Friday, September 16, 2011

Por fortuna, existe Israel… (para poder echarle la culpa) – Gil Mihaely – Causeur



Si la revolución egipcia – y la Primavera árabe en general – eran imprevisibles, los episodios posteriores se han revelado más bien decepcionantes (en tanto que resultaban previsibles): la caída del tirano no habría producido cambios milagrosos, y la euforia de la victoria ha dejado su lugar a la frustración y al desencanto, mientras la “unidad revolucionaria” volaba en pedazos, dejando aparecer notables divergencias sobre la estrategia a seguir durante la era post-Mubarak. Pero que el concienciado e ilusionado personal occidental se tranquilice, la unión sagrada se ha vuelto a reafirmar para designar al chivo expiatorio responsable de todas las plagas de Egipto: Israel.

Hace seis mesas apenas, los comentaristas más optimistas señalaban que los “judíos”, los “sionistas” e Israel habían desaparecido de las pantallas-radar de los manifestantes de la plaza Al-Tahrir, Esa era la prueba, afirmaban los entusiastas, a la que vez que se apresuraban a denunciar a todos esos que habían osado expresar sus dudas e inquietudes, de que el antisionismo, inclusive el antisemitismo imputado a las sociedades árabes, se revelaba como un mero cliché islamofobo, propio más bien de una caricatura occidental etnocentrista. Ahora que los fantasmas de febrero se han evaporado en el calor agobiante del verano egipcio, las buenas y viejas costumbres están de regreso. Se descubre así que el odio a Israel permanece, a pesar de los tres decenios de paz, como el único denominador común capaz de movilizar a los egipcios más allá de las rivalidades políticas y religiosas.

El atentado perpetrado el 18 de agosto en la frontera israelo-egipcia, en las proximidades de la estación balnearia israelí de Eilat, sobre el Mar Rojo, y las represalias israelíes posteriores que le han seguido han despertado esa triste pasión que mina el mundo árabe, al menos tanto seguramente como la pobreza, la corrupción y la dictadura. La muerte de seis militares y policías egipcios – quizás caídos bajo las balas de los terroristas – ha sido imputada inmediatamente al ejército israelí, rivalizando la opinión y los medias egipcias en su denuncia del “enemigo sionista” culpable de “violar la soberanía egipcia” y de haber hecho “correr sangre egipcia”.

Los hechos, evidentemente, no tienen mucho que ver con esta propaganda. Los terroristas, de los cuales se sabe que algunos eran egipcios, han entrado en territorio israelí a plena luz del día, a unos 200 metros de un puesto fronterizo del ejército egipcio, y han ametrallado los vehículos de civiles israelíes que atravesaban una carretera cercana causando siete muertos, todo ello antes de replegarse hacia territorio egipcio, detrás de una posición militar. Desde allá, han incluso replicado a los soldados del Tsahal que les perseguían, matando a uno de ellos, antes de caer finalmente abatidos. Además de comprobar que las organizaciones islamistas sitas en Gaza eran los organizadores y mandatarios del atentado, los responsables israelíes no han podido dejar de observar como El Cairo ya no controla el Sinaí, convertido desde el cambio de régimen en Egipto en un vivero de radicales islamistas y una base de retaguardia del terrorismo palestino. El amor propio egipcio ha sido pues la última víctima del comando terrorista.

Es así como la "calle egipcia" ha reencontrado brevemente los colores de otra primavera, la de 1967, cuando las masas alborozadas aclamaban la aventura suicida de un Nasser que prometía “lanzar a los judíos al mar”. Como gran diferencia, hace cuatro decenios se podía tranquilizar a los bienpensantes denunciando que había sido un demagogo quién habría manipulado a unas masas ignorantes. Hoy en día, son las propias masas las protagonistas: el odio a Israel es un elemento fundamental del consenso democrático egipcio.

De golpe, el Panteón revolucionario de la "Primavera árabe” no tiene las mismas hechuras que en Enero y Febrero. Los héroes del pueblo – en todo caso según la versión difundida por los medias occidentales – eran entonces Wahil Hanim, el celebre empleado de Google y sus amigos ciber-revolucionarios y bilingües. Hoy en día, el “movimiento del 6 de abril” demanda la expulsión del embajador israelí y el nuevo rostro de la revolución es Ahmad Al-Shahat, un joven parado apodado “Flagman” por haber reemplazado la bandera israelí de la embajada por una egipcia, mucho más correcta desde el punto de vista islámico.

Visionado su éxito millones de veces, su logro ha sido visiblemente apreciado al más alto nivel: su acto heroico le ha valido al joven trepador un alojamiento, un trabajo y una medalla: al menos hay un egipcio que puede decir que debe su prosperidad a los “judíos”. Esperando más acontecimientos, uno puede interrogarse sobre el papel de los generales egipcios. El mariscal Tantawi, jefe del Consejo Supremo del Ejército egipcio, y jefe de Estado de facto, creía que sacrificando a Moubarak y a su familia podía controlar la orientación estratégica del país, algo que el asombroso “Flagman” acaba de echar abajo.

El historiador griego Polibio pensaba que la democracia de las masas degeneraba necesariamente en “oclocracia”, es decir, el gobierno de las masas y el peor régimen posible. La evolución actual en Egipto nos enseña que se puede llegar a esa pesadilla sin pasar ni siquiera por la “democracia”.

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