Friday, July 15, 2011

Vampiros imaginarios, judíos imaginados – Allan Nadler – Jewish Ideas Daily



1897 fue un año decisivo en la historia judía. El primer Congreso Sionista se celebró en un gran hotel en Basilea, Suiza. Con mucha menos pompa y circunstancia, el Yiddisher Arbeter Bund, el movimiento obrero judío, se fundó clandestinamente en un sótano de Vilna (los movimientos socialistas eran ilegales por entonces bajo el régimen zarista). En Nueva York, el Forverts Der, el mayor diario del mundo en yiddish, y de mayor duración, comenzaba a publicarse. Mientras tanto, en Odessa, el primer y más influyente diario sionista en lengua hebrea, el Ha-Shahar, fue fundado bajo la dirección inicial de Ajad Haam. Y ahora, gracias a Blood Will Tell (La sangre no miente), un nuevo, interesante y perspicaz estudio de Sara Libby Robinson, los historiadores judíos pueden considerar una entrada adicional y sorprendente para su registro de influyentes eventos históricos para la historia judía de 1897: la publicación de la novela de Bram Stoker, Drácula.

Aunque no explícitamente identificado como un judío, la figura de Drácula y de los vampiros en general, abarca una serie de estereotipos antisemitas: sin raíces, procedente de Europa del Este, de tez oscura, lujurioso y en búsqueda de la sangre, y el dinero, de los demás. Evaluando la amplia gama de temas que evocan la sangre y el vampirismo en el pensamiento “científico” europeo de finales del s. XIX (el darwinismo social y la criminología en particular), Robinson sostiene que la representación que Stoker hace de Drácula explota la ansiedad generalizada acerca de los “peligros planteados por una inundación de inmigrantes (y de sangre) de habla yiddish” en Gran Bretaña.

Las características de Drácula son "estereotipadamente judías…, su nariz ganchuda, sus pobladas cejas, sus dedos afilados, su fealdad…". En cuanto a su conducta, Robinson sitúa a Drácula en el ámbito de un fin de siglo nacionalista, y en ese ambiente de chovinismo nacional se consideraba a los no anglosajones, y a los judíos en particular, como peligrosos intrusos leales únicamente a su propia tribu alienígena. "Como muchos inmigrantes, Drácula ha hecho grandes esfuerzos para asimilarse a su nuevo país y para mezclarse con el resto de la población a través del estudio de su lengua y de sus costumbres... Su preocupación mayor es si su dominio del inglés y su pronunciación lo calificaran inmediatamente como un extranjero". Del mismo modo, Stoker explota las ansiedades referentes a una doble lealtad judía. "La única persona identificada que ayuda a Drácula para que consiga escapar de Gran Bretaña es un judío alemán llamado Hildesheim, el típico judío que aparecía en el Adelphi Theatre portando una enorme nariz, y que tendrá que ser sobornado con el fin de ayudar a los héroes de Stoker".

Robinson afirma que el propósito de su estudio es ampliar ese foco y llevarlo lejos de Drácula. Ella nos llama la atención, a menudo brillantemente, sobre la frecuente aparición de metáforas vampíricas y ansiedades relacionadas con la sangre desde unas dos décadas antes de que el libro de Stoker apareciera hasta la Primera Guerra Mundial. Armándose con las evidencias y alusiones que le proporcionan una docena de autores alemanes, franceses y británicos (muchos de ellos oscuros), llegamos a la percepción de las amenazas políticas y sociales que evocan las ofrendas de sangre y el vampirismo. Además, tiene el buen ojo de incluir alrededor de 30 ilustraciones extraídas de las revistas satíricas de la época, como la alemana Kladderadatsch, la inglesa Punch, y las estadounidenses Puck y la semanal Harper. Sin embargo, Drácula hace acto de presencia en cada capítulo y es citado con más frecuencia que cualquier otra obra de la literatura. El único autor que recibe más atención que Stoker es Émile Zola - por una buena razón, si tenemos en cuenta los comentarios muy críticos en su obra de las tendencias políticas y sociales de su época -.

La aproximación de Robinson a sus fuentes es temática y sintética. Esto quiere decir que se apropia de aquellos textos que utilizan las metáforas de sangre y vampiros sin la participación del análisis literario de sus fuentes ni de estudios biográficos sobre sus autores. La amplia gama que utiliza Robinson nos muestra precisamente cuan maleable es – y frecuentemente contradictoria - la acusación de vampirismo, tal como se utilizaba durante los primeros tiempos del siglo XX. En el frente económico, los judíos fueron vilipendiados con frecuencia tanto por ser capitalistas, es decir, chupadores de sangre, como por ser revolucionarios socialistas y anarquistas que se alimentan de la vitalidad social del viejo mundo europeo. La mitología sobre los judíos y la sangre tuvo el suficiente carácter protoiforme como para adaptarse a los contornos políticos y chovinistas-racistas de la época, así como a sus teorías pseudo-científicas y religiosas. En ese último reino, la mitología cristiana medieval sobre los judíos y la sangre tuvo la más infame manifestación en el famoso libelo de sangre.

Esta aproximación sintética es en buena medida adecuada. Sin embargo, sus peligros son más que evidentes en las referencias de Robinson a Max Nordau, y su controvertida obra “Degeneración”, en el contexto de una discusión sobre el darwinismo social antisemita. Robinson, curiosamente, nos presenta a Nordau como "un intelectual alemán", a la vez que como una persona más desarraigada de lo que en realidad fue - un judío informado y comprometido -. Los lectores no familiarizados con el hombre al que se le llamó "el rabino de Herzl", es casi seguro que acaben con la idea de que Nordau fue un alemán y un darwinista social antisemita.

Nada podría estar más lejos de la verdad. Desde su primer y conmovedor discurso, ante el Congreso Sionista de ese crucial 1897, Nordau fue el más influyente exponente de lo que se puede definir como el sionismo práctico, y ello hasta su muerte en 1923. Robinson ni siquiera alude a la condición de Nordau como padre fundador del sionismo, una omisión doblemente extraña dado su posterior análisis y tratamiento del objetivo sionista de fortalecer el cuerpo judío. Utilizando la novela utópica de Herzl “Altneuland” como su fuente principal, ignora el más sobresaliente y clásico ensayo de Nordau, "Muskeljudentum" (Un judaísmo muscular o poderoso).

A pesar ciertamente de esta distorsión inadvertida del legado de Nordau, Robinson ha escrito un provocativo libro que permite elevar nuestra conciencia del carácter nefasto de las metáforas vinculadas a la sangre. Como es propio, ella reserva sus observaciones acerca de la pertinencia de su investigación en una breve mención, en la conclusión del libro, sobre las representaciones actuales de los judíos como vampiros. (La mas escalofriante, una caricatura del ex primer ministro israelí Ariel Sharon como "Sharoncula", a punto de hundir sus colmillos en el cuello de una inocente muchacha árabe).

Pero muchas de las discusiones y nociones que aparecen en este hermoso libro tienen un misterioso y angustioso eco en las noticias recientes. La mayoría de ellas está a la vista, por ejemplo para aquellos que puedan seguir la representación satanizada de los judíos en la prensa árabe actual. El mes pasado, el Alto Comisionado de la Onu para el Oriente Medio, Richard Falk, publicó en su página web una vil caricatura de un perro judío (americano).

Sin embargo, otros numerosos temas examinados por Robinson obtienen más sorprendentes analogías con los acontecimientos actuales. Voy a mencionar sólo uno: el fascinante análisis de Robinson de la relación entre los libelos de sangre y los matarifes del rito judío (los shokhtim). En la década de 1880, bajo la influencia del darwinismo, la crueldad con los animales se convirtió en una preocupación importante dentro de los círculos liberales europeos, los cuales promovieron y promulgaron leyes para regular la matanza de animales.

Estos actos judiciales coincidieron en Konitz, Alemania, con un libelo de sangre dirigido en contra de dos conocidos matarifes judíos (shokhtim), todo ello con el uso de una retórica que caracterizaba a los judíos como bestias sedientas de sangre. Esto dio lugar a una presión generalizada para prohibir cualquier masacre o matanza de animales que no estuviera precedida por algún aturdimiento eléctrico. Robinson señala que:
En Alemania sobre todo, esta campaña se desvió hacia la calumnia antisemita. Según algunos amigos del sensacionalismo, los judíos, supuestamente, se complacían en su método de sacrificio, el cual fortalecía su insensibilidad y brutalidad. La propaganda les presentaba como unos "bebedores de la sangre de la gente", creyendo erróneamente que su ritual de sacrificio animal les permitía beber la sangre de los animales sacrificados.
Las palabras de este episodio parecen tener un eco inquietante en la introducción en Holanda, hace dos semanas, de una legislación que prohíbe las matanzas rituales de judíos y musulmanes. El motivo aparente de esta legislación es una preocupación "humanitaria" por los derechos de los animales – un "humanitarismo" convenientemente clarificado por el estudio de Robinson -.

Así como la sangre escapa a nuestra vista hasta que la piel es perforada, también con demasiada frecuencia las metáforas de la sangre y del vampirismo examinadas por Robinson, en realidad solamente ocultan temores y odios raciales, sentimientos que apenas se exploran tras la piel del discurso políticamente correcto.

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Monday, May 30, 2011

Simpatía por el diablo - Allan Nadler - Jewish Ideas Daily


Jacob Frank y el libro de Pawel Maciejko, "The Mixed Multitude"

(Ojo, no confundir frankistas, seguidores de Jacob Frank, con franquistas, seguidores del general y dictador español Franco)


Ocupando un lugar particular dentro de la infamia en la memoria colectiva judía, este apóstata que vivió en el siglo XVIII fue además un desviado sexual, un pretendiente mesiánico y un charlatán camaleónico. Su nombre era Jacob Frank. A lo largo de Polonia, en particular en su territorio nativo de Podolia, él y sus seguidores lograron fomentar un caos generalizado, así como las persecuciones para sus compatriotas judíos. Estos individuos son el objeto de “La multitud mezclada“, un nuevo, rompedor y magistral estudio de Pawel Maciejko.

Si hubiera un solo hilo coherente en la teología desordenada de Jacob Frank, posiblemente sería la convicción de que, siguiendo el ejemplo de la reunión fraterna retratada en el Génesis 32, "Jacob se aproximará a Esaú", e interpretada por él, adquiriría el sentido de que la redención final llegaría solamente "por el camino de Edom", es decir, sólo después de la conversión de los anteriormente judíos al cristianismo.

Bajo esa bandera, él y sus seguidores cometieron una serie de actos chocantes. Destacan tres de ellos: la introducción de extraños ritos sexuales en los servicios de la sinagoga, la promoción de hogueras públicas del Talmud por parte de las autoridades católicas y, lo más infame, la afirmación de la certeza ante un tribunal eclesiástico de los tristemente célebres libelos de sangre.

La comprensión de estas “hazañas” requiere un poco de historia. La inspiración inicial de Frank fue el sistema antinómico del falso Mesías Shabbatai Tzvi (1626-1676), a quien Frank veneró al principio de su propia carrera (aunque más tarde lo rechazo por completo). El propio Shabbatai Tzvi ya había aplastado las esperanzas de sus seguidores en todo el mundo cuando se convirtió al Islam – la disyuntiva que le planteó el sultán otomano fue apostasía o muerte -, un hecho que buena parte de sus seguidores racionalizaron radicalmente reinterpretándolo como una enseñanza cabalística, en donde se afirmaba la necesidad – inclusive del Mesías – de un descenso al reino de la oscuridad y las tinieblas para recuperar y reparar los fragmentos rotos tras la creación que contenían la luz primordial de Dios. Precisamente, Shabbatai Tzvi afirmó haber cometido apostasía con el fin de efectuar un tikkun o "reparación". De una manera dialéctica, su reinterpretación posteriormente provocó que otros emprendieran “violaciones deliberadas” de determinados mandamientos bíblicos para, supuestamente, alcanzar el objetivo más alto de su perfección. Jacob Frank tomó esta inversión y/o inmersión en las profundidades de una manera sin precedentes, especialmente en el ámbito sexual.

Para volver al primero de nuestros tres ejemplos de actos chocantes: en vísperas del Sabbath, el 27 de enero de 1756, en el pequeño pueblo de Lanckoronie, Frank reunió a una docena de seguidores en la casa del rabino sabateano (seguidor de Shabbatai) local. Allí se llevó a cabo una extraña ceremonia en la que los presentes participaron desnudos, bailando y cantando oraciones extáticas. Según testigos presenciales, los hombres llevaban crucifijos, los cuales quemaron después de la ceremonia, y realizaron una versión del rito de la Eucaristía del pan y del “vino del condenado". Aún más escandalosamente, la esposa del rabino se ​​desnudó ceremoniosamente, coronada con una tiara de plata que llevaba en su parte superior un rollo de la Torah, y situada bajo un dosel de boda mientras los hombres bailaban a su alrededor, haciéndole reverencias, y, en palabras del polemista anti-sabateano Jacob Emden, "besándola como a una mezuzá [N.P.: pequeño receptáculo que incluye versículos de la Torah y que se colocan en la jamba derecha de las puertas y pórticos judíos, y que se suele besar al entrar o salir]".

Alertados, los funcionarios de la comunidad judía irrumpieron en la casa, maltratando y encarcelando a algunos de los sectarios, y, finalmente, emitiendo un edicto de excomunión en contra de esta rama desviada del detestado movimiento sabateano. Lo más significativo de todo, como nos lo describe Maciejko, el incidente llevó a la alarmada comunidad judía a buscar la intervención de las autoridades católicas de Polonia, un movimiento sin precedentes y de alto riesgo, entre otras cosas porque el obispo regional era bien conocido por su rabioso antisemitismo.

El segundo incidente o acto chocante, la promoción de la quema del Talmud, fue provocado un poco más tarde ese mismo año, tras una disputa pública entre los seguidores de Frank y sus adversarios rabínicos en Kamieniec-Podolsk. Frank se encontraba en Salónica en ese momento, donde realizaba su conversión al Islam, entre tanto un dirigente (y rival) que guiaba al contingente frankista presentó nueve artículos de fe. Entre otras herejías, se afirmaba la creencia en una trinidad divina y se alegaba que "el Talmud está lleno de blasfemias escandalosas contra Dios y por eso debe ser rechazado". Tres años más tarde, una versión revisada de las propuestas de la fe siempre cambiante de los frankistas incorporaba una llamada explícita para la quema del Talmud.

El tercer y más escandaloso incidente protagonizado por los frankistas, y el que hasta el momento ha recibido una mayor atención por los historiadores, fue la falsa denuncia falsa de sus compatriotas judíos como culpables del libelo de sangre. Esto ocurrió en septiembre de 1759, durante una segunda controversia mucho más elaborada y difundida celebrada en la catedral de Lwow (hoy Lviv, Ucrania). Ellos presentaron esta afirmación: "el Talmud enseña que los judíos necesitan sangre cristiana, y el que cree en el Talmud está obligado a usarla". La disputa culminó con el bautismo de Frank y de cientos si no miles de sus seguidores.

Además de exponer el grado de depravación de estos frankistas, este dramático final llevó a Frank a la cima de su prestigio público en Polonia. Aunque poco después de esta conversión en masa, el obispo sucesor de Lwow puso en marcha una investigación sobre los informes que relataban como Frank se había convertido al Islam antes de su bautismo, con lo que la sinceridad de su fe cristiana estaba en cuestión. Terminó encarcelado en la ciudad de Czestochowa, el lugar de la Virgen Negra, la más sagrado reliquia del catolicismo en Polonia.

Frank permaneció en Czestochowa los próximos trece años, finalmente fue puesto en libertad e instalado en un castillo. Mientras tanto, Frank se había enamorado del culto de María, llegando a incorporar muchos aspectos de la cristología mariana en su ya enrevesada teología. Al principio, su esposa Hana fue considerada la encarnación de la "Santa Madre", aunque después de su muerte prematura su papel fue reasignado rápidamente a su hija adolescente Eva, una belleza deslumbrante según todos los relatos. Se prohibió a sus seguidores que lloraran la desaparición de Hana, mientras Frank se consolaba siendo amamantado por las esposas de dos de sus discípulos más cercanos, en presencia de los propios esposos. Uno de ellos no lo pudo soportar y saltó desde una ventana del castillo.

A partir de ahí, la vida de Frank tomó otra nueva serie de giros vertiginosos hasta terminar, en última instancia, en una opulenta corte en el palacio de Offenbach del Rin, vestido con un traje real turco y rodeado de secuaces y acólitos. Allí murió en 1791. Después de su muerte, sus enseñanzas, conservadas en una azarosa y vasta colección de adagios conocida como Divrei Elohim ("Las palabras del Señor"), fueron revisadas ​​radicalmente. Aunque el núcleo duro de sus creyentes formalmente lo deificó, la mayoría de sus seguidores volvieron a las filas de los sabateanos polacos o bien se dirigieron hacia la rama turco musulmana de los sabateanos, los Dönmeh. En cuanto a las masas de judíos que se bautizaron voluntariamente en Lwow, la mayoría terminó en Varsovia, donde en un par de generaciones ya se habían asimilado completamente a la sociedad católica y conservaban apenas una huella o memoria de sus orígenes judíos.

Hasta ahora, curiosamente, Jacob Frank y sus enseñanzas no se han evaluado exhaustivamente, por no hablar de una manera equilibrada. Esto ha cambiado con la aparición de este estudio sobrio y erudito de Maciejko, el producto del trabajo de una década con materiales de base que van desde antiguos documentos en oscuros archivos de Polonia a manuscritos no examinados hasta ahora en el Vaticano. Maciejko, nacido y criado en Polonia, y educado en Gran Bretaña, es hoy en día profesor de historia judía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Bien pudo haber sido su educación como un judío en la Polonia del post-Holocausto, donde las líneas entre los elementos polacos y judíos eran tan numerosas como increíblemente borrosas por el trauma colectivo de la era nazi, lo que le atrajo de este tema: la historia del primer judío polaco que tuvo la osadía de romper las barreras nacionales de siglos de antigüedad y pisotear los sagrados límites religiosos. En esta búsqueda, y quizás en ninguna otra cosa más, Maciejko deja claro que Frank fue completamente consistente.
Maciejko muestra una notable capacidad para elevarse por encima de las pasiones y polémicas que ha empañado todos los estudios anteriores sobre el frankismo. Tomemos por ejemplo el más notorio de los tres actos escandalosos de los frankistas: su afirmación escandalosa ante un tribunal católico del carácter verídico de los libelos de sangre. Lógicamente, esta cuestión ha provocado que la sangre de todos los historiadores judíos que estudiaron anteriormente al personaje se pusiera a hervir. En su sereno y objetivo tratamiento de la cuestión, Maciejko puntualiza dos acontecimientos previos que deben tomarse en cuenta si deseamos evaluar dicho escándalo.

En primer lugar, los propios rabinos, incluyendo el eminente Jacob Emden, habían planteado su litigio con la frankistas a un “nivel asesino” al sugerir a las autoridades cristianas que los sabateanos y los seguidores de Frank deberían ser quemados en la hoguera por la Inquisición. Otros declararon abierta la veda contra los frankistas, argumentando que existían fuentes halájicas que permitían que otros judíos pudieran matarles sin el beneficio de un proceso legal previo. Por lo menos una docena de frankistas debieron huir a Turquía, donde de hecho fueron asesinados por compatriotas judíos.

Por otra parte, la disputa en Lwow no fue un juicio desencadenado por algún supuesto caso de libelo de sangre, sino un debate teórico acerca de lo que el judaísmo rabínico enseña sobre el uso de la sangre. Por lo tanto, la acusación de los frankistas, tan escandalosa y condenable como fuera, no planteaba un peligro inminente para la seguridad judía. Paradójicamente, en última instancia condujo a los rabinos a requerir las declaraciones juradas de estudiosos cristianos afín de desestimar los libelos de sangre como falsas calumnias, e inclusive se dio lugar a la creación de un archivo formidable para refutar esas monstruosas afirmaciones.

Por último, Maciejko sostiene que los propios rabinos parecían satisfechos con el resultado final de la disputa, es decir: la ruptura decisiva de los frankistas con respecto a la comunidad judía a través de su conversión en masa al cristianismo.

Maciejko emplea la misma objetividad para tratar otra serie de temas escabrosos, desde las enseñanzas religiosas de Frank, contrarias a las del establishment religioso, a su extravagante comportamiento sexual, y desde su adoración de la Virgen María a la identificación de su propia hija como su reencarnación. Estos y otros aspectos de la vida y enseñanzas de Frank son ubicados por Maciejko dentro del amplio contexto del siglo XVIII en la Europa oriental y central, una región y un medio ambiente que fue testigo de la aparición no solo de toda una serie de pícaros y charlatanes, sino de movimientos espirituales sincréticos de alquimistas, masones y rosacruces. Entre las contribuciones más originales de Maciejko es su comparación de la vida de Frank con la de ese aventurero no menos escandaloso que fue Giacomo Casanova, quien parece haber mantenido amplias conexiones con la hija de Frank, Eva, y varios de sus discípulos.

Maciejko también se esfuerza en señalar que Frank nunca se declaró como una encarnación de Dios, y que incluso en el apogeo de su disputa con los rabinos, cuando expresó su voluntad de llevar a miles de judíos a la pila bautismal, exigió (aunque sin éxito) su derecho a seguir usando su barba y tirabuzones, y que los nuevos convertidos sólo se pudieran casar entre si, que evitaran comer carne de cerdo y que habitaran y se autogobernaran en un territorio autónomo. Para Maciejko, estas consideraciones deben tenerse en cuenta antes de valorar la demonización absoluta a la que los frankistas han sido sometidos en la historiografía judía.

Los primeros historiadores del frankismo, sobre todo Gershom Scholem, contemplaron su desafío radical a la autoridad rabínica como una prefiguración de la modernidad política y religiosa judía. De este modo, el anhelo de Frank de un territorio autónomo para sus seguidores impactó a Scholem como si fuera una anticipación del nacionalismo judío y del sionismo, mientras que el antinominalismo de Frank y Shabbatai Tzvi prefiguraba la Ilustración judía y el judaísmo de la Reforma.

Maciejko, cortésmente pero con firmeza, rechaza tales especulaciones, las cuales perduran entre muchos historiadores actuales como una "mala interpretación teleológica" de las intenciones de Frank. En esto, él está en lo cierto.

Un inconveniente en el admirable estudio de Maciejko y en su objetividad, puede provenir de que mientras sus lectores obtendrán con su libro una comprensión mucho más profunda, matizada y equilibrada del frankismo, muchos de ellos también se sentirán frustrados por su negativa a lidiar con las preguntas que su historia inevitablemente plantea. La más difícil de estas preguntas es si el frankismo, con toda su fascinación intrínseca, conserva algún tipo de relevancia intrínseca para los judíos, polacos, o católicos de hoy.

En éste como en otros asuntos, Maciejko se ha ganado sin duda el derecho a mantenerse dentro de su agnosticismo académico. Sin embargo, dada la rápida y asombrosa supresión de fronteras étnicas, religiosas y nacionales en nuestra era multicultural, cuando nada en la sociedad liberal es más celebrado que "la diversidad", y cuando el sincretismo religioso es tan festejado alegremente, es difícil no pensar en Jacob Frank, para bien o para mal, como el profeta no deseado de nuestra propia y desconcertante época.

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Saturday, May 07, 2011

La mascara de los Marranos - Allan Nadler - Commentary



El Otro interior: Los marranos, identidad escindida y modernidad emergente - Yirmiyahu Yovel

La creación del moderno Estado de Israel despertó muchas empresas culturales aletargadas, tal vez ninguna tan dramática como el descubrimiento de esos judíos perdidos hace ya tiempo. Cada década más o menos, otra tribu de supuestos descendientes del Israel bíblico - marcados por unos usos peculiares de los símbolos judíos y/o una observancia religiosa ecléctica, con un puñado de oraciones en hebreo- se revela que han mantenido la llama en alguna zona remota del mundo, desde África al subcontinente. La repatriación a Israel de los miembros de estos restos de antiguos judíos exiliados - ya sean los Bene Israel de la India, los falashas de Etiopía y los Lemba de Sudáfrica - ha sido uno de los aspectos más inspiradores del moderno "crisol de las diásporas" que ha animado la idea sionista.

Aunque los relatos históricos singulares de estos grupos han diferido en gran medida, todos han sido categóricos a la hora de considerarse descendientes auténticos de alguna de las legendarias "diez tribus perdidas", desaparecidas de la historia en el siglo VIII a.C., y han insistido en ser plenamente reconocidos como judíos, y aunque se han enfrentado a toda una serie de obstáculos a la hora de adaptarse más fácilmente a la población judía mayoritaria, esos obstáculos, aunque a menudo resentidos, se han esforzado denodadamente por superar a través de ceremonias de conversión formales y finalmente con su inmigración a Israel.

Pero hay una aleccionadora excepción a este escenario. A comienzos del siglo XX, una serie de comunidades en Portugal fueron desenterradas como "Marranos", es decir, descendientes de esa otrora orgullosa nación cripto-judía que surgió cuando los judíos ibéricos se vieron obligados a bautizarse y luego fueron perseguidos durante siglos por los Inquisición española. (Marrano es un epíteto despectivo para esos españoles "puercos" o "sucios" que eventualmente se convirtieron y que fue la denominación estándar para esta comunidad de conversos, o convertidos.) Otros grupos de marranos han sido hallados en comunidades rurales en casi todos los territorios que fueron colonizados por España y Portugal, de América del Sur a Texas y Nuevo México, así como en lugares como Turquía, donde los refugiados de la Inquisición fueron recibidos por el Imperio Otomano.

Obligados a ocultar su verdadera identidad religiosa en su interior con el fin de sobrevivir en las sociedades medievales hispanas católicas, los restos distantes y diluidos de los marranos (o los "nuevos cristianos judaizantes", como a veces se les llama), a menudo tuvieron que realizar grandes sacrificios para observar lo que conocían, y apenas recordaban, de la tradición judía, y de esa forma mantener su credo de que "la salvación proviene solamente de la Torah de Moisés". Siglos de vida enfocada hacia el exterior como cristianos, manteniendo al mismo tiempo, por lo general sin recordar el por qué, elementos y vestigios de la fe judía original, conllevaba un severo peaje psicológico. El secretismo y la evasión de cualquier manifestación exterior de sus prácticas judías residuales, todo eso combinado con una vida pública de piadoso catolicismo, se afianzó durante siglos junto con un temor profundamente arraigado, rayano en la paranoia, a ser descubiertos. Como era de esperar, la mayoría de los marranos contemporáneos han tendido a temer que vuelva a descubrírseles como judíos y se han resistido a reunirse con el pueblo de Israel, de quienes fueron separados cruelmente hace medio milenio.

Los historiadores judíos han estado durante mucho tiempo divididos sobre la compleja cuestión de "la judeidad de los marranos”. En un extremo está la llamada de historiografía judía de Jerusalém, que ha mantenido tercamente que, a pesar de su desconexión de siglos, los marranos se mantuvieron como judíos en los aspectos más significativos. En el polo opuesto están historiadores como Benzion Netanyahu (el padre de 100 años del primer ministro israelí), quienes dando relevancia a las opiniones de la práctica totalidad de las autoridades rabínicas que abarcan casi cinco siglos, han insistido en que inicialmente eligieron el bautismo y posteriormente trataron de aprovechar la oportunidad de evitar la pre-Inquisición de Portugal, por lo que los Marranos perdieron su pertenencia a la nación judía y se situaron ellos mismos fuera de la historia judía.

En su ambiciosa nueva obra, el intelectual e historiador Yirmiyahu Yovel rechaza todos esos enfoques, favoreciendo en cambio un retrato de los Marranos como ni judíos ni cristianos, sino algo sui generis, "el Otro interior", en una formidable frase que sirve de título para su libro, la summa de su distinguida carrera como estudioso de Baruch Spinoza y del judaísmo premoderno. Más importante aún, Yovel cree que el fenómeno de los marranos marca un nuevo y significante elemento dentro de la narrativa histórica judía, uno que anticipa formas de identidad judía que emergerán en la Europa de la post-Ilustración.

La historia desgarradora de los Marranos se inicia con la conversión forzosa de decenas de miles de judíos durante la conquista cristiana de España (Como siempre, el mito de Al-Andalus sigue activo, sino como explicar la falta de mención de la conversión forzosa de judíos al Islam por obra de almohades y almorávides, y donde uno de los afectados fue Maimónides). Los judíos habían vivido en la Península Ibérica desde el siglo VIII [desde antes], y pesar de que fueron objeto de conversiones forzosas y de pesquisas por parte de la Iglesia sobre la sinceridad de esas conversiones en el Reino de Aragón a mediados del siglo XIII, la existencia continuada de una comunidad de judíos secretos comienza con la ola de pogromos que se desató en Sevilla en 1391. Ninguna comunidad judía importante se salvó. El eminente filósofo judío Hasday Crescas fue testigo de esos horrores en Barcelona:
Usando arcos y catapultas, las turbas atacaron a los judíos reunidos en la Ciudadela derribando sobre ellos la torre. Muchos de ellos santificaron el nombre de Dios [es decir, murieron por la religión judía], entre ellos mi propio y único hijo, un inocente cordero... Algunos se suicidaron, otros saltaron desde la torre... Pero el resto se convirtió... Y a causa de nuestros pecados, hoy no hay nadie en Barcelona que se le pueda llamar un israelita.
A pesar de la referencia de Crescas a "muchos" mártires, el registro histórico sugiere que la mayoría de los judíos españoles ante el dilema de “muerte o cruz", escogió la cruz. A lo largo de la siguiente centuria de persecución cristiana se alcanzó el punto culminante con la expulsión definitiva de todos los judíos de España en 1492, donde unos 200.000 judíos salvaron su estancia aceptando el bautismo y, al menos en apariencia, una vida cristiana. Ochenta mil de sus hermanos, quizás con más capacitados para poder sobrevivir fuera, escaparon a Portugal, la cual se creía como más tolerante, pero en poco tiempo también ellos se debieron enfrentar a un destino cruel: las conversiones en masa de 1497, seguidas por un Real Decreto que prohibía a los nuevos cristianos abandonar el país. El resultado neto de esta trampa despiadada a los conversos portugueses fue que Portugal se convirtió en el epicentro permanente del marranismo en Portugal y sus colonias.

Es cierto que para un número significativo (según algunos historiadores, más de la mitad) de estos conversos la nueva "fe" sólo era una fachada, únicamente consecuencia de una coerción letal. No sólo seguían siendo judíos en el fondo, sino que continuaron durante siglos observando elementos del ritual religioso judío, con gran riesgo para sus vidas. Esta histórica y notable tenacidad de los marranos ha generado una imagen popular de ellos dentro de la memoria judía, no sólo como plenamente judíos – algo muy dudoso vista su opción por la conversión y por las posteriores altas tasas de matrimonios con cristianos no judíos -, sino como justos heroicos que sacrificaron sus vidas "en aras del Cielo".

Uno de los notables logros de Yovel es desafiar esos términos equivocados que complican su adopción por los historiadores. Yovel relata vívidamente unas abundantes biografías de conversos que ilustran el complejo espectro de sus identidades y creencias desde el ferviente católico al piadoso judaizante, hasta aquel profundamente escéptico acerca de las dos religiones, lo cual Yovel identifica como una de las primeras manifestaciones de la moderna laicidad judía.

Según la visión de Yovel, el romanticismo judío sobre los marranos asume falazmente que el generalmente escaso y residual comportamiento judaizante de parte de los conversos acredita su condición de judío. (Sus colegas académicos, observa con triste ironía, a menudo aceptan al pie de la letra los "descubrimientos" de las prácticas judaizantes entre los cristianos nuevos consecuencia más bien del exceso de celo de los inquisidores). Entre sus fascinantes refutaciones está la noción de la persistencia entre un gran número de marranos de la práctica de cocinar a fuego lento el guiso del Sabbath, conocido entre los judíos españoles y marroquíes como adafina (los judíos estadounidenses lo llaman cholent). Si bien la génesis de este guiso, que se preparaba antes de la puesta del sol del viernes, se encuentra en la prohibición bíblica de encender un fuego en el mismo día de reposo, Yovel observa que su perdurable popularidad entre los conversos apenas constituye una prueba de la observancia del Sabbath:
La meticulosa preocupación de los inquisidores por esta práctica nos desvela su querencia por la identificación de judíos secretos y ocultos. La adafina, con sus ingredientes y su prolongada cocción, no era un elemento distintivo del culto judío sino de la gastronomía judía... Es muy conocido que las preferencias por ciertos alimentos, especialmente los distintivos dentro de las diferentes gastronomías, son los últimos hábitos y costumbres en desaparecer a la hora de la asimilación de los inmigrantes, por ser los hábitos más sujetos a la nostalgia del grupo, y el último bastión de las características étnicas.
El que incluso esos marranos que mantuvieron en secreto sus prácticas religiosas no aprovecharan el largo período de gracia dado en Portugal, desde 1507-1536, cuando se les concedió el permiso de abandonar el país sin demasiadas trabas, convence aún más a Yovel de que sus creencias judías eran apenas fervientes. Sin embargo, no llega tan lejos como la opinión sostenida por Benzion Netanyahu (de cuya obra se burla de Yovel), quien sólo ve en la historia subsecuente de los marranos un fenómeno no judío. Yovel sugiere una provocativa analogía con las creencias de los modernos:
La mayoría de marranos judaizantes ya no anhelaban el judaísmo como una realidad concreta, sino como un ideal, como un sueño infinito. Esto es similar al ansia contemporánea judía por el Mesías, expresada en el dicho "el año que viene en Jerusalén", el cual tampoco es pronunciado con una intención concreta... A los judíos se les ha educado para esperar un Mesías que realmente no viene... no en nuestra vida, sino en una era mesiánica, la cual siempre es diferida y proyectada más allá del presente.
Por supuesto, no había nada distante o desapasionado acerca de la fe mesiánica de las víctimas de la Inquisición y de la expulsión de España. Don Isaac Abarbanel, el mayor erudito judío que abandonó España en 1492, elaboró tres tratados donde registraba su visión de esas calamidades como el anuncio de los tiempos mesiánicos. El fervor mesiánico era aún más ferviente entre los marranos que lograron escapar de Portugal en las décadas posteriores. En un libro por otra parte tan exhaustivo, el silencio de Yovel sobre la posterior susceptibilidad de los marranos en el siglo XVII, cuando se desarrollo el falso movimiento mesiánico de Shabbetai Zevi, resulta desde luego sorprendente. Se dio especialmente el caso de que, después de la conversión al Islam del Mesías Shabbetai Zevi, muchos de sus seguidores en el Imperio Otomano, sobre todo en la ciudad griega de Salónica, asumieron una falsa identidad islámica, llegando a ser conocido como los "Donmeh".

Que hoy se sepa que un número importante de esos Donmeh descendían de marranos portugueses no resulta sorprendente. Fueron entrenados en el arte del disimulo religioso mucho antes de convertirse en sabateanos (seguidores de Shabbetai Zevi). Lo que resulta un poco más chocante son las acusaciones procedentes de los islamistas radicales y de una variedad de antisemitas de la actual Turquía de que sus enemigos, empezando por el fundador de la democracia secular turco, Kemal Ataturk, eran conspiradores Donmeh. Dada la obsesión de Yovel con el grado de modernidad que prefiguraban los marranos, su omisión de este fascinante capítulo es lamentable.

En cualquier caso, Yovel sostiene que durante esa época, un número significativo de conversos desarrolló una hostilidad activa hacia todos los dogmas religiosos y las autoridades eclesiásticas. Citando las numerosas declaraciones y confesiones de marranos recogidas en los archivos de la Inquisición que reflejan un desprecio por las creencias sobrenaturales, concluye que muchos de estos conversos habían sustituido la fe judía no por la cristiana, sino por una creciente preocupación "por asuntos mundanos y seculares” y por una “mayor indiferencia y escepticismo respecto a los aspectos religiosos”.

Los ejemplos que aduce - especialmente referentes a la dieta alimenticia y a otros “hábitos étnicos” - generalmente son convincentes, pero hay casos donde la observancia religiosa por parte de los marranos sugiere más piedad que la reseñada. Consideren este concluyente testimonio de un inquisidor:
En la ciudad de Sevilla, un inquisidor, le dijo al duque: "Si vuestra merced desea saber cómo los marranos guardan el Sabbath, subamos a la torre”. Subieron y allí le dijo: "Mira a su alrededor: esa es una de marranos, y ahí hay otra, y allí hay muchos otras más. Usted comprobará que no sale ningún humo de esas casas a pesar del duro invierno, y es porque no encienden el fuego, ya que hoy es sábado".
Que Yovel no distinga esta forma de observancia del Sabbath de una mera afición a unos hábitos gastronómicos, revela el grado en que su tesis general tiende a veces a nublar su juicio. Después de todo, una cosa es seguir disfrutando de los platos favoritos de la abuela y otra muy distinta congelarte en tu propia casa con el fin de santificar el Sabbath. Yovel tampoco presta demasiada relevancia a la medida en que los elementos de la liturgia y el ritual marrano se aferraban a la tradición judía.

Sin embargo, la detallada historia económica de los marranos portugueses que nos proporciona Yovel nos sirve para reforzar su imagen de una clase definida menos por lo espiritual que por los lazos mundanos. Fue durante el período de amplia tolerancia real, después de la masacre de judíos en la Lisboa de 1506, cuando la gran mayoría de los marranos que se quedaron en Portugal llegaron a dominar la clase mercantil y eran conocidos como “homens de negocios” (empresarios). Yovel sostiene que las experiencias históricas singulares de los marranos, los rituales secretos y el escepticismo religioso interiorizado, les ayudaron a formar sólidas redes comerciales internas, que a su vez forjaron en ellos un nuevo tipo de identidad, menos arraigada en las lealtades medievales de Dios, la Iglesia y el Rey que en una más moderna, y de género secular, solidaridad étnica.

Hubo otro elemento de gran alcance para esa “otredad” de los marranos. Las sospechas que desencadenaban entre los piadosos "cristianos viejos" ibéricos estos descendientes de los conversos a la hora de aplicar correctamente ese catolicismo adoptado, no eran solamente consecuencia de la persistencia en ellos de estrafalarios restos de prácticas religiosas judías. Salía a relucir algo más profundo y más ominoso que el mero prejuicio religioso: a saber, el odio racial, posiblemente la primera manifestación abierta del mismo en la historia judía. Si bien los famosos estatutos de limpieza de sangre de 1449 y 1467 que condujeron a las matanzas de cristianos nuevos en España fueron revocados en última instancia, ellos renacieron en Portugal en la década de 1550, reflejando los sentimientos más profundos tanto del clero católico como de los campesinos ibéricos, así como la verdadera naturaleza de las masas de judíos que fueron bautizados.

Yovel captura brillantemente los efectos a largo plazo en la identidad y en la conciencia de los marranos del hecho de estar atenazados entre las contradictorias exigencias de la Inquisición, la cual aparentemente sólo les requería "pureza de fe", y los estatutos de carácter racial de “limpieza de sangre”, que a la vez les exigía una "pureza de sangre":
La Limpieza se sangre forzó la designación de esos judíos como marranos, mientras que la Inquisición les negaba su derecho a adoptar dicha identificación. Así pues, aunque los marranos desearan aceptar esa denominación de judíos unidos por su falta de “limpieza de sangre”, no se les permitía hacerlo. La Inquisición negaba a esas personas el derecho a ser lo que las normas de pureza de sangre les negaban.
Esto dejó a los marranos como suspendidos en el limbo... La oposición existente entre lo que declaraban los estatutos de “limpieza de sangre” y lo que demandaba la Inquisición tuvo efectos complementarios. Se produjo la típica situación del marrano residiendo en una especie de exilio interior, una persona de identidad inestable y, en parte y en un sentido metafórico, relegado a ser un nuevo judío errante.
Ese desarraigo, interiorizado en la mente de los marranos, le lleva a Yovel a concluir que se convertirá en la propiedad común de los modernos judíos: "Lo que les sucedió a los conversos en los confines de la experiencia ibérica fue un fenómeno excepcional en su época, el cual prefiguró la condición fundamental de los judíos en los tiempos modernos". Para ello esboza una serie de similitudes en lo referente a esa identidad dividida de los marranos y de los judíos modernos y secularizados, esos que, en palabras del poeta hebreo Judah Leib Gordon, aspiraban a “ser judíos en sus tiendas y hombres cuando salían fuera". Y entonces, por supuesto, se produjo la confrontación de esos judíos europeos occidentales profundamente asimilados, incluso convertidos, con el racismo moderno.

Ahora todos somos marranos: esa es la provocativa tesis de Yovel. Pero como con cualquier obra escrita bajo el hechizo de una gran idea, los problemas que conlleva abundan. Yovel ve la “influencia marrana” en demasiados lugares y ámbitos, incluso cuando los vínculos son escasos y abstractos. Por un lado, incluso los maskilim del siglo XIX, los judíos ilustrados, lejos de ocultar su identidad tenían la intención de adaptar el judaísmo a la cultura europea, precisamente para asegurar su supervivencia. Judah Leib Gordon era un hebreo, no un poeta ruso, y su pasión fue la renovación de la antigua lengua e identidad de los judíos, por lo que en ningún caso ocultarla. El propio Yovel no puede dejar de admitir que todos sus paralelismos fascinantes son sobre todo de interés fenomenológico, además de no haber demostrado nada de una importancia histórica concreta: "¿Debe considerarse a los marranos como los predecesores, o como una anticipación, de la Haskalá, el movimiento que promovió la modernización judía? No del todo".

Quizás la refutación más sorprendente de la teoría de Yovel sea la autodeterminación de los propios remanentes marranos. Su sentido retrato de la comunidad marrana de Belmonte en el que nos refiere la renuencia de sus miembros a reintegrarse en una comunidad judía contemporánea o a repatriarse a Israel, nos lo comunica rotundamente: "Esta es su tradición venerada, la forma en que sus antepasados siempre mantuvieron su religión, y así es como que debe ser... El secreto se había convertido en algo tan importante para los marranos como un valor religioso. La máscara había adquirido un significado ritual en sí misma, y la dualidad se practicaba ahora por si misma".



PD. Un anterior post dedicado a esta obra, aquí

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