Sunday, June 04, 2017

Seis días y 50 años de guerra - Bret Stephens - NYT



En junio de 1967 los líderes árabes declararon su intención de aniquilar al estado judío, y los judíos decidieron que no se quedarían quietos esperándolo. Por el crimen de buscar su supervivencia, Israel sigue siendo una nación a la que no se la perdona.

Sin perdón, dicen los críticos más leves de Israel, debido a la Guerra de los Seis Días, aunque justificada en su momento, no es posible justificar 50 años de ocupación. Sostienen, además, que Israel puede confiar en su propia fuerza, así como en las garantías internacionales para asumir riesgos por la paz.

Esto es un sinsentido ahistórico.

El 4 de junio de 1967, el día antes de la guerra, Israel se enfrentó al hecho de que las fuerzas de paz de las Naciones Unidas en el Sinaí, que pretendían ser un tampón con Egipto, fueron retiradas por la insistencia de El Cairo; que Francia, hasta entonces aliado de Israel, le impuesto un embargo de armas; y que Lyndon Johnson falló a la hora de cumplir con las previas garantías americanas de romper cualquier bloqueo egipcio del puerto israelí de Eilat.

El 5 de junio, el primer día de la guerra, el gobierno israelí utilizó tres canales diplomáticos separados para advertir a Jordanía - la nación ocupante de  Cisjordania - de que no iniciara las hostilidades. Los jordanos ignoraron la advertencia y abrieron fuego con aviones y artillería. Unos 6.000 proyectiles cayeron solamente en el lado occidental de Jerusalén.

El 19 de junio de 1967, nueve días después del final de la guerra, el gabinete israelí decidió que ofrecería la devolución de los territorios conquistados a Egipto y Siria a cambio de la paz, la seguridad y el reconocimiento. La Liga Árabe rechazó categóricamente dicha paz con Israel en su cumbre de Jartum ese mismo año.

En 1973 Egipto y Siria desataron un devastador ataque por sorpresa contra Israel, perforando el mito de la invulnerabilidad de Israel.

Tomó una década después de 1967 para que el gobierno egipcio de Anwar Sadat, finalmente, aceptara la legitimidad de Israel. Cuando lo hizo recuperó cada pulgada de Sinaí, y lo hizo de manos de Menachem Begin, el primer ministro de derechas de Israel. Siria sigue sin reconciliarse.

Tomó otra década para que la OLP de Yasir Arafat reconociera formalmente a Israel y que también formalmente abjurara del terrorismo. Pero sus promesas evidentemente eran insinceras. Sólo después del colapso de la Unión Soviética y del apoyo desastroso de la OLP de Arafat a Saddam Hussein en la guerra del Golfo, parece tomarlo en serio. Esto condujo a los Acuerdos de Oslo de 1993 y a nuevas retiradas israelíes.

En el año 2000, en Camp David, Israel ofreció a Arafat un estado. Él lo rechazó. “Lamento que en el 2000 se perdiera la oportunidad de conseguir que esa nación” - Palestina - “existiera”, fue el amargo veredicto de Bill Clinton sobre el resultado de la cumbre. Al cabo de dos años Arafat llamaba a un millón de “mártires” para marchar sobre Jerusalén.

En 2005, otro gobierno israelí de derecha retiró sus soldados, colonos y asentamientos de la Franja de Gaza y parte de Samaria. Dos años después de que Hamas tomara el control del territorio lo utilizó para iniciar tres guerras en siete años.

En 2008, el primer ministro Ehud Olmert ofreció un estado palestino con Gaza y el 93% de Cisjordania. Los palestinos nuevamente rechazaron la propuesta.

Esta es una historia truncada. Israel no es una nación de santos y ha cometido sus errores. El más grave de ellos es la proliferación de asentamientos en Cisjordania más allá de los de bloques históricamente reconocidos.

Pero antes de caer presas del demasiado vago y simple eslogan de “50 años de ocupación”, utilizado de manera inevitable para acusar a Israel, observemos lo siguiente:

No habría habido ninguna ocupación, y no habrían existido los asentamientos, si Egipto y sus aliados no hubieran provocado una guerra imprudentemente. O si la “comunidad internacional” no hubiera abandonado de manera irresponsable a Israel en sus horas desesperadas. O si Jordanía no hubiera ignorado estúpidamente las advertencias de Israel de permanecer quieto y no unirse al resto de países árabes. O si la Liga Árabe no hubiera rechazado arrogantemente la posibilidad de paz.

Lo más probable es que un estado palestino existiría si Arafat no hubiera adoptado el terrorismo como la tarjeta de visita de las aspiraciones palestinas. O si no hubiera rechazado la oferta de un estado hace 17 años. O si no hubiera renunciado a su declarada renuncia a utilizar el terror.

También sería muy probable que un estado palestino existiera si el sucesor de Arafat, Mahmoud Abbas - ahora en el año 13 de su mandato, tras su elección para cuatro años - no lo hubiera rechazado nuevamente, hace nueve años, y si los habitantes de Gaza no hubieran convertido su territorio en un aterrador modelo de Estado palestino, y si las Naciones Unidas no hubieran tratado los ataques de Hamas contra Israel como una especie de molestia, y la autodefensa de Israel como un crimen contra la humanidad.

La portada de un número reciente de The Economist pretende responder a la pregunta “¿Por qué Israel necesita un Estado palestino?”. El argumento no es erróneo, pero simplemente no es aconsejable.

Israel necesita un estado palestino para salvaguardar su futuro democrático... a largo plazo. Pero el carácter de un estado es al menos tan importante como su mera existencia. El Oriente Medio no necesita a otro estado fallido en su seno. Israel no necesita otra Hamástán en su frontera. Los palestinos de Cisjordania no lo necesita por encima de todo.

En 1967, Israel se vio obligado a una guerra contra unos enemigos que entonces recelaban de la paz. Egipto, al menos, encontró su Sadat. El drama de la Guerra de los Seis Días se cerrará cuando los palestinos encuentren el suyo.

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