Dinastías hasídicas - Nehemia Polen- Sh’ma

Rabbi Avraham Mordechai Alter, tercer Rebbe de la dinastía hasídica Ger, con su séquito de vacaciones en Europa
El hasidismo es un movimiento revivalista y místico que surgió en el este de Europa en el siglo XVIII, y que hacía hincapié en la oración extática, en la conciencia de que Dios está en todas partes, y en la centralidad de unos líderes extraordinarios conocidos como tzadikim. El sistema dinástico dentro del hasidismo (es decir, la herencia del papel de liderazgo del maestro hasídico, generalmente de padre a hijo o a yerno) es ampliamente considerado como un elemento central del movimiento, lo que no siempre fue así. Ni el Baal Shem Tov (muerto en 1760) ni el rabino Dov Ber, el Maguid de Mezhirech (d. 1772), fundaron una dinastía, aunque algunos descendientes posteriores de estos maestros vinieron a reclamar el prestigio espiritual de sus ilustres antepasados. El Maguid de Mezhirech promovió un hasidismo basado en el cultivo de discípulos y el otorgamiento de poderes al grupo más notable de ellos, pero no pensó en legar una comunidad de seguidores a su propio hijo. En el caso de Rabí Najman de Breslav, bisnieto del Baal Shem Tov, la posición de liderazgo no fue asumida por un miembro de la familia, sino por el discípulo más destacado que asumió el papel de ayudante, recopilador y editor de los discursos y los cuentos del maestro. Por otra parte, los hasidim de Breslav contemplaron la muerte de su líder en 1810 como algo tan irreal, que consideran a su fundador como una presencia viva aún en activo. El Rabí Levi Itzjak de Berdichev (d. 1810), uno de los más queridos e influyentes de todos los antiguos maestros, no dejó un sucesor familiar como "Rebe Berditchever".
Entonces, ¿cómo y por qué el patrón de una sucesión dinástica se afianzó en tantos otros casos? Se ha sugerido que fue el ejemplo de la herencia de las propiedades de los nobles polaco-rusos la que sirvió de modelo, pero los modelos externos influyen y atraen la atención sólo cuando resuenan ante una necesidad interna. ¿Por qué la aristocracia dinástica no tuvo ningún encanto durante las etapas iniciales de los hasidim, y que intervino posteriormente para conseguir que el modelo aristocrático se impusiera de tal manera en un período posterior?
El líder hasídico, el tzadik o rabino, era y es un maestro espiritual que transmite un sistema de enseñanzas y conocimientos iluminadores a sus discípulos, y es un conductor de bendiciones. Su persona - su cuerpo físico, junto con su espíritu – “toca el cielo y la tierra”. El tzadik está dotado con una serie de dones que van más allá del orden natural, con unos poderes que le permiten intervenir en favor de los enfermos, de los pobres, de los acusados injustamente, y, en ocasiones, incluso proteger al pueblo judío de la violencia del exilio. La piedra angular de su dotación (de sus dones) es la capacidad de leer las almas, para poder discernir las vidas pasadas de una persona, y ofrecer una orientación sobre la forma en que mejor podrá cumplir con el objetivo de su pasaje actual por la tierra. Esta fue la forma en los primeros hasidim miraron al Baal Shem Tov y el Maguid de Mezhirech, y eso sigue siendo cierto, aunque en una forma atenuada, para todas las generaciones posteriores hasta el presente actual.
La popularidad del Baal Shem Tov (conocido como el Besht) y del Maguid no descansaba solamente en su posesión de todos estos dones, sino tenerlos en conjunto, como una unidad que estuviera coordinada con la persona. El Besht y el Maguid enseñaron sublimes conceptos místicos y fueron como chamanes para sus adeptos. Estos dones no sólo residían en la misma persona, sino que se reforzaban mutuamente: Los poderes confirmaban la verdad de sus enseñanzas, mientras que la Toráh mística constituía el marco teórico de esos poderes paranormales. No es de extrañar que gente de todas las clases sociales acudiera a ellos para una amplia variedad de razones, ya fueran materiales, sociales y espirituales. La rica y diversa textura de la comunidad hasídica era un espejo que reflejaba la sabiduría que todo lo abarcaba del maestro.
Cuando los primeros líderes hasídicos desaparecieron nadie vio a la comunidad hasídica como una entidad colectiva que podía – y de hecho debía – ser conservada y heredada. Como una comunidad autoconsciente de sí misma se tomó su tiempo para madurar, sin duda favorecida por los lazos de piadosa lealtad que surgieron durante varias generaciones. Mientras que los hasidim fueron descubriendo los lazos de pertenencia que les unían una familia acídica y que estaban basados en la memoria, en su ligazón a un lugar y a un creciente cuerpo de enseñanzas, historias, melodías y prácticas, la familia del maestro también se dio cuenta de que también tenía un fuerte interés en preservar esa comunidad que había crecido en torno a los difuntos tzadik. No sin consecuencias, una corte hasídica era un centro de distribución de fondos de caridad otorgados por los propios devotos agradecidos. Toda una teología creció en torno a estas donaciones, las cuales fueron contempladas como algo análogo a los regalos que se llevaban al templo en los tiempos bíblicos, y que aseguraba la comunión entre el hasid y el alma de su maestro. Aunque la mayoría de los fondos se distribuían de inmediato, algunos se orientaron muy legítimamente a cubrir los gastos de estos centros o casas, que entraron a formar parte como residencias no sólo de la familia del tzadik, sino de aquellos Hasidim que residían en estipendio, de los visitantes que llegaban en peregrinación, de las viudas y los huérfanos mantenidos por dichos centros y de los muchos trabajadores que hacía su existencia posible, como personal de cocina, de mantenimiento, de supervisión personal. En definitiva, el tribunal hasídico se convirtió en una empresa compleja, en un centro de interés y de actividad espiritual de la que mucha gente dependía.
Una vez que la casa o residencia de la dinastía hasídica fue contemplada como una entidad espiritual, social y económica, se produjo la necesaria motivación para conservar su rol después de la muerte del maestro. La lealtad de los devotos era indispensable para el éxito de este proyecto, pero los actores centrales fueron los miembros de la familia. Y, mientras que sólo un heredero varón podía verdaderamente heredar el papel del maestro anterior y asumir la autoridad titular, fueron habitualmente las mujeres de la familia, que “obraban detrás del telón”, quienes influyeron de forma crucial en ese proceso. En los hogares (o cortes) de las dinastías hasídicas era muy habitual que fueran las mujeres - la esposa del tzadik, la madre, las hijas o las nueras – las más directamente involucradas en su mantenimiento, en la supervisión del personal y en la gestión de las cuentas. Quizás ellas más que nadie entendieron lo que estaba en juego a la hora de asegurar la continuidad. Reconocieron que si no se designaba un sucesor con rapidez la comunidad podría volverse vulnerable inclusive hasta la disolución. Los hasidim que habían seguido al maestro o tzadik fallecido podrían entonces dirigirse en búsqueda de otro guía espiritual o tzadik. La dispersión de la corte dejaría a la familia a la deriva, así pues solamente con una “sucesión suave” se asegurarían una posición segura y honorable dentro de la corte del nuevo maestro, su pariente cercano.
Hay una otra consideración: en la época de la tercera generación del hasidismo (aproximadamente, después de 1772), las esposas de los maestros hasídicos eran por lo general hijas de otros maestros. Esta endogamia de la aristocracia hasídica significaba que, a pesar de que una mujer no podía heredar directamente un linaje hasídico, tenía un papel indispensable a la hora de la transmisión de estos linajes, tanto la esposa como la hija. Fue en su seno donde la "semilla sagrada" germinaba. El hijo a quien dieran a luz asumiría el legado de los dos linajes, aumentando así la probabilidad de que el joven vástago se viera favorecido por la gracia divina y heredara el poder espiritual en dos modalidades diferentes. Llegamos así a una conclusión sorprendente: Mientras que las mujeres se mantuvieron generalmente en un segundo plano dentro de las comunidades hasídicas, fuera de la vista y lejos de la mirada de los extraños, realmente jugaron un papel clave a la hora del crecimiento de las dinastías hasídicas y mantuvieron viva una visión dinástica a través de las generaciones.
Las dinastías hasídicas han demostrado una notable tenacidad y resistencia, conservando sus identidades distintivas a pesar de los traumas históricos y los desplazamientos geográficos sufridos. El sistema era muy funcional y fomentaba una cultura religiosa diversa con una amplia variedad de expresiones rituales y un estilo espiritual, facilitando así a cada tzadik la oportunidad de poner su sello personal a la tradición heredada de una manera a la vez auténtica y particular. Cada dinastía trató de cultivar una reputación de excelencia en al menos un ámbito o área particular, tales como el estudio de la Torá, la oración, los cuentos hasídicos, las melodías, los actos de bondad, la intercesión (con la divinidad), y así sucesivamente. El sistema dinástico garantizó la difusión del hasidismo en cada vez más amplias zonas geográficas de la Europa del Este, y más tarde en Eretz Israel, las Américas y en todo el mundo. Satisfizo las necesidades de las masas judías de una aristocracia propia, que le otorgaba dignidad, confianza en sí mismo y orgullo. Dieron al individuo judío, y finalmente a las familias, pueblos y regiones, un sentido de identificación y arraigo, una rica identidad espiritual rica que trascendía de la vida meramente individual.
El renacimiento del hasidismo después del Holocausto se debe principalmente a este principio dinástico. En los casos en que un rabino particular sobrevivió y se reasentó, en Israel o en los Estados Unidos - Lubavitch, Satmar, Alemania, Bobov, Vizhnitz y Belz - el grupo hasídico se reconstituyó. Otras notables dinastías hasídicas cuyas “familias reales” sufrieron una aniquilación casi total a manos de los nazis, como la Aleksander, aún no han retornado a lo que fueron antes de la guerra.
El extraordinario renacimiento del hasidismo durante la posguerra es sorprendente, muy superior a lo que mucha gente podría haber previsto, habida cuenta de la realidad de unas comunidades hasídicas diezmadas tras el fin de la guerra. Sin embargo, este logro ahora conduce a desafíos y tensiones. Muchas dinastías han crecido hasta tal punto que pueden hasta llegar a resultar demasiado grandes para ser dirigida por un individuo, sobre todo con el toque personal y la intimidad que una vez fue el sello distintivo del liderazgo hasídico. El problema generalmente suele surgir con especial fuerza tras la muerte del líder, con divisiones dentro la comunidad que a veces se incrementan en intensidad y violencia. Los hasidim de Satmar han sufrido una pugna sucesoria especialmente intensa y vergonzosa, que acabo inclusive en los tribunales seculares. Por otro parte, la aprobación del Bostoner Rebbe, Rabí Levi Y. Horowitz, en 2009, fue seguido de un arreglo aparentemente amistoso por el cual sus tres hijos heredaban cada uno una zona de influencia y las instituciones asociadas: Har Nof en Jerusalén, Boston y Boro Park (Brooklyn).
El mayor drama acontecido en lo que respecta a las sucesiones durante la época contemporánea puede haberse producido en el linaje de Lubavitch, cuando el séptimo Rebbe falleció sin dejar sucesor (no tuvo descendencia), aún así, la misión de sus emisarios continúa con un vigor creciente a través de todo el mundo. Las predicciones que auguraban una desilusión generalizada y un colapso después de la muerte de Rabbí Menajem Mendel Schneerson, en 1994, erraron completamente, y el movimiento Chabad es hoy más fuerte e influyente que nunca. Al igual que los hasidim Breslav, los hasidim de Chabad-Lubavitch pueden estar en el camino de descubrir que ningún plan de sucesión es necesario cuando el fervor y la devoción de los hasidim mantienen la presencia del maestro como una fuerza activa y dinámica que guía sus vidas.
Al final, esto es lo que siempre hemos sabido: son los hasidim quienes hacen al rabino.


2 Comments:
Magnificamente didáctico.
Buenísima entrada...
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