Olvidando a Yitzhak Rabin - Shmuel Rosner - Slate

Hace un año, fui invitado a hablar en una reunión en Tel Aviv para conmemorar el asesinato de Yitzhak Rabin. El primer ministro fue asesinado el 4 de noviembre de 1995 por un radical judío que se oponía a la política del gobierno de Rabin de negociar con los palestinos. El asesinato sacudió a la sociedad israelí hasta la médula.
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La asistencia al evento fue muy mediocre. Para conmemorar el aniversario existía una tradición anual en esta sinagoga, pero el año último encuentro fue la conmemoración del último de estos. Como el número de personas continuaba declinando, la sinagoga decidió terminar con los oradores y cantantes y conformarse con un servicio religioso. Este año, el 15º aniversario, apenas había podido atraer a un minián- las 10 personas requeridas como quórum para un acto comunitario judío.
Esta disminución del interés es evidente en todo Israel. La manifestación anual en la plaza donde Rabin fue asesinado tuvo lugar el sábado, al parecer por última vez, ya que las televisiones se negaban a difundir un evento en directo que ya no despertaba tanto interés, aunque la televisión pública fue presionado a tiempo para hacerlo. Un legislador del Partido Laborista de Rabin provocó una gran controversia por sugerir "eliminar la imagen de Rabin de la sala de reuniones del partido". El Día Rabin está perdiendo altura y actualmente se ha transformado en un programa educativo, ya que los niños de la escuela secundaria no tienen memoria de Rabin o del terrible suceso acontecido un sábado en la plaza de su ciudad.
La verdad es que el Día Rabin nunca transmitió un mensaje coherente a la opinión pública israelí. La izquierda política lo adoptó como una forma de promover la narrativa de un "Rabín pacificador", convirtiendo las manifestaciones en dicho aniversario en manifestaciones por la paz.
La derecha política se quejó de que con ese enfoque se trataba de aislarla, sobre todo por la tendencia de algunos autelegidos "portadores de la antorcha Rabin" de seguir recordando a la opinión pública israelí los muchos pecados de la derecha israelí, es decir, la dura retórica utilizada por los líderes de la derecha en los meses previos al asesinato. Así pues, para muchos el Día Rabin se había convertido en un momento de amargura en lugar de un solemne homenaje.
En los años inmediatamente posteriores al asesinato, el Día Rabin fue también una época de foros para el "diálogo" y la "reconciliación" entre los diferentes sectores de la sociedad israelí. Estos eventos también se han desvanecido tras el colapso del proceso de paz y del consenso israelí. La mayoría de los israelíes han perdido todas las ilusiones en que la paz pueda alcanzarse proximamente, y desconfía de su imagen de color de rosa pintada una vez más por el campo de la paz. Pero la mayoría de los israelíes saben desde hace tiempo que cuando llegue el momento el precio de las concesiones será alto, y están dispuestos a pagarlo si se les asegura y convence de que les traerá la seguridad (Este consenso no es entendido y es generalmente mal interpretado por los medios de comunicación extranjeros).
Dentro de Israel, las tensiones políticas no son tan tóxicas como lo eran a mediados de los años 90. Los israelíes ya no están tan divididos, como el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu acertadamente señaló en la ceremonia de este año. El asesinato de Rabin podría haber tenido algo que ver con "haber enseñado a los responsables políticos a bajar el tono de su retórica". Pero tiene más que ver con el hecho de que los israelíes consideran que no tiene sentido debatir de cosas en las que generalmente están de acuerdo.
Todo esto deja al Día Rabin sin "legado" con el que proseguir. Algunos de los primeros en reconocerlo eran miembros de la propia familia de Rabin: En 2008, su hijo Yuval afirmó que podría votar por Netanyahu, el padre de su otrora rival. La hija de Rabin, Dalia, recientemente manifestó a los israelíes que su padre no había estado totalmente satisfecho con la manera en que marchaba el proceso de paz y que había considerado ponerlo fin. La familia se dio cuenta de que politizar el asesinato y dejar que Rabin se convirtiera en un héroe de la izquierda le negaría la admiración del país en su conjunto. Políticos y columnistas siguieron a la familia y sugirieron que existía un consenso sobre el hecho de que la mejor lección a extraer del asesinato sería reforzar los valores democráticos.
Sin embargo, ese tipo de mensaje no puede transmitir la emoción del asesinato. Difícilmente puede conducir a la gente a asistir a mítines y manifestaciones. Más bien sería un mensaje para las aulas, para las serias ceremonias oficiales y para "los libros de historia".
Algunos verán la inevitable decadencia del Día Rabin como una prueba de que Israel no quiere la paz, o de que "los valores democráticos de los israelíes se han erosionado", o inclusive de que el asesinato de Rabin "fue un crimen perfecto que valió la pena".
Pero todas esas opiniones son una tontería.
No tuve muchas reuniones con Rabin, y todo lo seguí desde la barrera. Pero tengo un vívido recuerdo de la primera vez que tuve el privilegio de conocerlo. Yo era muy joven, tenía 19 o 20 años y servía en la estación de radio del IDF. En ese momento, Rabin era el ministro de Defensa, y yo tenía la tarea de producir una entrevista con él de una hora de duración que se emitiría en la víspera del Año Nuevo judío. Recuerdo que fui a la sala de reunión en el Ministerio de Defensa en Tel Aviv llevando las cintas en las que grabar la entrevista. Y recuerdo a Rabin, con un cigarrillo en la mano, mirándonos con cierta impaciencia. "¿Tiene que ser de una hora? ¿No podemos hacer una entrevista de 10 minutos?", nos preguntó medio en broma.
Más que cualquier otra cosa, Rabin no parecía tener maneras de líder. No era un gran orador, ni un filósofo, sino que era la viva manifestación de un individuo nornal, sin demasiadas marcas de israelismo. Fue la voz racional y secular de un Israel que no tenía sueños imposibles ni tampoco fantasías mesiánicas. Ese era su gran encanto, y por eso los israelíes como yo todavía le echamos de menos.
Así pues, olvidarse de Rabin no es pecado. Por supuesto, realmente no se le debería olvidar, pero sí hay que dejar que el impacto emocional del Día Rabin disminuya, al igual que es necesario reajustar su "patrimonio" a los nuevos tiempos y a las nuevas generaciones, acortando las ceremonias conmemorativas, acabando con las grandes manifestaciones y, quizá algún día, ¿incluso bromear acerca del asesinato? Esas son las mejores maneras de recordar a Rabin tal como realmente era. Es la manera correcta de honrar su legado de normalidad, de rendir homenaje a su resistencia instintiva a la pomposidad y de seguir sus pasos.


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