¿Puede uno llegar a convertirse sin tener que cumplir los mitzvoth? – Shlomo Brody - JPost

Las controversias sobre las normas apropiadas para la conversión al judaísmo han abundado desde la época de la Ilustración y continúan confundiendo en Israel y en toda la diáspora.
La judería medieval no luchaba contra este problema, ya que las normas sociales judías esperaban generalmente de los miembros de la comunidad la observancia de la Halajá, y sin duda en el caso de los prosélitos. En este sentido, la conversión seguiría el modelo de Ruth, quien declaró a su suegra Naomi, "Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios" (Rut 1:16). La conversión a una religión minoritaria y que periódicamente sufría persecuciones también era algo relativamente poco frecuente. La vida moderna judía, que cuenta con una pluralidad de estilos de vida culturales dentro de las sociedades abiertas, ha vuelto obsoleto ese supuesto y ha generado grandes debates dentro del mundo rabínico.
El procedimiento formal para la conversión sigue siendo bastante simple: la inmersión en un mikve (baño ritual), la circuncisión para los hombres y, en los tiempos del Templo, un sacrificio de animales. El criterio más central para la conversión sigue siendo la aceptación y el respeto de los mandamientos y la motivación detrás de este consentimiento. Los sabios rabínicos no querían que la gente se convirtiera para obtener ganancias económicas o políticas, o por el bien del matrimonio, por ejemplo. A los posibles conversos se les advertía de las dificultades que podrían sufrir al convertirse en judíos, así como las penas propias del pecado. Una vez considerada sincera la conversión, se les enseñaba diversos elementos de la ley judía y se les obligaba a tomar sobre si el yugo del Cielo. Maimónides significativamente incrementaba los requerimientos con la necesidad de enseñar los fundamentos teológicos del judaísmo, un requisito no especificado por el Talmud.
Esta concepción de la conversión plantea un problema en lo referente a la conversión de los niños, los cuales se supone que no tiene la inteligencia necesaria para asumir la responsabilidad implícita en la conversión. El Talmud, sin embargo, afirma que el tribunal judicial sirve como su guardián y puede aceptar para ellos este beneficio categórico. Una vez alcanzada la mayoría de edad, el niño puede repudiar su judeidad, pero se presume su consentimiento si continúa comportándose de acuerdo con la típica práctica judía.
Este enfoque paternalista fue impugnado en la era moderna cuando los jueces rabínicos temieron que el niño pudiera ser educado en un hogar no observante, por lo que su entorno sería de pecado y se convertiría en susceptible de castigo.
Los rabinos Abraham Isaac Kook, y Yosef Elyashiv sostienen que un tribunal rabínico no puede convertir a un niño a menos que esté seguro de que crecerá convirtiéndose en una persona religiosa.
Aunque está de acuerdo en que esto sería lo preferible, el rabino Haim Grodzinsky afirma que sigue siendo meritorio para un niño la conversión ya que se convertirá generalmente en una persona observante, ya que a pesar de los posibles pecados también se incrementan las ventajas y beneficios.
El rabino Ovadia Yosef considera que se puede convertir a un niño de un hogar no observante si se mantiene el compromiso de educar al niño en un ambiente religioso que volvería realista finalmente la posibilidad de que se haría una persona observante. Esta postura fue compartida por el rabino Moshé Feinstein, quien contempla además la posibilidad de que seguía siendo meritorio para el niño poder disfrutar de la santidad del pueblo judío, mientras que sus pecados serían exculpados porque actuaba guiado por la ignorancia (de la ley judía).
Un caso más complejo implica las conversiones de adultos en las que el tribunal rabínico tiene dudas acerca de si el converso verdaderamente tiene la intención de convertirse en una persona plenamente observante. El Talmud afirma que si un converso potencial acepta todo excepto al menos un aspecto de la ley judía, el tribunal debe rechazar su candidatura. Como tales, muchos codificadores de la ley, entre ellos el rabino Feinstein, han argumentado que la conversión judía requiere la intención de observar por completo la ley judía.
Para evitar los matrimonios mixtos, el rabino Grodzinsky dictaminó de manera más indulgente que si la intención general es observar los aspectos básicos de la ley judía, inclusive si el rendimiento o cumplimiento es mediocre en ciertas áreas, la conversión debería permitirse. Su afirmación básica - que el Talmud sólo excluyó a aquellos que explícitamente condicionaban su conversión a no observar ciertas leyes - es aplicada de una manera más radical por el rabino David Tzvi Hoffmann. Para prevenir el grave pecado de los matrimonios mixtos, permitió que una mujer no judía se convirtiera al entender que iba a seguir viviendo con su marido, un cohen (un miembro de la línea sacerdotal), y tenía prohibido casarse con una conversa.
Otros académicos, como por ejemplo el rabino Abraham Kahana-Shapira, criticaron estas decisiones como infundadas sutilezas y enterrar la cabeza en la arena.
La posición más indulgente fue defendida por el rabino Benzion Uziel, quien afirmó que, incluso si sabemos que un potencial converso no se convertirá plenamente en un judío observante, los jueces mínimamente podrán tolerar una aceptación más genérica de la ley judía, con la esperanza de que el converso, con el tiempo, se convertirá en una persona observante para evitar una vida de pecado. Su planteamiento general ha sido defendida por algunas figuras contemporáneas israelíes que quieren preservar la identidad judía de aquellos israelíes que tienen ascendencia judía y se integren plenamente en el ámbito nacionalista, incluso si no son halájicamente judíos por nacimiento. Sin embargo, la preponderancia de los codificadores ha dado lugar a un rechazo de esta posición, dejando las normas de conversión como un debate divisivo.
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