Friday, July 15, 2011

Vampiros imaginarios, judíos imaginados – Allan Nadler – Jewish Ideas Daily



1897 fue un año decisivo en la historia judía. El primer Congreso Sionista se celebró en un gran hotel en Basilea, Suiza. Con mucha menos pompa y circunstancia, el Yiddisher Arbeter Bund, el movimiento obrero judío, se fundó clandestinamente en un sótano de Vilna (los movimientos socialistas eran ilegales por entonces bajo el régimen zarista). En Nueva York, el Forverts Der, el mayor diario del mundo en yiddish, y de mayor duración, comenzaba a publicarse. Mientras tanto, en Odessa, el primer y más influyente diario sionista en lengua hebrea, el Ha-Shahar, fue fundado bajo la dirección inicial de Ajad Haam. Y ahora, gracias a Blood Will Tell (La sangre no miente), un nuevo, interesante y perspicaz estudio de Sara Libby Robinson, los historiadores judíos pueden considerar una entrada adicional y sorprendente para su registro de influyentes eventos históricos para la historia judía de 1897: la publicación de la novela de Bram Stoker, Drácula.

Aunque no explícitamente identificado como un judío, la figura de Drácula y de los vampiros en general, abarca una serie de estereotipos antisemitas: sin raíces, procedente de Europa del Este, de tez oscura, lujurioso y en búsqueda de la sangre, y el dinero, de los demás. Evaluando la amplia gama de temas que evocan la sangre y el vampirismo en el pensamiento “científico” europeo de finales del s. XIX (el darwinismo social y la criminología en particular), Robinson sostiene que la representación que Stoker hace de Drácula explota la ansiedad generalizada acerca de los “peligros planteados por una inundación de inmigrantes (y de sangre) de habla yiddish” en Gran Bretaña.

Las características de Drácula son "estereotipadamente judías…, su nariz ganchuda, sus pobladas cejas, sus dedos afilados, su fealdad…". En cuanto a su conducta, Robinson sitúa a Drácula en el ámbito de un fin de siglo nacionalista, y en ese ambiente de chovinismo nacional se consideraba a los no anglosajones, y a los judíos en particular, como peligrosos intrusos leales únicamente a su propia tribu alienígena. "Como muchos inmigrantes, Drácula ha hecho grandes esfuerzos para asimilarse a su nuevo país y para mezclarse con el resto de la población a través del estudio de su lengua y de sus costumbres... Su preocupación mayor es si su dominio del inglés y su pronunciación lo calificaran inmediatamente como un extranjero". Del mismo modo, Stoker explota las ansiedades referentes a una doble lealtad judía. "La única persona identificada que ayuda a Drácula para que consiga escapar de Gran Bretaña es un judío alemán llamado Hildesheim, el típico judío que aparecía en el Adelphi Theatre portando una enorme nariz, y que tendrá que ser sobornado con el fin de ayudar a los héroes de Stoker".

Robinson afirma que el propósito de su estudio es ampliar ese foco y llevarlo lejos de Drácula. Ella nos llama la atención, a menudo brillantemente, sobre la frecuente aparición de metáforas vampíricas y ansiedades relacionadas con la sangre desde unas dos décadas antes de que el libro de Stoker apareciera hasta la Primera Guerra Mundial. Armándose con las evidencias y alusiones que le proporcionan una docena de autores alemanes, franceses y británicos (muchos de ellos oscuros), llegamos a la percepción de las amenazas políticas y sociales que evocan las ofrendas de sangre y el vampirismo. Además, tiene el buen ojo de incluir alrededor de 30 ilustraciones extraídas de las revistas satíricas de la época, como la alemana Kladderadatsch, la inglesa Punch, y las estadounidenses Puck y la semanal Harper. Sin embargo, Drácula hace acto de presencia en cada capítulo y es citado con más frecuencia que cualquier otra obra de la literatura. El único autor que recibe más atención que Stoker es Émile Zola - por una buena razón, si tenemos en cuenta los comentarios muy críticos en su obra de las tendencias políticas y sociales de su época -.

La aproximación de Robinson a sus fuentes es temática y sintética. Esto quiere decir que se apropia de aquellos textos que utilizan las metáforas de sangre y vampiros sin la participación del análisis literario de sus fuentes ni de estudios biográficos sobre sus autores. La amplia gama que utiliza Robinson nos muestra precisamente cuan maleable es – y frecuentemente contradictoria - la acusación de vampirismo, tal como se utilizaba durante los primeros tiempos del siglo XX. En el frente económico, los judíos fueron vilipendiados con frecuencia tanto por ser capitalistas, es decir, chupadores de sangre, como por ser revolucionarios socialistas y anarquistas que se alimentan de la vitalidad social del viejo mundo europeo. La mitología sobre los judíos y la sangre tuvo el suficiente carácter protoiforme como para adaptarse a los contornos políticos y chovinistas-racistas de la época, así como a sus teorías pseudo-científicas y religiosas. En ese último reino, la mitología cristiana medieval sobre los judíos y la sangre tuvo la más infame manifestación en el famoso libelo de sangre.

Esta aproximación sintética es en buena medida adecuada. Sin embargo, sus peligros son más que evidentes en las referencias de Robinson a Max Nordau, y su controvertida obra “Degeneración”, en el contexto de una discusión sobre el darwinismo social antisemita. Robinson, curiosamente, nos presenta a Nordau como "un intelectual alemán", a la vez que como una persona más desarraigada de lo que en realidad fue - un judío informado y comprometido -. Los lectores no familiarizados con el hombre al que se le llamó "el rabino de Herzl", es casi seguro que acaben con la idea de que Nordau fue un alemán y un darwinista social antisemita.

Nada podría estar más lejos de la verdad. Desde su primer y conmovedor discurso, ante el Congreso Sionista de ese crucial 1897, Nordau fue el más influyente exponente de lo que se puede definir como el sionismo práctico, y ello hasta su muerte en 1923. Robinson ni siquiera alude a la condición de Nordau como padre fundador del sionismo, una omisión doblemente extraña dado su posterior análisis y tratamiento del objetivo sionista de fortalecer el cuerpo judío. Utilizando la novela utópica de Herzl “Altneuland” como su fuente principal, ignora el más sobresaliente y clásico ensayo de Nordau, "Muskeljudentum" (Un judaísmo muscular o poderoso).

A pesar ciertamente de esta distorsión inadvertida del legado de Nordau, Robinson ha escrito un provocativo libro que permite elevar nuestra conciencia del carácter nefasto de las metáforas vinculadas a la sangre. Como es propio, ella reserva sus observaciones acerca de la pertinencia de su investigación en una breve mención, en la conclusión del libro, sobre las representaciones actuales de los judíos como vampiros. (La mas escalofriante, una caricatura del ex primer ministro israelí Ariel Sharon como "Sharoncula", a punto de hundir sus colmillos en el cuello de una inocente muchacha árabe).

Pero muchas de las discusiones y nociones que aparecen en este hermoso libro tienen un misterioso y angustioso eco en las noticias recientes. La mayoría de ellas está a la vista, por ejemplo para aquellos que puedan seguir la representación satanizada de los judíos en la prensa árabe actual. El mes pasado, el Alto Comisionado de la Onu para el Oriente Medio, Richard Falk, publicó en su página web una vil caricatura de un perro judío (americano).

Sin embargo, otros numerosos temas examinados por Robinson obtienen más sorprendentes analogías con los acontecimientos actuales. Voy a mencionar sólo uno: el fascinante análisis de Robinson de la relación entre los libelos de sangre y los matarifes del rito judío (los shokhtim). En la década de 1880, bajo la influencia del darwinismo, la crueldad con los animales se convirtió en una preocupación importante dentro de los círculos liberales europeos, los cuales promovieron y promulgaron leyes para regular la matanza de animales.

Estos actos judiciales coincidieron en Konitz, Alemania, con un libelo de sangre dirigido en contra de dos conocidos matarifes judíos (shokhtim), todo ello con el uso de una retórica que caracterizaba a los judíos como bestias sedientas de sangre. Esto dio lugar a una presión generalizada para prohibir cualquier masacre o matanza de animales que no estuviera precedida por algún aturdimiento eléctrico. Robinson señala que:
En Alemania sobre todo, esta campaña se desvió hacia la calumnia antisemita. Según algunos amigos del sensacionalismo, los judíos, supuestamente, se complacían en su método de sacrificio, el cual fortalecía su insensibilidad y brutalidad. La propaganda les presentaba como unos "bebedores de la sangre de la gente", creyendo erróneamente que su ritual de sacrificio animal les permitía beber la sangre de los animales sacrificados.
Las palabras de este episodio parecen tener un eco inquietante en la introducción en Holanda, hace dos semanas, de una legislación que prohíbe las matanzas rituales de judíos y musulmanes. El motivo aparente de esta legislación es una preocupación "humanitaria" por los derechos de los animales – un "humanitarismo" convenientemente clarificado por el estudio de Robinson -.

Así como la sangre escapa a nuestra vista hasta que la piel es perforada, también con demasiada frecuencia las metáforas de la sangre y del vampirismo examinadas por Robinson, en realidad solamente ocultan temores y odios raciales, sentimientos que apenas se exploran tras la piel del discurso políticamente correcto.

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1 Comments:

Blogger A. said...

Los rumanos se quejan de que Drácula propala estereotipos sobre los ellos, que raptan y se comen bebés... De hecho, en las recientes elecciones de Cataluña (región NE de España), en una ciudad próxima a Barcelona un par de grupos políticos se han apoyado de alguna manera en esos mitos anti-rumanos.

Nunca me había imaginado a Drácula como ejemplo de expresión judeófoba. Pregunté a mi alrededor -mi familia y amigos- y tampoco.

A Sharóncula podemos añadir a los presidentes de USA caracterizados de Drácula sin singuna referencia a los judios.

A ver si os van a criticar por querer apropiaros de las leyendas negras de otros grupos...

A.

8:35 AM  

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