Sunday, January 07, 2018

De cómo Shlomo Sand, después de dejar de ser judío, dejó de ser historiador - Moshe Sluhovsky - Haaretz



En sus libros anteriores sobre la historia judía y la entidad geográfica conocida como la Tierra de Israel, Shlomo Sand había demostrado su incapacidad a la hora de diferenciar entre el proceso de estructuración del conocimiento histórico y los sesgos conscientes e inconscientes de los investigadores, por un lado, y la motivada mediatización ideológica del conocimiento y las formas de interpretarlo, por el otro. Sand, profesor emérito de historia en la Universidad de Tel Aviv, también ha demostrado un gran talento para mezclar historia y folclore, como cuando eligió presentar representaciones románticas y nacionalistas de la tribu jázara propias del siglo XIX como una realidad histórica, ignorando el abrumador consenso histórico de que nunca habían existido.

Para aquellos que no entienden cómo el veterano historiador israelí pudo haber ofrecido interpretaciones erróneas mientras se presentaba a sí mismo como un Don Quijote que peleaba en solitario contra todo el despreciable y subyugado establishment académico que se mantenía esclavizado a los mecanismos del poder y el estado, el nuevo libro proporciona la respuesta: a Sand le cuesta mucho entender no solamente la historia judía per se, sino los métodos de la historia, las cualidades únicas de la disciplina y el papel del pensamiento crítico en general y del posmodernismo en particular.

En "La invención del pueblo judío" (publicado en inglés en 2010), Sand nos informó que, aparte de él, nadie, o al menos nadie más en el ámbito de la historia en Israel, había dicho la verdad sobre cómo el "pueblo judío había sido inventado" a partir de un revoltijo de diversas tribus y unidades étnicas que fueron reclutadas por los historiadores sionistas con el propósito de formar una nación imaginaria. Al mismo tiempo, su interpretación alternativa se basó enteramente en la investigación llevada a cabo por académicos locales, esas mismas personas que según él supuestamente no sabían y no entendían la verdad, y que ostensiblemente se negaron a publicarla.

En "La invención de la Tierra de Israel" (2012), continuó en esta línea, anulando la existencia de esta entidad geográfica porque sus límites no eran ni eternos, ni claramente demarcados. Al hacerlo, Sand volvió a caer en la trampa romántica y nacionalista del siglo XIX.

Sin embargo, su proceso crítico no terminó allí. En la vida de cada nación (cada "nación es inventada", por supuesto...), hay momentos que no se borraran de la memoria. En la vida de la nación judía (esa "nación judía inexistente", por supuesto...) han existido momentos como, por ejemplo, el Éxodo de Egipto, la destrucción del Primer y Segundo Templo, el Holocausto, el establecimiento del Estado de Israel, el asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin y el 18 de abril de 2013, el día en que Sand comunicó en una conferencia pública en Tel Aviv su "retirada" del pueblo judío. Luego pasó a publicar un folleto completo sobre este "dramático" acontecimiento, "Cómo dejé de ser judío" (2014).

Si bien ese último gran momento no desencadenó las ondas de choque anticipadas, el abandono de Sand del pueblo judío estuvo acompañado por una desviación de su mirada de los reinos judíos y de la Tierra de Israel (esos que no existen, por supuesto...) al el reino de la historia en general, y a la historia europea en particular.

"Historia en Crepúsculo: reflexiones sobre el tiempo y la verdad" es esencialmente una expansión de las obras anteriores de Sand, lo que significa que después de dejar de ser judío, en este último libro deja de ser un europeo e historiador. Todos los historiadores, en su opinión, adolecen de la incapacidad de pensar sobre la fiabilidad de los métodos y categorías que emplean y a través de los cuales piensan. Todos esos historiadores son negligentes en la forma en que usan los conceptos, y todos sus compañeros de profesión son siempre anacrónicos y acríticos. Solo Sand actúa valientemente, conduciendo un automóvil con un parabrisas destrozado ante un viento feroz y con los ojos bien abiertos (son sus imágenes, no las mías).

Al principio del libro, Sand habla de su encuentro con el prolífico e importante historiador francés François Furet. Sand le proporcionó una lista de lectura sobre cierto tema, del cual Furet escogió, según Sand, solo aquellas fuentes que se adecuaban al argumento que deseaba formular. Fue un momento de revelación para Sand, nos dice, fue el momento en que se dio cuenta de cuán tendenciosos son los historiadores. Pero mientras que otros historiadores habrían aprendido la lección de que uno debe ponderar toda la evidencia y luego elegir aquello que considera más creíble y más respaldado por los documentos, Sand parece haber llegado a la conclusión opuesta: siempre que sea posible ofrecer varias interpretaciones de un determinado acontecimiento o cadena de acontecimientos (y no hay acontecimientos que no tengan varias explicaciones), Sand, que es un critico de Furet, continúa en este libro, como en todos sus libros anteriores, eligiendo la interpretación que mejor se adapta a sus necesidades políticas inmediatas, incluso si el estatus otorgado a dicha interpretación por parte de la comunidad de historiadores es, en el mejor de los casos, dudoso.

Todo esto sucede porque en cualquier caso, "los historiadores son al nacionalismo lo que los productores de adormideras en Pakistán son para los adictos a la heroína: suministramos la materia prima esencial para el mercado", dice Sand, citando al historiador Eric Hobsbawm, denigrando así la profesión y a todos sus practicantes (todos menos él, por supuesto).

A lo largo de cuatro capítulos, Sand pasa a atacar cuatro tópicos de la historiografía.

Todo el primer capítulo está dedicado a un resumen de los anales de la humanidad, es decir, esencialmente a un resumen del libro de Yuval Noah Harari "Sapiens: Una breve historia de la humanidad". Con la velocidad de un conductor de un coche de carreras conduciendo con un fuerte viento y no en contra de él, revisa toda la historia de la raza humana, principalmente la historia de Occidente, para demostrar que el progreso no ha sido el monopolio de los europeos, y que los albores de la civilización realmente ocurrieron en el Tigris, el Éufrates y Valle del Nilo, un hecho que sorprendentemente presenta como radicalmente nuevo, pero que todo israelí aprende en cuarto grado.

Sand también afirma estar abriendo nuevos caminos cuando explica que varias sociedades se desarrollaron de diferentes maneras, de acuerdo con sus necesidades agrícolas y económicas particulares; que las sociedades humanas siempre han tomado prestado y aprendido unas de otras; y que solo cuando las sociedades actuaban al unísono se creaban culturas. Así pues el mito del progreso es una invención racista europea, afirma, como el término "continente europeo". Lo mismo se aplica a otros conceptos empleados por los europeos, como la antigüedad, la Edad Media, el Renacimiento y la modernidad.

No solamente no hay un solo otro historiador que desconozca la arbitrariedad de estos términos, sino que en cada página de este primer capítulo, Sand nos habla de dominios geográficos y culturales que prosperaron hasta un cierto nivel de complejidad, los cuales no se diferencian demasiado de "esa singularidad dinámica del noroeste de Europa", "de un proceso de maduración a largo plazo y de un salto en la producción". Sin embargo, todas estas son formulaciones lingüísticas integradas completamente en el léxico occidental del progreso, que asume una mayor acumulación de conocimiento, procesos de fabricación y complejidad tecnológica a lo largo del tiempo.

Al final de un largo capítulo, que está redactado en el lenguaje positivista del progreso del siglo XIX, Sand afirma que él es el único que ha logrado "romper el continuum de la historia" y liberarse no solo del concepto nacionalista del tiempo, sino también de la ilusión del tiempo marxista y de la percepción occidental del tiempo. Tal vez sea así, pero tendremos que esperar a su próximo libro para verlo, porque en este todavía está completamente sumido en la experiencia de la modernidad.

El segundo capítulo del libro aborda un ataque a la historia social francesa de la escuela de Annales. Esta escuela, que se creó a fines de la década de 1920, cambió la perspectiva de los historiadores desde un enfoque centrado en los acontecimientos políticos a otro basado en los procesos sociales, económicos y demográficos, y posteriormente también a procesos mentales a largo plazo. Inventó la historiografía del clima, las familias y la sexualidad, y desarrolló técnicas de investigación (estadísticas, demográficas, etc.) que permitieron formular preguntas históricas que nunca antes se habían formulado.

Sin embargo, si en opinión de Sand, la historia política no es válida porque sirve a la entidad nacional, entonces la historia social francesa no es válida porque no es lo suficientemente política. El estudio de las estructuras y procesos a largo plazo, nos dice Sand, suplantó el estudio de los acontecimientos políticos. Acusa a los principales historiadores de la escuela de Annales de tratar de los campesinos en lugar de los trabajadores, y argumenta que al sumergirse en números y análisis estadísticos, "santificaron la realidad en lugar de socavarla". "¿Cuál es la función de la historia si su consumidor no encuentra en ella ninguna respuesta a sus necesidades espirituales o políticas?", se pregunta Sand, apenas 20 páginas después de haber atacado el fenómeno de utilizar la historia para satisfacer las necesidades políticas.

No hay ninguna razón para ampliar los malentendidos menores en este capítulo, es decir, con respecto a la pregunta de qué es la historia de las mentalidades, qué es la microhistoria, qué es el estudio de la memoria y qué significo políticamente el estudio de clases socioeconómicas más bajas cuyas voces no habían sido escuchadas en las fuentes históricas tradicionales, y que hasta la década de 1960 no habían sido virtualmente representadas en la investigación histórica como fuerzas proactivas, sino que siempre fueron retratadas como víctimas de procesos más grandes que ellos .

El tercer capítulo ridiculiza el culto de los historiadores a las fuentes históricas, ya que la elección de las fuentes y la forma en que se analizan siempre sirven, según Sand, a las necesidades de una nación. Para medir la superficialidad de este argumento, propongo que los lectores consideren cómo la investigación llevada a cabo sobre los nacimientos extramatrimoniales entre las hijas de los campesinos en la Francia del siglo XIX - un ejemplo típico de los temas de la historia social francesa atacada por Sand - sirve al ethos nacional francés en el siglo XXI.

El cuarto y último capítulo es una encuesta superficial de lo que el autor llama "enfoques posmodernistas" y, por supuesto, de todos esos historiadores que le precedieron y desarrollaron esos enfoques de investigación. Incluso el más crítico de ellos, acusa Sand, no ha insistido en que la historia no es más que el "opio del nacionalismo, que no existe una historia escrita que no esté influenciada por intereses especiales y que no hay historiador", excepto Sand claro está, que "no haya sido subyugado a las necesidades de las élites culturales y los mecanismos estatales".

Como tal, esta línea de argumentación atestigua en sí misma su absoluta incapacidad para comprender las afirmaciones de Michel Foucault y Roland Barthes, a quienes lee no como eruditos que analizan y prueban el concepto de la estabilidad de todas las verdades, incluidas las textuales, sino como aquellos que mantienen esa ideología y el control de poder, y es que estas dos motivaciones son las que dictan cómo se componen y leen los textos históricos.

¿Cuáles son entonces las conclusiones de Sand al lamentar la sumisión de los historiadores, sean quienes sean y estén donde estén, con su aceptación de la línea del partido, su corrupción moral y su deseo de aplacar a los órganos del poder? Sand sostiene que ya en la etapa de la investigación el historiador debería poner en duda cualquier descubrimiento histórico. Este es un requisito indispensable para la redacción de una historia "más creíble". Y también debe tenerse en cuenta que las perogrulladas historiográficas son siempre una cuestión de relativismo y fragmentación. Sand no pone comillas en torno a estos términos, y en su lugar los presenta como "sus nuevas ideas radicales", las cuales fueron formuladas declarativamente no solo por Leopold von Ranke, el principal historiador positivista del siglo XIX, sino ya en el siglo XV por el humanista italiano Lorenzo Valla.

Entre sus otras afirmaciones superficiales, Sand declara que, a diferencia de los médicos, los historiadores no tienen ninguna obligación moral con nadie ni con nada. Esto también, por supuesto, es una afirmación errónea. Toda disciplina científica posee un concepto de verdad, y la verdad de los historiadores no es "rígida", como la verdad de las leyes de la física, y es bastante más similar a la verdad de la jurisprudencia. Los historiadores están moralmente obligados a presentar a sus lectores lo que consideran la explicación más aproximada y verdadera de una serie de acontecimientos, y están moralmente obligados a proporcionar a sus lectores la capacidad de juzgar la exactitud de sus declaraciones.

Estamos hablando de "notas al pie", un dispositivo aparentemente técnico que en realidad refleja no solo la promesa moral de un historiador sino también la disposición a someterse a la prueba de los lectores. Sand no se somete a la prueba de los lectores. Cualquiera que no esté de acuerdo con él se define a priori como alguien que ha vendido su alma a los mecanismos del poder. De hecho, su último trabajo termina con un lamento por el amargo destino del propio Sand: "víctima de la persecución de todo el establishment por su coraje para decir la verdad al poder".

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