Las conversaciones de proximidad condenadas al fracaso - Giora Eiland - Ynet
Se nos ha hablado recientemente acerca de la esperada reanudación de las negociaciones palestino-israelíes sobre un futuro acuerdo final. A pesar de que se trata solamente de conversaciones indirectas - una especie de diálogo indirecto con la ayuda de EEUU -, aparentemente existe un motivo para el optimismo: después de 18 meses, las partes van a volver a hablar de nuevo.
Sin embargo, si realizamos un análisis en profundidad de los intereses de las tres partes implicadas, llegaríamos a la conclusión de que no hay muchas razones para celebrarlo.
El primer problema se deriva de las profundas diferencias culturales entre nosotros, la gente del Oriente Medio, y los americanos. Para los estadounidenses, si las conversaciones palestino-israelíes se han sucedido desde hace 17 años hasta ahora, se hace evidente que el objetivo de las negociaciones es garantizar un acuerdo final. Pero por otro lado, Israel y los palestinos han entablado esas conversaciones con dos objetivos completamente diferentes.
El primer objetivo es mantener el proceso por los beneficios que conlleva su existencia. Para Israel, el actual proceso mitiga la presión internacional ejercida sobre nosotros. Pero para los dirigentes palestinos, el proceso es la principal justificación para la continuidad en la jefatura del gobierno de un liderazgo ya veterano. Por lo tanto, la existencia misma de un proceso es vital para el bienestar de ambos liderazgos políticos y para su supervivencia.
El segundo objetivo de los israelíes y los palestinos es asegurarse que cuando la actual ronda de conversaciones fracase, se culpe a la otra parte de ello.
Un ejemplo útil de la brecha cultural entre los estadounidenses y las otros dos partes se produjo cuando el general americano Zinni llegó a la región a principios de 2002, como enviado del presidente George W. Bush y con el objetivo de garantizar un período de calma en la zona. Después de la reunión por separado con ambas partes, Zinni emitió un documento con 12 tareas, seis para Israel y seis para los palestinos. En su opinión, si ambas partes hacían un esfuerzo para completar estas tareas, una tregua sería posible.
A continuación, convocó a ambas partes y fue directo al grano: les pidió a los palestinos que empezaran a explicarle cómo tenían la intención de completar su primera tarea. El alto representante palestino, Mohammad Dahlan, se puso furioso. “Un momento”, le gritó, "tengo que explicarle algo primero". Luego se lanzó a un mordaz discurso de una hora de duración sobre las injusticias de la "ocupación". La parte israelí insistió en responderle, y como uno puede imaginar, ambas partes no fueron guiadas precisamente por el deseo de resolver los problemas, sino por un poderoso deseo de demostrar a los estadounidenses que la otra parte era la culpable.
¿Por qué podemos suponer que la reanudación de las negociaciones en este momento terminará nuevamente con una decepción para las tres partes? Para Israel, el proceso que está comenzando en este momento puede dar lugar a una iniciativa de paz estadounidense. Dicha propuesta sería probablemente similar al plan de Clinton del 2000, sin embargo, no será en la forma de "lo tomas o lo dejas", sino más bien un dictado americano con un amplio respaldo internacional.
Los palestinos también temen dichos resultados, al igual que las numerosas concesiones que tendrán que aceptar, coronadas por la renuncia al derecho de retorno, además de tener que demostrar que son capaces de formar un gobierno que gestione Gaza y Cisjordania y que apoye el acuerdo. El resultado puede ser un gran enfrentamiento con Hamas, un choque que también pondría en peligro lo que los palestinos tienen en este momento.
El gran perdedor puede ser Obama. El fracaso del proceso sin duda que no aumentará su prestigio, sin embargo, incluso si se alcanza el éxito, puede dar lugar a una gran decepción. Supongamos que se llegue a un acuerdo como resultado de una poderosa presión estadounidense. El resultado estratégico puede ser muy decepcionante.
Los EEUU creen realmente que el mundo árabe quiere resolver el conflicto israelo-palestino y que agradecerá a los Estados Unidos el haber sido capaz de obligar a ambas partes a conseguir un acuerdo final. Sin embargo, la verdad es diferente: el mundo árabe no está interesado en ver el final del conflicto. En opinión de la llamada “calle árabe”, un acuerdo final que incluya el reconocimiento del Estado judío, su soberanía (parcial) en Tierra Santa - inclusive de los Santos Lugares (el Kotel) - y una renuncia al derecho de retorno constituiría una capitulación ante la presión estadounidense.
La llamada “calle árabe” se alzaría llena de cólera contra los EEUU y contra sus propios líderes si un acuerdo de ese tipo es finalmente alcanzado.
La evaluación americana de que la solución del conflicto israelo-palestino tendría un efecto fuertemente positivo para la región puede ser un grave error. La conclusión es que una solución de dos Estados, que requiere tanto de las partes implicadas y tan poco del mundo árabe, probablemente no está asegurada. Sin embargo, en caso de que se logrará después de todo, sus consecuencias podrían llegar a ser muy decepcionantes.
Sin embargo, si realizamos un análisis en profundidad de los intereses de las tres partes implicadas, llegaríamos a la conclusión de que no hay muchas razones para celebrarlo.
El primer problema se deriva de las profundas diferencias culturales entre nosotros, la gente del Oriente Medio, y los americanos. Para los estadounidenses, si las conversaciones palestino-israelíes se han sucedido desde hace 17 años hasta ahora, se hace evidente que el objetivo de las negociaciones es garantizar un acuerdo final. Pero por otro lado, Israel y los palestinos han entablado esas conversaciones con dos objetivos completamente diferentes.
El primer objetivo es mantener el proceso por los beneficios que conlleva su existencia. Para Israel, el actual proceso mitiga la presión internacional ejercida sobre nosotros. Pero para los dirigentes palestinos, el proceso es la principal justificación para la continuidad en la jefatura del gobierno de un liderazgo ya veterano. Por lo tanto, la existencia misma de un proceso es vital para el bienestar de ambos liderazgos políticos y para su supervivencia.
El segundo objetivo de los israelíes y los palestinos es asegurarse que cuando la actual ronda de conversaciones fracase, se culpe a la otra parte de ello.
Un ejemplo útil de la brecha cultural entre los estadounidenses y las otros dos partes se produjo cuando el general americano Zinni llegó a la región a principios de 2002, como enviado del presidente George W. Bush y con el objetivo de garantizar un período de calma en la zona. Después de la reunión por separado con ambas partes, Zinni emitió un documento con 12 tareas, seis para Israel y seis para los palestinos. En su opinión, si ambas partes hacían un esfuerzo para completar estas tareas, una tregua sería posible.
A continuación, convocó a ambas partes y fue directo al grano: les pidió a los palestinos que empezaran a explicarle cómo tenían la intención de completar su primera tarea. El alto representante palestino, Mohammad Dahlan, se puso furioso. “Un momento”, le gritó, "tengo que explicarle algo primero". Luego se lanzó a un mordaz discurso de una hora de duración sobre las injusticias de la "ocupación". La parte israelí insistió en responderle, y como uno puede imaginar, ambas partes no fueron guiadas precisamente por el deseo de resolver los problemas, sino por un poderoso deseo de demostrar a los estadounidenses que la otra parte era la culpable.
¿Por qué podemos suponer que la reanudación de las negociaciones en este momento terminará nuevamente con una decepción para las tres partes? Para Israel, el proceso que está comenzando en este momento puede dar lugar a una iniciativa de paz estadounidense. Dicha propuesta sería probablemente similar al plan de Clinton del 2000, sin embargo, no será en la forma de "lo tomas o lo dejas", sino más bien un dictado americano con un amplio respaldo internacional.
Los palestinos también temen dichos resultados, al igual que las numerosas concesiones que tendrán que aceptar, coronadas por la renuncia al derecho de retorno, además de tener que demostrar que son capaces de formar un gobierno que gestione Gaza y Cisjordania y que apoye el acuerdo. El resultado puede ser un gran enfrentamiento con Hamas, un choque que también pondría en peligro lo que los palestinos tienen en este momento.
El gran perdedor puede ser Obama. El fracaso del proceso sin duda que no aumentará su prestigio, sin embargo, incluso si se alcanza el éxito, puede dar lugar a una gran decepción. Supongamos que se llegue a un acuerdo como resultado de una poderosa presión estadounidense. El resultado estratégico puede ser muy decepcionante.
Los EEUU creen realmente que el mundo árabe quiere resolver el conflicto israelo-palestino y que agradecerá a los Estados Unidos el haber sido capaz de obligar a ambas partes a conseguir un acuerdo final. Sin embargo, la verdad es diferente: el mundo árabe no está interesado en ver el final del conflicto. En opinión de la llamada “calle árabe”, un acuerdo final que incluya el reconocimiento del Estado judío, su soberanía (parcial) en Tierra Santa - inclusive de los Santos Lugares (el Kotel) - y una renuncia al derecho de retorno constituiría una capitulación ante la presión estadounidense.
La llamada “calle árabe” se alzaría llena de cólera contra los EEUU y contra sus propios líderes si un acuerdo de ese tipo es finalmente alcanzado.
La evaluación americana de que la solución del conflicto israelo-palestino tendría un efecto fuertemente positivo para la región puede ser un grave error. La conclusión es que una solución de dos Estados, que requiere tanto de las partes implicadas y tan poco del mundo árabe, probablemente no está asegurada. Sin embargo, en caso de que se logrará después de todo, sus consecuencias podrían llegar a ser muy decepcionantes.
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