Monday, August 13, 2018

Llega lo más cool, el antirracismo racista progresista: Una nueva forma de racismo llega a las universidades estadounidenses - Pablo Pardo - El Mundo



La lucha contra la discriminación racial ha acabado generando un 'apartheid' de los estudiantes de minorías indias y asiáticas

En 1998, Vijay Jojo Chokal-Ingam no tenía una buena media como para estudiar Medicina. Sólo había logrado un 3,1 en el sistema de puntuación estadounidense para Ciencias (el GMAT), que va de 0 a 4, y un 31 en el CMAT, que se aplica para la carrera de Medicina, y en el que nadie suele superar los 300. No era de extrañar. Como él mismo reconoce en su libro, publicado en 2016, "Almost Black" (Casi Negro), había pasado los dos primeros años de Universidad "logrando un grado de especialización en Budweiser". O sea, en la cerveza más famosa de EEUU.

Pero, cuando Chokal-Ingam examinó las estadísticas de admisión en las Facultades, se dio cuenta de que, peor que sus malas notas era no ser negro. Porque, los datos de la Asociación Estadounidense de Facultades de Medicina reflejan que, con las mismas medias que él, un afroamericano tiene un 75,5% de posibilidades de ser admitido; un hispano (categoría que incluye a españoles y portugueses), un 49,8%; un blanco, un 28,1%; y un asiático, un 18,1%. Es el precio de la 'acción afirmativa', es decir, de la discriminación positiva, que ha pasado de hacer a los afroamericanos y a los hispanos de víctimas a beneficiarios. Y Chokal-Ingam estaba a la cola del sistema, porque es de origen indio, o sea, asiático.

Las notas no se podían arreglar. Pero la raza, curiosamente, sí. Chokal-Ingam tenía para ello tres cartas en la manga: sus padres eran inmigrantes del sur de India, así que su piel es oscura; de niño, había vivido en Nigeria; y su segundo nombre de pila, 'Jojo', tiene resonancias afroamericanas, porque es un homenaje de su padre a Jo Jo White, la estrella - afroamenicana - del equipo de baloncesto de los Boston Celtics en los setenta.

Así que Chokal-Ingam dejó la Asociación de Estudiantes del Sur de Asia y se inscribió en la Organización de Estudiantes Negros. Se rapó el pelo y se recortó las pestañas que traicionaban su origen indio. En sus solicitudes de admisión a las Facultades y en las entrevistas con los comités académicos dijo que era afroamericano. Con ese andamiaje racial, se presentó como candidato a 26 Facultades de Medicina, incluyendo algunas de las más prestigiosas del mundo, como las de Harvard, Yale, Cornell y Pennsylvania. Fue admitido en la Universidad de Saint Louis, y en la de Pennsylvania - la octava mejor de EEUU, según el ránking de la web US News and World Report - quedó en lista de espera.

Esta historia es un ejemplo de una batalla legal que ha explotado en la universidad estadounidense y que se resume en una pregunta: la lucha contra la discriminación racial ¿ha generado un sistema que, en lugar de igualar a todos, ha creado un nuevo racismo?

Esa pregunta subyace a la demanda contra Harvard presentada por el grupo Estudiantes por una Admisión Justa, que ha desencadenado una formidable controversia desde que en junio, tras meses de resistencia, la Universidad fue obligada a entregar las evaluaciones de 160.000 candidatos. El resultado: "un verdadero apartheid (progresista) contra los asiáticos", por emplear la definición del régimen racista vigente en Sudáfrica hasta 1992.

Los datos revelan que los asiáticos reciben sistemáticamente valoraciones más bajas en términos de "personalidad", lo que compensa sus mejores cualificaciones académicas. Y, además, Harvard lo sabía desde 2013, cuando una auditoría interna puso de manifiesto que, si sólo se tuviera en cuenta el expediente académico, el porcentaje de estudiantes de origen asiático pasaría del 19% que sumaba entonces al 43%. Es decir: más del doble.

Harvard niega que haya discriminación, y dice que la caída de la presencia asiática se debe a que la universidad tiene en cuenta muchos factores a la hora de decidir una admisión como, por ejemplo, las actividades extracurriculares, la práctica de deportes o la participación en organizaciones cívicas. Sólo con esos criterios puede decidir entre aspirantes que están ultracualificados. Otras Universidades de la élite como Princeton, Cornell, y Berkely, que han sido acusadas de sesgos anti-asiáticos, han replicado con el mismo argumento.

Pero los críticos dicen que lo que Harvard trata es de mantener una cuota para cada raza. Es algo que se está extendiendo por EEUU. El Ayuntamiento de Nueva York va a hacer que las escuelas públicas de élite de la ciudad - a las que acuden estudiantes con aptitudes mucho mejores que la media - tengan en consideración el nivel de ingresos de las familias de los alumnos. En la actualidad, el ingreso en esas instituciones se basa en un examen, lo que hace que estén dominadas por dos comunidades: blancos y asiáticos. Si se añaden factores económicos, los negros y los hispanos tendrán opción a acceder, aunque su nota en el examen no sea tan buena.

El debate, así, está abierto. ¿Dónde empieza la selección y dónde acaba el racismo? ¿Es la diversidad un fin al que se debe sacrificar la equidad? Quien defienda el actual sistema siempre puede argüir que, a fin de cuentas, Vijay Jojo Chokal-Ingam sólo logró ser admitido en una de las 26 universidades en las que intentó entrar. Eso implica que el 96,15% de las que recibieron su solicitud no le admitieron, o sea, que el sistema funcionó con él. Blanco, indio, o negro, Vijay Jojo Chokal-Ingam era muy burro. O eso, o le gustaba demasiado la Budweiser.

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