Sunday, March 25, 2018

El globalismo no es un concepto judío - Melanie Phillips - JNS



En una reciente columna en el New York Times, Bret Stephens pronunció una alabanza de los "globalistas".

En general, se considera que el globalismo significa un enfoque ampliamente universalista. No obstante, Stephens lo interpretó como un apoyo al libre comercio, la inmigración a los Estados Unidos y las alianzas militares de EEUU en el extranjero.

Una frase en particular me sorprendió. Decía: "Oh, y yo soy judío. Lo que, según algunos, es lo que le sucede al globalismo después de haber sido circuncidado".

Esto no podría ser más equivocado. El judaísmo es contraglobalista. Ningún pueblo podría ser más particularista que los judíos. La palabra a través de la cual se les referencia en la Biblia -ha'ivrim -, significa personas que "habitan en el otro lado".

Las creencias y principios morales de los judíos se derivan de ser un pueblo particular con un código de leyes particular y vinculado a una tierra particular. Por el contrario, la ortodoxia liberal consiste en universalizar ideologías como el relativismo cultural, el multiculturalismo o el transnacionalismo. El judaísmo se interpone en el camino de todas esas agendas de universalización.

Sin embargo, el argumento de quienes apoyan el globalismo es que aquellos que se oponen al globalismo son antijudíos. Esto se debe a que se considera que los antiglobalización son nacionalistas y, por lo tanto, están a un paso de ser supremacistas blancos, fascistas y, por supuesto, antisemitas, esos que los progresistas e izquierdistas consideran erróneamente que solamente se encuentran en la extrema derecha.

Sin embargo, a pesar de apoyar el globalismo, Stephens también dice que ser un globalista "no significa casi nada", es decir, cuando el término es utilizado por los antiglobalización, para quienes nos dice ciertamente representa algo.

Los antiglobalistas, escribe Stephens, creen en los aranceles punitivos y en las políticas económicas que potencian el "empobrecimiento del vecino". Piensan que "aproximadamente 500 personas dirigen el mundo a expensas de todos los demás. En resumen", escribe, "la contra globalización representa a un analfabetismo económico casado con una mentalidad conspirativa".
çEsto se debe a que el antisemitismo que atraviesa la izquierda va de la mano con la creencia de que el Estado-nación occidental es la fuente de los prejuicios, el exclusivismo y la guerra. Por lo tanto, la nación occidental debe ser anulada y neutralizada por unas instituciones transnacionales y unas ideologías universalistas.

La acusación de "antisemitismo antiglobalista" se usa como medio para silenciar la exposición de las actividades de Soros. Esto no es solo porque sea judío, sino porque es una especie de "hombre del saco" para los círculos antisemitas de la supremacía blanca y neonazis.

De modo que cualquiera que critique su inmensa influencia en la promoción de su agenda política global es denigrado como un compañero de viaje del antisemitismo, de la supremacía blanca y del neonazismo.

Pero expresar preocupación por las actividades de Soros puede resultar razonable, legítimo y de hecho necesario. Desde su intento de detener el Brexit hasta socavar las leyes antidrogas de las Naciones Unidas, desde promover la inmigración masiva hacia los países occidentales hasta respaldar a Black Lives Matter, su agenda liberal está enraizada en su oposición a una identidad nacional y unos valores occidentales, y en su defensa de la causa del transnacionalismo y de las fronteras abiertas .

Tanto el voto del Brexit en Gran Bretaña como la elección del presidente estadounidense de Donald J. Trump fueron protestas masivas del pueblo británico y estadounidense contra esta ortodoxia universalista. Es por eso que ahora hay una lucha a muerte de parte de los progresistas liberales para detener el Brexit y deshacerse de Trump, siendo condenados sus partidarios como racistas y nativistas incultos.

De hecho, ellos no quieren otra cosa que defender su forma de vida y su nación, sus instituciones y valores históricos incorporados en las leyes aprobadas por un parlamento británico soberano o en la Constitución estadounidense.
Entonces,
a) el globalismo es bueno
b) el globalismo carece de un sentido último y...
c) lo que realmente importa son los antiglobalistas, que son una plaga en el mundo. 
A través de este prisma, los antiglobalistas son fundamentalmente antisemitas.

Esta es la acusación que se usa casi como un reflejo contra cualquiera que critique las actividades del máximo globalista: el multimillonario financiero George Soros.

Es muy cierto que algunos que son anti-Soros son antisemitas y teóricos de la conspiración. Pero también hay antisemitas y teóricos de la conspiración entre algunos internacionalistas liberales. De hecho, es en los círculos progresistas liberales - en los campus universitarios, por ejemplo, o en los partidos políticos de izquierda - donde actualmente encontramos la expresión más frecuente e influyente de los prejuicios antijudíos y las teorías de la conspiración judía.

Para esa aspiración de ninguna manera despreciable, es ridiculizada por querer levantar un puente levadizo contra el resto del mundo. Los verdaderos globalistas, escribió Stephens, representan "aventura, compromiso, comercio, apertura a nuevas ideas y amor por los Estados Unidos".

Estas son todas cosas buenas. Pero es completamente erróneo creer que el apego a la nación - y el deseo de defender y defender sus valores - sea en cierto modo contrario a esta visión amplia y generosa del mundo.

El antisemitismo se desenfrena no cuando una sociedad se siente segura de sí misma, sino cuando pierde su sentido de identidad y teme que su cultura se desmorone. Se logra un compromiso generoso con el mundo no a través de la globalización, sino solamente si la gente se siente segura en su propia identidad cultural y nacional.

Un buen ejemplo es Israel, que tanto proporciona al mundo en tecnología y comercio, inteligencia militar y ayuda internacional. Sin embargo, los "universalistas liberales" intentan boicotearlo, deslegitimarlo y destruirlo.

Obviamente, los judíos tienen derecho a su propia nación: identificarse con ella, enorgullecerse de ella, promoverla y defenderla. ¿Por qué entonces, tantos judíos piensan que otros pueblos no deberían tener derecho a lo mismo?

La respuesta es que los judíos universalistas liberales se sienten amenazados por la idea de una nación judía y están asustados por la idea de naciones occidentales. Tienden a ser aquellos que no son religiosamente observadores, en cambio, quieren subsumir su identidad en la ortodoxia políticamente correcta predominante para no destacarse por "vivir en el otro lado".

Esta es la razón por la cual la mayoría de los judíos británicos no apoyaron el Brexit, y por qué la mayoría de los judíos estadounidenses detestan la agenda del presidente Trump de "hacer que los Estados Unidos vuelvan a ser grandes".

Peor aún, a fin de evitar cualquier posible choque entre el judaísmo y el liberalismo y progresismo, esos judíos progresistas estadounidenses se dicen a sí mismos que el liberalismo representa al "auténtico judaísmo". Creen que la conciencia social, preocuparse por los más vulnerables y hacer frente a los abusos de poder son valores propios de "universalismo judío". Pero no lo son. Son valores particulares de una Biblia hebrea que, precisamente, ese mismo universalismo liberal progresista pretende destruir.

El resultado de este delirio judío liberal y progresista es que la identidad judía está siendo vaciada. Por eso, a excepción de los ortodoxos, las comunidades judías en América y Gran Bretaña están situadas al borde de un acantilado existencial.

Se podría decir que el globalismo es lo que les sucede a los judíos cuando intentan fingir que no están circuncidados. El globalismo no es un concepto judío. Por el contrario, es una amenaza para la supervivencia judía.

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