Tuesday, July 03, 2018

Sí, cantar el Hatikva sigue siendo importante - Daniel Gordis - Times for Israel




Se ha convertido en lo que Igor Stravinsky podría haber definido como un rito israelí de primavera. Año tras año, ahora, una universidad israelí anuncia que no se cantará Hatikva en uno u otro de sus programas relacionados con la graduación. (Este año fue la de Tel Aviv quien hizo el anuncio, el año pasado fue la Universidad Hebrea, y unos años antes, la Universidad de Haifa). La razón indicada, como es lógico, es que la facultad de la universidad no quería incomodar a los graduados árabes ni a sus familias.

Esta razón declarada, me parece a mí y a otras muchas, solamente es un pretexto, y es bastante peligroso. Los árabes de Israel saben muy bien que viven en un Estado judío. Y a pesar de la complejidad que implica invariablemente vivir como un árabe en un estado expresamente judío, no les sorprendería nada que se cantara el himno nacional en una ceremonia de graduación de una universidad pública. Israel, después de todo, ha tenido esta conversación bastante antes. Cuando la presidenta de los jueces Dorit Beinisch renunció a la Corte Suprema en 2012, los jueces se reunieron, y al final de una emotiva tarde durante la cual Beinisch habló de la muerte de sus abuelos durante la Shoah, se cantó el Hatikva.

Uno de los jueces presentes fue Salim Joubran, un árabe israelí. Las cámaras en el evento lo mostraron parado respetuosamente, pero sin cantar. Como es de esperar en la sociedad israelí, algunos de los extremistas derechistas del escalón político atacaron a Joubran, pero la mayoría de los israelíes simpatizaron con su situación y admiraron la dignidad con la que se comportaba. Después de todo, muchos israelíes se preguntaban por qué un árabe israelí (un cristiano maronita en el caso de Joubran) cantaría un himno que comienza "Mientras dentro del corazón, el alma judía anhela" y luego continúa: "Nuestra esperanza aún no está perdida para ser una nación libre en la tierra de Sión...". Inclusive otros jueces, incluidos los conservadores, acudieron en defensa de Joubran. "A los ciudadanos árabes no se les debería exigir que canten palabras que no hablen a sus corazones y que no reflejen sus raíces" dijo el juez Elyakim Rubinstein, de manera correcta y sensiblemente.

Los estudiantes árabes que se gradúan de las universidades financiadas por el estado tienen el modelo de Joubran a seguir, y si quisieran hacer así una declaración (perfectamente legítima) que recalcara la necesidad de que Israel prestara mayor atención a sus minorías, en realidad harían mejor permaneciendo en silencio durante el Hatikva que uniéndose al canto de "Tú y yo cambiaremos el mundo" de Arik Einstein (que la facultad de humanidades de la Universidad de Tel Aviv eligió para cantar en lugar de Hatikva), durante el cual pasarían desapercibidos.

No cantar el Hatikva en una universidad nacional tiene sus raíces en un fenómeno que es más antiguo que el estado mismo. Judah Magnes, quien fue el primer rector de la Universidad Hebrea, y más tarde presidente de la Universidad Hebrea, fue uno de los líderes del movimiento Brit Shalom, un movimiento que se opuso en gran medida a la creación de un Estado judío y abogó por un estado binacional en su lugar. Pero un estado binacional (como dejaría en claro algo más tarde la historia de los judíos en el norte de África) no era un comienzo. ¿Qué tal le hubiera ido a una minoría judía en tal tipo de estado? Algunos sionistas de la corriente principal pensaron que la idea de Brit Shalom era tan absurda que nunca creyeron que Magnes y sus colegas realmente pretendieran un estado binacional. Más bien, creía Berl Katznelson, uno de los gigantes intelectuales del sionismo laborista, su idea de un estado binacional no era más que un subterfugio. La gente de Brit Shalom, pensaba él, realmente buscaba la creación de un Estado árabe. Si la evaluación de Katznelson era incorrecta o certera no tiene excesiva importancia, ya que lo importante era señalar qué tan lejos estaban de la corriente principal del sionismo Magnes y sus colegas, lo que hace aún más revelador el hecho de que aún así Magnes sirviera en el liderazgo de la Universidad Hebrea durante tantos años.

Lo que es tal vez más sorprendente de la decisión de las facultades de humanidades de no cantar el Hatikva es la relativa indiferencia de los israelíes que leen sobre ésta decisión. Quizás los israelíes consideran irrelevantes a los académicos, una cámara de eco intelectual que está totalmente desconectada de la gente. Quizás. Pero la despreocupación es peligrosa, ya que permite la legitimación de la deslegitimación de la idea fundamental de Israel: la creación de un estado que estaría específicamente dedicado al florecimiento de un pueblo, el pueblo judío.

Sin duda, mirando a Israel a través de una lente norteamericana y jeffersoniana implica contemplar un país extraño. Pero esa es precisamente la cuestión. Israel nunca tuvo la intención de ser una democracia liberal según el molde estadounidense. Es una democracia étnica, algo completamente diferente. Las primeras palabras de la Declaración de Independencia que Jefferson escribió son "Cuando en el curso de los acontecimientos humanos", mientras que la declaración de Israel comienza "En la tierra de Israel, nació el pueblo judío". Todo lo demás es comentario.

Así que es cierto, siempre será un desafío ser un árabe en un Estado judío, un hecho que implica tanto para los árabes como para los judíos la obligación de un pensamiento matizado y creativo. Sin embargo, abandonar el himno equivale a decir que ya no podemos defender la idea de lo que es este país. Abandonar el Hatikva es olvidar intencionalmente el anhelo de libertad que impulsó al sionismo y que creó este estado. Abandonar el himno no es ser incluyente, sino destruir la idea por la cual Israel existe. Una vez que la idea se ha abandonado, ¿por qué alguien con opciones querría permanecer aquí? Cuando las instituciones de educación superior de Israel expresan una aparente incomodidad con la idea de un Estado judío, algo que encarna el himno, lo que uno tiene no es una cámara de eco, sino una amenaza para la sostenibilidad de un ethos nacional y de la capacidad de supervivencia del país.

"¿Pero qué podemos hacer?", podrían preguntarse los funcionarios estatales encargados de las universidades. La facultad votó, y la administración superior dice que no tiene control sobre tales decisiones de la facultad. Tal vez eso sea cierto (aunque el argumento revela una ceguera consciente ante lo que los científicos políticos llaman "poder blando"). La respuesta, al menos para algunos de nosotros, sería crear una institución de educación superior intelectualmente abierta, políticamente diversa y descaradamente sionista. Cuando lanzamos Shalem College hace cinco años, estábamos apostando a que si los estudiantes más brillantes de Israel se juntaran para leer Homero y Platón, Aristóteles y Maimónides, los Documentos federalistas y a los grandes pensadores sionistas, podríamos ayudar a cultivar una generación de futuros líderes israelíes que no se refugiarían detrás de unos desgastados eslóganes sionistas, sino que podrían participar en un discurso continuo sobre la libertad y la pertenencia, el particularismo atemperado por el universalismo, el orgullo nacional nunca en desacuerdo con la sensibilidad moral.

La apertura intelectual no necesita conducir a la humillación. El cuidado de los árabes no tiene que ser a expensas del compromiso de reinventar y reconstruir al pueblo judío en su tierra ancestral. Es por esto que, cuando nuestros estudiantes y sus familias se reúnen para la ceremonia de graduación en el Shalem College, vamos a cantar el Hatikva con orgullo y abrazaremos a toda la complejidad que representa.

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