Thursday, February 09, 2012

Creer (en Dios) no es el problema - Yair Sheleg - Haaretz


Jóvenes checos estudiando bajo la dirección de Issidor Weiss en una Bet Talmud - Margare Bourke-White

La indignación se ha desatado con el reciente estudio del Centro Guttman sobre las actitudes de los israelíes hacia la religión y la tradición.

En particular, la constatación de que el 84% de los israelíes judíos creen en Dios ha atraído una atención especial. Parece que muchas personas consideran que este hallazgo resulta ser un testimonio desesperado con respecto a la incapacidad de los israelíes de mantener una política racional y/o una visión del mundo democrática.

Pero es precisamente esta reacción la que pone en peligro el futuro del discurso democrático y racional, incluso en Israel, mucho más que una creencia real en Dios. Esto lo sabe cualquier persona que se base en una perspectiva racional y no sólo filosófica, y que a la vez observe la realidad humana con los ojos abiertos, pues de inmediato comprenderá que en ese 84% no se expresa una dedicación plena a cualquier doctrina teológica regulada. Al contrario, está expresando la necesidad psicológica de la creencia.

Esta es una necesidad que se inició en los albores de la humanidad, cuando el hombre comenzó a reconocer el poder de las fuerzas sobre las cuales no tenía control y el potencial caos que desencadenaban. Desde ese momento, el hombre comenzó a creer en un poder supremo, y desarrolló el deseo de creer que hay un orden detrás del caos. Es más, el hombre desarrolló el deseo especial de “creer que está dentro de la capacidad humana el influir en los poderes supremos a través de sus obras”.

En este sentido, la era secular de los últimos 250 años no es más que un episodio relativamente breve en la historia de la humanidad, e incluso durante este período no ha habido una plena exclusividad secular. Así pues resulta natural ese 84%, puesto que la creencia es casi una parte de la naturaleza del hombre, no de su naturaleza biológica, pero sin duda lo es de su naturaleza psicológica.

Por lo tanto, la pregunta clave no es si hay que creer en Dios, sino más bien cuál es la naturaleza de Dios: ¿Él es inclusivo e integrador, es misericordioso y compasivo, llevando a toda la humanidad que creó "a su imagen" bajo su manto protector? ¿O es por el contrario un Dios exclusivista, celoso y vengativo, que exige de sus creyentes que luchan contra cualquier persona que sea diferente de ellos o de la cual se percibe que no cumple con sus mandamientos?

La realidad histórica también nos enseña sobre la complejidad de la relación entre la fe y el humanismo: José Stalin era un ateo declarado, mientras que Martin Luther King creía en Dios con todo su ser.

De hecho, en el judaísmo, como en otras religiones, ambas opciones existen con toda su fuerza. Su elección, y la consiguiente responsabilidad por sus resultados, están en manos de los creyentes. Por lo tanto, el hallazgo verdaderamente preocupante en el estudio no es la aparente creencia en Dios, sino más bien la relación inversa demostrada (no por primera vez, por supuesto) entre esta creencia y la creencia en los valores democráticos: aquellos que se identifican con la visión del mundo que supone la más estricta creencia, se identifican menos con los valores democráticos, y viceversa.

Esta situación se deriva de la percepción de la identidad religiosa dentro de un contexto negativo o restrictivo, es decir, como una colección de reglas, prohibiciones y restricciones destinadas a diferenciar al judío de su entorno - en primer lugar de los no judíos a su alrededor -, y también de los entornos no religiosos. En cualquier caso, cualquier persona que quiera cambiar la relación negativa entre la identificación de los valores religiosos y los valores humanistas no debe definir la identidad religiosa sobre la base de un conjunto de restricciones o prohibiciones, sino más bien sobre el objetivo positivo al que aspira el judaísmo. ¿Qué clase de mundo queremos lograr?

Una vez logrado esto, dos cosas nos serán reveladas. Una de ellas es que cuando hablamos con el lenguaje de las metas positivas, el judaísmo, por su propia naturaleza. se hace más incluyente. La otra es que, en realidad, cuando el objetivo básico de la religión se define de una manera positiva, se hace evidente que la relación con los objetivos del "Otro" (la persona secular, el no judío y similares) no es necesariamente un juego de suma cero (el ganador se queda con todo) que invita a la lucha, sino que representa un gran espacio que debe ser al menos neutral si no se comparte.

Es como la famosa fábula de la naranja codiciada. Dos antagonistas participan en una sangrienta lucha por una naranja, hasta que finalmente se hace evidente que uno solamente necesita la cáscara mientras que el otro necesita los gajos. Para ello, sería mucho mejor que la persona secular no se definiera a sí mismo en unos términos que hagan evidente su decisión de negar la religión, sino preferiblemente en términos que pongan de manifiesto sus propios valores positivos.

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