanas” ( “Deutsche Befindlichkeiten”). En dos temas entretejidos en el artículo, el antisemitismo y el conflicto palestino-israelí, Zuckermann repite posiciones que ya ha realizado en otros lugares. Sus suposiciones básicas sobre ambos temas - los puntos en los que se basa su pirámide invertida - son muy dudosas.

En cuanto al antisemitismo: Zuckermann explica el odio a los judíos como un prejuicio como cualquier otro, como la xenofobia, el islamismo, o la discriminación contra las mujeres o los homosexuales. Esto es profundamente incorrecto. El antijudaísmo es una doctrina, una doctrina cristiana profundamente arraigada en la cultura occidental. Se remonta a una confrontación en la base misma del cristianismo. Comenzó con el apóstol Pablo, tuvo una formulación completa por Agustín de Hipona en el siglo IV, y asumió nuevas expresiones en la Edad Media. El odio a los judíos se sometió a una transformación asombrosa en los tiempos modernos a través de su adaptación a un marco principalmente secular bajo el nuevo nombre de antisemitismo. Esta cepa contenía un nuevo objetivo radical que no estaba presente en la vieja judeofobia: el exterminio de los judíos, que ahora eran definidos como una raza perniciosa.

Una de las ilusiones de nuestro tiempo, un caso comprensible de la expresión de unos deseos, es que los horrores del Holocausto sacudieron a la cultura occidental de tal manera que fueron suficientes para allanar el camino a una posible final del odio a los judíos. Sectores de la sociedad occidental fueron muy afectados de hecho (como la Iglesia), pero unas pocas décadas de introspección no han sido suficientes para borrar un componente de miles de años de edad, la herencia espiritual occidental.

Como un camaleón, la judeofobia ha cambiado de color y de leitmotivs a lo largo de los siglos, y continúa haciéndolo. Hoy, ante nuestros ojos, se está reformulando a sí misma en anti-israelismo. Aunque anclado en el amplio espectro ideológico de la sociedad occidental, gran parte del impulso ideológico del odio a los judíos en los siglos XIX y XX provenían de la derecha política y de los círculos nacionalistas. En la actualidad, el impulso principal de la nueva judeofobia proviene de la izquierda política.

Volviendo a Zuckermann: si su hipótesis de partida con respecto a la judeofobia ya es incorrecta de partida, sus conclusiones posteriores no tienen sentido. Zuckermann es sin duda consciente de que existe una tendencia antijudía en los círculos de la izquierda actual, pero su razonamiento exoneratorio es complicado y poco convincente. La izquierda, por propias razones ideológicas, hace el esfuerzo de encontrar áreas de entendimiento y colaboración con el campo islámico. El problema es que los valores fundamentales de las dos partes son incompatibles. Izquierdistas e islamistas están en desacuerdo sobre la laicidad, los derechos humanos, la separación entre Estado y religión, la igualdad para las mujeres y muchos más temas. Sin embargo, hay una cuestión en la que las dos partes están de acuerdo: ambos se oponen al Estado judío. Para los izquierdistas occidentales se trata de un acceso de la antigua judeofobia haciéndose sentir, de manera inconsciente o incluso conscientemente, bajo nuevos lemas. El problema no son tanto los judíos, el problema hoy en día es el Estado judío, el que está en la mira de la izquierda.

En cuanto al segundo caso de pensamiento ideológico de pirámide invertida de Zuckermann, se trata del conflicto palestino-israelí: uno de mis profesores de la Universidad Hebrea, Shmuel Ettinger, tenía una parábola que es en gran medida cierta y oportuna. “Imagínense una película de un combate de boxeo que se divide por la mitad, así que sólo podemos ver los movimientos de uno de los combatientes. ¿Qué es lo que pensamos que estamos viendo? A un chalado cuyo comportamiento desafía todo sentido común".

Así es exactamente cómo Zuckermann retrata a los israelíes en su conflicto con los palestinos: Cortando la película del conflicto por la mitad. Los objetivos en el lado árabe, las intenciones de Hamas y de Hezbollah, las amenazas de Irán, el hecho de que nunca en la historia centenaria del conflicto haya existido una sola iniciativa árabe realista para llegar a una comprensión del conflicto, todo ello no aparece en su narrativa. Sobre el comportamiento árabe en sus conflictos internos, o externos con los no musulmanes, tampoco ni una sola palabra. En los libros y artículos de Zuckermann, solamente se pueden hallar a los malvados israelíes perjudicando a la región con sus malas intenciones.

¿Cómo explicar tal desequilibrio? Aquí, en la mejor tradición talmúdica, hay un giro adicional (un drey, en yiddish) en el pensamiento de Zuckermann. El principal factor en la formación de sus puntos de vista (y en las opiniones de semejantes intelectuales judíos, ya sean israelíes, estadounidenses o europeos) con relación al conflicto no tiene nada que ver con los árabes. Lo que realmente les mueve es su profunda y visceral aversión al sionismo.

Cuando las pirámides invertidas se encuentran en el sionismo

A primera vista, las opiniones de Zuckermann sobre el sionismo no parecen aventurar tales complicaciones. Tal como lo describe, el sionismo es una de las tres respuestas judías al antisemitismo, siendo las otras dos la asimilación y el socialismo. Aquí nos encontramos con otra pirámide invertida. El antisemitismo no fue la razón principal para la aparición del movimiento sionista, y tampoco el sionismo, antes de la creación de Israel, fue capaz de responder a los ataques antisemitas. En 1939, en vísperas de la Shoah, y después de más de cuarenta años de actividad sionista organizada, con respecto a la población judía mundial el número de judíos en la Palestina del Mandato alcanzaba aproximadamente la cifra de 400.000 personas, es decir, sólo alrededor del 2,5% de los judíos del mundo. Y aun así, una parte significativa de la población judía en Palestina, incluyendo los ultra-ortodoxos y otros (como parte de la población sefardí), no eran sionistas. El antisemitismo podría haber dirigido a los judíos hacia los Estados Unidos, pero sólo unos pocos fueron a Palestina.

El antisemitismo, sin duda, jugó un papel importante en el sionismo, pero también lo hizo el resto de actitudes adoptadas por la comunidad judía moderna tal como observó Zuckermann. El sionismo internalizó en cierta medida la asimilación, en el sentido de que adoptó muchos de los conceptos políticos de la Europa moderna. También existió una poderosa tendencia socialista dentro del movimiento sionista, la cual creó algunos de los experimentos sociales más interesantes de los tiempos modernos como el kibutz y el moshav. Las tres aptitudes ante el antisemitismo - la asimilación, el socialismo y el nacionalismo judío - fueron elementos ideológicos integrados en la idea sionista, pero ninguno tenía el poder de conducción.

El empuje que impulsó al sionismo lo protagonizaron otros poderosos ideales específicamente judíos: el ahavat-tzion (el amor porZion) y el shivat-tzion (el retorno a Sion). Es cierto que estos son conceptos espirituales/ ideológicos difíciles de ubicar en las categorías intelectuales occidentales, y especialmente en las marxistas. Fue la combinación de esos valores esenciales de la comunidad judía tradicional con las ideas tomadas de la vida moderna europea las que produjeron la chispa vital contenida en el sionismo.

Esa chispa fue lo suficientemente poderosa como para superar la destrucción de los judíos europeos en la década de 1940. Fue lo suficientemente fuerte como para crear un Estado judío y defenderlo en una de las horas más oscuras de la historia judía, una hazaña increíble. Desde la perspectiva de una historia judía más amplia, la creación de Israel repite un patrón histórico que es esencial para la continua existencia del pueblo judío. El Estado judío expresa la repetida adaptación de los judíos a las posibilidades y exigencias de los tiempos actuales, junto con la preservación de su especificidad como pueblo.

Nada de esto, sin embargo, influye en la opinión de Zuckermann, y es obvio que no le causa ninguna impresión. El suyo no es un caso aislado. Él forma parte de una comunidad de intelectuales judíos afines tanto dentro de Israel como en la diáspora. La lectura invertida de la condición judía moderna por parte de estos académicos judíos es un fenómeno desconcertante. Entre ellos se encuentran personas inteligentes y estudiosos capacitados. ¿Cómo es posible que pierdan su brújula cuando se trata del sionismo y de Israel, hasta el punto de que se deslicen en un contrasentido? Zuckermann, en una clásica inversión marxista, afirma que el sionismo siempre estuvo interesado en la continuación del antisemitismo internacional ya que representaba - por supuesto, dialécticamente - un medio para sus propios fines. Micha Brumlik, un alma gemela judeoalemana de Zuckermann, proclamó recientemente que el llamamiento del primer ministro Netanyahu a los judíos franceses a emigrar a Israel tras los ataques antisemitas que recientemente sufrieron, representaba la expresión de un “deseo de muerte judía”. En opinión de Brumlik, este anhelo “corre como un hilo rojo a través de la historia judía”. El sionismo equivalía, según él, a un deseo de muerte, no una expresión del poder existencial judía.

Las direcciones ideológicas en la comunidad judía contemporánea

En el mapa de las identidades judías de hoy en día, ¿dónde están los judíos antisionistas? Es cierto que existen judíos refractarios que pueden hacerse preguntas sobre su condición judía, tanto a raíz de los levantamientos internos y externos que cayeron sobre la comunidad judía en el siglo pasado. Por un lado, tenemos la modernización, la integración social en entornos no judíos, las migraciones masivas de un entorno geográfico a otro, la agitación sionista, y la aparición de un Estado judío. Por otro lado, tenemos el antisemitismo, el Holocausto y ahora el renovado odio a los judíos en diversos sectores no judíos. Por otra parte, la vida no se detiene. Los nuevos desarrollos, tanto dentro de la sociedad judía como fuera de ella (la relación entre judíos y no judíos), están también cambiando el carácter de los judíos actuales.  

Aunque el renacimiento del Estado judío es un hecho histórico para la mayoría de los judíos, el concepto sionista, es decir, la actitud hacia Israel, representa una importante línea divisoria que atraviesa la vida judía contemporánea - de hecho, una que abarca la definición misma de lo que significa ser judío -.

Por supuesto, los términos “sionistas” y “no sionistas” tendrán que ser aplicados con cuidado, teniendo en cuenta las realidades judías y que cada campo tiene sus propias sub-corrientes. Las corrientes actuales sionistas discurren desde el sector judío mayoritario (de dentro y fuera de Israel) al movimiento de los colonos de Judea/Samaria por el otro. Este último sector es sobre todo religioso y político de la derecha dura, y las relaciones entre las dos partes del espectro sionista son complejas y frecuentemente tensas. Los "no sionistas" también tienen sus matices, pero muchos de estos judíos están tan asimilados a su entorno general que la impronta judía no tiene casi importancia para ellos. Están cerca del tipo humano descrito por Isaac Deutscher hace décadas, el “judío no judío”. Existe también un tercer grupo dentro de la comunidad judía contemporánea: las comunidades haredi o ultra-ortodoxa. En las últimas décadas, los haredi han estado creciendo con una presencia cada vez más importante, aunque controvertida, dentro de la vida judía. Los judíos antisionistas dentro de los haredim deben entenderse como un sub-grupo por sí mismo. Por último, cabe señalar que es en Israel donde casi todas las nuevas posiciones espirituales o ideológicas dentro de la comunidad judía contemporánea se están desarrollando.

En esa amplia gama de posiciones, que van desde la ultraortodoxia a la asimilación casi total en el mundo no judío, muchos judíos antisionistas pertenecen al sector asimilacionista. Algunos de ellos son figuras desconcertantes que llevan consigo las duras consecuencias del destino judío en el siglo XX, pero están completamente inmersos en la vida y la cultura occidentales. Sus críticos frecuentemente los tildan de judíos que practican el auto-odio (odio de si), una visión simplista e inexacta: la mayoría son personas bastante normales mientras no se mencione al sionismo. Algunos se definen como judíos, la mayoría son indiferentes al judaísmo, y uno, el profesor israelí Shlomo Sand, proclamó recientemente que está abandonado el judaísmo por completo, con lo que pueda significar eso. En general, estas personas muestran poco interés o poca comprensión sobre temas que importan a los judíos contemporáneos, como la asimilación o el resurgimiento de la judeofobia. Aunque colaboran frecuentemente con sus colegas no judíos y anti-israelíes, no se oponen al resto de judíos en el sentido en el que lo hacen los antisemitas más clásicos. Aunque muy críticos de Israel y de la sociedad israelí, varios de ellos viven muy bien en Israel.

Una gran parte de la judería moderna fue tocada por la chispa judía, el sueño de Shivat Tzion (el retorno), y han encontrado un anclaje emocional y conceptual en la nueva realidad judía de Israel, incluso no viviendo allí. Curiosamente, los intelectuales judíos antisionistas también fueron afectados por esa chispa sionista, pero en su caso negativamente. Su profunda aversión emocional al sionismo sugiere una dimensión personal, pero eso va más allá de nuestro interés como investigadores.

Los judíos antisionistas se concentran principalmente en un tema, el conflicto palestino-israelí, pero las soluciones que ofrecen son tan imaginarias como sus análisis. Peor aún, su influencia en el debate es altamente problemática. El hecho de que los musulmanes tengan una comprensión equivocada de la conexión de los judíos a la Tierra de Israel, se ha convertido en una de las principales razones de su constante fracaso a la hora de hacer frente a lo que se ha convertido en un importante problema político e ideológico para ellos. No he encontrado a un solo intelectual musulmán que no repita el mantra de que “el antisemitismo causó el sionismo”, siendo su inevitable corolario: “La persecución de los judíos en Europa fue una cosa terrible. Pero ¿por qué los pobres palestinos tienen que pagar por ello?”. Los intelectuales judíos que apoyan este enfoque conceden valor e importancia a una errónea construcción ideológica, cuyo efecto final es perpetuar el conflicto entre Israel y los árabes.

Los judíos antisionistas también tienen una inclinación hacia el teatro. “El destino de Israel: Cómo el sionismo persigue su condena” es el título de un reciente libro de Zuckermann en un buen estilo profético. Neo-profético, en realidad. A diferencia de los profetas antiguos (o los antisionistas de principios del siglo XX), estos críticos judíos no predican hacia “dentro” sino hacia “fuera”: predican a los no judíos. El antisionismo judío fue una vez una disputa interna, con judíos debatiendo con judíos. El antisionismo y antiisraelismo judío contemporáneo es sobre todo un asunto externo, con algunos judíos dirigiéndose a los no judíos, muchos de ellos ya enemigos de los judíos. Y esos judíos dicen exactamente lo que muchos de sus oyentes no judíos quieren oír, dando a todo ese intercambio una dimensión surrealista. No puedo imaginar a un intelectual estadounidense que sea crítico con el gobierno estadounidense o la sociedad estadounidense dirigiéndose de manera principal al público de Francia.

Vivimos en una época en que la judeofobia clásica, con la nueva vestimenta del anti-israelismo, se está extendiendo. La búsqueda de una solución al conflicto entre Israel y los palestinos es una confrontación política e ideológica entre la mayoría de los judíos del mundo y los musulmanes. No hay razones para no creer a los ayatollahs iraníes, o a cualquier otro islamista, cuando declaran repetidamente que su objetivo es destruir el Estado judío, y que harán todo lo posible para lograr ese objetivo. Y están abiertamente apoyados por sectores judeófobos dentro de la sociedad occidental.

Obviamente, es absolutamente legítimo criticar aspectos determinados de la vida y la política israelíes. Todos los diarios de Israel lo hacen todos los días. Pero preconizar la destrucción del Estado judío es otra cosa: es la judeofobia con su vestimenta contemporánea. Colaborar con organizaciones, estados o personas que apoyan tales planes, como hacen muchos antisionistas judíos, es pura irresponsabilidad. Una cosa es que la profesora Judith Butler, firmemente instalada en su despacho de una universidad americana de élite, propanga cómoda y eufemísticamente “cambios” para el Estado judío y describa Hamás como un movimiento social con características izquierdistas. Pero es otro cosa mucho más grave cuando algunos israelíes antisionistas, que viven muy bien en este país, apoyan a aquellos que intentan destruir sus hogares y expulsarlos de la tierra.

Las posiciones anti-Israel de los judíos antisionistas les proporcionan una plataforma, pero no representan un auténtico anclaje en los verdaderos asuntos judíos. Sus quejas son muy estridentes, pero sus análisis son incorrectos, y sobre su mensaje cuelga una nube de desesperanza. Un poco más de modestia y una dosis de reflexión podrían dirigir a estos judíos antisionistas a un mejor y más equilibrado entendimiento de la historia judía moderna y de las realidades judías.

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