Ya no somos cool (El mundo no está en contra nuestra) - Yair Lapid - Ynet
Siempre hemos tenido problemas por aquí, pero hasta hace pocos años todavía éramos uno de los mejores Estados de la tierra. Cuando nos reuníamos con estadounidenses y les decíamos que éramos de Israel, la respuesta inmediata era "Guau". No siempre estaba claro el por qué de esa admiración, quizá la alta tecnología, las chicas más bellas del mundo, la Operación Entebbe, la guerra de los Seis Días, los kibutzim, el Éxodo, el Mossad, las naranjas, o el hecho de que los judíos eran débiles y de repente estaban bronceados e iban a la playa.
Sin embargo, de alguna manera, en algún momento de la última década, eso se terminó. Dile a John Smith, "Soy de Israel", mientras él bebe su cerveza y te devolverá una mirada brumosa y te dirá: "Ustedes tienen bastantes problemas. Debe ser duro".
Y John acierta relativamente. Él tiene un primo que sirve en Irak y odia a los "malditos cabezas con turbante". Maggie, de Londres, simplemente agarra su cóctel y se aleja con su rubia cabeza bien estirada, para asegurarse de que te percates de su disgusto. Julio, de Madrid, lleva un pañuelo palestino al cuello, ya que se identifica con todas las criaturas miserables del mundo, y Jorgen, de Munich - !! de Munich, por el amor de Dios !! -, afirma que él es pacifista, una palabra clave para su renuencia a la hora de aceptar la culpa por el Holocausto, porque él ni siquiera había nacido por aquel entonces, así que no deberíamos pensar que eso lo justifica todo.
Hay algo insultante en todo esto. Como haber sido la chica más popular en la escuela secundaria pero que luego subió de peso, o el momento en que usted descubre que el capitán de su equipo de baloncesto, del que era fans 20 años antes, es un completo idiota. Aún muy alto, pero idiota.
Y debido a que ya no somos cool, todo lo que antes solía ser divertido se ha convertido en problemático. El kibutznim que quería entrar con sandalias en la ópera de Viena ha sido reemplazado por un grupo de adolescentes que destroza habitaciones de hotel en Chipre. Ese israelí que llegó a Nueva York con 10 dólares en el bolsillo y se convirtió en millonario, actualmente es sospechoso de fraude y es buscado en seis estados. En lugar de exportar los sistemas de riego para África, vendemos armas a los peores regímenes del mundo. Mientras tanto, el mejor ejército del mundo es retratado de la peor manera posible en la CNN.
Y como respuesta a todo ello, nos quejamos y mostramos nuestro enojo, refiriéndonos a ellos como "antisemitas", lo que, por supuesto, empeora la situación porque no hay nada menos cool que quejarse, pero ¿qué podemos hacer? ¿guardar silencio? ¿dejar el escenario a los malos?
Sin embargo, no está muy claro lo que queremos de ellos, porque incluso para nosotros mismos, y desde hace algún tiempo, tampoco somos cool. En lugar de secar los pantanos, pasamos horas esperando en la cola de la Oficina de Bienestar Social, la Biblia se ha convertido en algunos puestos avanzados cerca de Hebrón, y el tipo al que usted se dirige como "hermano" de pronto puede sacar un cuchillo y apuñalarle en el parking. Nosotros somos los primeros en admitir, con grandes titulares, que somos insoportables, sin embargo, cuando alguien nos lo dice, siempre nos sorprendemos. Después de todo, no existen israelíes que no se estremezcan cuando matamos (por error, maldita sea, por error) niños en Gaza, sin embargo, cuando alguien escribe sobre ello en el Newsweek nos sentimos profundamente ofendidos. Debido a que esperamos que las circunstancias se comprendieran, o que fuera información privilegiada, y nadie se diera cuenta en un mundo de un millar de TV y un millón de webs.
Es cierto que durante años hemos visto como los grupos radicales de izquierda operaban en contra nuestra por todo el mundo, respaldados con dinero islámico y respaldados por judíos que se odian a sí mismos. Sin embargo, es difícil decir que no les dimos algo con lo que trabajar. Y es que la primera regla para ser cool es que nadie te querrá si tú no te quieres a ti mismo en primer lugar.
En suma, ya no somos cool. Solíamos serlo, pero ya no lo somos. Somos un estado - solo otro estado más - instalado en el lado equivocado del mundo, y que sólo obtiene su cuota de atención entre los disturbios en Malasia y el terremoto de Indonesia. Un Estado donde se suda mucho y que no resulta demasiado encantador, y con el que nuestras familiares se sienten un tanto embarazados, pero al que no obstante siguen queriendo a pesar de todas sus debilidades. Somos un Estado que no es perdonado cuando comete errores, así que tenemos que perdonarnos a nosotros mismos, un Estado que tiene buena cosas, e incluso excelentes, pero al que también se la va un poco la cabeza. Un Estado que cogió demasiados kilos, del que nadie se enamora mientras espera algo más brillante, y que tiene que elegir si prefiere ser hermoso o hacer las cosas que debe hacer, porque no se pueden tener ambas cosas.
Entonces, ¿deberíamos desistir? ¿olvidarnos de todo eso de ser cool, darnos cuenta de que nadie volverá a mirarnos con admiración y a querer ser como nosotros, o al menos ser nuestro amigo? Claro que no.
Para los que aún creen en el amor será un placer volver a estar acurrucado en unos brazos. Miren lo que pasó a los Estados Unidos en los primeros meses de la presidencia de Obama: en cinco minutos, un imperio que todo el mundo detestaba, se convirtió en un Estado sexy con el que todos querían irse a la cama. La gran ventaja de un mundo flexible es que la percepción puede cambiar en un instante. Incluso China es repentinamente cool.
Nos puede pasar a nosotros también, pero con todo el respeto para nuestro Ministerio de Hasbará (sabemos que se ha restablecido, pero si alguien sabe de un ministro encargado de las relaciones públicas que levante la mano), si deseamos ser ese tipo de personas a las que se las invita en todas partes tenemos que tener las razones adecuadas.
Uno no puede estar hablando siempre del Holocausto cuando falla en su propia casa a la hora de atender a los sobrevivientes del Holocausto. Uno no puede estar enojado por el odio contra los judíos cuando su propia vida se guía por el odio a los árabes. Uno no puede esperar que le tomen en serio cuando su vida está siendo mediatizada por tres adolescentes de 17 años infringiendo la ley en alguna caravana en las colinas de Samaria. Uno no siempre puede solicitar el crédito de ser "la única democracia en el Oriente Medio" si esa democracia no funciona como debe.
Ha llegado el momento de admitir que el mundo no está de forma automática contra nosotros. Incluso los suecos - esos mismos suecos que recientemente nos irritaban tanto - nos han otorgado el Premio Nobel no hace mucho tiempo. Incluso organizaron, por iniciativa propia, la convención más importante jamás realizada en Europa para conmemorar el Holocausto (pero por aquí nadie se acuerda de las cosas buenas).
Muchos dirán que ser cool no vale la pena. Que no vale la pena a cambio de renunciar a los territorios o de limitar al IDF por su propio bien. Tal vez eso sea cierto. El Estado de Israel no fue creado para que otros digan que los judíos son buenos, sino más bien para que los judíos puedan contestarles que se metan en sus asuntos. Pero también deberemos admitir que se nos ha pasado la época en la que, cada vez que entrábamos en una habitación, las muchachas más bonitas querían bailar con nosotros.
Sin embargo, de alguna manera, en algún momento de la última década, eso se terminó. Dile a John Smith, "Soy de Israel", mientras él bebe su cerveza y te devolverá una mirada brumosa y te dirá: "Ustedes tienen bastantes problemas. Debe ser duro".
Y John acierta relativamente. Él tiene un primo que sirve en Irak y odia a los "malditos cabezas con turbante". Maggie, de Londres, simplemente agarra su cóctel y se aleja con su rubia cabeza bien estirada, para asegurarse de que te percates de su disgusto. Julio, de Madrid, lleva un pañuelo palestino al cuello, ya que se identifica con todas las criaturas miserables del mundo, y Jorgen, de Munich - !! de Munich, por el amor de Dios !! -, afirma que él es pacifista, una palabra clave para su renuencia a la hora de aceptar la culpa por el Holocausto, porque él ni siquiera había nacido por aquel entonces, así que no deberíamos pensar que eso lo justifica todo.
Hay algo insultante en todo esto. Como haber sido la chica más popular en la escuela secundaria pero que luego subió de peso, o el momento en que usted descubre que el capitán de su equipo de baloncesto, del que era fans 20 años antes, es un completo idiota. Aún muy alto, pero idiota.
Y debido a que ya no somos cool, todo lo que antes solía ser divertido se ha convertido en problemático. El kibutznim que quería entrar con sandalias en la ópera de Viena ha sido reemplazado por un grupo de adolescentes que destroza habitaciones de hotel en Chipre. Ese israelí que llegó a Nueva York con 10 dólares en el bolsillo y se convirtió en millonario, actualmente es sospechoso de fraude y es buscado en seis estados. En lugar de exportar los sistemas de riego para África, vendemos armas a los peores regímenes del mundo. Mientras tanto, el mejor ejército del mundo es retratado de la peor manera posible en la CNN.
Y como respuesta a todo ello, nos quejamos y mostramos nuestro enojo, refiriéndonos a ellos como "antisemitas", lo que, por supuesto, empeora la situación porque no hay nada menos cool que quejarse, pero ¿qué podemos hacer? ¿guardar silencio? ¿dejar el escenario a los malos?
Sin embargo, no está muy claro lo que queremos de ellos, porque incluso para nosotros mismos, y desde hace algún tiempo, tampoco somos cool. En lugar de secar los pantanos, pasamos horas esperando en la cola de la Oficina de Bienestar Social, la Biblia se ha convertido en algunos puestos avanzados cerca de Hebrón, y el tipo al que usted se dirige como "hermano" de pronto puede sacar un cuchillo y apuñalarle en el parking. Nosotros somos los primeros en admitir, con grandes titulares, que somos insoportables, sin embargo, cuando alguien nos lo dice, siempre nos sorprendemos. Después de todo, no existen israelíes que no se estremezcan cuando matamos (por error, maldita sea, por error) niños en Gaza, sin embargo, cuando alguien escribe sobre ello en el Newsweek nos sentimos profundamente ofendidos. Debido a que esperamos que las circunstancias se comprendieran, o que fuera información privilegiada, y nadie se diera cuenta en un mundo de un millar de TV y un millón de webs.
Es cierto que durante años hemos visto como los grupos radicales de izquierda operaban en contra nuestra por todo el mundo, respaldados con dinero islámico y respaldados por judíos que se odian a sí mismos. Sin embargo, es difícil decir que no les dimos algo con lo que trabajar. Y es que la primera regla para ser cool es que nadie te querrá si tú no te quieres a ti mismo en primer lugar.
En suma, ya no somos cool. Solíamos serlo, pero ya no lo somos. Somos un estado - solo otro estado más - instalado en el lado equivocado del mundo, y que sólo obtiene su cuota de atención entre los disturbios en Malasia y el terremoto de Indonesia. Un Estado donde se suda mucho y que no resulta demasiado encantador, y con el que nuestras familiares se sienten un tanto embarazados, pero al que no obstante siguen queriendo a pesar de todas sus debilidades. Somos un Estado que no es perdonado cuando comete errores, así que tenemos que perdonarnos a nosotros mismos, un Estado que tiene buena cosas, e incluso excelentes, pero al que también se la va un poco la cabeza. Un Estado que cogió demasiados kilos, del que nadie se enamora mientras espera algo más brillante, y que tiene que elegir si prefiere ser hermoso o hacer las cosas que debe hacer, porque no se pueden tener ambas cosas.
Entonces, ¿deberíamos desistir? ¿olvidarnos de todo eso de ser cool, darnos cuenta de que nadie volverá a mirarnos con admiración y a querer ser como nosotros, o al menos ser nuestro amigo? Claro que no.
Para los que aún creen en el amor será un placer volver a estar acurrucado en unos brazos. Miren lo que pasó a los Estados Unidos en los primeros meses de la presidencia de Obama: en cinco minutos, un imperio que todo el mundo detestaba, se convirtió en un Estado sexy con el que todos querían irse a la cama. La gran ventaja de un mundo flexible es que la percepción puede cambiar en un instante. Incluso China es repentinamente cool.
Nos puede pasar a nosotros también, pero con todo el respeto para nuestro Ministerio de Hasbará (sabemos que se ha restablecido, pero si alguien sabe de un ministro encargado de las relaciones públicas que levante la mano), si deseamos ser ese tipo de personas a las que se las invita en todas partes tenemos que tener las razones adecuadas.
Uno no puede estar hablando siempre del Holocausto cuando falla en su propia casa a la hora de atender a los sobrevivientes del Holocausto. Uno no puede estar enojado por el odio contra los judíos cuando su propia vida se guía por el odio a los árabes. Uno no puede esperar que le tomen en serio cuando su vida está siendo mediatizada por tres adolescentes de 17 años infringiendo la ley en alguna caravana en las colinas de Samaria. Uno no siempre puede solicitar el crédito de ser "la única democracia en el Oriente Medio" si esa democracia no funciona como debe.
Ha llegado el momento de admitir que el mundo no está de forma automática contra nosotros. Incluso los suecos - esos mismos suecos que recientemente nos irritaban tanto - nos han otorgado el Premio Nobel no hace mucho tiempo. Incluso organizaron, por iniciativa propia, la convención más importante jamás realizada en Europa para conmemorar el Holocausto (pero por aquí nadie se acuerda de las cosas buenas).
Muchos dirán que ser cool no vale la pena. Que no vale la pena a cambio de renunciar a los territorios o de limitar al IDF por su propio bien. Tal vez eso sea cierto. El Estado de Israel no fue creado para que otros digan que los judíos son buenos, sino más bien para que los judíos puedan contestarles que se metan en sus asuntos. Pero también deberemos admitir que se nos ha pasado la época en la que, cada vez que entrábamos en una habitación, las muchachas más bonitas querían bailar con nosotros.
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