Ojo con Avigdor Lieberman. Algunos (que tanto le critican) le están preparando el terreno.

Avigdor Lieberman es ese político derechista populista del que la izquierda occidental y sus medios suelen destacar su pasado como portero de discoteca. Lo que no añaden a continuación es que gracias a esa dedicación tan mal vista se costeó sus dos carreras universitarias. Algo de lo que algunos ministros del país del buen rollito no pueden presumir, al quedarse en sólo algunas asignaturas aprobadas en primero de carrera.
Pero dejando aparte el perfil académico del personaje, resulta muy llamativa esa especie de huida hacia delante de uno de los pilares básicos del gobierno Netanyahu, hasta el punto que muchos apuntan a su deseo de configurarse como rival político de Netanyahu en la propia derecha y como su expulsión del gobierno actual le facilitaría el perfil deseado (véase la bronca escasamente diplomática a los embajadores francés y español, y la sensación de “se lo merecían” tan popular entre en muchos israelíes), sobre todo si Netanyahu hace demasiadas concesiones (que servirían de posición de partida hasta las próximas negociaciones y así nuevamente…) y finalmente el actual proceso de paz no tiene éxito
Todo el asunto se ha precipitado con el discurso de Lieberman en las Naciones Unidas, discurso sorprendente porque no seguía las pautas del gobierno del que forma parte sino de su propia formación política, Israel Beitenau. Este hecho ha sido criticado con mucha razón, pues su cargo, ministro de Asuntos Exteriores, implica una responsabilidad institucional y no partidista, y su mensaje por lo tanto debería haber seguido la línea marcada por su gobierno.
Dicho esto, que ya de por sí no dice nada bueno, dos temas de su discurso han levantado una gran polvareda. Uno ha sido “retrasar” una posible paz a un período de “décadas” y el otro preconizar que una auténtica solución requiere un cambio territorial y de población, el cual no implicaría ninguna transferencia de población sino un cambio de su ciudadanía, y que afectaría a todos esos árabes israelíes (o palestinos de Israel) que constantemente apelan a su identidad palestina y árabe, y a la imposición que sufren de una ciudadanía israelí, pero que luego no desean dar el paso lógico que tanto dicen anhelar, es decir, formar parte constituyente a todos los niveles del futuro estado de Palestina (sus verdaderos compatriotas según parece) y de la nación árabe.
Respecto al asunto de la temporalidad, parece haber asustado que se hable de “décadas” y no de un nebuloso “año o años”. La verdad es que hemos publicado algunos artículos de comentaristas y políticos extranjeros e israelíes, alguno tan manifiestamente identificado con todos los procesos de paz como Yossi Beilin, que preconizan en la actualidad conseguir un acuerdo parcial y localizado y no final, pues aseguran que éste último no sería posible en estos momentos e inclusive su búsqueda sería peligrosa por no reunirse las circunstancias adecuadas, por lo que sería preferible dejarlo para más adelante. Es por esto que el espanto desatado por esa mención de “décadas” para un arreglo final se antoja algo susceptible y sesgado.
Con respecto al intercambio de territorios y población la hipocresía ha alcanzado aún mayores cuotas. Hemos de recordar que la derecha israelí que ahora propone esa anteriormente ha sido partidaria más o menos expresamente del Gran Israel, es decir, la idea nunca partió de sus filas sino de la izquierda israelí. En un post previo publiqué un artículo de Yossi Alpher, otro destacado buscador de la paz desde el espectro de la izquierda israelí, donde hacía mención de los orígenes en la izquierda israelí de esa idea, y de cómo su rescate por parte de Lieberman “la estaba devaluando o dando mala fama”.
Bien, el problema para mí no es que Lieberman, como buen populista que es, retome ideas ajenas y las haga propias, el problema estriba en cómo la izquierda se las dejó arrebatar y/o las abandono. A menos claro está que ahora ya no las asuma, entonces las quejas de “devaluación” no tendrían mucho sentido.
El problema radica en que una parte importante de la izquierda israelí adoptó otra idea como motor básico de lo que considera que debe ser Israel: Israel como el “Estado de todos sus ciudadanos”, es suma, un abandono del carácter judío del Estado y la adopción de un carácter multicultural sin un carácter nacional demasiado definido (o sea, una especie de Gran Tel Aviv pero donde la mayoría de la población tuviera muy poco que ver con la caracterización habitual – bastante “kitsch” - de sus habitantes. La idea tenía en mente conseguir apoyos entre esa parte de los árabes israelíes que esa izquierda israelí considera como más próximos a sus objetivos y por lo tanto más susceptibles de captar, el denominado liderazgo social y cultural árabe israelí (asociaciones culturales, sociales, de derechos, más bien que los representantes políticos en la Knesset, sin excluir a algunos). La idea consistía en facilitar una igualdad plena de todos los ciudadanos israelíes rebajando las connotaciones nacionales (obviamente las judías). En principio, nada objetable a tal propuesta a primera vista, lo que sucede es que esa izquierda israelí volvió a tropezar con la misma piedra de siempre: interpretar los deseos de los palestinos, en este caso de los árabes israelíes, a su gusto, obviando sus verdaderos deseos, los que verdaderamente sostienen.
Fue por eso que cuando el llamado liderazgo social, cultural y político de los árabes israelíes publicitó sus “Visiones” del futuro deseado para los árabes israelíes dentro de Israel la izquierda israelí enmudeció clamorosamente. ¿Y por qué? Pues porque mientras la izquierda israelí había estado vendiendo a la población judía la idea de un “Estado de todos los ciudadanos”, dando a entender más o menos que era la solución que estaba buscando la población (el liderazgo) árabe israelí, ese mismo liderazgo, en la mayoría de sus “Visiones”, dejaba totalmente de lado el “Estado de todos los ciudadanos” y preconizaba un “Estado binacional confederal”, con las dos naciones, árabe y judía, bien delimitadas y prácticamente estancas y separadas, un Israel conformado como dos “estados paralelos” a casi todos los niveles y con pocos elementos vinculantes, y donde la parte árabe de Israel desearía tener una relación especial y preferente con la futura Palestina (si no desea su integración en ella). O sea, que si esa izquierda israelí no quería nacionalismo (judío) para contentar a los árabes israelíes, ahora esos mismos árabes israelíes que tanto habían defendido les propondrían una ración doble, un nacionalismo árabe y otro judío (es importante destacar como aquellos dentro de la izquierda israelí que desean huir del nacionalismo judío se verían relegados nuevamente, según esas “Visiones” y gracias esta vez a sus colegas árabes israelíes, a la esfera estrictamente judía).
Nada nuevo para la ceguera consustancial a la izquierda israelí.
Y es por ahí por donde van los tiros de la proposición – repito, originaria de la izquierda - de un intercambio de territorios. Obviamente, en una situación normalizada, se necesitaría la aquiescencia de la población afectada para la decisión de cambiar, exclusivamente, de ciudadanía. Pero ahí empiezan las pegas, existen varios motivos para que aquellos que sólo se sienten palestinos y árabes deseen aún así permanecer en Israel:
- Falta de confianza en la naciente entidad palestina y en su posterior futuro (Hamas, poder de los clanes, milicias, etcétera).Obviamente, el hecho demográfico surge como un elemento relevante en estas dos últimas aptitudes y motivaciones, y la posibilidad de su agravación con un posible retorno de un determinado número de refugiados a Israel y con las posibilidades que brinda la reunificación familiar a través de matrimonios entre árabes israelíes y palestinos. Es por esto que la nueva Ley de Ciudadanía Neumman-Lieberman apunta a controlar la llegada de nuevos ciudadanos que promoverían estas dos últimas motivaciones, y que el intercambio territorial y de población propuesto por Lieberman, y que afectaría a las zonas colindantes con el nuevo estado palestino y pobladas muy mayoritariamente por árabes israelíes, sería otra solución para esa amenaza, solución difícilmente objetable cuando algunos árabes israelíes sólo se asumen como palestinos y árabes, considerando su ciudadanía israelí como una "imposición" (léase, la existencia de Israel).
- Mejores posibilidades económicas y de desarrollo en Israel.
- Desconfianza ante una posterior postergación en el Estado palestino por el hecho de proceder de Israel y por su falta de “combatividad”, y su postergación, dentro de la causa nacional palestina.
- Una actitud nacionalista que les lleva a permanecer en Israel para proseguir desde dentro con el conflicto nacional israelí-palestino, debilitando y desestabilizando a Israel desde el interior, y ayudados desde el exterior por el estado palestino y por el resto de los países árabes (junto con el habitual movimiento anti-Israel occidental que no esperarían ustedes que desapareciera con el nacimiento de un estado palestino).
- Propiciar desde dentro un cambio en la estructura nacional de Israel, hasta obligar a conformarlo como un Estado binacional confederal (las “Visiones”), quizás como paso intermedio para su futura conformación con el tiempo como estado árabe (cuando la población judía sea minoría), y por qué no, su posible reunificación posterior con el estado palestino.
Como ya he comentado antes, en una situación normalizada la opinión de los afectados debería ser tomada en cuenta, pero cuando se trata de acabar de una vez por todas con un conflicto nacional tan sangriento (y que según tanta gente políticamente correcta sería sobre el que “pivotaría toda la inestabilidad y violencia en el Oriente Medio”), y de facilitar la mejor solución por ser la más duradera y sostenible (vaya palabreja), no debería obviarse de ninguna de las maneras imponer como mal menor dicho intercambio entre los dos estados para así evitar futuros problemas que, esperemos, no se deseen.
La cuestión estriba en si la izquierda israelí más responsable se da cuenta de las apuestas que subyacen al tan anhelado acuerdo final para terminar con el conflicto. No hablar de ello no anuncia nada bueno, mucho peor, deja el campo libre a los Lieberman de turno que, de forma más o menos sincera, populista o electoralista, observan que sólo ellos se atreven a hablar en voz alta de la problemática que el resto de la clase política solo se atreve a susurrar y que genera gran inquietud entre la opinión pública. Una de las cosas que está experimentando la clase política occidental es contemplar como aquellos problemas que dejan soterrados por requerir un gran esfuerzo y voluntad de decisión (además de conllevar peligros electorales), son recuperados por fuerzas políticas que conforman con ellos sus programas electorales y arrastran así a una cada vez mayor parte de la población cansada de convivir con dichos problemas y de la falta de decisión a la hora de combatirlos.


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