(Sobre la historia) A pesar de todo, una única verdad - Yair Sheleg - Haaretz
Tras las noticias de que los libros de historia escolares estaban destinados a la enseñanza de la narrativa israelí junto a la narrativa palestina, el discurso público nuevamente se centra en la base del concepto relativista, esa que supone que "no hay verdad" por lo cual la posición propuesta recoge a todas las partes que disputan la historia.
Este concepto debe ser rechazado, en primer lugar debido a la hipocresía de los círculos que creen en él. Por alguna razón, si tomamos el conflicto israelí-palestino como ejemplo, proponen la adopción de un enfoque relativista solamente cuando resulta probable que socave la "narrativa sionista", pero nunca lo adoptarán cuando se trata de la “narrativa palestina”. Así, por ejemplo, nunca he oído a nadie proponer por aquí que la matanza perpetrada por Baruch Goldstein en la Cueva de los Patriarcas, en Purim de 1994, debe ser enseñada "con una doble visión": a un lado de la página la “narrativa palestina”, la cual habla de una cruel masacre en manos de un médico de 29 fieles inocentes; y al otro lado, una "narrativa judía"(extremista), la cual nos hablaría de un hombre bien intencionado que no pudo soportar la muerte de sus compañeros y cometió un acto de "autodefensa colectiva" en nombre de la población de colonos.
Por cierto, así sería posible enseñar el asesinato de Yitzhak Rabin bajo el mismo prisma. Por un lado, la "narrativa de la izquierda", según la cual el primer ministro que buscaba paz fue asesinado por un oponente político, y, por el otro lado, la "narrativa de la derecha"(extremista), en la que un joven inocente de origen yemení y llamado Yigal Amir, cayó víctima de una sofisticada conspiración del Shin Bet (las fuerzas de seguridad del interior).
Sin embargo, incluso sin la hipocresía de aquellos que apoyan estos relatos, este concepto relativista debería haber sido rechazada de plano. Y esto es muy cierto cuando se habla de los hechos. ¿Fueron judíos los que dispararon por primera vez en la Guerra de la Independencia, o fue tal vez fueron los árabes? ¿Cuál fue el alcance de las fuerzas y del armamento de cada uno de las partes? ¿Hubo acciones en las que los árabes de Israel fueron expulsados o no? Se nos permite esperar que los historiadores nos den respuestas claras a todas estas cuestiones.
De hecho, cuando se habla de la interpretación de los hechos, es inevitable que se argumente sobre la conexión causal entre los diversos hechos. Pero ahí, también, uno no debe renunciar al intento de ser preciso, no importa cuán difícil o lo disputado que podría ser. Es posible llegar a una conclusión que reúna y tenga en cuenta todos los hechos que sea posible (documentos, entrevistas y demás) y que nos puede llevar a una respuesta "correcta" (por lo menos para la gente en ese momento, ya que después de todo lo que es escribir la historia es aproximativo).
De esta manera, por ejemplo, debe formularse una respuesta a la cuestión de si hubo o no un complot organizado para expulsar a los árabes de Israel, y si fuera así, si ello se debía al deseo de ver el territorio libre de árabes o, más bien, si fue el resultado de la guerra que los árabes nos impusieron, lo que dio lugar a la sensación de que esa guerra era un juego de suma cero: o ellos o nosotros.
Cualquiera que afirme que no hay posibilidad de decidir entre las diferentes narrativas debe explicar por qué no propone abandonar esa especie de “sistema judicial”, uno que parece tener pretensiones de adoptar decisiones de tipo judicial e inclusive decidir los destinos de los pueblos. En efecto, es necesario contar con profesionales expertos para resoluciones de ese tipo - jueces o los historiadores - y es precisamente por esa razón por la que un libro de historia se supone que debe centrarse solamente en las posiciones de los historiadores profesionales, y no en las de "partes nacionalistas" (que expresan y se basan en las ideologías más que en la investigación).
Eso es posible, habrá diferencias de opinión entre los historiadores, al igual que existen entre los jueces, pero un desacuerdo de este tipo se supone que estará basado en las reclamaciones y las pruebas que apuntan a la verdad, en el supuesto de que apunten a ella, y aunque no siempre sea fácil llegar a ella. Al igual que no aceptaríamos una expresión relativista del estilo "esta es mi narrativa" por parte de unos jueces, y que las bases de su decisión estén en su ideología o lo que les dicte el corazón, tampoco podemos aceptar esa práctica por parte de los historiadores.
Este concepto debe ser rechazado, en primer lugar debido a la hipocresía de los círculos que creen en él. Por alguna razón, si tomamos el conflicto israelí-palestino como ejemplo, proponen la adopción de un enfoque relativista solamente cuando resulta probable que socave la "narrativa sionista", pero nunca lo adoptarán cuando se trata de la “narrativa palestina”. Así, por ejemplo, nunca he oído a nadie proponer por aquí que la matanza perpetrada por Baruch Goldstein en la Cueva de los Patriarcas, en Purim de 1994, debe ser enseñada "con una doble visión": a un lado de la página la “narrativa palestina”, la cual habla de una cruel masacre en manos de un médico de 29 fieles inocentes; y al otro lado, una "narrativa judía"(extremista), la cual nos hablaría de un hombre bien intencionado que no pudo soportar la muerte de sus compañeros y cometió un acto de "autodefensa colectiva" en nombre de la población de colonos.
Por cierto, así sería posible enseñar el asesinato de Yitzhak Rabin bajo el mismo prisma. Por un lado, la "narrativa de la izquierda", según la cual el primer ministro que buscaba paz fue asesinado por un oponente político, y, por el otro lado, la "narrativa de la derecha"(extremista), en la que un joven inocente de origen yemení y llamado Yigal Amir, cayó víctima de una sofisticada conspiración del Shin Bet (las fuerzas de seguridad del interior).
Sin embargo, incluso sin la hipocresía de aquellos que apoyan estos relatos, este concepto relativista debería haber sido rechazada de plano. Y esto es muy cierto cuando se habla de los hechos. ¿Fueron judíos los que dispararon por primera vez en la Guerra de la Independencia, o fue tal vez fueron los árabes? ¿Cuál fue el alcance de las fuerzas y del armamento de cada uno de las partes? ¿Hubo acciones en las que los árabes de Israel fueron expulsados o no? Se nos permite esperar que los historiadores nos den respuestas claras a todas estas cuestiones.
De hecho, cuando se habla de la interpretación de los hechos, es inevitable que se argumente sobre la conexión causal entre los diversos hechos. Pero ahí, también, uno no debe renunciar al intento de ser preciso, no importa cuán difícil o lo disputado que podría ser. Es posible llegar a una conclusión que reúna y tenga en cuenta todos los hechos que sea posible (documentos, entrevistas y demás) y que nos puede llevar a una respuesta "correcta" (por lo menos para la gente en ese momento, ya que después de todo lo que es escribir la historia es aproximativo).
De esta manera, por ejemplo, debe formularse una respuesta a la cuestión de si hubo o no un complot organizado para expulsar a los árabes de Israel, y si fuera así, si ello se debía al deseo de ver el territorio libre de árabes o, más bien, si fue el resultado de la guerra que los árabes nos impusieron, lo que dio lugar a la sensación de que esa guerra era un juego de suma cero: o ellos o nosotros.
Cualquiera que afirme que no hay posibilidad de decidir entre las diferentes narrativas debe explicar por qué no propone abandonar esa especie de “sistema judicial”, uno que parece tener pretensiones de adoptar decisiones de tipo judicial e inclusive decidir los destinos de los pueblos. En efecto, es necesario contar con profesionales expertos para resoluciones de ese tipo - jueces o los historiadores - y es precisamente por esa razón por la que un libro de historia se supone que debe centrarse solamente en las posiciones de los historiadores profesionales, y no en las de "partes nacionalistas" (que expresan y se basan en las ideologías más que en la investigación).
Eso es posible, habrá diferencias de opinión entre los historiadores, al igual que existen entre los jueces, pero un desacuerdo de este tipo se supone que estará basado en las reclamaciones y las pruebas que apuntan a la verdad, en el supuesto de que apunten a ella, y aunque no siempre sea fácil llegar a ella. Al igual que no aceptaríamos una expresión relativista del estilo "esta es mi narrativa" por parte de unos jueces, y que las bases de su decisión estén en su ideología o lo que les dicte el corazón, tampoco podemos aceptar esa práctica por parte de los historiadores.
Labels: Israel, Nuevos Historiadores


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