Sunday, March 11, 2018

Louis Farrakhan y David Duke son algunos de los odiadores más notorios de los Estados Unidos, pero Sheldon Adelson no lo es - Jonathan Tolbin - Haaretz



Resulta muy desafortunado que después de todos estos años, Louis Farrakhan todavía esté dando nuevas noticias. Pero aunque algunos descartan al líder de la Nación del Islam como irrelevante, el hecho es que conserva un gran número de seguidores, bastante más que el apoyo de un grupo pequeño o aislado como, digamos, el Ku Klux Klan, o los neonazis que, irónicamente, comparten con él opiniones semíticas.

Lamentablemente, Farrakhan también cuenta con el respeto de las principales figuras de la comunidad afroamericana que deberían pensárselo mejor antes que asociarse o racionalizar el comportamiento de uno de los ofensores más notorios de la nación.

Entre sus "amigos" se encuentran varios miembros del Congreso y Tamika Mallory, la copresidenta de la Marcha de las Mujeres, el grupo liberal que ha organizado algunas de las protestas masivas más exitosas contra la administración Trump.

La tormenta que sobre el tema que se ha desatado en las redes sociales ha causado mucha vergüenza en algunos que dentro de la izquierda están profundamente involucrados tanto con el buen nombre de la "resistencia" anti-Trump como en el mantenimiento de estrechos vínculos con miembros afroamericanos del Congreso.

La buena noticia es que muchos en la izquierda judía reaccionaron adecuadamente y exigieron que la Marcha de las Mujeres condene a Farrakhan y que Mallory se retracte de su abrazo y apoyo al líder de la Nación del Islam o bien renuncie. J Street, que había respaldado al representante Danny Davis, uno de los alineados con Farrakhan, presionó al congresista para que se alejara de él, lo cual hizo durante el fin de semana.

La mala noticia es que la respuesta de las líderes de la Marcha de las Mujeres a las críticas fue menos que satisfactoria. Dijeron que el odio de Farrakhan por los judíos y los homosexuales "no estaba alineado" con sus principios, pero no le condenaron y solamente expresaron su "amor" por Mallory.

Igualmente de mala es la voluntad de algunos dentro de la izquierda de mitigar el impacto de este escándalo con sofismas, en lugar de centrarse en la forma en que algunos de sus aliados tolera el odio a los judíos.

Esa es la única forma de entender el artículo en el Haaretz de Raphael Magarik, en el que trata de cambiar las tornas dirgiéndolas contra la derecha judía americana, afirmando que los conservadores tienen sus propios Farrakhans que son tolerados en vez de condenado

¿Y quiénes son esos Farrakhans judíos? Enumera al magnate/filántropo de casinos Sheldon Adelson, al ex editor de New Republic Marty Peretz y al pastor evangélico John Hagee. No satisfecho con eso, continuó afirmando que esas eran sólo las personas "famosas" que son moralmente equivalentes a Farrakhan, e insistía en que hay otros menos notorios dentro de todas las comunidades judías que compran respetabilidad con donaciones caritativas.

El principal problema con este argumento es obvio: ninguno de estos individuos es remotamente comparable con Farrakhan.

Magarik confunde puntos de vista políticos que no le gustan con un demagogo cuyo propósito en la vida es difundir el odio. Es posible detestar los puntos de vista de un oponente político sin tratar de demonizarlo con comparaciones odiosas.

Al igual que muchos en el mundo judío parecen incapaces de cumplir con la regla que nos enseña que no todos aquellos que no nos gustan son Hitler, y que no todos los que se oponen a las políticas del gobierno de Israel son antisemitas, tampoco todas las demás figuras prominentes de la derecha son un Farrakhan.

¿Existe una diferencia moral entre los artistas de las performance racistas como Farrakhan y esos "callados" grandes donantes, cuya influencia lamenta Magarik?

Si las personas que él citó realmente estuvieran subsidiando un odio expresado por otros en su lugar, incluso si a veces las opiniones son controvertidas, entonces la respuesta sería no. Pero los ejemplos que proporciona no se ajustan a esa acusación.

La más escandalosa de las comparaciones es Adelson.

A modo de revelación completa, Adelson es un donante del Jewish News Syndicate, el servicio de cable donde sirvo como editor en jefe. Pero JNS no está solo en eso, ya que el multimillonario financia generosamente una gran cantidad de causas y organizaciones judías en todo el mapa, incluidas muchas que no expresan ningún punto de vista político, incluido Birthright Israel.

De lo que es culpable es de ser un republicano conservador que ha puesto su dinero a la hora de apoyar a candidatos, incluido el presidente Trump, que creía que apoyarían a Israel. También fue uno de los principales patrocinadores del primer ministro israelí Netanyahu, aunque según los informes, su relación se ha enfriado como resultado de las publicadas conversaciones del líder del Likud con el editor de Yediot Ahronot.

Eso hace que Adelson, como el financiero George Soros, su equivalente moral en la izquierda, un blanco de las críticas de aquellos a quienes no les gusta su política, y alguien que se ha convertido en un villano dentro de la izquierda que festeja a Soros o al compañero multimillonario Tom Steyer. Pero eso no lo convierte en un racista o una persona absolutamente hostil.

Por el contrario, y en contraste con muchos otros donantes principales, su defensa, como insistió el ex líder Demócrata del Senado Harry Reid, nunca fue egoísta, sino que únicamente giró en torno a su deseo sincero de salvaguardar la seguridad de Israel.

El intento de emparejar a Marty Peretz con Farrakhan es igual de ridículo.

Al igual que Adelson, ha tenido fuertes puntos de vista sobre la violenta cultura política y de rechazo de los palestinos, así como la parcialidad endémica en el mundo islamista. Sus creencias pueden debatirse, pero nunca ha condenado a todos los árabes de la misma manera en que Farrakhan condena a todos los judíos. Tampoco se involucró en teorías de conspiración sobre ellos de la misma manera que Farrakhan lo hizo.

Lejos de ser un fanático, Peretz también es un liberal notoio, incluso si algunos de sus compañeros liberales nunca parecen poder perdonarlo por su devoción a la causa sionista.

Hagee es una figura más problemática ya que parte de su predicación y escritos se involucran en el pensamiento conspirativo. Protestante radical, también es, como dice Magarik, alguien que se ha dedicado a la retórica anticatólica y desea convertir a los judíos a su fe.

Pero él no es un enemigo de los judíos, ni alguien que haya condicionado su apasionada defensa de Israel a la conversión de los judíos al cristianismo. Si bien puede llegar a ser una conexión vergonzosa para la comunidad pro-israelí, la analogía con Farrakhan se rompe cuando consideramos que el enfoque del trabajo de su vida no es difundir odio, sino amor por Israel, y oprobio por aquellos que desean destruirlo. .

Si alguien está buscando una analogía precisa con Farrakhan en la extremo derecha se encuentra fácilmente. Su nombre es David Duke , el ex Gran Mago del Ku Klux Klan y aspirante a político.

Como en el caso de Farrakhan, el propósito de Duke es el odio, puro y simple, y los judíos, junto con los negros y otras minorías étnicas, son los enemigos de la mítica América Blanca que pretende defender. Al igual que Farrakhan, su objetivo es persuadir al mundo de la perfidia de los judíos y promover el racismo.

Afortunadamente, y a diferencia de Farrakhan, el seguimiento real de Duke es minúsculo. Y aunque Trump tardó en condenar las acciones de algunos de sus viles seguidores y neonazis en Charlottesville, finalmente lo desautorizó. Tampoco hay ningún político convencional o una figura conservadora de cualquier talla que tenga algo que ver con él. Ojalá pudiera decirse lo mismo de Farrakhan y del partido demócrata.

Los racistas extremistas como Farrakhan y Duke merecen la condena sin advertencias ni reservas. En cuanto a los donantes políticos y otros cuyos puntos de vista simplemente nos desagradan o deploramos, es hora de que ambos lados de la división política detengan el juego de la demonización.

Hacer eso solo contribuye a una cultura política tóxica a la que muchos de nosotros no estamos dispuestos a dar crédito contra nuestros adversarios por buenos motivos, incluso cuando no estamos de acuerdo con ellos.

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