Qué es el antisemitismo y qué no lo es – Ben S. Cohen - Huffingtonpost
Esta mañana he recibido un correo electrónico de un lector que me informaba que yo era "un polluelo de halcón judío". En buena medida, me instaba a continuación a realizar un acto con mi kipá que no puedo repetir en una conversación educada.
Lo que despertó la ira de esta persona fue un pequeño comentario de principios de esta semana acerca de Oliver Stone. Evidentemente, las opiniones de mi corresponsal sobre los judíos eran poco diferentes de las expresadas por Stone en su entrevista con el Sunday Times. Por lo tanto, concluía mi interlocutor vía correo electrónico, él se merecía la etiqueta de "antisemita" tanto como Oliver Stone.
Claro que, a diferencia de mi detractor, Stone se disculpó rápidamente por sus comentarios, lo que provoca la pregunta de si es justo llamarlo un antisemita. La respuesta está en entender lo que es antisemitismo y lo que no lo es.
Los casos de celebridades que expresan su aborrecimiento de los judíos, ya sea pontificando ante un periodista como Oliver Stone, o bien atacando a un policía estando borracho, como Mel Gibson, fomentan la errónea concepción de que el antisemitismo es un tipo particular de grosería indirecta que se puede superar mediante el ejercicio del autocontrol. Sobre todo después del Holocausto, la sabiduría se supone, y despotricar contra los judíos es un comportamiento decididamente inapropiado.
Aun así, ¿si uno de los peores instintos le domina a uno, con una disculpa posterior se anula oportunamente la ofensa? Si el antisemitismo se redujera a la categoría de insulto, entonces sí, probablemente con eso bastaría. Pero el problema aquí, como hubiera dicho Marx, es la confusión de la apariencia con la esencia.
Lo que le hace distinto al antisemitismo es que representa una visión del mundo, un medio de explicar por qué existen la injusticia y los conflictos en nuestras sociedades. En su reciente y gran estudio, el académico Robert Wistrich cita con admiración al escritor francés monárquico Charles Maurras por la concisión de su concepción del antisemitismo: "Permite que todo sea arreglado, solucionado y sea más sencillo".
En el siglo XIX, Maurras y sus seguidores llevaban con orgullo la etiqueta de antisemitas. Lo mismo hizo Wilhelm Marr, el agitador alemán ampliamente acreditado como el acuñador del término antisemitismo, y que pasó a fundar la Liga de los Antisemitas en 1879. Para estos hombres y sus seguidores, el antisemitismo no era tanto una actitud como una ideología.
Cuando se trata de los comentarios de Oliver Stone, es precisamente la ideología la que resulta visible. Oliver Stone, es importante recordarlo, disminuye la importancia del Holocausto y reaviva la afirmación centenaria del control de los medios por los judíos, a fin de exponer su traca final: "Israel ha jodido la política exterior de Estados Unidos durante años".
Esas opiniones son cada vez más corrientes entre los Chavistas que tanto cautivan a los famosos. De acuerdo con su política y su teológicamente promiscua historia, el antisemitismo es nuevamente perfectamente compatible, en el peor de los casos, con lo que comúnmente se considera como un punto de vista progresista, especialmente si el foco recae sobre el Estado de Israel.
Es por eso que el antisemitismo sigue siendo uno de los términos más furiosamente impugnados en el debate político de hoy. Invariablemente, los acusados que rechazan airadamente esa acusación replican que han sido injustamente calumniados mediante una táctica diseñada para amordazar a los que insisten es la horrible realidad de Israel.
Estas son personas que tratan de hacernos creer que las víctimas actuales del antisemitismo ya no son los judíos, sino aquellos que son etiquetados como antisemitas. Sin embargo, tal sofisma no estaba a disposición de Oliver Stone por su franqueza al hablar de los judíos, y no de los "sionistas" o del "lobby de Israel". Recientemente, sólo Helen Thomas ha mostrado una franqueza equivalente.
Hay un nivel más profundo en aquellos que reciclan los temas favoritos del antisemitismo pero que se cuidan muy mucho de no hacer lo que Stone y Thomas hicieron, y es hablar acerca de los judíos "como judíos". En la revista judía online Tablet, la semana pasada, Lee Smith ha luchado valientemente en un artículo contra un elenco de personajes que incluían a Stephen Walt, Green Greenwald y Andrew Sullivan, y sostuvo que la cuestión que nos ocupa no son las indiscernibles creencias "de las personas", sino la forma en que estos escritores, cuando escriben acerca de Israel, son "cómplices en la obra común de incorporar al discurso dominante el lenguaje, el discurso y las ideas antisemitas, antes confinadas en las web de extrema derecha cargadas de odio".
Es poco probable que los oponentes (y aludidos) de Lee Smith participen en ningún tipo de reflexión crítica, tal vez porque la verdad es demasiado penosa de soportar. Muchos de los grandes mitos de nuestro tiempo - Israel como el último Estado canalla, la política de EEUU como rehén del lobby de Israel, los palestinos como icónico símbolo del sufrimiento humano - se basan en una tradición mucho más antigua que, hace sólo veinte años, la mayoría de la gente consideraba como una cuestión para los historiadores, no para los cronistas de la actualidad.
Fueron estos mitos los que efectivamente dieron lugar a las "licencias" de Oliver Stone. Si hay una lección que cabe extraer de "L'Affaire Stone", es que él, al opinar así, no actúa en solitario - y es por eso que sus disculpas pueden parecer válidas -.
Fuente: Huffington Post
Lo que despertó la ira de esta persona fue un pequeño comentario de principios de esta semana acerca de Oliver Stone. Evidentemente, las opiniones de mi corresponsal sobre los judíos eran poco diferentes de las expresadas por Stone en su entrevista con el Sunday Times. Por lo tanto, concluía mi interlocutor vía correo electrónico, él se merecía la etiqueta de "antisemita" tanto como Oliver Stone.
Claro que, a diferencia de mi detractor, Stone se disculpó rápidamente por sus comentarios, lo que provoca la pregunta de si es justo llamarlo un antisemita. La respuesta está en entender lo que es antisemitismo y lo que no lo es.
Los casos de celebridades que expresan su aborrecimiento de los judíos, ya sea pontificando ante un periodista como Oliver Stone, o bien atacando a un policía estando borracho, como Mel Gibson, fomentan la errónea concepción de que el antisemitismo es un tipo particular de grosería indirecta que se puede superar mediante el ejercicio del autocontrol. Sobre todo después del Holocausto, la sabiduría se supone, y despotricar contra los judíos es un comportamiento decididamente inapropiado.
Aun así, ¿si uno de los peores instintos le domina a uno, con una disculpa posterior se anula oportunamente la ofensa? Si el antisemitismo se redujera a la categoría de insulto, entonces sí, probablemente con eso bastaría. Pero el problema aquí, como hubiera dicho Marx, es la confusión de la apariencia con la esencia.
Lo que le hace distinto al antisemitismo es que representa una visión del mundo, un medio de explicar por qué existen la injusticia y los conflictos en nuestras sociedades. En su reciente y gran estudio, el académico Robert Wistrich cita con admiración al escritor francés monárquico Charles Maurras por la concisión de su concepción del antisemitismo: "Permite que todo sea arreglado, solucionado y sea más sencillo".
En el siglo XIX, Maurras y sus seguidores llevaban con orgullo la etiqueta de antisemitas. Lo mismo hizo Wilhelm Marr, el agitador alemán ampliamente acreditado como el acuñador del término antisemitismo, y que pasó a fundar la Liga de los Antisemitas en 1879. Para estos hombres y sus seguidores, el antisemitismo no era tanto una actitud como una ideología.
Cuando se trata de los comentarios de Oliver Stone, es precisamente la ideología la que resulta visible. Oliver Stone, es importante recordarlo, disminuye la importancia del Holocausto y reaviva la afirmación centenaria del control de los medios por los judíos, a fin de exponer su traca final: "Israel ha jodido la política exterior de Estados Unidos durante años".
Esas opiniones son cada vez más corrientes entre los Chavistas que tanto cautivan a los famosos. De acuerdo con su política y su teológicamente promiscua historia, el antisemitismo es nuevamente perfectamente compatible, en el peor de los casos, con lo que comúnmente se considera como un punto de vista progresista, especialmente si el foco recae sobre el Estado de Israel.
Es por eso que el antisemitismo sigue siendo uno de los términos más furiosamente impugnados en el debate político de hoy. Invariablemente, los acusados que rechazan airadamente esa acusación replican que han sido injustamente calumniados mediante una táctica diseñada para amordazar a los que insisten es la horrible realidad de Israel.
Estas son personas que tratan de hacernos creer que las víctimas actuales del antisemitismo ya no son los judíos, sino aquellos que son etiquetados como antisemitas. Sin embargo, tal sofisma no estaba a disposición de Oliver Stone por su franqueza al hablar de los judíos, y no de los "sionistas" o del "lobby de Israel". Recientemente, sólo Helen Thomas ha mostrado una franqueza equivalente.
Hay un nivel más profundo en aquellos que reciclan los temas favoritos del antisemitismo pero que se cuidan muy mucho de no hacer lo que Stone y Thomas hicieron, y es hablar acerca de los judíos "como judíos". En la revista judía online Tablet, la semana pasada, Lee Smith ha luchado valientemente en un artículo contra un elenco de personajes que incluían a Stephen Walt, Green Greenwald y Andrew Sullivan, y sostuvo que la cuestión que nos ocupa no son las indiscernibles creencias "de las personas", sino la forma en que estos escritores, cuando escriben acerca de Israel, son "cómplices en la obra común de incorporar al discurso dominante el lenguaje, el discurso y las ideas antisemitas, antes confinadas en las web de extrema derecha cargadas de odio".
Es poco probable que los oponentes (y aludidos) de Lee Smith participen en ningún tipo de reflexión crítica, tal vez porque la verdad es demasiado penosa de soportar. Muchos de los grandes mitos de nuestro tiempo - Israel como el último Estado canalla, la política de EEUU como rehén del lobby de Israel, los palestinos como icónico símbolo del sufrimiento humano - se basan en una tradición mucho más antigua que, hace sólo veinte años, la mayoría de la gente consideraba como una cuestión para los historiadores, no para los cronistas de la actualidad.
Fueron estos mitos los que efectivamente dieron lugar a las "licencias" de Oliver Stone. Si hay una lección que cabe extraer de "L'Affaire Stone", es que él, al opinar así, no actúa en solitario - y es por eso que sus disculpas pueden parecer válidas -.
Fuente: Huffington Post
Labels: Antisemitismo, Ben SCohen, Izquierda Maravilla


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